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Almas Rotas

El Veneno y el Remedio

El silencio que siguió al beso fue una entidad física. Pesado, denso y frío, se derramó en el espacio que acababan de crear entre ellos, llenando cada centímetro cúbico de la sala del Consejo Estudiantil. Era un silencio que gritaba acusaciones, un vacío que resonaba con el eco de un error monumental.

Yu Ishigami, con la espalda todavía vuelta hacia ella, sentía la piel de sus labios arder como si los hubiera presionado contra brasas. Cada terminación nerviosa era un recordatorio de lo que acababa de hacer. Podía saborear la sal de las lágrimas de Maki, un regusto amargo y extrañamente íntimo que se negaba a desaparecer. Su mente, normalmente un torbellino de análisis de videojuegos y autodesprecio, estaba en blanco. Era un lienzo vacío salpicado por una única y horrible imagen: la de sus propios labios contra los de ella. ¿Qué había hecho? ¿En qué clase de monstruo de manga de tercera categoría se había convertido, uno que se aprovecha de la vulnerabilidad de una chica para satisfacer su propia miseria? El deseo de morir, tan familiar, regresó con una fuerza renovada. Quería que el suelo se abriera y lo tragara entero.

Maki, por su parte, seguía apoyada contra la mesa, sus dedos aún rozando sus propios labios. Se sentían ajenos, hinchados, profanados. El calor del momento, esa furia desesperada que la había impulsado a devolver el beso, se había disipado como la niebla matutina, dejando tras de sí el frío y húmedo rocío de la vergüenza. Miró la espalda de Ishigami, la forma en que sus hombros estaban encorvados, la rigidez de su postura. No era el tesorero sombrío y raro. Era un desconocido. Un cómplice. Habían compartido algo feo y desesperado, un secreto que ahora los unía con grilletes invisibles. Su orgullo Shijo, ya hecho añicos, se retorcía en el suelo de su conciencia. ¿Cómo había podido rebajarse tanto? ¿Besar a… a Ishigami? Era impensable, era absurdo, y sin embargo, la sensación de sus labios, la desesperación en su agarre, seguía grabada en su piel.

Ninguno de los dos se atrevía a hablar. ¿Qué se podía decir? «Lo siento» era una ofensa. «Olvídalo» era una mentira.

El primer movimiento fue casi imperceptible. Ishigami recogió su mochila del suelo con un gesto mecánico, sin girarse. Cada crujido de la tela era una explosión en el silencio. Luego, Maki, como un autómata, se enderezó y comenzó a recoger los papeles que habían tirado al suelo, sus movimientos rígidos y torpes. No se miraron. Sus manos casi se rozaron al recoger un mismo folio, y ambos retrocedieron como si hubieran tocado un cable de alta tensión.

Finalmente, con sus cosas en la mano, se encontraron cerca de la puerta, los últimos prisioneros en ser liberados. La tensión era un alambre de espino entre ellos.

—Yo… —comenzó Ishigami, su voz un graznido ronco. Se aclaró la garganta—. Me voy a casa.

—Sí —respondió Maki, mirando fijamente el pomo de la puerta—. Yo también.

Salieron al pasillo sin decir una palabra más. Por un acuerdo tácito, tomaron direcciones opuestas, aunque ambos caminos finalmente los llevarían fuera de la escuela. Cada paso que los alejaba el uno del otro se sentía como una liberación y, al mismo tiempo, como si el grillete que los unía se estirara, volviéndose más fino pero también más tenso, imposible de romper.

Los días que siguieron fueron una tortura de evitación.

Ishigami se atrincheró en su habitación, un dragón en su cueva digital. Las luces parpadeantes de sus monitores eran su sol y su luna. Se sumergió en incursiones online, en batallas de estrategia en tiempo real, en cualquier cosa que exigiera el cien por cien de su concentración. Pero era inútil. En medio de un tiroteo virtual, su mente se desviaba. El recuerdo no era romántico. Era clínico, casi científico. Analizaba el beso como si fuera una pieza de código defectuoso. La presión. La textura. La temperatura. El cambio de un acto de agresión a uno de necesidad. La forma en que las manos de Maki se habían aferrado a él, no con afecto, sino con la misma desesperación que él sentía.

