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Susurros de Agua y Sombras en la Noche
La reunión de los Pilares había concluido hacía horas, pero el ambiente en la sede central seguía cargado con el aroma del sake y el bullicio inusual de los guerreros más poderosos de la Cofradía. Oyamakata-sama se había retirado temprano, dejando a sus "hijos" disfrutar de un breve momento de paz antes de que las misiones los dispersaran nuevamente por todo Japón. Sin embargo, para Giyuu Tomioka, la paz era un concepto que se desvanecía rápidamente bajo la insistencia de Shinobu Kocho.
—Vamos, Tomioka-san, no seas tan aburrido —decía la Pilar del Insecto con esa sonrisa perenne que ocultaba sus verdaderas intenciones—. Es una celebración por la última misión exitosa. Beber un poco no matará tu estoicismo, aunque ya sabemos que a nadie le importa si lo haces o no.
Giyuu, atrapado entre su incapacidad para negarse cortésmente y el deseo de desaparecer, terminó aceptando la pequeña copa que Shinobu llenaba una y otra vez. Lo que el Pilar del Agua no sabía era que el sake que Shinobu servía no era una mezcla ordinaria; era una reserva especial, particularmente fuerte, diseñada para "aflojar la lengua" de aquellos que guardaban demasiados secretos.
A su lado, Tsuki Kokushibyo observaba la escena con una ceja alzada y una expresión de creciente preocupación. Conocía a Giyuu lo suficiente como para saber que su resistencia al alcohol era tan inexistente como su vida social. Sus ojos rojos fulminaron a Shinobu, quien simplemente le guiñó un ojo antes de alejarse para charlar con Mitsuri.
—Giyuu, creo que ya has tenido suficiente —murmuró Tsuki, acercándose a él.
El Pilar del Agua intentó enfocar la mirada. Su rostro, habitualmente pálido, estaba teñido de un rosa suave que se extendía hasta las puntas de sus orejas. Sus ojos azules, siempre profundos como un océano en calma, ahora parecían neblinosos y perdidos.
—Estoy... bien, Tsuki —respondió él, aunque su voz sonó arrastrada, perdiendo la firmeza habitual—. Solo es agua con un sabor extraño.
—Claro, y yo soy el Pilar del Amor —ironizó ella, suspirando mientras se ponía de pie y lo ayudaba a levantarse—. Vamos, antes de que intentes pelear con un árbol pensando que es un demonio. Yo lo llevaré a su finca, Shinobu.
La Pilar del Insecto se limitó a agitar la mano en señal de despedida, con una risita maliciosa resonando en el aire.
El camino hacia la Finca del Agua fue una odisea de pasos torpes y silencios interrumpidos por los tropiezos de Giyuu. Tsuki, a pesar de ser más pequeña que él, lo sostenía con firmeza, pasando el brazo del pilar sobre sus hombros. La fragancia de las glicinias nocturnas los acompañaba, y la luna llena bañaba el sendero con una luz plateada que hacía que el cabello blanco de Tsuki brillara como la nieve.
—Eres pesado cuando no puedes caminar derecho —se quejó ella con una sonrisa juguetona, tratando de aligerar la tensión—. La próxima vez, morderé a Shinobu antes de que te acerque una copa.
Giyuu no respondió de inmediato. Se limitó a inclinar la cabeza, dejando que su frente rozara el hombro de Tsuki. El contacto era cálido, y por primera vez en mucho tiempo, Giyuu no sintió la necesidad de alejarse.
—Hueles a... flores muertas y a frío —balbuceó él, pegándose más a ella—. Me gusta. Es relajante.
Tsuki se sonrojó violentamente. El Giyuu sobrio jamás diría algo tan directo, y mucho menos se permitiría buscar activamente su cercanía física.
—Eso es porque soy la Pilar de la Muerte, tonto —replicó ella, intentando mantener la compostura—. Y tú hueles a sake barato ahora mismo.
