Amiguis
Entre cables y susurros de esperanza
La luz de la mañana se filtraba de manera hiriente a través de las persianas del hospital, trayendo consigo esa realidad cruda que Anny y Damon habían intentado procesar durante toda la madrugada. El pasillo, antes sumido en una penumbra fantasmal, ahora bullía con el cambio de turno de las enfermeras y el sonido metálico de los carritos de medicina.
Damon se despertó con el cuello entumecido y el brazo de Anny aún aferrado a su sudadera. Tenía la boca seca y un sabor amargo que no se iba con nada. Miró a su amiga; ella seguía con los ojos cerrados, pero sus párpados temblaban, señal de que su sueño no era, ni de lejos, reparador. Le dolía verla así. Anny siempre había sido su roca silenciosa, la chica que, aunque no hablara mucho, siempre sabía qué cartas jugar en su grupo de tres. Verla desmoronada era como ver una grieta en un muro que creía indestructible.
—Anny... despierta, enana —susurró Damon, sacudiéndola suavemente.
Ella abrió los ojos de golpe, desorientada. Por un breve segundo, pareció olvidar dónde estaba, hasta que el olor a antiséptico le devolvió el golpe de realidad. Se incorporó rápidamente, limpiándose la comisura de los labios y arreglándose el cabello despeinado.
—¿Ha pasado algo? ¿Ha salido el médico? —preguntó ella con la voz ronca.
—Todavía nada nuevo —respondió Damon, estirando las piernas—. Pero ya es de día. Mis padres me han enviado como cincuenta mensajes. Creo que piensan que me he metido en una pelea o que estoy en la cárcel. No me atrevo ni a contestar. ¿Qué les digo? "¿Hola, mamá? Perdona por salir corriendo, es que nuestro mejor amigo intentó dejar este mundo de mierda y no nos dimos cuenta porque somos unos narcisistas".
Anny suspiró, sacando su propio teléfono. Tenía llamadas perdidas de su madre y de su padre. El pánico que debieron sentir al verla salir disparada de casa sin dar explicaciones era algo que tendría que enfrentar después.
—Diles la verdad, Damon —dijo Anny, mirando hacia la puerta de la unidad de cuidados intensivos—. No podemos ocultar esto. Si Alex va a salir de esta, va a necesitar a todo el mundo. No solo a nosotros. Aunque... —se detuvo, y su expresión se ensombreció—. Aunque me aterra lo que piensen. Me aterra que lo juzguen.
—Si alguien se atreve a juzgarlo, le romperé la cara, me importa un carajo quién sea —gruñó Damon, recuperando por un momento su actitud defensiva y grosera—. Alex es la mejor persona que conozco. Si llegó a este punto, es porque el mundo es una puta basura, no porque él haya hecho nada malo.
En ese momento, un médico de mediana edad, con el rostro marcado por el cansancio de una guardia eterna, se acercó a ellos con una carpeta en la mano.
—¿Ustedes son los amigos de Alex? —preguntó el doctor, ajustándose las gafas.
—Sí, somos nosotros —respondió Anny, poniéndose de pie de un salto—. ¿Cómo está? ¿Ya despertó?
El médico suspiró, pero su expresión no era del todo sombría.
—El lavado de estómago fue exitoso y los niveles de toxicidad están bajando. Las marcas en el cuello son superficiales, por suerte no hubo una fractura de tráquea ni daños neurológicos por falta de oxígeno, ya que lo encontraron muy rápido. Es un chico con suerte, dentro de lo que cabe. Acaba de recuperar la conciencia hace unos minutos. Está muy confundido y débil, pero estable.
Damon soltó un suspiro tan largo que pareció que se le salía el alma del cuerpo. Se apoyó contra la pared, cerrando los ojos.
—¿Podemos verlo? —preguntó Damon, con una urgencia que rozaba la súplica.
—Solo un momento. Está en la habitación 302. Por favor, mantengan la calma. Está muy sensible.
Caminaron por el pasillo en silencio. El trayecto hasta la habitación 302 se sintió como una milla interminable. Damon, que normalmente caminaba con una confianza casi arrogante, arrastraba los pies. Anny, por su parte, sentía que sus manos no dejaban de sudar. ¿Qué se le dice a alguien que intentó morir? ¿Cómo se retoma una conversación después de un abismo así?
