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Accomplice Of Boyfriends: There Are No Mistakes!

El eco de una promesa entre cenizas

La mañana en la residencia de los Monkey no comenzó con el suave canto de los pájaros, sino con el estruendo de un cañonazo humano. Garp había decidido que las seis de la mañana era la hora ideal para que la juventud demostrara su valía, y eso implicaba un entrenamiento de resistencia en la playa privada al pie del acantilado.

—¡Levantaos, par de holgazanes! —rugió Garp, cuya voz parecía capaz de mover las placas tectónicas—. ¡El amor no os va a dar pulmones fuertes para cuando tengáis que huir de los problemas! ¡Abajo en cinco minutos o iré a por vosotros con el Puño del Amor!

Ace se despertó de golpe, casi pateando a Luffy, que seguía roncando plácidamente en la alfombra de su habitación. Sabo apareció en el balcón compartido, ya vestido con ropa deportiva ligera, aunque sus ojos mostraban que no había dormido mucho más que Ace.

—Es inútil resistirse —dijo Sabo con un suspiro resignado—. Si no bajamos, entrará aquí y destruirá los cimientos de la casa solo para sacarnos de la cama.

Ace gruñó, pasándose una mano por el rostro lleno de pecas.

—Tu familia es una pesadilla logística, Sabo.

—Lo sé —respondió el alfa, extendiéndole una mano para ayudarlo a levantarse—. Pero recuerda: somos una pareja unida. Si yo sufro, tú sufres conmigo. Es parte del trato.

Media hora después, ambos corrían por la orilla, con el agua helada del mar lamiéndoles los tobillos mientras Garp los perseguía lanzando pelotas de tenis a una velocidad ilegal.

—¡Más rápido! —gritaba el viejo vicerrector—. ¡Ace, no te quedes dormido! ¡Sabo, protege a tu omega, que parece que se va a desplomar en cualquier momento!

—¡Que no me voy a desplomar! —gritó Ace, esquivando una pelota por milímetros—. ¡Es una condición médica, viejo loco!

Sabo se puso a su altura, respirando con una cadencia perfecta que a Ace le resultaba insultante.

—No gastes energía gritándole —le aconsejó Sabo—. Solo lo alienta. Intenta concentrarte en mi ritmo.

Ace lo miró de reojo. Sabo se movía con una gracia que incluso en el agotamiento físico resultaba elegante. Por un momento, Ace se olvidó del cansancio y se dejó llevar por la presencia del alfa. El aroma de Sabo se mezclaba con el olor real del océano, creando una burbuja de calma en mitad del caos. Sin embargo, la verdadera prueba no fue el entrenamiento, sino el desayuno que siguió.

Dragon estaba sentado a la cabecera de la mesa del porche, leyendo informes en una tableta mientras bebía café negro. Rayleigh estaba a su lado, observando el mar con una expresión de serenidad absoluta.

—Habéis mejorado vuestra coordinación —comentó Dragon sin levantar la vista—. Ayer en la cena parecíais dos extraños compartiendo un secreto. Hoy, al menos, corréis en la misma dirección.

—Estamos aprendiendo a leernos, padre —dijo Sabo, sentándose y sirviendo un vaso de zumo para Ace antes que para él mismo—. Ace es impredecible. Eso requiere atención constante.

—¿Atención o vigilancia? —preguntó Rayleigh con una sonrisa juguetona—. Porque hay una línea muy fina entre cuidar a alguien y no dejarlo respirar, Sabo.

Ace se atragantó con un trozo de pan tostado.

—Rayleigh, por favor. No empieces.

—Solo digo —continuó Rayleigh, apoyando la barbilla en su mano— que me resulta fascinante cómo dos personas tan diferentes han encontrado un terreno común tan rápido. Ace odia los planes, y tú, Sabo, pareces tener un plan hasta para ir al baño.

—A veces los opuestos se necesitan para no perder el norte —respondió Sabo con una fluidez que hizo que Ace quisiera aplaudir—. Ace me recuerda que no todo puede ser calculado. Y yo intento que él no se meta en demasiados líos.

—¡Es mentira! —gritó Luffy, apareciendo de la nada con la boca llena de beicon—. ¡Sabo siempre se mete en líos con Ace! ¡Ayer los vi en el balcón hablando muy bajito y parecían dos piratas planeando un robo!

El silencio que siguió a las palabras de Luffy fue sepulcral. Dragon levantó la vista por primera vez, fijando sus ojos dorados en su hijo.

—¿Planeando un robo? —repitió Dragon—. ¿De qué estabais hablando exactamente?

Ace sintió que el sudor frío le bajaba por la espalda. Miró a Sabo, esperando que el estratega tuviera una salida de emergencia.

—Hablábamos de la beca —dijo Sabo, manteniendo el contacto visual con su padre—. Ace está preocupado por lo que pasará si me voy. Estábamos discutiendo las opciones. La posibilidad de que él venga a visitarme o de cómo mantendremos esto a distancia.

