Amo a la fresita
Polvo, tacones y espuelas
El reloj marcaba exactamente las cinco de la mañana cuando el gallo del corral principal apenas se aclaraba la garganta. Sin embargo, para Roseanne Park, la mañana ya llevaba media hora de haber comenzado.
Con dieciocho años recién cumplidos y una complexión envidiable —alta, de hombros anatómicamente firmes, brazos torneados por cargar pacas de heno y una cintura atlética que robaba suspiros involuntarios—, Rosé ajustó sus guantes de cuero antes de empujar una carretilla rebosante de alimento para el ganado. Llevaba una camiseta de tirantes blanca ligeramente humedecida por el esfuerzo de las primeras horas, unos jeans gastados pero entallados que hacían justicia a sus largas piernas y las botas de trabajo cubiertas por una fina capa de tierra fértil.
—¡Muévanse, holgazanas, que el sol no nos va a pedir permiso para salir! —gritó Rosé con una sonrisa radiante hacia el granero contiguo.
De entre las sombras, tres figuras emergieron quejándose entre bostezos. Lisa Manoban, su mano derecha y mejor amiga desde que tenían memoria, se limpiaba la paja del cabello oscuro mientras acomodaba su cinturón de hebilla ancha. Detrás de ella venían Samantha Rivera, a quien todos llamaban cariñosamente Rivers, cargando un bieldo sobre el hombro con gesto desafiante, y Freen Sorocha, que estiraba sus atléticos brazos junto a Milk Pansa.
—Rosie, por el amor de Dios, hasta las vacas tienen ojeras hoy —protestó Lisa, apoyándose pesadamente en el poste de madera—. ¿Por qué Kara nos exige tanto si el cargamento grande sale hasta el viernes?
—Porque mi mamá quiere todo impecable antes de las diez —respondió Rosé, guiñándole un ojo con ese carisma natural y servicial que desarmaba a cualquiera—. Dicen que viene una comitiva importante para la sociedad ganadera. Hay que dejar los establos como si fueran la sala de estar de mi madre Lena.
—Ni me lo recuerdes —dijo Milk resoplando mientras cargaba dos pesados cubos de agua fresca sin perder la postura—. Si doña Lena ve una sola brizna de paja fuera de lugar en el sendero principal, nos pone a trapear la tierra.
Las chicas soltaron una carcajada cómplice. El rancho Danvers-Luthor era el más próspero de toda la región, un imperio donde la fuerza bruta del campo y la más refinada élite empresarial se daban la mano a diario.
Hacia las siete y media, las cinco jóvenes vaqueras caminaron hacia la enorme casona colonial para el desayuno. Al entrar por la puerta trasera de la cocina, el aroma a café recién tostado, pan de elote y tocino crujiente las envolvió de inmediato.
En el comedor principal, la escena era digna de una pintura de contrastes. A la cabecera se encontraba Kara Danvers, con su camisa de mezclilla arremangada, sonriendo con devoción absoluta mientras servía un plato repleto de fruta fresca para su hija menor, Enid Sinclair.
—Come todo lo que quieras, mi pedacito de sol —le decía Kara a Enid con voz enternecida—. Hoy tienes práctica de equitación y necesitas mucha energía.
—¡Gracias, mamá! —chilló Enid con una enorme sonrisa, haciendo juego con su suéter rosa pastel y sus uñas multicolores, completamente ajena a la rudeza del campo. A su lado, sentada con una postura militarmente rígida y vestida de negro de pies a cabeza, Wednesday Addams apenas rozaba su taza de té amargo.
—La luz del sol es un insulto para mis ojos a esta hora, Sinclair —murmuró Wednesday con tono fúnebre, aunque sin apartar su mano de la rodilla de Enid por debajo del mantel.
Frente a ellas, Lena Luthor tomaba un sorbo de su espresso doble con la elegancia intacta de una mujer de alta sociedad. Lucía un conjunto de satín marfil impecable. En cuanto vio entrar a Rosé sudorosa y hermosa, sus ojos verdes se iluminaron con un brillo de orgullo innegable.
—Buenos días, mi niña hermosa —saludó Lena, dejando la taza con suavidad de porcelana—. Te ves radiante. Eres el vivo retrato de tu madre cuando la conocí, sólo que con mejores modales para sentarte a la mesa.