No pensaba en Maki Shijo. Pensaba en la sensación. Era una droga potente y desconocida que había probado una sola vez, y ahora su cuerpo recordaba el efecto aunque su mente intentara rechazarlo. Por un instante, la cara de Tsubame-senpai, su sonrisa amable y distante, había sido borrada por completo. El dolor no había desaparecido, pero había sido eclipsado por una sensación más fuerte, más inmediata. Y esa era la parte aterradora. Quería sentirlo de nuevo. No el beso con Maki, no específicamente. Quería esa anulación. Quería ese olvido momentáneo.

Se saltó dos reuniones del Consejo Estudiantil, enviando un correo electrónico vago sobre no sentirse bien. Era la verdad, solo que la enfermedad no estaba en su cuerpo, sino en su memoria.

Maki, por otro lado, intentó la estrategia opuesta: la normalidad forzada. Asistió a sus clases, se reunió con sus amigas, incluso soportó una breve y dolorosa interacción con Kashiwagi, quien habló alegremente sobre una cita que había tenido con Tsubasa. Maki sonrió, asintió, y sintió el habitual cuchillo retorcerse en su estómago. Pero esta vez, algo era diferente. Debajo del dolor familiar, había un subtexto nuevo y confuso.

*Si Tsubasa me besara*, pensó por millonésima vez, *sería suave y dulce*.

Pero entonces, un pensamiento intruso, no deseado, se abrió paso a la fuerza: *El beso de Ishigami no fue suave. Fue como una tormenta. Fue… real.*

Se abofeteó mentalmente. ¿Real? ¡Fue patético! ¡Dos perdedores lamiéndose las heridas de la forma más humillante posible! Pero por la noche, en la oscuridad de su opulenta habitación, la verdad la acosaba. Anhelaba la intensidad de ese momento. No la persona, insistía para sí misma, sino la intensidad. El sentimiento de ser sostenida con una fuerza que no dejaba lugar a dudas, la sensación de que su propio dolor era reconocido y reflejado por otra persona. El beso que anhelaba de Tsubasa era un sueño de color pastel. El beso que había compartido con Ishigami era una realidad en tecnicolor crudo y violento. Y su cuerpo, traicioneramente, recordaba la descarga de adrenalina, el alivio catártico.

Evitó la sala del Consejo Estudiantil como si estuviera contaminada. La sola idea de encontrarse con Ishigami allí le provocaba un sudor frío. ¿Qué harían? ¿Fingir que no pasó nada? La idea era tan ridícula que casi le daba risa. El aire entre ellos estaría tan cargado que podría prenderse fuego.

El punto de ruptura llegó una semana después.

Maki caminaba por uno de los patios interiores, tratando de encontrar un lugar tranquilo para almorzar lejos de las miradas indiscretas. Y entonces los vio. Tsubasa y Kashiwagi, sentados en un banco bajo un árbol de arce. No estaban haciendo nada especial. Él le ofrecía a ella un sorbo de su botella de té, y ella, riendo, se inclinaba para beber. La luz del sol se filtraba a través de las hojas, moteando su cabello, y por un momento, parecían los protagonistas de un manga shojo perfectamente dibujado.

El dolor fue instantáneo y agudo, como una aguja de hielo clavada directamente en su corazón. El aire se le atascó en los pulmones. La sonrisa falsa que tenía preparada para tales ocasiones se derrumbó antes de poder formarse. Sintió que las lágrimas le picaban en los ojos, calientes y furiosas. La injusticia, la impotencia, la soledad… todo se estrelló contra ella como un tsunami.

Y en medio de ese torbellino de miseria, surgió un pensamiento claro y dominante. Una necesidad.

*Ishigami.*

No era un pensamiento de afecto. Era el pensamiento de un adicto buscando su próxima dosis. Era la necesidad de encontrar el único antídoto que conocía para ese veneno en particular.

No supo cómo, pero sus pies ya se movían. No hacia su aula, no hacia la salida, sino hacia el único lugar que había estado evitando con tanto esmero. Subió las escaleras hacia la sala del Consejo Estudiantil, con el corazón martilleando contra sus costillas, no por anticipación, sino por una mezcla de pavor y una determinación sombría.

Abrió la puerta sin llamar.

Y allí estaba él. Sentado frente a su portátil, igual que aquel día, pero esta vez la pantalla estaba encendida, el brillo azulado iluminando su rostro pálido. Levantó la vista al oír la puerta, y sus ojos se encontraron.

El silencio que cayó esta vez fue diferente. No era el silencio posterior al acto, lleno de vergüenza. Era el silencio previo a la tormenta, cargado de electricidad estática y posibilidades terribles.

Ishigami fue el primero en romperlo, su voz apenas un susurro.

