Almas gemelas vampiricas.
Ecos en el Ámbar y el Silencio de la Sangre
El reinicio del bucle siempre traía consigo una sensación de vértigo espiritual que Cassandra, a pesar de sus décadas de existencia, aún encontraba fascinante. Para los otros niños peculiares, era simplemente el mundo volviendo a su lugar, el cielo recuperando su azul y las bombas regresando a las entrañas de los aviones. Para ella, era como si el tejido mismo de la realidad se estirara y se encogiera, una vibración que sus sentidos de vampira captaban como una nota discordante en una sinfonía perfecta.
Enoch no se movió. Sus manos permanecieron entrelazadas con las de Cassandra mientras el destello verde del reinicio iluminaba brevemente las rendijas de las ventanas del sótano. Cuando la luz se desvaneció, el aire volvió a oler exactamente igual que hacía veinticuatro horas: a polvo, a formol y a esa humedad galesa que nunca terminaba de secarse.
—Otro día, el mismo día —murmuró Enoch, soltando finalmente la mano de Cassandra para recoger su escalpelo. Aunque su tono era cínico, había una chispa de vitalidad en sus ojos que no estaba allí antes de que la vampira llegara a su vida.
Cassandra se deslizó de la mesa con una elegancia inhumana. Se acercó a una de las estanterías donde los frascos de Enoch se alineaban como soldados silenciosos. Sus ojos ámbar se detuvieron en el pequeño corazón que él le había regalado. Seguía latiendo, un ritmo constante y valiente que desafiaba la estática del bucle.
—¿Sientes eso? —preguntó ella, señalando el frasco.
—¿El qué? ¿El sonido de mi propio genio trabajando? —respondió Enoch sin mirarla, aunque una media sonrisa tiraba de la comisura de sus labios.
—Siento la conexión, Enoch. Es como un hilo de seda, casi invisible, pero irrompible. A través de mi dominio, puedo ver cómo la energía fluye entre tú y ese pequeño órgano. Es... íntimo.
Enoch dejó el escalpelo y se giró, cruzando los brazos sobre su pecho manchado de arcilla. La miró con esa mezcla de sospecha y adoración que definía su relación.
—Eres una criatura extraña, Cassandra Cullen. Vienes de una familia que podría tenerlo todo, que vive en el lujo y la libertad de no estar atrapada en un segundo de 1943, y sin embargo, prefieres pasar tus horas en un sótano conmigo, mirando vísceras.
Cassandra se acercó a él, acortando la distancia hasta que el frío que emanaba de su cuerpo comenzó a refrescar el aire caldeado por las velas.
—Mi familia tiene la eternidad, Enoch, pero la eternidad puede ser un desierto muy vacío si no tienes a alguien que la recorra contigo. Alice tiene sus visiones, Edward tiene sus pensamientos ajenos... y yo tengo esto. —Puso una mano sobre el pecho de Enoch, sintiendo el latido real, el que no necesitaba frascos ni peculiaridades—. Los Cullen somos "vegetarianos", como nos llama Carlisle. Elegimos no ser monstruos. Pero tú... tú no tienes miedo de la oscuridad. Eso es lo que me mantiene aquí. Eres el único que no me mira como si fuera una santa de mármol o un demonio sediento.
Enoch cubrió la mano de ella con la suya. La diferencia de temperatura era abismal, pero ninguno de los dos se apartó.
—No eres ninguna santa —dijo él en un susurro—. He visto cómo miras a los animales en el bosque. Eres una cazadora. Y yo soy un nigromante de pacotilla. Somos tal para cual.
—No te llames así —le reprendió ella, suavizando su expresión—. Lo que haces es arte. Le das una segunda oportunidad a lo que el mundo ha desechado. Es casi... esperanzador.
Enoch soltó una carcajada seca.
—Esperanzador. Si los demás niños te oyeran decir eso de mis "monstruos", pensarían que finalmente has perdido el juicio, si es que alguna vez lo tuviste.
—Tal vez lo he perdido —admitió ella, inclinando la cabeza—. Pero no me importa.
De repente, un ruido en la parte superior de la casa interrumpió el momento. Pasos rápidos y ligeros, seguidos de la voz imperiosa de Miss Peregrine llamando a los niños para el desayuno. Enoch suspiró, el momento de intimidad rompiéndose como cristal fino.