—Buenos días, mamá —dijo Rosé, inclinándose para depositar un tierno beso en la mejilla de Lena y otro en la de Kara—. Huele delicioso.
En ese momento, Suzy Bae salió de la cocina con una bandeja de plata llena de tostadas francesas. Al cruzar miradas con Rosé, Suzy le dedicó una tímida sonrisa teñida de nostalgia; después de todo, habían tenido un breve noviazgo en la adolescencia que terminó en buenos términos, aunque Lena nunca se lo perdonó del todo. Lena la siguió con una mirada gélida y afilada como bisturí hasta que la chica dejó el plato y volvió apresuradamente a la cocina.
—Aún no entiendo por qué sigue trabajando en la casa principal habiendo tantas áreas abiertas —comentó Lena entre dientes, mirando a su esposa con un reproche elegante.
—Por favor, Lena, es una buena muchacha y ayuda mucho —intervino Tori Vega, la capataz del rancho, sentada a media mesa con un plato desbordante de huevos con frijoles—. Además, sabe cómo tratar al personal.
A un lado de Tori, Jade West rodó los ojos mientras cortaba su fruta con una agresividad meticulosa, vistiendo un saco oscuro que contrastaba con las botas camperas que llevaba por obligación. Wednesday, al otro extremo, la imitaba casi inconscientemente en cada uno de sus gestos sarcásticos.
—Agradece que Rosé tiene mejor gusto hoy en día —escupió Jade con voz ronca, mirando a su vieja amiga Lena—. Al menos la chica superó esa fase.
—¡Familia, por favor, paz en la mesa! —exclamó Alex Danvers, entrando apresurada junto a su esposa Samantha Arias—. Venimos hambrientas de revisar los corrales del norte. ¡Rosie, mi sobrina favorita! Ven y dale un abrazo a tu tía antes de que tu madre Lena te esterilice con colonia francesa.
Rosé soltó una risita cálida y abrazó a Alex con fuerza. Las cosas en la hacienda eran ruidosas, caóticas y llenas de cariño, pero la paz duró poco. Justo cuando las demás trabajadoras tomaban asiento en la mesa larga contigua, un cuarteto de voces agudas y refinadas se escuchó desde el porche delantero.
Eran las novias.
Kim Jisoo entró primero, ondeando una bufanda de diseñador como si el polvo del rancho pudiera mancillar sus pulmones, yendo directo a los brazos de Lisa.
—Manoban, juro que si una mosca se vuelve a parar en mi bolso de piel te haré limpiar los establos de rodillas —reclamó Jisoo con una boquita dramática, aunque se dejó besar tiernamente en los labios.
Detrás de ella, Abril Garza, mejor conocida como Ari, se sentó sobre las piernas de Rivers, acomodando su impecable melena lacia; Becky Armstrong buscó de inmediato el regazo de Freen, cubriéndose la nariz con delicadeza pero entrelazando sus dedos con los de su novia; y Love Pattranite se colgó del cuello de Milk exigiendo que le trajeran un vaso de jugo de naranja sin pulpa.
—Dios mío, esto parece una convención de chicas fresas de capital —bromeó Rivers, pasando un brazo protector alrededor de la cintura de Ari.
—Cállate, campesina, y sírveme café —le respondió Ari con una sonrisita mimada, besándole la mejilla.
Kara se aclaró la garganta, llamando la atención de todos en el comedor mientras desenrollaba un documento sobre la mesa.
—Bien, ya que estamos todos reunidos, escuchen con atención —anunció Kara—. En menos de media hora llega la familia Blossom-Topaz. Como saben, Cheryl Blossom maneja la mayor red de exportación del país y Toni Topaz es su mejor aliada en logística. Queremos fusionar nuestra producción ganadera con sus rutas hacia el extranjero. Así que exijo la máxima compostura.
Al escuchar aquel apellido, el corazón de Rosé dio un violento vuelco contra sus costillas. Sus dedos se cerraron sobre la servilleta de lino.
—¿Cheryl y Toni? —preguntó Rosé, intentando que su voz sonara firme y desinteresada—. ¿No se habían marchado a la capital hace años?
