A travez del universo
El Último Atardecer en la Isla: Un Eco de Acero y un Adiós de Leyenda
La brisa de Seaside Island soplaba con una suavidad melancólica esa tarde, como si el mismo clima de la isla comprendiera que el tejido de la realidad estaba a punto de cerrarse. El cielo se había teñido de un naranja vibrante, mezclado con vetas de violeta y oro, creando un escenario digno de las baladas más hermosas de Camelot. En la terraza del taller de Tails, el portal dimensional zumbaba con una nota musical constante, una puerta de luz blanca que palpitaba al ritmo de los latidos de dos mundos.
Lancelot y Arturo permanecían de pie, con sus capas ondeando suavemente. Ya no había tensión, ni espadas desenvainadas, ni el rastro amargo de los celos. Solo quedaba la gratitud de quienes habían encontrado el camino de vuelta a casa tras haber caminado por el borde del abismo.
— El momento ha llegado, mi señor —susurró Lancelot, ajustando su guantelete plateado.
— Así es, mi fiel caballero —respondió Arturo, mirando a los amigos que los rodeaban—. Pero un rey no se marcha sin antes honrar a quienes le prestaron refugio en la tormenta.
Lancelot asintió y caminó primero hacia Amy Rose. La eriza rosa lo observaba con los ojos brillantes, sosteniendo sus manos contra su pecho. Con una elegancia que parecía detener el tiempo, Lancelot hincó una rodilla en la arena, bajando la cabeza en una reverencia impecable. Tomó la mano de Amy con una delicadeza extrema, elevándola apenas sin llegar a tocarla con sus labios, pero tratándola como el tesoro más preciado de un reino.
— Dama Amy —comenzó Lancelot, su voz grave resonando con una sinceridad poética—, recordad siempre que vuestro valor no reside en la fuerza de vuestro mazo, sino en la inmensidad de vuestra alma. Cada vez que veáis una rosa, recordad que la belleza de sus pétalos está condenada a marchitarse con el viento, pero la vuestra, nacida de la bondad de vuestro corazón, será eterna y más reluciente que el mismo sol que baña estas costas.
Amy se sonrojó violentamente, con el rostro casi del mismo color que sus púas.
— ¡Oh, Lancelot! —exclamó ella, con la voz entrecortada—. Eres... eres el caballero más dulce que he conocido.
Sin poder contenerse, Amy lo rodeó en un abrazo cálido y rápido. Lancelot, aunque sorprendido por la falta de protocolo de este mundo, correspondió con una sonrisa suave. Antes de levantarse, le hizo entrega de un pequeño ramo de rosas silvestres que había recogido esa mañana, el último regalo de un caballero de Camelot.
Arturo se acercó entonces, y aunque no poseía el don de la palabra florida de su caballero, sus ojos reflejaban una sabiduría real.
— Amy —dijo el Rey, poniendo una mano en su hombro—, tienes la chispa de una líder y el corazón de una protectora. Nunca dejes de creer en ti misma, pues harás cosas maravillosas que este mundo recordará por siglos.
Amy también abrazó a Arturo, sintiendo el peso de la armadura real.
— Gracias, Majestad. Prometo que no los olvidaremos.
Lancelot se dirigió entonces hacia Knuckles, quien estaba de pie con los brazos cruzados, intentando parecer imperturbable.
— Guerrero Gawain... o Knuckles, como os llaman aquí —dijo Lancelot, extendiendo su mano—. Vuestra fuerza es un don, pero recordad que el verdadero poder no está en destruir montañas, sino en ser el pilar que sostiene a los que ama. Es esa fuerza la que os permitirá salir adelante en cualquier batalla.
Knuckles sonrió de lado, con una expresión de orgullo genuino. Cerró su puño y golpeó el brazo de Lancelot en un gesto de camaradería masculina.
— No eres tan "lata tiesa" como pensaba, Lancelot. Cuida bien de tu rey, ¿entiendes? Si algún dragón se pasa de listo, dale un buen golpe de mi parte.
Arturo se despidió de Knuckles con un firme choque de puños, un gesto que había aprendido de Sonic y que le parecía extrañamente satisfactorio.
— Sticks —dijo Lancelot, girándose hacia la tejón, quien retrocedió un paso, mirándolo con sospecha—. He de confesar que al principio vuestras palabras me resultaban incomprensibles. Pero ahora entiendo que vuestra desconfianza no es locura, sino un escudo valiente para proteger vuestro hogar. Sois una guerrera de instinto puro, y eso es digno de respeto.
