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Luz de Sol y Cenizas de Orgullo
La capital de la Nación del Fuego nunca había lucido tan vibrante, despojada finalmente del matiz sangriento que el Cometa de Sozin había proyectado sobre sus calles. Los estandartes carmesíes ondeaban bajo un cielo azul despejado, y el aire, antes cargado de hollín y tensión militar, hoy transportaba el aroma dulce de los lirios de fuego y el incienso ceremonial. Era el día de la coronación, el día en que el mundo cambiaría de eje.
Zuko se miraba en el gran espejo de bronce de sus aposentos privados. La túnica real pesaba sobre sus hombros, no solo por la seda bordada en oro y las pesadas hombreras de metal, sino por el simbolismo que cargaba. Sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba ajustar la pieza final del atuendo.
—Permíteme, sobrino —dijo Iroh, apareciendo tras él con una sonrisa que desbordaba orgullo—. Un Señor del Fuego debe lucir impecable, especialmente cuando tiene a tantos invitados... y a un Avatar particularmente entusiasta esperando fuera.
Zuko soltó un suspiro largo, dejando que su tío colocara la corona de la llama en su moño.
—Tío, estoy aterrado —confesó en un susurro—. No por el trono, sino por lo que Aang pueda hacer frente a todos los dignatarios. Sabes cómo se pone.
Iroh soltó una risita profunda mientras le daba unas palmaditas en el hombro.
—El joven Aang solo celebra la vida, Zuko. Y parte de su vida, nos guste o no, eres tú. Intenta no quemar el estrado si decide ser... expresivo.
La ceremonia comenzó con una pompa que habría intimidado a cualquiera. Representantes de las Tribus del Agua, con sus pieles azules y blancas, y dignatarios del Reino Tierra con sus túnicas verdes, llenaban las gradas de la plaza principal del palacio. En la primera fila, Katara y Sokka observaban con rostros radiantes. Sokka incluso intentaba, sin mucho éxito, no comerse los aperitivos ceremoniales antes de tiempo.
Zuko caminó hacia el sabio del fuego con paso firme, manteniendo la mirada al frente, tratando de ignorar la figura que flotaba literalmente a unos centímetros del suelo a la derecha del altar. Aang llevaba sus túnicas de nómada aire nuevas, pero su postura no tenía nada de la solemnidad que se esperaba del espíritu del mundo.
Cuando el sabio colocó la corona oficial y proclamó a Zuko como el nuevo Señor del Fuego, la multitud estalló en vítores. Zuko se giró hacia su pueblo, sintiendo por primera vez que el honor no era algo que se recuperaba, sino algo que se ganaba con la verdad.
Pero la paz duró poco.
Aang, incapaz de contenerse más, saltó desde su posición y aterrizó justo al lado de Zuko. El Avatar no se conformó con una reverencia formal. En lugar de eso, rodeó los hombros del nuevo monarca con un brazo y le dedicó una sonrisa que podría haber eclipsado al sol mismo.
—¡Qué alegría, mi Sunshine! —exclamó Aang, y su voz, potenciada accidentalmente por una pequeña ráfaga de aire, resonó en toda la plaza—. Sabía que esa corona te quedaría de maravilla, pero no esperaba que resaltara tanto el dorado de tus ojos. Estás absolutamente comestible.
Zuko sintió que la sangre se le subía a la cara con tal fuerza que temió que su cicatriz empezara a brillar.
—Aang... —siseó Zuko entre dientes, manteniendo una sonrisa rígida para la multitud—. Estamos en una ceremonia oficial. Compórtate.
—Me estoy comportando —replicó Aang, acercando su rostro al de Zuko de forma peligrosa, ignorando por completo a los miles de espectadores que habían guardado un silencio sepulcral ante el atrevimiento—. Me estoy comportando como un Avatar que está muy orgulloso de su futuro esposo. ¿Sabes qué le falta a esta coronación? Un sello oficial.
—¿Un sello...? —Zuko no terminó la frase.
Aang se inclinó con rapidez, cerrando los ojos y frunciendo los labios, buscando claramente la boca del Señor del Fuego en medio del estrado sagrado.
La reacción de Zuko fue instintiva. No fue un ataque de odio, sino un acto de pura autodefensa contra la vergüenza pública. Un bufido de fuego naranja salió disparado de sus manos, no hacia Aang, sino creando un muro de calor entre ambos que obligó al Avatar a saltar hacia atrás con una pirueta aérea.
—¡NI SE TE OCURRA, MANÍACO! —rugió Zuko, olvidando por completo el protocolo mientras pequeñas chispas saltaban de sus dedos—. ¡Hay embajadores de todo el mundo aquí! ¡Tengo una reputación que mantener!
Aang aterrizó con gracia, riendo a carcajadas mientras se sacudía una pequeña pavesa que había caído en su hombro.
—¡Oh, vamos! —dijo Aang, guiñándole un ojo a la multitud, que tras el shock inicial, empezaba a soltar risitas—. ¡Un poco de fuego solo añade pasión al momento! ¿No creen, gente de la Nación del Fuego? ¡Su nuevo líder es ardiente en todos los sentidos!
