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Lazos de Sangre, Hielo y Fuego

El aire en la fortaleza alpina se había vuelto denso, cargado de una electricidad estática que no tenía nada que ver con las tormentas de nieve que azotaban los ventanales. Tres meses habían pasado desde que el nombre de Han Lue fuera borrado de la existencia para ser reemplazado por el de Han Shaw. Tres meses de una rutina coreografiada donde el lujo era la norma y la libertad una ilusión cuidadosamente mantenida.

Han estaba en el gimnasio de alta tecnología, golpeando un saco de boxeo con una cadencia metódica. Sus nudillos estaban rojos, pero no se detenía. Necesitaba el dolor físico para acallar el ruido de su mente.

—Tu técnica es impecable, pero te falta agresividad, cariño —dijo Deckard, entrando en la sala con esa arrogancia que parecía ser su segunda piel—. Estás golpeando como si tuvieras miedo de romper el saco.

Han se detuvo, el saco oscilando pesadamente entre ellos. Se secó el sudor de la frente con el antebrazo y miró a Deckard con una frialdad que habría congelado a cualquier otro hombre.

—No tengo miedo de romper cosas, Deckard —respondió Han, su voz arrastrando un cansancio peligroso—. Tengo miedo de lo que pasaría si dejara de contenerme.

Deckard soltó una risa seca y se acercó, invadiendo el espacio personal de Han con esa familiaridad no invitada que se había vuelto su sello personal.

—¿Ah, sí? ¿Y qué pasaría? ¿Finalmente admitirías que te gusta estar aquí? ¿Que prefieres este refugio al caos de Toretto?

—Lo que prefiero es que dejes de tratarme como si fuera una de tus adquisiciones —estalló Han, lanzando las vendas de sus manos al suelo—. Me habéis dado un apellido, me habéis dado protección, pero sigues mirándome como si fuera un trofeo en una vitrina.

—Te miro como lo que eres —replicó Deckard, sus ojos azules encendiéndose—. Eres mi esposo. Eres un Shaw. Y si eso te molesta, es porque todavía te aferras a la idea de que ese mecánico calvo vendrá a rescatarte. Despierta, Han. Nadie viene.

—¡No estoy esperando a nadie! —gritó Han, dando un paso hacia él—. Pero no voy a ser el juguete que usas para llenar tu vacío existencial. Estoy harto de tus comentarios, de tu posesividad y de esa forma que tienes de recordarme a cada segundo que "te pertenezco".

—¡Porque lo haces! —rugió Deckard, agarrándolo por las solapas de la camiseta—. Te saqué de las cenizas. Te di un lugar en este mundo cuando no tenías nada.

—Me diste una jaula —siseó Han, empujándolo con fuerza—. Una jaula muy cara, pero una jaula al fin y al cabo. Vete al diablo, Deckard.

Han salió del gimnasio sin mirar atrás, dejando a un Deckard furioso y vibrante de adrenalina contenida. Necesitaba espacio. Necesitaba silencio. Se dirigió a la biblioteca, el único lugar de la mansión donde Owen solía pasar el tiempo y donde el caos emocional de Deckard rara vez penetraba.

Al entrar, encontró a Owen sentado frente a una de las terminales, pero no estaba trabajando. Estaba observando una de las cámaras de seguridad del gimnasio. Había visto la discusión.

—Mi hermano no sabe cuándo cerrar la boca —comentó Owen sin apartar la vista de la pantalla—. Tiene la sutileza de una granada de fragmentación.

Han se dejó caer en un sofá de cuero, cerrando los ojos.

—Es insoportable, Owen. Cree que puede forzarme a sentir algo solo porque hay un papel firmado.

Owen se levantó con elegancia y caminó hacia él. A diferencia de Deckard, Owen se movía con una calma que Han encontraba extrañamente reconfortante. Era un depredador, sí, pero uno que sabía esperar.

—Deckard es impulsivo —dijo Owen, deteniéndose frente a Han—. Pero yo no lo soy. Yo entiendo que la lealtad no se exige, se construye. Sin embargo... Han, han pasado tres meses.

Han abrió los ojos y se encontró con la mirada analítica de Owen. No había la burla de Deckard, solo una verdad cruda.

—¿Tú también vas a empezar con eso? —preguntó Han con amargura.