—Shijo-senpai.

—Ishigami —respondió ella, su voz sorprendentemente firme. Cerró la puerta detrás de ella, el clic resonando como un portazo de celda.

Se quedaron mirándose a través de la habitación. Él vio el rastro de lágrimas frescas en sus mejillas, la furia desesperada en sus ojos rosados. Vio el mismo dolor que había visto la última vez. Y supo. Supo por qué estaba allí. Porque, en el fondo, era la misma razón por la que él estaba allí, escondiéndose del mundo.

—Fue un error —dijo Maki, caminando lentamente hacia la mesa, pero sin sentarse. Se quedó de pie, usando la gran mesa de madera como una barrera entre ellos—. Lo que pasó la semana pasada.

—Estoy de acuerdo —respondió Ishigami, cerrando la tapa de su portátil. El gesto fue deliberado, final. Ya no había escapatoria—. No debería haber ocurrido.

—Éramos… vulnerables. Estábamos heridos. La gente hace estupideces cuando está herida.

—Sí. Estupideces —repitió él, como si probara el sabor de la palabra.

Hubo otra pausa. Maki se mordió el labio, una batalla librándose en su interior. El orgullo contra la necesidad.

—Pero —dijo finalmente, su voz quebrándose en la única sílaba—, por un momento… por un solo estúpido momento… no dolió tanto.

La confesión quedó suspendida en el aire entre ellos, frágil y terrible. Ishigami sintió que algo se apretaba en su pecho. Era la verdad. La verdad que él también había estado evitando. Asintió, una inclinación de cabeza casi imperceptible.

—No dolió —admitió en voz baja.

Maki soltó una risa que sonó más como un sollozo. Se pasó las manos por el pelo, frustrada.

—¡No me malinterpretes! —exclamó, su lado tsundere emergiendo como un mecanismo de defensa—. No significa nada. ¡Absolutamente nada! Sigues siendo un tipo lúgubre y pesimista que probablemente huele a papas fritas y soledad.

—Gracias por el cumplido, senpai —dijo él, con un atisbo de su sarcasmo habitual—. Tú sigues siendo una heredera mimada con problemas de control de la ira y coletas ridículas.

El insulto fue tan inesperado y, sin embargo, tan normal, que Maki parpadeó, sorprendida. Por un segundo, fueron solo ellos, el tesorero y la prima de la vicepresidenta, intercambiando púas. Pero la tensión subyacente era demasiado fuerte.

—Te lo digo en serio, Ishigami —continuó, su voz bajando de nuevo a un tono conspirador—. Yo amo a Tsubasa. Eso no ha cambiado. Eso nunca cambiará. Y tú… tú sigues colgado de Tsubame-senpai, ¿verdad?

Ishigami no respondió. Simplemente desvió la mirada hacia la ventana, su perfil recortado contra la luz de la tarde. Esa era toda la respuesta que Maki necesitaba.

—Entonces… esto —dijo ella, haciendo un gesto vago entre los dos—, no es sobre nosotros. No puede serlo. Somos… incompatibles. Repugnantes juntos, probablemente.

—Probablemente —convino él, todavía sin mirarla.

—Es solo… —Maki luchó por encontrar las palabras, por racionalizar lo irracional—. Es como… medicina. Una medicina de sabor horrible que tomas cuando el dolor es demasiado fuerte. Un remedio de emergencia.

Ishigami finalmente se giró para mirarla. Había una nueva comprensión en sus ojos oscuros. No era afecto. Era el reconocimiento de un compañero conspirador. Estaban trazando las reglas de un juego muy peligroso.

—Un remedio —repitió él, y la palabra sonó a la vez como una promesa y una maldición—. Sin sentimientos. Sin expectativas.

—Sin preguntas —añadió Maki rápidamente—. No quiero saber por qué estás aquí hoy, y tú no preguntarás por qué estoy yo. Solo asumimos que la razón es la misma.

—El ruido se volvió demasiado fuerte —dijo Ishigami, y no era una pregunta.

—El ruido se volvió demasiado fuerte —confirmó ella, y sintió una extraña sensación de alivio al decirlo en voz alta.

Habían creado su pacto. Su horrible, retorcido y absolutamente necesario pacto. Eran dos enfermos terminales de desamor que habían encontrado un opiáceo compartido.

El silencio volvió, pero ahora estaba lleno de un propósito tácito. La barrera de la mesa entre ellos de repente parecía un obstáculo ridículo.