Sticks lo miró con los ojos muy abiertos, parpadeando varias veces.
— Bueno... supongo que sí —murmuró ella, rascándose la oreja—. Al menos no eres un holograma del gobierno central enviado para robarnos las cucharas. Buen viaje, señor Brillante.
Arturo la saludó con un gesto de cabeza a lo lejos, sabiendo que con Sticks, menos era más. Finalmente, ambos erizos se acercaron a Tails, quien estaba terminando de teclear los códigos finales en la consola del portal. El pequeño zorro se veía agotado, pero sus ojos brillaban con la satisfacción del trabajo bien hecho.
Arturo se agachó para quedar a la altura de Tails, mirándolo directamente a los ojos.
— Joven Tails —dijo el Rey con voz suave—, nunca permitas que nadie, ni siquiera tú mismo, desconfíe de tu inteligencia. Eres el mejor en lo que haces, un alquimista de la lógica. Pero recuerda, incluso los más grandes sabios necesitan pedir ayuda de vez en cuando. No cargues el mundo solo en tus hombros.
Arturo extendió su mano y despeinó cariñosamente el flequillo de Tails, provocando que el zorro soltara una risita tímida.
— Gracias, Arturo. Significa mucho viniendo de ti.
Lancelot se adelantó entonces. Al ver su sombra proyectarse sobre él, Tails se tensó involuntariamente. La figura de Lancelot era tan idéntica a la de Shadow que los viejos instintos de supervivencia de Tails, forjados en los días en que el erizo oscuro solo buscaba caos, se encendieron. El zorro tragó saliva, esperando un regaño o una mirada fría.
Sin embargo, Lancelot hizo algo que Tails jamás esperó: se inclinó ante él en una reverencia profunda.
— Maestro Tails —comenzó Lancelot con una humildad que desarmó al zorro—, es para mí un honor inmenso haber conocido a un genio de vuestro calibre. Gracias a vuestro ingenio, hoy puedo regresar a casa junto a mi esposo y volver a ver a mi hijo, Galahad. Habéis logrado lo que toda la magia de mi mundo no pudo. Sé que lograréis todo lo que os propongáis, pues vuestra mente es un regalo para este o cualquier otro universo.
Tails se quedó mudo. Los nervios que sentía desaparecieron, reemplazados por una oleada de alegría y sorpresa. Sus colas comenzaron a agitarse con entusiasmo.
— Yo... yo solo hice mi trabajo, Lancelot —respondió Tails, estrechando la mano del caballero con firmeza—. Pero gracias. De verdad. Les deseo el mejor de los viajes. ¡Prometo que el portal los dejará justo en la puerta del castillo!
— Confiamos en vos —concluyó Arturo.
Por último, el silencio se hizo más denso cuando Arturo y Lancelot se giraron hacia sus versiones alternas. Sonic y Shadow permanecían un poco más alejados, observando la escena. Sonic tenía los brazos en jarra y esa sonrisa arrogante que ocultaba la melancolía de la despedida. Shadow estaba apoyado contra una palmera, con los brazos cruzados, manteniendo su habitual máscara de indiferencia.
Arturo caminó hacia Shadow. Se detuvo a un paso de él y lo miró con solemnidad.
— Shadow —dijo el Rey—. Antes de partir, deseo pediros perdón una última vez por mi conducta errática al llegar. Mi juicio fue nublado por el miedo.
Shadow lo miró con desinterés, soltando un leve "Tch, como sea". Pero cuando Arturo extendió su mano, Shadow no la rechazó. Por primera vez, el erizo oscuro de este mundo estrechó la mano del Rey de Camelot, reconociendo en ese apretón la fuerza de un igual. No hubo palabras, pero el respeto mutuo quedó sellado en ese contacto de cuero y pelaje.
Mientras tanto, Lancelot se acercó a Sonic. Con la elegancia que lo definía, puso una rodilla en el suelo ante el erizo azul. Sin embargo, esta vez no tomó su mano para besarla. Se mantuvo en una postura de máximo respeto guerrero, reconociendo a Sonic no como su rey, sino como el compañero de vida de Shadow y como un héroe por derecho propio.