Al llegar a la puerta, Damon se detuvo.
—Anny, espera —dijo, agarrándola del brazo—. Si entro y empiezo a decir groserías o me pongo a llorar otra vez, golpéame. Alex no necesita verme hecho un desastre. Necesita que seamos... nosotros.
—Damon, ser "nosotros" incluye que tú digas palabrotas y seas un idiota —respondió Anny con una sonrisa triste—. Solo intenta no ser un "idiota insensible". Sé tú mismo. Él te quiere así.
Damon asintió, respiró hondo y abrió la puerta con una lentitud inusual.
La habitación estaba en penumbra, con el único sonido del monitor cardíaco marcando un ritmo constante y tranquilizador. En la cama, Alex se veía pequeño. Mucho más pequeño de lo que recordaban. Tenía una vía en el brazo y un vendaje blanco alrededor del cuello que hacía que a Anny se le encogiera el corazón. Sus ojos, antes llenos de una luz casi infantil, estaban fijos en la ventana, vacíos.
Al escuchar la puerta, Alex giró la cabeza lentamente. Cuando vio a Damon y Anny, sus labios temblaron y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.
—Chicos... —su voz era apenas un hilo, áspera y rota.
Anny fue la primera en acercarse. Se sentó en el borde de la cama y tomó su mano con una delicadeza extrema, como si temiera que Alex fuera a romperse en mil pedazos si lo tocaba con demasiada fuerza.
—Hola, Alex —susurró ella, dejando que las lágrimas cayeran libremente ahora que estaban con él—. Aquí estamos. No nos hemos ido a ninguna parte.
Damon se quedó al pie de la cama, luchando contra el nudo que tenía en la garganta. Ver a Alex, el chico que siempre estaba rescatando gatos de la calle o sonriendo a los desconocidos, en ese estado, era una tortura.
—Maldita sea, Alex... —soltó Damon, con la voz quebrada—. Eres un idiota de primera categoría, ¿lo sabías? Casi nos das un susto de muerte, pedazo de imbécil.
Alex dejó escapar un sollozo ahogado, cerrando los ojos con fuerza.
—Lo siento... lo siento tanto —articuló Alex entre lágrimas—. No quería... yo solo quería que el ruido parara. Me sentía tan solo, incluso cuando estaba con ustedes. Me sentía como un fraude.
—¿Un fraude? ¿De qué hablas? —preguntó Anny, acariciándole el dorso de la mano.
—Ustedes son tan... auténticos —dijo Alex, haciendo un esfuerzo por hablar—. Anny, tú no finges que te gusta la gente. Damon, tú dices lo que piensas sin filtros. Y yo... yo sentía que si dejaba de sonreír, si dejaba de ser el "chico amigable y feliz", ya no tendrían razones para quererme. Pensé que mi única función era ser el pegamento alegre, y cuando me quedé sin pegamento... me sentí vacío.
Damon se acercó y se sentó en la silla junto a la cama, inclinándose hacia delante.
—Escúchame bien, Alex, y escúchame una sola vez porque no voy a repetirlo para no inflar tu ego —dijo Damon, mirándolo fijamente a los ojos—. Te queremos porque eres Alex. No porque seas un payaso que siempre está feliz. Te queremos cuando estás triste, cuando estás enojado y hasta cuando eres un maldito cursi con los animales. Si hubieras dicho que te sentías como una mierda, nos habríamos sentado en la mierda contigo. Pero nunca, jamás, vuelvas a pensar que tienes que fingir para nosotros.
Alex miró a Damon, sorprendido por la sinceridad cruda en sus palabras.
—Damon tiene razón —añadió Anny—. Pasamos tanto tiempo metidos en nuestros propios problemas que no te dimos el espacio para tener los tuyos. Nos acostumbramos tanto a tu luz que olvidamos que tú también tienes sombras. Pero estamos aquí ahora. Y no vamos a dejarte solo en esa oscuridad.
Alex sollozó de nuevo, pero esta vez parecía haber un poco de alivio en su llanto.
—Pensé que me odiarían por ser tan débil —confesó Alex, mirando el vendaje de sus muñecas, aunque no había cortes allí, la sensación de derrota era la misma.