—¿A distancia? —Roger entró en el porche, cargando una jarra de café y con su habitual energía desbordante—. ¡Nada de eso! ¡Si mi Ace tiene que cruzar el océano para ver a su alfa, yo mismo le compro el barco! ¡O mejor aún, Garp, podrías usar tus influencias para que le den una beca de intercambio en la misma ciudad!

Garp soltó una carcajada que espantó a las gaviotas.

—¡Eso sería ver a los D. conquistando el extranjero! ¡Me gusta la idea, Roger!

Ace sintió que las paredes se cerraban sobre él. La mentira estaba creciendo como una bola de nieve ladera abajo. Miró a Sabo y vio, por un breve instante, una sombra de culpa cruzar su rostro.

—Creo que deberíamos dar un paseo —dijo Ace de repente, levantándose de la mesa—. A solas.

—Es una idea excelente —aprobó Rayleigh, cuyos ojos brillaban con una luz enigmática—. El acantilado norte es muy romántico en esta época del año. Y muy privado.

Ace y Sabo caminaron en silencio hasta que la mansión quedó fuera de vista. El viento soplaba con fuerza, agitando el cabello rubio de Sabo.

—Esto se está saliendo de control —dijo Ace, deteniéndose al borde del sendero—. Sabo, mi padre ya está comprando barcos imaginarios. Garp quiere enviarme al extranjero contigo. No podemos seguir así.

Sabo se quedó mirando el horizonte, con las manos metidas en los bolsillos.

—Lo sé. Mi padre está usando nuestra relación como una moneda de cambio. Ayer me sugirió que, si nos comprometemos formalmente antes de mi partida, él duplicaría el fondo de mi beca.

—¿Comprometernos? —Ace sintió que las rodillas le flaqueaban—. ¿Hablas de matrimonio? ¿Están locos?

—Para ellos es lo más lógico del mundo, Ace. Dos familias poderosas, un alfa y un omega que parecen encajar.

Ace soltó una risa amarga.

—Pero no somos eso. Somos un trato. Un intercambio de beneficios.

Sabo se giró hacia él. La distancia entre ambos se redujo debido al viento.

—¿Sigue siendo solo eso para ti, Ace? —preguntó Sabo. Su voz era apenas un susurro—. Hablo de que anoche, cuando te quedaste dormido en el porche, no te llevé a la habitación solo porque Rayleigh estuviera mirando. Lo hice porque no quería que te despertaras solo. Y hoy, cuando Garp te lanzaba esas pelotas, mi primer instinto no fue cumplir con el papel de novio atento. Fue protegerte porque odio verte sufrir.

Ace sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas. Se sentía más despierto que nunca.

—Sabo, no digas esas cosas. No podemos permitirnos que esto sea real. Tú te vas a ir. Tú quieres tu libertad.

—¿Y si mi libertad incluye esto? —Sabo extendió una mano y acarició la mejilla de Ace—. He pasado toda mi vida calculando cada paso. Nunca he dejado que nadie se acercara lo suficiente como para ver las grietas bajo la armadura. Pero contigo me olvido de las cláusulas.

Ace cerró los ojos, inclinándose inconscientemente hacia el toque de Sabo.

—Eres un idiota —susurró Ace—. Un idiota rubio y calculador que me va a romper el corazón cuando todo esto termine.

—Entonces no dejemos que termine —respondió Sabo.

Sabo se inclinó lentamente. Ace no se movió; al contrario, agarró la parte delantera de la chaqueta de Sabo y lo atrajo hacia sí. El beso fue desesperado, un choque de respiraciones entrecortadas con el sabor de la salitre. No había estrategia en ese contacto. Era solo Ace y Sabo, finalmente perdiendo el control.

Cuando se separaron, ambos estaban jadeando.

—Eso no estaba en el contrato —dijo Ace, intentando recuperar su fachada de dureza.

—Considéralo una enmienda de última hora —dijo Sabo con una sonrisa ladeada.

—Si Rayleigh nos ha visto con esos prismáticos que siempre lleva... —Ace se tapó la cara con las manos, gimiendo de vergüenza.

—Si nos ha visto, al menos tendrá algo real sobre lo que cotillear —respondió Sabo, rodeando la cintura de Ace con un brazo—. Vamos. Tenemos que volver.

Caminaron de regreso a la mansión, pero esta vez el silencio era diferente. Al llegar al porche, se encontraron con una escena que les heló la sangre. Dragon estaba de pie, sosteniendo una carpeta que Ace reconoció al instante. Era la carpeta de Sabo. La que contenía las notas sobre sus gustos, sus historias falsas y la "hoja de ruta" de su supuesta relación.

—Sabo —dijo Dragon con una voz que era puro hielo—. He encontrado esto en tu escritorio. ¿Quieres explicarme por qué tu relación con el hijo de Roger tiene un índice y una sección de preguntas frecuentes?

Ace sintió que el suelo desaparecía. Miró a Sabo, cuya expresión se había vuelto una máscara de piedra.