—La vieja ave llama a filas —gruñó él—. Supongo que deberías irte antes de que venga a buscarte. No le gusta que "distraigas" a sus pupilos de sus tareas.
—Miss Peregrine sabe que soy inofensiva para ustedes, Enoch. Al menos, mientras no me den motivos para lo contrario —dijo Cassandra con una sonrisa que no llegó a sus ojos, revelando por un segundo la naturaleza depredadora que siempre acechaba bajo la superficie.
—Inofensiva, sí. Como un huracán en una botella —replicó él.
Cassandra se dirigió hacia la salida, pero se detuvo en el umbral. Con un movimiento fluido, regresó al lado de Enoch y depositó un beso casto y gélido en su mejilla. Fue un contacto breve, apenas un roce, pero dejó a Enoch momentáneamente sin aliento.
—Vendré a verte esta noche, cuando los demás duerman —prometió ella—. Quiero que me cuentes más sobre esos hilos de voluntad. Quiero aprender a ver el mundo exactamente como tú lo haces.
—Es un mundo oscuro, Cassie —advirtió él, tratando de recuperar su compostura.
—Lo sé —respondió ella desde la oscuridad de la escalera—. Pero yo ya estoy muerta, Enoch. La oscuridad es mi hogar. Tú eres la luz que me ayuda a navegar en ella.
Con esas palabras, desapareció. Enoch se quedó solo en el sótano, rodeado de sus creaciones inanimadas. Se llevó una mano a la mejilla, donde el frío de Cassandra todavía parecía quemar su piel. Miró el cristal que ella le había regalado, el que contenía recuerdos de sol y viento, y luego el corazón en el frasco que latía por ella.
—Maldita vampira —susurró para sí mismo, aunque su voz carecía de cualquier rastro de veneno—. Va a acabar haciendo que me importe algo más que mis ratones.
En el piso de arriba, Cassandra se unió al resto de los niños. Se movía entre ellos como un fantasma hermoso, aceptando las miradas curiosas de Fiona y las preguntas incesantes de Hugh sobre si en Alaska las abejas también hibernaban. Pero su mente seguía en el sótano.
Como vampira, su memoria era perfecta, fotográfica. Podía recordar cada palabra, cada gesto y cada matiz del olor de Enoch. Pero lo que más atesoraba era esa sensación de "pertenencia" que solo él le otorgaba. En el clan Cullen, ella era la hermana, la hija, la aliada. Pero con Enoch, ella era Cassandra, el alma gemela, la compañera de juegos prohibidos con la vida y la muerte.
Mientras se sentaba a la mesa, fingiendo comer los alimentos que su cuerpo no necesitaba, Cassandra cerró los ojos y activó su Dominio Espectral. Por un momento, las paredes de la casa desaparecieron. Vio las almas de los niños como llamas brillantes de diferentes colores. La de Olive era un rojo ardiente; la de Millard, un azul pálido y casi invisible.
Y luego, buscó hacia abajo.
Allí estaba la de Enoch. Era una llama de color violeta oscuro, densa y compleja, con zarcillos que se extendían hacia todo lo que tocaba. Pero lo que hizo que el corazón inexistente de Cassandra diera un vuelco fue ver un pequeño hilo de ese mismo violeta extendiéndose hacia ella, enroscándose alrededor de su propia esencia dorada y fría.
Estaban unidos. No por la sangre, ni por el tiempo, sino por algo mucho más antiguo y poderoso.
—¿Cassandra? —La voz de Miss Peregrine la sacó de su trance. La Ymbryne la observaba con sus ojos afilados, su pipa en la mano—. Pareces estar en otro lugar.
—Lo siento, Miss Peregrine —respondió Cassandra con una sonrisa perfecta—. Solo estaba pensando en lo afortunada que soy de haber encontrado este bucle.
—Espero que esa fortuna no te lleve a descuidar las reglas de esta casa —dijo la mujer con tono de advertencia, aunque sus ojos suavizaron el golpe—. Enoch es un joven difícil.
—Lo sé —dijo Cassandra, y esta vez su sonrisa fue genuina—. Pero a mí siempre me han gustado los rompecabezas difíciles de resolver.
El resto del día transcurrió en la monotonía necesaria del bucle. Cassandra pasó tiempo con Emma cerca del muelle, observando cómo la chica generaba fuego en sus manos, un contraste poético con su propio frío interno. Emma hablaba de Abe, de la nostalgia y de lo que significaba amar a alguien que pertenecía a otro mundo.