—¿Débil? —Damon soltó una risa seca—. Hermano, has estado cargando con una depresión grave tú solo mientras nos aguantabas a nosotros dos. Eso es ser malditamente fuerte. Pero ya no tienes que serlo. Para eso estamos nosotros. Yo seré el fuerte por un tiempo, Anny será la que vigile, y tú solo tienes que... respirar. Solo eso. Quédate con nosotros.
—¿De verdad no están enfadados? —preguntó Alex con esa inocencia que siempre lo caracterizaba, buscando aprobación.
—Estoy furioso —admitió Damon, aunque su tono era suave—. Estoy furioso conmigo mismo por no haberme dado cuenta. Estoy furioso con el mundo. Pero contigo... contigo solo estoy agradecido de que seas un pésimo suicida y que sigas aquí.
Anny soltó una pequeña risa entre sus lágrimas y Alex esbozó una sonrisa mínima, una sombra de la que solía tener, pero era un comienzo.
—Tenemos que planear qué haremos cuando salgas de aquí —dijo Anny, tratando de cambiar el tono a algo más esperanzador—. Nada de pijamadas normales por un tiempo. Damon ha prometido que no dejará que te sientas solo ni un segundo.
—Sí —asintió Damon—. De hecho, ya he pensado que voy a mudarme a tu sofá un par de semanas. Y te advierto, ronco como un camión y digo muchas groserías en sueños. Vas a desear haberme echado.
Alex soltó una risita débil, la primera en mucho tiempo.
—Eso suena... suena bien —dijo Alex—. Me gustaría eso.
—Y vamos a buscar ayuda de verdad, Alex —continuó Anny, con tono serio pero cariñoso—. Terapia, médicos... lo que sea necesario. No vamos a fingir que esto se arregla con un abrazo. Pero el abrazo es el primer paso.
Se quedaron en silencio un rato, pero ya no era el silencio tenso de la sala de espera. Era un silencio compartido, un espacio seguro que habían empezado a reconstruir entre los tres. Damon, a pesar de su fachada de tipo duro, no soltó el pie de la cama de Alex, como si necesitara el contacto físico para asegurarse de que su amigo no se desvanecería.
—Oigan —dijo Alex después de un rato, con los ojos pesados por el cansancio y la medicación—. ¿Mis padres? ¿Saben algo?
—Tuvimos que avisarles, Alex —dijo Anny con suavidad—. Están afuera, hablando con los médicos. Estaban destrozados, pero están aquí. Entrarán en un momento. Solo queríamos asegurarnos de que estuvieras listo.
Alex asintió, cerrando los ojos.
—Tengo miedo de verlos.
—Lo sabemos —dijo Damon—. Pero nosotros nos quedaremos aquí hasta que entren. No tienes que enfrentar nada solo hoy. Ni mañana. Ni nunca.
Alex apretó la mano de Anny y buscó la mirada de Damon. Por primera vez en meses, el peso en su pecho no se sentía como una losa de cemento insoportable. Seguía ahí, la tristeza no se había ido mágicamente, pero el vacío ya no estaba tan oscuro. Sus amigos estaban allí, con sus defectos, sus malas palabras y su silencio observador, recordándole que la vida, aunque dolorosa, valía la pena si se compartía.
—Gracias —susurró Alex antes de quedarse dormido de nuevo, esta vez en un sueño tranquilo.
Anny y Damon se miraron por encima del cuerpo de su amigo. Sabían que el camino que tenían por delante sería difícil. Habría recaídas, días de llanto y momentos en los que la culpa volvería a acecharlos. Pero mientras se mantenían allí, protegiendo el sueño de Alex en esa fría habitación de hospital, supieron que su amistad acababa de transformarse en algo mucho más profundo.
—Lo vamos a lograr, ¿verdad? —preguntó Anny en voz baja.
Damon miró a Alex y luego a Anny. Por una vez, no hubo coqueteo, ni bromas, ni sarcasmo. Solo una resolución inquebrantable.
—No tenemos otra opción, enana. Vamos a sacar a este idiota adelante aunque sea lo último que hagamos.
Damon se recostó en la silla, observando el monitor. Cada latido de Alex era una victoria. Cada respiración, una promesa. Y mientras el sol terminaba de subir en el horizonte, iluminando por fin toda la habitación, los dos amigos se prepararon para la batalla más importante de sus vidas: salvar a la persona que, sin saberlo, siempre los había salvado a ellos.