—Padre, puedo explicarlo —empezó Sabo, pero Dragon lo interrumpió con un gesto seco.

—No hay nada que explicar. Es una farsa. Una manipulación para conseguir mi aval. Has usado a la familia D., has usado a mi abuelo y has usado a este chico para tus propios fines.

—¡Eso no es verdad! —estalló Ace, dando un paso adelante—. Sabo no me ha usado. Fue una idea de los dos. ¡Yo fui quien le pidió ayuda primero!

Roger y Rayleigh aparecieron en la puerta, alertados por los gritos. Garp también se acercó, con una expresión de decepción que dolió más que cualquier grito de Dragon.

—¿Es cierto, Sabo? —preguntó Garp en voz baja—. ¿Todo esto ha sido un teatro?

Sabo guardó silencio durante un segundo que pareció eterno. Miró a Ace, luego a su abuelo.

—Al principio, sí —admitió Sabo—. Fue un trato de beneficio mutuo. Queríamos evitar las presiones de nuestras familias.

Dragon soltó un bufido de desprecio.

—Lo sabía. No eres más que un estratega sin honor. Se acabó la beca, Sabo. Y se acabó este juego. Mañana mismo volveremos a la ciudad y te asegurarás de pedir disculpas a la familia Gol D.

—¡Espera un momento! —intervino Rayleigh, caminando hacia el centro del porche—. Dragon, querido, no seas tan dramático.

—¿Dramático? —rugió Dragon—. ¡Me han mentido en la cara!

—Todos mentimos, Dragon —dijo Rayleigh, mirando a Sabo y luego a Ace—. Pero hay mentiras que se dicen para protegerse y verdades que nacen de esas mentiras. ¿Has visto cómo se miran ahora mismo? ¿Has visto cómo Ace ha saltado a defender a Sabo sin dudarlo?

Rayleigh se acercó a la carpeta que Dragon sostenía y la cerró con un dedo.

—Esa carpeta es vieja, Dragon. Lo que pasó en el acantilado hace diez minutos no estaba escrito en ningún papel. Yo lo he visto. Y te aseguro que no hay nada de falso en el olor de estos dos ahora mismo.

Roger se acercó a Ace y le puso una mano pesada en el hombro.

—Ace... ¿es verdad? ¿Me has mentido todo este tiempo?

Ace miró a su padre. Vio la decepción, pero también la preocupación.

—Sí, papá. Te mentí. Inventé que tenía pareja porque estaba harto de que todos me vieran como un omega que necesitaba ser emparejado. Busqué a Sabo porque era el único que parecía entender lo que es vivir bajo una sombra. Pero lo que siento ahora no es una mentira. Me importa, papá. Me importa de verdad.

Sabo dio un paso hacia adelante, colocándose al lado de Ace.

—No me importa la beca, padre. Puedes quitármela si quieres. Pero no me pidas que pida disculpas por haber encontrado a la única persona que me hace sentir que no tengo que ser perfecto. No voy a renunciar a Ace.

El silencio que siguió fue denso. Dragon observó a su hijo como si lo viera por primera vez. Garp soltó un suspiro que parecía un vendaval.

—Bueno —dijo Garp finalmente—, si el chico está dispuesto a perder su beca por el nieto de Roger, supongo que al menos tiene algo de los D. en las venas. ¡Dragon, deja de fruncir el ceño! Esto es mucho más interesante que un contrato de negocios.

Dragon miró a su padre, luego a Sabo, y finalmente a Ace. Sin decir una palabra, dejó la carpeta sobre la mesa y se dio la vuelta, entrando en la casa.

—Eso significa que lo está procesando —susurró Sabo, soltando un suspiro de alivio.

Roger soltó una carcajada y envolvió a ambos jóvenes en un abrazo que casi les saca el aire.

—¡Vaya par de idiotas estáis hechos! —exclamó Roger—. ¡Rayleigh, trae el sake! ¡Hay que celebrar que mi hijo ha encontrado a un alfa tan testarudo como él!

—¡Y que Sabo por fin ha hecho algo estúpido! —añadió Luffy, saltando sobre la espalda de Sabo—. ¡Ahora sí que eres mi hermano de verdad, Ace!

Mientras la familia se dispersaba en medio del ruido, Ace y Sabo se quedaron un momento rezagados.

—¿Y ahora qué? —preguntó Ace, mirando a Sabo.

—Ahora —dijo Sabo, entrelazando sus dedos con los de Ace— supongo que tenemos que aprender a ser una pareja de verdad. Sin guiones, sin carpetas y sin hojas de ruta.

—Va a ser un desastre —vaticinó Ace con una sonrisa.

—Sí —asintió Sabo, inclinándose para darle un beso rápido en la frente—. Pero será nuestro desastre.

Ace cerró los ojos, sintiendo el calor de Sabo, y por primera vez en mucho tiempo, no sintió sueño. Se sentía despierto, vivo y, por fin, en casa. El trato se había deshecho, pero lo que quedaba entre las cenizas era algo mucho más fuerte que cualquier contrato.