—Tú lo entiendes, ¿verdad? —preguntó Emma, mirando hacia el horizonte—. Él es un peculiar, pero tú... tú eres algo más. Algo que no debería estar aquí.
—Todos somos algo que no debería estar aquí, Emma —respondió Cassandra, dejando que el agua del mar rozara sus dedos, aunque no sentía el frío del océano—. El mundo exterior no tiene lugar para nosotros. Por eso los bucles existen. Para protegernos de la realidad.
—¿Y qué pasa cuando la realidad es lo que deseas? —insistió Emma.
Cassandra pensó en Enoch, en su deseo de controlar la vida porque la muerte le había quitado demasiado. Pensó en su propia familia, escondida en los bosques de Washington, fingiendo ser humanos para no ser destruidos.
—Entonces creas tu propia realidad —dijo Cassandra con firmeza—. Dentro de este bucle, o fuera de él. El amor es la única cosa que no puede ser contenida por un reloj de bolsillo, Emma.
Cuando la noche finalmente cayó y el silencio se apoderó de la casa, Cassandra se levantó de su cama sin hacer el más mínimo ruido. No necesitaba dormir, por lo que las horas nocturnas eran su territorio personal. Se deslizó por los pasillos, evitando las tablas del suelo que sabía que crujían, y bajó de nuevo al sótano.
Enoch no se había ido. Estaba sentado en su taburete, rodeado de libros antiguos que hablaban de anatomía y mitos olvidados. Al verla entrar, cerró el libro de golpe, pero no pudo ocultar el alivio en su rostro.
—Has tardado —dijo él.
—Tenía que asegurarme de que Miss Peregrine estuviera ocupada con sus mapas —respondió ella, acercándose a él—. ¿En qué trabajas ahora?
Enoch señaló un nuevo proyecto sobre la mesa. No era un animal, ni un muñeco de trapo. Era una estructura compleja hecha de alambre de plata y pequeños fragmentos de cristal, dispuesta en forma de caja torácica.
—Es para ti —dijo él, evitando su mirada—. He estado pensando en lo que dijiste sobre no poder sentir tu pulso. Este mecanismo... si le pongo un corazón de los míos, y lo sintonizo con mi propia energía, emitirá una vibración. Si lo llevas contigo, sentirás mi latido contra tu piel.
Cassandra se quedó sin palabras. Se acercó y tocó el delicado armazón de plata. Era una obra de ingeniería peculiar, una mezcla de ciencia y magia.
—Enoch... es hermoso.
—Es funcional —corrigió él, aunque sus orejas se pusieron rojas—. Así no tendrás que usar tu dominio cada cinco minutos para saber si sigo vivo.
Cassandra se rió y, esta vez, no hubo vacilación. Rodeó el cuello de Enoch con sus brazos y lo atrajo hacia ella. Él respondió con urgencia, escondiendo el rostro en su cabello, que olía a pinos y a una frescura eterna.
—Eres mi alma gemela, Enoch O'Connor —susurró ella al oído—. En este siglo o en cualquier otro. Mi sangre puede estar fría, pero mi alma arde por ti.
Enoch se separó un poco, lo suficiente para buscar sus labios. Cuando se besaron, fue una colisión de mundos. El calor abrasador de la vida de Enoch contra el hielo eterno de Cassandra. Fue un beso que sabía a despedida y a bienvenida al mismo tiempo, una promesa sellada en la oscuridad de un sótano en 1943.
—No te vayas nunca —pidió Enoch contra sus labios, su voz quebrada por una vulnerabilidad que nunca mostraba a nadie más.
—Tengo toda la eternidad, Enoch —respondió ella, acariciando su rostro con una devoción absoluta—. Y he decidido que te pertenece toda a ti.
En ese momento, el pequeño corazón en el frasco sobre la mesa latió con una fuerza renovada, sincronizándose perfectamente con el pulso acelerado de Enoch. En el rincón más oscuro de un bucle temporal, una vampira y un creador de vida habían encontrado lo único que el tiempo no podía tocar: un vínculo que trascendía la naturaleza misma de sus especies.
La guerra podía rugir fuera, los aviones podían caer y el día podía reiniciarse una y otra vez, pero para Cassandra y Enoch, el reloj se había detenido en el único momento que importaba. El momento en que dos almas perdidas se reconocieron en la oscuridad.