La plaza estalló en risas. No eran burlas, sino una risa liberadora, una que reconocía la humanidad detrás de las figuras legendarias. Sokka, desde su asiento, estaba doblado por la mitad del ataque de risa, mientras Katara se cubría la cara con una mano, aunque sus hombros temblaban.
—¡Es un desastre! —gritó Sokka entre carcajadas—. ¡El Avatar acaba de intentar ligarse al Señor del Fuego en su primer minuto de reinado y casi termina rostizado! ¡Esto va para los libros de historia!
Zuko, con el rostro del color de un tomate maduro, intentó recuperar la compostura, ajustándose la túnica con movimientos bruscos.
—La ceremonia... —empezó Zuko, mirando al sabio del fuego, quien simplemente se encogió de hombros con una sonrisa divertida— ha terminado. Pasemos al banquete. Por favor.
Mientras la multitud comenzaba a dispersarse hacia los jardines del palacio, los líderes de las naciones se agruparon, observando a la pareja que seguía discutiendo en voz baja en el estrado. Aang seguía intentando rodear la cintura de Zuko con un brazo, mientras el Señor del Fuego le apartaba las manos con pequeños golpes de calor.
—Es fascinante, ¿no le parece, General Iroh? —comentó el Rey de Omashu, Bumi, mientras masticaba una fruta—. El equilibrio del mundo parece depender de si el Avatar logra o no conseguir una cita con su sobrino.
Iroh, que caminaba junto a los dignatarios del Reino Tierra, asintió con una expresión de profunda satisfacción.
—El amor es una fuerza más poderosa que el fuego control, Rey Bumi —dijo Iroh, acariciándose la barba—. Zuko necesita a alguien que le recuerde que no tiene que cargar el mundo solo. Y Aang... bueno, Aang necesita a alguien que lo mantenga con los pies en la tierra, aunque sea a base de pequeñas explosiones.
—Parecen niños —comentó una embajadora de la Tribu del Agua del Norte, observando cómo Aang ahora intentaba ponerle una flor en el cabello a Zuko—. Pero es reconfortante. Después de cien años de oscuridad, ver tanta luz... aunque sea una luz un poco caótica.
—Es más que eso —intervino Katara, acercándose al grupo de adultos—. Aang ha estado solo mucho tiempo. Zuko ha estado en las sombras mucho tiempo. Se reconocen. Aunque Zuko finja que lo odia, anoche pasó dos horas puliendo su armadura porque sabía que Aang estaría en primera fila.
—¡Lo sabía! —exclamó Sokka, apareciendo de la nada—. ¡Sabía que ese brillo no era natural! ¡Zuko está tan enamorado que es vergonzoso!
En el estrado, Aang finalmente había logrado capturar la mano de Zuko. El Señor del Fuego ya no luchaba; simplemente suspiraba, mirando al cielo como pidiendo paciencia a sus ancestros.
—¿Crees que algún día dejes de avergonzarme, Aang? —preguntó Zuko en un susurro, aunque sus dedos se entrelazaron con los del monje.
—Probablemente no —respondió Aang, suavizando su tono, mirándolo con una sinceridad que hizo que Zuko bajara la guardia—. Pero admite que la vida es mucho más divertida conmigo. Y además, Sunshine, prometí que nos veríamos en un mundo en paz. Aquí estamos.
Zuko lo miró, y por un momento, el ruido del banquete y las voces de los dignatarios desaparecieron. Solo estaban ellos dos, el viento y el fuego.
—Sí —admitió Zuko, permitiendo que una pequeña y genuina sonrisa cruzara sus labios—. Aquí estamos, idiota.
—¿Eso significa que puedo tener ese beso ahora? —preguntó Aang, iluminándose de nuevo.
Zuko lo soltó y empezó a caminar hacia el salón del banquete con paso rápido.
—No. Tal vez en cincuenta años.
—¡Oh, vamos! ¡Puedo esperar! —gritó Aang, saliendo disparado tras él en su planeador—. ¡Pero recuerda que soy muy persistente! ¡Y tengo un bisonte volador para perseguirte!
Iroh observó a los dos jóvenes desaparecer en el interior del palacio, seguidos por las risas de los invitados. Se volvió hacia sus compañeros de mesa y levantó su taza de té.
—Por el nuevo Señor del Fuego y su Avatar —brindó Iroh—. Que sus llamas nunca se apaguen y que sus tormentas siempre terminen en abrazos.
—Y que alguien le dé a Zuko un abanico —añadió Sokka—, porque con Aang cerca, va a necesitar refrescarse muy a menudo.
La risa volvió a llenar el aire de la Nación del Fuego. El mundo estaba a salvo, no solo porque la guerra había terminado, sino porque los dos pilares que lo sostenían estaban demasiado ocupados enamorándose como para permitir que algo volviera a romperse. Y así, entre coqueteos descarados y llamaradas de indignación fingida, comenzó la era más brillante que la humanidad hubiera conocido jamás.