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El peso del deseo bajo la calma

La cocina permanecía sumida en una atmósfera suspendida, donde el único sonido real era el rítmico burbujeo del agua en la olla y el sutil siseo del vapor escapando hacia el extractor. Juhoon, con la espalda tensa pero los movimientos fluidos, intentaba concentrarse en la tarea mundana de preparar el ramen, pero la presencia detrás de él era demasiado densa, demasiado física como para ser ignorada. Keonho no se movía; era una estatua de anhelo proyectando una sombra larga sobre la encimera.

—Hyung... —La voz de Keonho surgió como un susurro arrastrado, una nota baja que vibró en el aire antes de alcanzar los oídos del mayor. Era un tono de ruego puro, cargado de una urgencia que no encajaba con la calidez perezosa de la tarde.

Juhoon cerró los ojos un breve segundo, apretando los palillos de madera entre sus dedos finos. Sentía la mirada del maknae clavada en su nuca, una presión invisible que parecía quemar la piel expuesta sobre el cuello de su camiseta.

—Para, Keonho-ya —respondió Juhoon, con un hilo de voz que delataba cansancio, pero también una resistencia que empezaba a flaquear—. Ya te he dicho que no. Ya sabes cuál es mi respuesta.

Pero Keonho no era alguien que aceptara un "no" cuando sus instintos estaban a flor de piel. El menor se enderezó con una lentitud depredadora. Sus hombros anchos, pulidos por horas de natación y entrenamiento, parecieron expandirse mientras acortaba la distancia. Sin previo aviso, Keonho extendió ambos brazos, plantando las palmas de las manos con firmeza sobre la superficie fría de la encimera, una a cada lado del cuerpo de Juhoon.

El encierro fue instantáneo. Juhoon se estremeció, un escalofrío recorriendo su columna vertebral al sentirse repentinamente acorralado entre el borde de la cocina y el pecho del más joven. Podía sentir el calor que emanaba de Keonho, un magnetismo animal que lo envolvía por completo. El aire en el pequeño espacio se volvió escaso, saturado por el aroma limpio del jabón de Keonho mezclado con algo más profundo, algo más primitivo.

Keonho se inclinó hacia adelante, rompiendo cualquier barrera de espacio personal. Su aliento, cálido y cargado de una necesidad que rozaba la desesperación, acarició la oreja de Juhoon. El mayor contuvo el aliento, sintiendo cómo sus vellos se erizaban ante la proximidad de esos labios que apenas rozaban su lóbulo.

—Vamos, hyung... —susurró Keonho contra su piel, su voz ahora más ronca, perdiendo cualquier rastro de la inocencia juguetona que solía mostrar ante las cámaras—. Solo mírame. Mira cómo estoy por tu culpa.

Antes de que Juhoon pudiera articular una protesta coherente, Keonho eliminó el último centímetro de separación. Presionó su cuerpo completo contra la espalda del mayor, una colisión de texturas y temperaturas. La espalda delicada y la cintura estrecha de Juhoon fueron aplastadas contra la firmeza del torso atlético de Keonho. Pero fue el contacto más abajo lo que hizo que a Juhoon se le escapara un gemido ahogado.

A través de la tela delgada y holgada de sus pantalones de chándal, Juhoon sintió la evidencia innegable del estado de Keonho. El miembro del menor, erecto y duro, se presionó con fuerza contra la curva de sus nalgas. Era una presión sólida, insistente, que reclamaba un espacio que Juhoon no estaba listo para ceder, pero que su cuerpo parecía reconocer con una traición instintiva.

—N-no... Keonho... —El rechazo de Juhoon salió a medias, una palabra rota que carecía de autoridad. Sus manos, que aún sostenían los palillos, temblaron ligeramente sobre la olla olvidada.

Keonho no se detuvo. Al contrario, soltó un gruñido bajo, una vibración que Juhoon sintió directamente contra su omóplato. El maknae comenzó a balancear sus caderas con una lentitud tortuosa, frotando su erección contra el trasero de Juhoon. El roce de la tela contra la tela generaba una fricción eléctrica que enviaba oleadas de calor hacia la pelvis del mayor. Cada movimiento de Keonho era deliberado, buscando el ángulo perfecto para recordarle a Juhoon exactamente lo que estaba provocando.

—¿No? —repitió Keonho, su voz era ahora un ronroneo peligroso—. Tu cuerpo no dice que no, hyung. Estás temblando.

Keonho deslizó una de sus manos desde la encimera hasta la cintura de Juhoon. Sus dedos, largos y fuertes, se hundieron en la suavidad de su costado, marcando territorio sobre esa cintura pequeña que siempre parecía diseñada para ser sostenida. Con un movimiento posesivo, tiró de Juhoon hacia atrás, obligándolo a arquear la espalda y a presionar su trasero con más firmeza contra la dureza de su entrepierna.

Juhoon dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola involuntariamente en el hombro de Keonho. Sus ojos se empañaron por la intensidad de la sensación. La diferencia de complexión nunca se había sentido tan abrumadora; se sentía pequeño, frágil y completamente a merced de la fuerza pulida del menor. La masculinidad de Keonho, firme y demandante, golpeaba rítmicamente contra él, dictando un tempo que hacía que el mundo exterior —Martin en su habitación, James en las tiendas— desapareciera por completo.

—Por favor... —susurró Juhoon, aunque ya no sabía si estaba pidiendo que se detuviera o que terminara con la tortura del roce.

—Mírame, Juhoon —ordenó Keonho, su mano subiendo ahora por el vientre plano del mayor, buscando el calor de su piel por debajo de la camiseta.

Juhoon giró el rostro ligeramente, encontrándose con los ojos de Keonho a escasos centímetros. Ya no eran los ojos brillantes y adorables del maknae travieso; estaban oscurecidos por el deseo, las cejas prominentes contraídas en una expresión de concentración casi dolorosa. Había una madurez cruda en su rostro, una intensidad que despojaba a Juhoon de su papel de protector y lo dejaba vulnerable.

Keonho aprovechó la posición para capturar los labios de Juhoon en un beso que no tuvo nada de tierno. Fue un reclamo, una invasión de lengua y calor que sabía a urgencia. Mientras sus bocas se unían, Keonho continuó frotándose contra él, un movimiento circular y constante que buscaba el alivio que solo Juhoon podía darle. La dureza del menor parecía quemar a través de las capas de ropa, recordándole a Juhoon su propia anatomía oculta, esa sensibilidad que latía en respuesta a la agresión sensorial.

En la sala, el silencio seguía reinando, pero en la cocina, el aire estaba a punto de arder. Juhoon se aferró al borde de la encimera hasta que sus nudillos se tornaron blancos, entregándose finalmente al ritmo que Keonho le imponía, sintiendo cómo la "princesa" de CORTIS se desmoronaba bajo el peso del deseo del más joven.