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El Tercer Vínculo: Han Shaw

La mansión en los Alpes Suizos era una maravilla de ingeniería y diseño, pero para Han, seguía siendo una jaula dorada. El aire allí arriba era tan puro que dolía al respirar, y el silencio solo era interrumpido por el crujido de la nieve o el zumbido de los servidores que Owen mantenía activos en el sótano.

Han estaba sentado en el borde de una mesa de billar, observando cómo Owen limpiaba un rifle de precisión con una meticulosidad casi religiosa. Al otro lado de la estancia, Deckard servía tres vasos de un whisky que probablemente costaba más que el coche promedio en las calles de Tokio.

—Esto no puede durar para siempre, Deckard —dijo Han, rompiendo el silencio mientras abría una bolsa de chips de wasabi.

Deckard se acercó, entregándole un vaso. Sus ojos azules brillaron con esa mezcla de posesividad y diversión que Han ya había aprendido a reconocer.

—¿A qué te refieres, cariño? Tienes comida, tienes los mejores coches del mundo en el garaje y, lo más importante, nos tienes a nosotros. Estás a salvo.

—La seguridad es solo otra forma de llamar al aburrimiento —replicó Han, tomando un sorbo del licor—. Dom y los demás creen que soy cenizas. No puedo quedarme aquí mirando las montañas hasta que me salgan canas.

Owen levantó la vista de su rifle. Su mirada era más analítica, menos impulsiva que la de su hermano mayor, pero igual de firme.

—El problema, Han, es que no eres un simple civil. Eres un cabo suelto. Y en nuestra familia, no nos gustan los cabos sueltos. Si sales de aquí sin una protección real, alguien volverá a intentar usarte como moneda de cambio.

Deckard se apoyó contra la mesa, invadiendo el espacio de Han. Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro mientras miraba a su hermano menor.

—Owen —dijo Deckard, su voz bajando un octavo—, he estado pensando en una solución permanente. Una que nos daría el control total sobre su estatus legal y su seguridad.

Owen arqueó una ceja, dejando a un lado el paño de limpieza.

—Te escucho.

—¿Te casarías con él? —preguntó Deckard con una naturalidad pasmosa.

El silencio que siguió fue tan denso que Han casi pudo sentirlo físicamente. Owen no parpadeó. Han, por su parte, se quedó con un chip a medio camino de la boca.

—¿Perdona? —logró decir Han, mirando a Deckard como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—Piénsalo, Owen —continuó Deckard, ignorando la estupefacción de Han—. Si Han se convierte en un Shaw, legalmente, bajo nuestras empresas de fachada y nuestros contactos en el gobierno británico, se vuelve intocable. No sería solo un aliado. Sería sangre. Y nosotros protegemos a nuestra sangre con todo lo que tenemos.

Owen procesó la idea con la velocidad de una computadora táctica. Miró a Han, recorriendo su figura con una intensidad nueva, una que no era solo pragmática, sino profundamente territorial.

—Un matrimonio triple —concluyó Owen, asintiendo lentamente—. Un vínculo cerrado. Así, ninguno de los dos tendría que preocuparse por quién tiene la custodia de su lealtad. Él sería nuestro. De ambos.

—Exactamente —dijo Deckard, volviéndose hacia Han—. ¿Qué dices, cariño? Podrías dejar de ser un fantasma para convertirte en algo mucho más poderoso.

Han soltó una carcajada nerviosa, dejando la bolsa de snacks sobre el fieltro verde de la mesa de billar.

—Estáis locos. Los dos. Esto no es un contrato de mercenarios, es... es una locura.

—Es supervivencia —corrigió Owen, levantándose y caminando hacia él—. Es la única forma de garantizar que, si Dom Toretto alguna vez descubre que estás vivo, no tenga ningún derecho legal ni moral sobre ti. Serías un Shaw. Y nadie le quita nada a un Shaw.

Deckard se inclinó más, atrapando a Han entre sus brazos y la mesa de billar. Su aliento olía a whisky y a una determinación inquebrantable.

—Imagínatelo, Han. No más huidas. No más esconderse en las sombras esperando a que el próximo villano de turno decida usarte para llegar a Dom. Tendrías el respaldo de toda nuestra red. Londres, Hong Kong, las cuentas blindadas... todo.

Han miró a Deckard y luego a Owen. Vio en ellos una sinceridad aterradora. No era una broma. Estos dos hombres, que habían aterrorizado a medio mundo, estaban ofreciéndole el único refugio real que jamás había conocido: uno donde él no era el conductor prescindible, sino el centro de su mundo.

—¿Y qué gano yo, aparte de un apellido nuevo y dos maridos sociópatas? —preguntó Han, aunque su resistencia empezaba a flaquear ante la intensidad de esas dos miradas.

—Ganas una vida —dijo Owen, llegando al otro lado de Han y colocando una mano en su hombro—. Una vida donde tú eres la prioridad. Donde nunca más volverás a estar solo en un coche en llamas.