—No es una exigencia —respondió Owen, sentándose a su lado y colocando una mano sobre la rodilla de Han—. Es una observación. Este vínculo que compartimos... es incompleto. Estás aquí físicamente, pero te niegas a dar el último paso. Y ese paso es necesario para que este lugar deje de sentirse como una prisión y empiece a sentirse como un hogar.

Han sintió el peso de la mano de Owen. Era firme, cálida. No había la urgencia violenta de Deckard, sino una invitación silenciosa. Por primera vez en meses, Han no sintió ganas de huir. Estaba cansado de pelear, cansado de estar solo incluso cuando estaba rodeado de gente.

—¿Y si no sé cómo hacerlo? —susurró Han, su voz apenas audible.

—Yo te enseñaré —respondió Owen, acercándose lo suficiente para que Han pudiera oler el aroma a sándalo y metal—. No tienes que ser un trofeo, Han. Solo tienes que ser tú mismo, con nosotros.

Owen se inclinó y presionó sus labios contra los de Han. Fue un beso lento, exploratorio, cargado de una promesa de estabilidad que Han anhelaba desesperadamente. Han no se apartó. Al contrario, se inclinó hacia el contacto, dejando que la calma de Owen envolviera sus sentidos.

Sin decir una palabra, Owen tomó la mano de Han y lo guio hacia el dormitorio principal del ala de Owen. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor de la luna sobre la nieve exterior.

El encuentro fue metódico, casi reverente. Owen se tomó su tiempo para despojar a Han de sus defensas, tanto físicas como emocionales. No hubo prisas, no hubo la agresividad que Han tanto temía de Deckard. Fue una consumación nacida de la necesidad de pertenencia. En los brazos de Owen, Han sintió que el suelo bajo sus pies finalmente dejaba de temblar. El acto fue una entrega total, un sello de lealtad que Han finalmente estaba dispuesto a firmar con su propio cuerpo.

El silencio de la habitación solo era roto por sus respiraciones agitadas y el roce de la piel contra las sábanas de seda. Han se sentía abrumado, una mezcla de alivio y una vulnerabilidad que no había experimentado en años. Owen lo sostenía con una firmeza que le decía que no lo dejaría caer, que en este mundo de sombras, él era el ancla.

Sin embargo, la paz duró poco.

El sonido de la puerta abriéndose de golpe resonó como un disparo en la habitación. Han se tensó de inmediato, tratando de cubrirse con las sábanas, mientras Owen se incorporaba lentamente, sin mostrar ni un ápice de sorpresa o vergüenza.

Deckard estaba de pie en el umbral, recortado contra la luz del pasillo. Su expresión era ilegible, una mezcla de furia contenida y algo que se parecía mucho al triunfo. Llevaba una botella de whisky en una mano y dos vasos en la otra.

—Vaya, vaya —dijo Deckard, su voz arrastrando un tono peligroso y cargado de intención—. Parece que la fiesta ha empezado sin mí.

—Deckard, vete —dijo Owen con voz gélida, aunque no se movió para cubrirse—. Este no es el momento.

—Oh, creo que es exactamente el momento —replicó Deckard, entrando en la habitación y cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco—. He escuchado vuestra pequeña discusión sobre la lealtad y los vínculos incompletos. Y me parece injusto que mi hermano menor se lleve todos los privilegios mientras yo me quedo bebiendo solo en el salón.

Han miró a Deckard, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. La vulnerabilidad que acababa de compartir con Owen se sentía ahora expuesta, desnuda ante la mirada depredadora del mayor de los Shaw.

—No hagas esto, Deckard —murmuró Han, tratando de recuperar su compostura.

Deckard dejó la botella y los vasos sobre la mesita de noche y se acercó a la cama. Se desabrochó los botones superiores de su camisa, sus ojos fijos en Han con una intensidad que quemaba.

—¿Hacer qué, cariño? —preguntó Deckard, sentándose en el borde de la cama, justo al lado de las piernas de Han—. ¿Reclamar lo que es mío? ¿Consumar el contrato que tú mismo aceptaste?

Miró a Owen, y por un segundo, hubo un entendimiento silencioso entre los dos hermanos. Owen, que siempre había sido el estratega, asintió levemente. No iba a detener a su hermano; al contrario, parecía estar de acuerdo con la intrusión.

