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A

Lazos de Sangre y Pólvora

El sol de la mañana se filtraba a través de los ventanales reforzados de la fortaleza, bañando la cocina de acero inoxidable con una luz fría y aséptica. Han bajó las escaleras en silencio, sus pasos apenas audibles sobre el suelo de mármol. Vestía una camiseta negra sencilla y mantenía esa expresión de calma imperturbable que siempre lo acompañaba. Sin mirar a nadie, se dirigió directamente a la encimera, donde encontró una bolsa de frutos secos que había dejado la noche anterior.

Deckard Shaw estaba allí, apoyado contra la isla de la cocina con una taza de café humeante en la mano. Su mirada, afilada como un bisturí, siguió cada movimiento del asiático.

—Buenos días a ti también, cariño —dijo Deckard, con esa voz áspera que parecía arrastrar cada sílaba.

Han simplemente metió la mano en la bolsa, sacó una almendra y se la llevó a la boca. Ignoró el comentario con una maestría que solo alguien que ha pasado años lidiando con egos desmedidos podría poseer. Se movió hacia la cafetera, dándole la espalda al hombre que una vez intentó borrarlo del mapa.

Deckard soltó una risa corta, dejando la taza sobre el mármol. Se acercó un par de pasos, invadiendo el espacio personal de Han con una confianza peligrosa.

—Tu asociación con Owen es temporal, ¿cierto? —preguntó Deckard, ladeando la cabeza—. Solo preguntaba porque, cuando todo este caos con Reyes termine, tengo pensado secuestrarte, cariño.

Han se giró lentamente, sosteniendo su café. Sus ojos oscuros se encontraron con los azules de Shaw. No había miedo en ellos, solo una paciencia infinita.

—Tendrías que hacer fila —respondió Han con voz plana—. Y dudo que te guste el resultado final.

—Oh, me encantan los desafíos —replicó Deckard, dando un paso más—. Especialmente los que tienen esa mirada tan... persistente.

Antes de que la tensión pudiera escalar, Owen entró en la cocina revisando una tableta táctil. El ambiente cambió de inmediato a uno puramente profesional, aunque Deckard no dejó de sonreírle a Han de esa forma depredadora.

—Tenemos movimiento —anunció Owen, ignorando el flirteo tóxico de su hermano—. Los hombres de Dante han localizado un nodo de comunicaciones en Grecia. Creen que Ramsey está intentando puentear sus servidores desde allí. Si no llegamos antes que ellos, la encontrarán.

—Grecia es un buen lugar para morir —comentó Han, guardando su bolsa de snacks en el bolsillo—. Vámonos.

El viaje a Grecia fue un despliegue de eficiencia militar. A bordo de un hidroavión privado, los tres hombres se prepararon para lo que sabían sería una emboscada. Al llegar a las costas escarpadas de una pequeña isla en el mar Jónico, la carnicería fue rápida. Mientras Owen y Deckard se movían como una tormenta de fuego y acero a través de las instalaciones, Han se encargaba de la vigilancia táctica y de eliminar a los refuerzos que intentaban rodearlos.

Para cuando el sol comenzó a ponerse sobre las aguas cristalinas, el nodo de comunicaciones estaba destruido y los mercenarios de Dante yacían en el suelo. Habían logrado escapar justo antes de que la Agencia enviara apoyo aéreo.

Se refugiaron en una villa aislada en lo alto de un acantilado, una propiedad que pertenecía a una de las muchas identidades falsas de Owen. Han, agotado por la falta de sueño y la adrenalina constante, se retiró a una de las habitaciones superiores sin decir una palabra, cerrando la puerta tras de sí.

En la terraza, bajo un cielo estrellado y el sonido rítmico de las olas golpeando las rocas, los hermanos Shaw compartían una botella de licor fuerte. El silencio entre ellos era el de dos hombres que se conocían demasiado bien.

—Fuera de bromas, Owen —dijo Deckard, rompiendo el silencio mientras observaba la puerta por la que Han había desaparecido—, ¿tienes pensado devolverlo a su equipo?

Owen sirvió un poco más de licor en su vaso, mirando el horizonte con frialdad.

—Toretto lo buscará. Tarde o temprano, el rastro de cuerpos que estamos dejando los llevará hasta nosotros. Han es parte de su "familia".

Deckard dejó su vaso sobre la mesa de piedra con un golpe seco. Su expresión se volvió inusualmente seria, perdiendo cualquier rastro de la burla anterior.

—Yo sí tengo pensado conservarlo —sentenció Deckard con una firmeza que hizo que Owen levantara la vista.

Owen arqueó una ceja, evaluando la seriedad en el rostro de su hermano mayor.

—Si quieres mi opinión —continuó Deckard, encendiendo un cigarrillo—, es mejor no devolverlo. Y si quieres, yo puedo cuidarlo.