Deckard tomó la mano de Han, entrelazando sus dedos.

—Han Shaw —probó Deckard, saboreando las palabras—. Suena bien, ¿verdad? Tiene un anillo de autoridad.

Han suspiró, cerrando los ojos por un momento. Pensó en Tokio, en Gisele, en las interminables carreteras y en la soledad que siempre le seguía como una sombra. Miró a los hermanos Shaw. Eran peligrosos, eran posesivos y estaban completamente trastornados, pero eran los únicos que habían ido a buscarlo al infierno para traerlo de vuelta.

—Si acepto... —comenzó Han, su voz apenas un susurro—, quiero mi propio coche. Uno que Deckard no pueda tocar.

Deckard soltó una risa triunfal, besando la sien de Han con una ternura que contrastaba con la ferocidad de sus palabras anteriores.

—Cariño, tendrás tu propia flota si así lo quieres.

***

La ceremonia no tuvo lugar en una iglesia, ni hubo invitados, ni flores, ni pasteles. Se celebró tres días después en el gran salón de la mansión, frente a un juez que Owen había "convencido" para que viajara en helicóptero privado bajo un estricto acuerdo de confidencialidad.

Han vestía un traje oscuro, cortado a medida por un sastre que Deckard había traído desde Londres. A su izquierda estaba Owen, impecable y frío como el acero; a su derecha, Deckard, cuya presencia irradiaba una energía eléctrica.

—Por el poder que me otorga la ley —dijo el juez, cuya mano temblaba ligeramente al ver las armas enfundadas de los hermanos Shaw—, los declaro unidos en matrimonio.

No hubo intercambio de anillos tradicionales. En su lugar, Owen sacó tres bandas de platino cepillado, grabadas en el interior con coordenadas geográficas y una fecha. Eran dispositivos de rastreo encriptados de última generación, pero también eran símbolos de propiedad.

Deckard tomó la mano de Han y deslizó el anillo en su dedo anular.

—Ahora eres nuestro, Han —susurró Deckard, antes de besarlo con una pasión que reclamaba cada centímetro de su ser.

Cuando se separaron, fue Owen quien tomó su turno. Su beso fue diferente: más lento, más deliberado, como un sello de posesión que prometía protección eterna a cambio de una lealtad absoluta.

Han se quedó allí, entre los dos, sintiendo el peso del platino en su dedo. Por primera vez en años, no sintió la necesidad de mirar por encima del hombro.

—Han Shaw —repitió Owen, observando el anillo en la mano de su ahora esposo—. Sí, definitivamente suena bien.

—Bienvenido a la familia, cariño —dijo Deckard, rodeando la cintura de Han con un brazo mientras Owen hacía lo mismo por el otro lado—. La verdadera familia.

Esa noche, la tormenta de nieve arreció fuera, pero dentro de la mansión, el ambiente era cálido. Cenaron en silencio, una paz extraña pero sólida asentándose entre los tres. Han se dio cuenta de que, aunque seguía siendo una jaula, ahora él tenía las llaves de las habitaciones de sus carceleros.

—¿En qué piensas? —preguntó Owen, notando la mirada perdida de Han.

Han tomó un palito de chocolate, mordiéndolo con esa calma característica suya.

—Pienso que Dom se va a llevar una sorpresa enorme si alguna vez nos vuelve a ver.

Deckard soltó una carcajada mientras servía más vino.

—Si Toretto se acerca a menos de diez kilómetros de ti, lo sabremos antes de que pueda decir la palabra "familia". Y entonces descubrirá que los Shaw no devuelven lo que es suyo.

Han miró a Deckard y luego a Owen. Eran hombres de guerra, hombres que habían quemado ciudades por menos de lo que sentían por él. Y aunque sabía que su vida nunca volvería a ser "normal", había algo reconfortante en ser el tesoro de dos monstruos.

—Han Shaw —dijo Han para sí mismo, probando el sonido—. Supongo que podría acostumbrarme a esto.

—Te acostumbrarás —sentenció Owen—. No tienes otra opción.

—Y te encantará —añadió Deckard, guiñándole un ojo—. Porque ahora que eres un Shaw, el mundo entero es nuestro campo de juego. Y tú eres nuestro jugador estrella.

Han se recostó en su silla, observando cómo los dos hermanos empezaban a discutir sobre su próxima "limpieza" de agentes de la Agencia que aún seguían rastreando su rastro. Se sentía extraño, pero por primera vez en mucho tiempo, Han se sintió en casa. No una casa de asfalto y gasolina, sino una de hielo, poder y dos hombres que habían decidido que él era lo único en el mundo que valía la pena conservar.

La cacería había terminado. El juego había cambiado. Y Han Shaw, el hombre que una vez fue un fantasma, ahora era la pieza más importante del tablero más peligroso del mundo.