Finalmente, llegaron a la Finca del Agua. El lugar era el reflejo exacto de su dueño: austero, impecablemente limpio y sumido en un silencio que rozaba la soledad absoluta. Tsuki lo guio hasta su habitación, ayudándolo a sentarse sobre el futón que ya estaba extendido.
—Listo —dijo Tsuki, soltando un suspiro de alivio y preparándose para marcharse—. Te dejaré un poco de agua cerca. Mañana te dolerá la cabeza, así que no intentes entrenar al amanecer.
Se dio la vuelta para retirarse, pero antes de que pudiera dar el primer paso, una mano firme pero temblorosa rodeó su muñeca. La fuerza de Giyuu la obligó a girarse, encontrándose con una imagen que la dejó sin aliento.
El Pilar del Agua no la soltaba. Estaba sentado en el suelo, con el haori medio caído de sus hombros y el cabello más desordenado que de costumbre. Pero eran sus ojos los que la anclaban al sitio; ya no estaban nublados por el alcohol, sino cargados de una vulnerabilidad cruda y dolorosa que él solía esconder bajo mil capas de hielo.
—No te vayas —pidió él en un susurro quebrado—. Todavía no.
Tsuki sintió que su corazón daba un vuelco. Se arrodilló frente a él, quedando a la misma altura.
—Giyuu, estás ebrio. Necesitas descansar.
—Si cierro los ojos, todo se vuelve demasiado silencioso —dijo él, y por primera vez, su voz no era monocorde; estaba llena de matices, de una tristeza antigua que buscaba consuelo—. Cuando estás cerca, el silencio no da miedo. Es como si... como si el agua dejara de estar estancada.
Tsuki sintió un nudo en la garganta. Extendió su mano libre para acariciar la mejilla de Giyuu. Su piel estaba ardiendo por la fiebre del alcohol, pero él cerró los ojos y se inclinó hacia su palma, buscando el contacto como un hombre sediento busca un manantial.
—Siempre dices que a nadie le importas —murmuró ella con dulzura—, pero aquí estoy yo. No me voy a ir a ninguna parte si no quieres.
Giyuu abrió los ojos y la miró fijamente. Una pequeña risa, casi imperceptible, escapó de sus labios.
—Eres tan brillante, Tsuki —dijo él, soltando su muñeca para tomar su mano con ambas suyas, entrelazando sus dedos—. A veces me pregunto por qué pierdes el tiempo con alguien como yo. No soy divertido, no hablo mucho... y Sabito siempre decía que debería sonreír más, pero se me olvidó cómo hacerlo.
Mencionar a Sabito era algo que Giyuu nunca hacía. Tsuki supo entonces que las barreras del Pilar del Agua se habían derrumbado por completo. En ese estado, Giyuu no era el guerrero invencible ni el hombre distante que todos conocían; era solo un joven que cargaba con demasiados fantasmas.
—No pierdo el tiempo —respondió Tsuki, acercándose más hasta que sus rodillas se tocaron—. Te lo dije el otro día en el muelle. Me gustas exactamente así. Me gusta tu silencio porque es honesto. Me gusta que seas tan torpe con tus sentimientos porque significa que, cuando dices algo, es verdad.
Giyuu soltó una de sus manos y, con una audacia que solo el sake podía otorgarle, la pasó por la nuca de Tsuki, atrayéndola hacia él. Sus frentes se apoyaron la una contra la otra, y Tsuki pudo sentir el aliento de Giyuu, cálido y con el aroma residual del licor.
—Dijiste que yo era lindo —susurró Giyuu, con una sonrisa pequeña y genuina que iluminó su rostro de una manera que Tsuki nunca había visto—. Me costó creerlo. Pasé toda la noche pensando en eso.
—Porque lo eres —insistió ella, sintiendo sus propias mejillas arder—. Eres el hombre más lindo y más tonto de toda la Cofradía.
