Volver al resumen

Abejas

El Trono de la Sumisión: Semen, Sangre y Néctar Real

La atmósfera en la cámara real de la colmena era densa, cargada de un olor dulzón a feromonas rancias y el almizcle pesado de una excitación que bordeaba la locura. La Reina, cuya figura se alzaba imponente con sus tetas colosales desbordando del corpiño de seda dorada, ya no buscaba el amor. La desesperación por su útero vacío, la presión de las paredes de su vientre palpitando por una carga que no llegaba, habían quebrado cualquier rastro de la elegancia diplomática que pretendió mostrar al principio. Ante ella, la pequeña obrera futanari temblaba, con las manos atadas a las columnas de ámbar del lecho real, sus alas translúcidas vibrando en un zumbido de puro terror.

—Te di la oportunidad de ser mi consorte, basura de rango bajo —rugió la Reina, su voz era un trueno que hacía vibrar las paredes de la colmena—. Te ofrecí mi corazón y lo rechazaste con tu patética moralidad. Ahora, solo eres un semental. Un objeto. Una herramienta de carne para llenar mi linaje.

La Reina se acercó, sus caderas anchas y masivas balanceándose de forma obscena. Con cada paso, su culo gigantesco temblaba como gelatina pesada, y sus pechos, tan grandes que goteaban néctar real por los pezones hinchados, golpeaban su propio abdomen. Se arrodilló entre las piernas de la obrera, ignorando los sollozos de la criatura.

—¡Por favor, Majestad! —suplicó la obrera, intentando cerrar sus muslos, pero la Reina los separó con una fuerza bruta que amenazaba con dislocar sus caderas—. No quiero hacerlo así... me duele...

—Cállate, esclava —siseó la soberana, agarrando con su mano enguantada el enorme pene futanari de la obrera. La verga, gruesa, venosa y palpitante, reaccionó por instinto biológico, poniéndose dura y goteando un precum espeso que manchó los dedos reales—. Tu verga me pertenece. Tus huevos cargados de semen son propiedad del estado. Y voy a vaciarlos dentro de mí hasta que tus testículos queden arrugados y secos.

Sin previo aviso, la Reina se abalanzó sobre el miembro. No hubo delicadeza. Introdujo la cabeza del pene en su boca, succionando con una violencia tal que el vacío casi hacía estallar las venas de la obrera. La Reina hundía la verga en su garganta hasta el fondo, ignorando el reflejo de náusea, forzándose a sí misma a tragar hasta que sus ojos se ponían blancos y las lágrimas de esfuerzo rodaban por sus mejillas. El sonido era asqueroso: un chapoteo rítmico de saliva y jugos goteando sobre el suelo de cristal.

—¡Ahg... no! —gritó la obrera, arqueando la espalda mientras la Reina le provocaba una erección dolorosa a base de succiones brutales y mordiscos leves—. ¡Pare, por favor!

La Reina se apartó un segundo, solo para escupir una mezcla de saliva y precum sobre el rostro de la obrera.

—Eres tan patética que incluso cuando te violo, tu cuerpo me desea —se burló la Reina, su rostro antes hermoso ahora desencajado por una lascivia animal—. Mírate, chorreando como la puta que eres. Voy a ordeñarte hasta que vomites de debilidad.

La Reina se dio la vuelta, ofreciendo su culo masivo y su coño real, que goteaba un flujo espeso y transparente hacia la cara de la cautiva. Se sentó sobre el regazo de la obrera, forzando la entrada de la enorme verga futanari en su interior. No hubo lubricación previa más que los fluidos del miedo de la obrera. El desgarro fue mutuo, pero la Reina solo soltó un gemido de triunfo mientras sus nalgas gigantescas aplastaban los muslos de la pequeña trabajadora.

—¡Muévete, animal! —ordenó la Reina, golpeando la cara de la obrera con su mano—. ¡Fóllame! ¡Fóllame como la reina que soy y llena mi útero ahora mismo!

La relación se convirtió en un ciclo de degradación constante. Durante semanas, no hubo un rincón de la colmena que no fuera testigo del abuso. En los jardines de polen, frente a las asombradas sirvientas, la Reina obligaba a la obrera a ponerse a cuatro patas, usándola como un mueble mientras ella se masturbaba con el pene de la futanari, humillándola verbalmente, llamándola "vertedero de esperma" y "error de la naturaleza".

En una ocasión, en el comedor real, la Reina, ebria de feromonas y poder, obligó a la obrera a penetrarla con tal fuerza y durante tantas horas que el cuerpo de la pequeña futanari colapsó. El esfuerzo físico y el trauma hicieron que sus intestinos cedieran; la obrera, llorando de vergüenza, defecó en el suelo de mármol mientras la Reina seguía cabalgando sobre su verga, riendo con una locura maníaca.

—Mírate —le gritó la Reina, hundiendo la cara de la obrera en su propia inmundicia mientras sus propios pechos pesados golpeaban la espalda de la víctima—. Ni siquiera puedes controlar tus esfínteres, pero tu verga sigue dentro de mí, cumpliendo su único propósito. Eres menos que una abeja obrera. Eres solo una polla con patas.

—¿Por qué... por qué me hace esto? —sollozó la obrera, con la voz rota, mientras sentía cómo la Reina contraía sus músculos vaginales para ordeñar hasta la última gota de semen de sus testículos—. Yo la quería... yo habría dado todo por usted...

—El amor es para los débiles —respondió la Reina, sintiendo el espasmo del orgasmo ajeno inundando su matriz—. El poder es lo único que importa. Y ahora siento cómo tus semillas nadan en mi interior. Siento cómo mi abdomen se hincha con tu carga. Cada vez que te violo, me vuelvo más fuerte. Cada vez que me llenas a la fuerza, mi linaje se asegura.

La Reina se levantó, dejando a la obrera tirada en el suelo, temblando, con el pene aún goteando sangre y semen. La soberana se acarició el vientre, que ya mostraba una redondez antinatural, una protuberancia tensa y brillante que delataba el embarazo múltiple que estaba gestando. Sus tetas, ahora más masivas que nunca, chorreaban leche real mezclada con el sudor de la jornada.

—Mañana lo haremos de nuevo en el balcón —sentenció la Reina, mirando con desprecio el cuerpo roto de la futanari—. Quiero que toda la colmena vea cómo la reina somete a su bestia. Quiero que vean cómo me dejas preñada una y otra vez hasta que mi vientre estalle de herederos. No tienes permiso para descansar. No tienes permiso para morir. Solo tienes permiso para eyacular dentro de mí hasta que yo lo diga.

La obrera cerró los ojos, deseando desaparecer, pero el olor del néctar real y el calor del cuerpo de la Reina, aunque violento, mantenían su biología esclavizada. Estaba atrapada en un paraíso de carne hipersexualizada y pesadilla emocional, donde su único destino era ser el juguete reproductivo de una monarca que había cambiado su alma por la obsesión de una estirpe eterna. La Reina salió de la habitación, sus nalgas masivas chocando ruidosamente con cada paso, dejando tras de sí el rastro de una conquista que no conocía límites, ni piedad, ni fin.