— Caballero del Viento —dijo Lancelot, mirando a Sonic a los ojos—, vuestro espíritu es la libertad misma. Os agradezco por haberme recordado que, incluso en el servicio más devoto, uno debe mantener su propia luz. Os respeto profundamente, no solo por vuestro poder, sino por la lealtad que profesáis a los vuestros. Que vuestro camino siempre sea rápido y vuestro corazón siempre libre.
Sonic se rascó la nariz, sintiéndose un poco avergonzado por tanta formalidad, pero con una chispa de afecto en sus ojos verdes.
— Vaya, Lance, vas a hacer que me sonroje y eso arruinaría mi imagen de tipo duro —bromeó Sonic, dándole una palmada en el hombro al caballero para que se levantara—. Cuida bien de "Excali-bore" allá en Camelot. Y dile a tu hijo que tiene un padre que es todo un personaje. ¡No dejes de correr, aunque sea con esa armadura pesada!
Lancelot se puso en pie y regresó al lado de Arturo. El portal ahora brillaba con una intensidad cegadora, emitiendo ráfagas de viento que traían el aroma a lluvia y hierba fresca de Inglaterra.
— ¡Es el momento! —gritó Tails—. ¡Crucen ahora!
Arturo y Lancelot se tomaron de la mano. Se miraron por última vez, confirmando en sus pupilas que el viaje había valido la pena, que su amor era ahora más fuerte tras haber sobrevivido al caos de las dimensiones.
— ¡Adiós, amigos de Seaside! —gritó Arturo, alzando a Excalibur por última vez en un saludo triunfal.
— ¡Hasta que el destino nos vuelva a reunir! —añadió Lancelot.
Ambos saltaron al vacío de luz.
El estallido fue silencioso pero absoluto. Una onda de energía blanca barrió la terraza, obligando a todos a cubrirse los ojos. Cuando la luz se disipó, el portal había desaparecido. Solo quedaba el sonido de las olas rompiendo contra las rocas y el murmullo del viento entre las palmeras. El taller de Tails volvía a ser simplemente un taller, y la isla recuperaba su paz tropical.
Amy miró el ramo de rosas en sus manos, sintiendo todavía el calor de las palabras de Lancelot. Knuckles suspiró, Sticks comenzó a murmurar sobre cómo los portales atraen a las moscas espaciales, y Tails empezó a apagar sus monitores con una sonrisa de satisfacción.
Sonic se acercó a la barandilla de la terraza, mirando hacia el horizonte donde la luna empezaba a asomarse. Sintió una presencia a su lado. Shadow se colocó junto a él, mirando también hacia el mar.
— Se fueron —dijo Sonic suavemente.
— Sí —respondió Shadow—. Finalmente.
Sonic se rió y recostó su cabeza en el hombro de Shadow.
— Admítelo, Shads. Vas a extrañar que alguien te llame "sir" y se arrodille ante ti.
Shadow gruñó, pero esta vez no fue un sonido de ira. Pasó su brazo alrededor de los hombros de Sonic, atrayéndolo hacia él en un gesto de inusual ternura.
— Ya tengo a un idiota azul que me da suficientes problemas —murmuró Shadow—. No necesito a un caballero medieval para sentirme un rey.
Sonic sonrió, cerrando los ojos mientras disfrutaba de la paz de su propio mundo.
En otro lugar, en otra realidad, dos erizos emergieron de las aguas del Lago de Nimue. La lluvia de Camelot los recibió con su caricia fría y constante. Arturo y Lancelot se miraron, empapados pero felices, mientras el castillo se alzaba majestuoso frente a ellos.
Un joven erizo plateado, Galahad, corrió hacia ellos desde la orilla, gritando con alegría al ver el regreso de su padre y de su rey. Arturo y Lancelot lo recibieron con los brazos abiertos, fundiéndose en un abrazo familiar que borraba cualquier rastro de la soledad dimensional.
— Hemos vuelto, Lancelot —susurró Arturo, besando la frente de su caballero bajo la lluvia.
— Estamos en casa, mi Arturo —respondió Lancelot, sabiendo que, sin importar cuántos mundos existieran, su lugar siempre estaría allí, en el corazón de Camelot, al lado del hombre que amaba más que a su propia vida.
El atardecer en Seaside Island y el amanecer en Camelot se unieron por un instante en un eco eterno. La historia de los dos mundos se cerraba, dejando tras de sí el rastro de una rosa eterna y la promesa de que el honor y el deseo, cuando caminan de la mano, pueden vencer cualquier distancia.