—Yo ya he hecho mi parte, Deckard —dijo Owen, recostándose contra las almohadas y observando a Han—. Han ha aceptado el vínculo. Ahora te toca a ti demostrarle que no tiene nada que temer de nosotros.

Deckard se inclinó sobre Han, atrapándolo entre sus brazos. El olor a whisky y a peligro que emanaba de él era embriagador.

—He tenido mucha paciencia contigo, Han —susurró Deckard contra sus labios—. Te he dejado tu espacio, te he dejado tus snacks y tus silencios. Pero ya he tenido suficiente de mirar desde la distancia.

Han sintió la mano de Deckard acariciando su mejilla, una caricia que era a la vez tierna y posesiva.

—Yo también tengo pensado consumar este matrimonio —declaró Deckard con una solemnidad absoluta—. Y no voy a esperar a que mañana vuelvas a cambiar de opinión. Eres un Shaw, Han. Y los Shaw compartimos todo, especialmente lo que más valoramos.

Han miró a Owen, que observaba la escena con una calma imperturbable, y luego a Deckard, que vibraba con una necesidad que ya no podía ser contenida. Se dio cuenta de que no había escapatoria. No porque estuviera físicamente atrapado, sino porque, en el fondo, la seguridad que había sentido con Owen solo era la mitad de la ecuación. Para estar realmente a salvo, para dejar de ser un fantasma, tenía que aceptar a ambos.

—No os odio —dijo Han, su voz rompiéndose ligeramente—. Pero esto... esto es demasiado.

—No es demasiado —respondió Deckard, besando la comisura de sus labios—. Es justo lo necesario.

Deckard se deshizo del resto de su ropa con movimientos rápidos y eficientes. Cuando se unió a ellos en la cama, el ambiente cambió de nuevo. Ya no era la calma de Owen, sino una tormenta de sensaciones encontradas. Deckard era fuego, era exigencia, era un recordatorio constante de que Han ya no pertenecía a las sombras, sino a la luz cruda y violenta de los Shaw.

Owen se movió para rodear a Han desde atrás, sus manos encontrando las de Han y entrelazando sus dedos, mientras Deckard tomaba el control desde el frente.

—Mírame, Han —ordenó Deckard, obligándolo a fijar sus ojos en los suyos—. No vas a volver a estar solo. Nunca. Ni en la carretera, ni en el infierno, ni en esta cama.

Han cerró los ojos por un momento, sintiendo el peso de ambos hombres, la dualidad de su nueva existencia. Por un lado, la lógica y la protección de Owen; por el otro, la pasión y la furia de Deckard. Era una trampa, sí. Una jaula de platino y seda. Pero mientras las manos de Deckard reclamaban su piel y Owen lo mantenía anclado a la realidad, Han se dio cuenta de que el frío de las montañas ya no podía alcanzarlo.

—Consúmalo de una vez, Deckard —susurró Han, rindiéndose finalmente a la inevitable marea.

La noche continuó, pero ya no hubo discusiones ni silencios tensos. En la oscuridad de la habitación, los tres hombres sellaron un pacto que iba más allá de los papeles legales o los nombres cambiados. Fue una unión de necesidades mutuas, de soledades compartidas y de una lealtad que, aunque nacida del caos, se sentía más real que cualquier cosa que Han hubiera conocido antes.

Cuando el sol comenzó a asomar tímidamente por detrás de los picos alpinos, Han se encontraba exhausto, atrapado entre los cuerpos de los dos hermanos. Owen dormía con una expresión de paz inusual, mientras que Deckard, incluso en sueños, mantenía una mano posesiva sobre el pecho de Han.

Han miró el anillo en su dedo, que ahora brillaba con un significado nuevo. Ya no era solo una marca de propiedad. Era el recordatorio de que el fantasma de Tokio finalmente había encontrado un lugar donde no tenía que correr más. Estaba rodeado de monstruos, sí. Pero eran sus monstruos. Y en ese mundo de traiciones y motores rugientes, eso era lo más parecido a la familia que iba a conseguir.

—Han Shaw —susurró para sí mismo, dejando que el sueño lo reclamara—. Supongo que, después de todo, el juego sí que ha cambiado.

Y en el silencio de la fortaleza, por primera vez en mucho tiempo, el cazador no sentía la necesidad de vigilar la puerta. Estaba en casa.