—Entonces... —Giyuu hizo una pausa, su mirada bajando por un momento a los labios de Tsuki antes de volver a sus ojos rojos—. Si soy tan lindo, ¿por qué siento que siempre estoy a punto de perderte? En las misiones, cuando te veo irte... me da miedo que la muerte decida que te pareces demasiado a ella y decida quedarse contigo.
Tsuki se quedó helada. No esperaba una declaración tan profunda. El miedo a la pérdida era algo que ambos compartían, pero Giyuu lo vivía de una manera casi paralizante.
—No me iré tan fácilmente, Giyuu —prometió ella, rodeando su cuello con los brazos—. Soy la Pilar de la Muerte, ¿recuerdas? Yo soy la que decide cuándo es el momento. Y mi momento no es ahora. No cuando acabo de encontrar a alguien que me hace querer volver a casa después de cada batalla.
Giyuu soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo el aire durante años. Se dejó caer hacia adelante, escondiendo su rostro en el hueco del cuello de Tsuki. Sus manos se aferraron a la espalda de la joven, apretando su uniforme con una mezcla de desesperación y alivio.
—Quédate —repitió él, su voz amortiguada por la tela—. Quédate hasta que el sol salga. Solo por esta noche... quiero creer que no estoy solo.
Tsuki lo abrazó con fuerza, acariciando su cabello oscuro y rebelde. El Giyuu que tenía entre sus brazos era frágil, pero en esa fragilidad había una belleza que la cautivaba por completo.
—No estás solo, Giyuu Tomioka. Nunca más.
Pasaron los minutos en un silencio cómodo, roto solo por la respiración cada vez más pesada de Giyuu. El alcohol finalmente estaba ganando la batalla, y el cansancio acumulado de meses de misiones empezaba a pasarle factura. Sin embargo, antes de quedarse completamente dormido, levantó la cabeza una última vez. Sus ojos estaban entrecerrados, pero brillaban con una lucidez momentánea.
—Tsuki... —murmuró.
—¿Dime?
—Tu cabello... parece luz de luna —dijo él, estirando un dedo para tocar un mechón blanco—. Siempre quise decirte eso. Y tus ojos... no son de muerte. Son de vida. Son rojos como el amanecer.
Tsuki sintió que las lágrimas picaban en sus ojos. Aquel hombre, que apenas podía articular dos frases seguidas frente a los demás Pilares, le estaba entregando las palabras más hermosas que jamás había escuchado.
—Duerme, Giyuu —susurró ella, depositando un beso tierno en su frente—. Estaré aquí cuando despiertes.
Giyuu asintió débilmente y se acomodó en el futón, pero no soltó la mano de Tsuki. La mantuvo sujeta contra su pecho, justo encima de su corazón, que latía con un ritmo constante y tranquilo.
Tsuki se sentó a su lado, observando cómo las facciones de Giyuu se relajaban en el sueño. La máscara de frialdad había desaparecido, dejando paso a una expresión de paz absoluta. Sabía que al día siguiente, cuando el efecto del sake se hubiera ido, Giyuu probablemente se sentiría avergonzado y volvería a su actitud reservada. Quizás ni siquiera recordaría todo lo que había dicho.
Pero ella no lo olvidaría.
Se inclinó y le dio un beso fugaz en los labios, un roce apenas perceptible que selló una promesa silenciosa.
—Mañana te lo recordaré todo —susurró ella con una sonrisa traviesa mientras se acomodaba para pasar la noche a su lado—. Especialmente la parte en la que admitiste que soy lo más brillante de tu vida.
Fuera, el viento soplaba suavemente entre los árboles, y el agua del estanque de la finca se mantenía en calma, reflejando la luna, tal como el corazón de Giyuu Tomioka finalmente encontraba su reflejo en el alma de Tsuki. La noche era larga, pero por primera vez en mucho tiempo, el Pilar del Agua no tenía pesadillas. Estaba protegido por la sombra de la muerte, que esa noche, se sentía más viva que nunca.