—Eso no es tranquilizador, Deckard —respondió Owen con un suspiro—. Conozco tu definición de "cuidar". Y estoy bastante seguro de que Han intentará matarte si lo intentas. No es alguien que se deje enjaular.

Deckard exhaló una nube de humo que se disipó rápidamente en la brisa marina.

—Solo digo que puedo encerrarlo conmigo —insistió Deckard, con una chispa de posesividad en sus ojos—. Como una cita muy larga. Un retiro permanente del mundo. Él ya está muerto para el resto del planeta, ¿por qué no mantenerlo así? Estaría seguro. Conmigo nadie volvería a tocarle un pelo.

Owen soltó una carcajada amarga, negando con la cabeza.

—Estás hablando de un hombre que sobrevivió a Tokio y a Roma. No es un trofeo, Deckard. Es un activo, y ahora mismo, es el único puente que nos queda con la red de Toretto si las cosas se ponen realmente feas.

—Toretto no lo merece —gruñó Deckard—. Lo exponen, lo usan, lo dejan morir. Yo sé lo que es estar solo en la oscuridad. Él también. Encajamos.

—Encajáis como dos granadas sin seguro en una caja pequeña —replicó Owen—. Además, ¿qué planeas hacer? ¿Ponerle grilletes en esa mansión tuya en Londres?

Deckard se inclinó hacia adelante, la luz de la luna acentuando las cicatrices de su rostro.

—Si necesito convertir a Han en un Shaw para que se quede, estoy dispuesto a casarme con él —declaró con una solemnidad que rayaba en lo absurdo, pero que en su boca sonaba como una amenaza real—. Los Shaw cuidamos lo que es nuestro. Y él es... interesante. Hacía mucho tiempo que algo no me despertaba este instinto.

Owen se quedó en silencio un momento, procesando las palabras de su hermano. Sabía que Deckard no bromeaba con esas cosas. Cuando Deckard Shaw fijaba su objetivo en algo, o lo destruía o lo poseía por completo.

—Él nunca aceptará eso —dijo Owen finalmente—. Han ama su libertad tanto como ama esos estúpidos snacks que come todo el tiempo.

—Todo el mundo tiene un precio, Owen —respondió Deckard, mirando hacia la ventana de la habitación de Han—. O un punto de ruptura. Solo tengo que encontrar el suyo. Prefiero que esté bajo mi vigilancia, en mi cama o en mi celda, antes de que vuelva a terminar en un coche en llamas por culpa de la incompetencia de Dom Toretto.

—Estás loco —concluyó Owen, terminando su bebida.

—Tal vez —admitió Deckard, poniéndose de pie y ajustándose la chaqueta—. Pero soy un Shaw. Y nosotros siempre conseguimos lo que queremos.

Mientras tanto, en la habitación de arriba, Han estaba sentado en el borde de la cama. Sus oídos, entrenados por años de espionaje y supervivencia, habían captado partes de la conversación a través de la ventilación. No se movió, ni mostró sorpresa. Simplemente sacó un pequeño palito de chocolate de una caja que había encontrado en el minibar y lo mordió con parsimonia.

Conocía a los hermanos Shaw. Sabía que Owen era la mente lógica y fría, y que Deckard era el impulso violento y obsesivo. El hecho de que Deckard estuviera planeando su "secuestro" o un matrimonio forzado no le quitaba el sueño; había escapado de situaciones mucho más peligrosas que un asesino británico con delirios de posesión.

Sin embargo, había algo en la voz de Deckard, una vulnerabilidad oculta bajo capas de arrogancia, que lo hizo reflexionar. El mundo pensaba que él era un fantasma. Y tal vez, por un tiempo, ser el fantasma personal de un hombre como Deckard Shaw no era la peor de las opciones mientras el mundo terminaba de arder.

Han se recostó en las almohadas, mirando el techo de la villa griega. La cacería de Dante Reyes continuaría al día siguiente, pero ahora sabía que tenía que vigilar no solo sus espaldas de los enemigos, sino también de sus aliados.

En el piso de abajo, Deckard permaneció un rato más en la terraza, observando cómo la luz de la habitación de Han se apagaba. Una sonrisa lenta y predadora se dibujó en sus labios.

—Dulces sueños, cariño —susurró al viento—. Disfruta de tu libertad mientras dure. Porque cuando esta guerra termine, no vas a ir a ninguna parte.

La alianza entre los Shaw y el hombre que se negaba a morir era un pacto de sangre escrito sobre el asfalto. Pero para Deckard, era el comienzo de un juego mucho más personal. Un juego donde el premio no era la supervivencia, sino el alma de Han. Y Deckard Shaw nunca había perdido una partida que realmente quisiera ganar.