Fue Ishigami quien se movió primero esta vez. Se levantó y rodeó la mesa, sus pasos lentos y deliberados. No había prisa, no había furia como la primera vez. Esto era diferente. Esto era una decisión.

Se detuvo frente a ella, tan cerca que podía ver las motas doradas en sus iris rosados. Ella no retrocedió. Levantó la barbilla, un gesto desafiante que contradecía el temblor de sus labios.

—Entonces… —susurró él, su voz profunda y resonando en el pequeño espacio entre ellos—. ¿Necesitas que el ruido se detenga, Shijo-senpai?

La pregunta era una formalidad, un ritual que ambos necesitaban para mantener la ficción de que tenían el control.

Maki no respondió con palabras. Simplemente cerró los ojos.

Fue su única señal.

El segundo beso no fue una colisión. Fue un encuentro. Las manos de Ishigami subieron para acunar su rostro, sus pulgares trazando suavemente sus pómulos, justo debajo de sus ojos húmedos. Fue un gesto sorprendentemente tierno que hizo que el corazón de Maki diera un vuelco doloroso. Sus labios se encontraron con una suavidad que desmentía la urgencia que ambos sentían.

Fue un beso lento, exploratorio. Estaban aprendiendo el uno del otro, no como personas, sino como instrumentos. Aprendiendo qué presión aplicar, qué ángulo usar para maximizar la sensación y ahogar los pensamientos. Las manos de Maki, en lugar de agarrar con desesperación, se deslizaron por sus brazos y se posaron en sus hombros, aferrándose a ellos como si fueran un ancla en una tormenta que solo ellos dos podían sentir.

Se separaron por un momento para respirar, sus frentes apoyadas la una en la otra.

—Esto está mal —susurró Maki, más para sí misma que para él.

—Lo sé —respondió Ishigami, su aliento cálido en su piel.

Y la besó de nuevo, esta vez con más profundidad. El pacto estaba sellado. La medicina estaba siendo administrada. El beso se volvió más hambriento, la delgada línea entre el consuelo y el deseo comenzando a desdibujarse peligrosamente. Una de las manos de Ishigami se deslizó desde su mejilla hasta la nuca, sus dedos enredándose en su pelo, justo en la base de una de sus coletas. El tirón fue suave, pero posesivo. Maki emitió un pequeño sonido ahogado en la parte posterior de su garganta y lo atrajo más cerca, su cuerpo presionándose contra el de él, buscando el calor, la solidez, la distracción.

Ya no había lágrimas. Solo la sensación. El roce de los labios, el calor de los cuerpos, el sonido de las respiraciones entrecortadas en la silenciosa sala del Consejo Estudiantil. Por un glorioso y terrible instante, no existían Tsubasa Kashiwagi ni Tsubame Koyasu. Solo existían Yu Ishigami y Maki Shijo, dos almas rotas usando sus pedazos afilados para tratar de tallar un momento de paz en la carne del otro.

Se tropezaron hacia atrás hasta que la espalda de Maki golpeó la pared junto a la ventana. La tela de sus uniformes susurraba mientras sus cuerpos se movían uno contra el otro. Las caricias se volvieron más audaces, menos sobre el consuelo y más sobre el simple y puro acto de sentir. Las manos de Ishigami se deslizaron por su cintura, y las de ella trazaron la línea de su espalda, sintiendo la tensión en sus músculos.

Era una danza peligrosa en el borde de un precipicio. Cada caricia, cada beso más profundo, era un paso más hacia el abismo. Sabían que no era amor. Sabían que era un sustituto, un placebo. Pero en ese momento, el placebo se sentía real. El remedio se sentía potente.

Cuando finalmente se separaron, jadeando en busca de aire, la luz de la tarde había comenzado a teñirse de naranja, igual que la primera vez. Pero el ambiente era completamente diferente. La vergüenza había sido reemplazada por una resignación sombría. La confusión, por una claridad aterradora.

Se miraron, y por primera vez, realmente se vieron. No como el chico sombrío o la chica tsundere. Se vieron como cómplices, como compañeros en un crimen sin nombre contra sus propios corazones.

Maki se llevó una mano a la clavícula, donde el corazón le latía como un pájaro atrapado. Miró a Ishigami, a este chico que no amaba, a este chico que no le gustaba, y una verdad helada se apoderó de ella. Se había convertido en su droga, su veneno, su remedio.

No era amor. Era algo mucho peor.

Era un remedio que se sentía exactamente como el veneno. Y ambos acababan de tomar otra dosis.