—Así es, cariño —respondió Lena, ajustando los anillos de diamantes en sus dedos—. Pero decidieron que el negocio necesitaba supervisión directa desde el campo. Y Cheryl me confirmó anoche que no vienen solas. Traen consigo a su adorada hija. Jennie.
El comedor entero pareció detenerse por una fracción de segundo. Lisa abrió los ojos desmesuradamente y miró a Rosé, conteniendo una carcajada pícara. Rivers y Freen tosieron falsamente para cubrir sus risitas.
—¿Jennie Kim? —soltó Rosé con desdén deliberado, arrugando la nariz—. ¿La insoportable chiquilla mimada que lloraba si una mariposa volaba cerca de ella? ¿Para qué la traen a un rancho? Se le van a ensuciar los mocasines de marca.
—No seas grosera, Roseanne —la reprendió Lena suavemente, aunque con una ligera sonrisa cómplice—. Jennie tiene diecinueve años ahora, y por lo que sé, es una señorita sumamente sofisticada. Toni me ha dicho que no quería venir por nada del mundo, pero Cheryl insiste en que aprenda el negocio familiar.
—Sí, claro, sofisticada. Seguro sigue siendo la misma fresa egocéntrica insoportable de siempre —masculló Rosé en voz baja, cruzando los brazos sobre el pecho atlético.
—Ay, por favor, Rosie —le susurró Lisa al oído mientras le daba un codazo—. No te hagas la desinteresada. Todos en este pueblo sabemos que desde que teníamos ocho años te derretías por esa niña. Te pasabas el día haciéndole trenzas de trigo y ella te las aventaba en la cara.
—¡Eso fue hace diez años, Lisa! —espetó Rosé en un susurro ardiente, sintiendo las mejillas arderle de repente—. Ya ni me acuerdo de su cara. Además, ahora seguro es una insoportable de primera. Yo no tolero a la gente que no sabe lo que es el trabajo duro.
—Ya veremos si dices lo mismo cuando la tengas enfrente —se burló Jisoo, ajustándose los lentes de sol sobre la cabeza—. Las niñas de ciudad como nosotras tenemos un encanto letal para las vaqueritas como tú, Rosie. Pregúntale a Lisa.
Antes de que Rosé pudiera defenderse, el ruido inconfundible de un motor de alta gama y el crujir de las ruedas contra la grava del camino alertaron a los presentes.
—Ya llegaron —anunció Tori, poniéndose de pie con parsimonia—. Andando, chicas. A dar la cara.
La familia Danvers-Luthor y su comitiva salieron al amplio patio de la hacienda. Un imponente Mercedes-Benz de color negro brillante se detuvo justo frente a la entrada de la casa de campo. La puerta del conductor se abrió, revelando a Toni Topaz, impecable con un traje sastre moderno y botas de piel exótica, quien rodeó el auto para abrirle la puerta del copiloto a Cheryl Blossom. La pelirroja salió con la elegancia regia que siempre la caracterizó, saludando a Kara y a Lena con un ademán refinado.
—¡Cheryl, Toni! Qué gusto tenerlas en nuestra tierra —saludó Kara con su habitual calidez campechana, estrechando sus manos.
—El gusto es nuestro, Kara. Es un placer ver que este lugar sigue tan próspero como siempre —respondió Cheryl, antes de girarse hacia la puerta trasera del vehículo—. Jennie, querida, baja de una vez. La tierra no muerde.
Desde el interior del vehículo, un suspiro de fastidio absoluto se dejó escuchar antes de que una figura descendiera con lentitud teatral.
Lo primero que tocó el suelo polvoriento del rancho fue la punta afilada de un tacón de aguja negro de Chanel.
Luego apareció ella.
Jennie Kim tenía diecinueve años y parecía recién bajada de una pasarela de París en lugar de haber llegado a un pueblo ganadero. Llevaba unos ajustados pantalones de vestir blancos, un top de seda negra que dejaba al descubierto sus delicadas clavículas y una chaqueta corta de diseñador sobre los hombros. Sus ojos felinos se ocultaban tras unos enormes lentes oscuros, y sus labios carnosos formaban una línea de total y absoluto desprecio por el entorno. Sostenía un bolso de lujo contra su pecho como si fuera un escudo protector contra el aire rural.
A Rosé se le secó la garganta de golpe.
El aire pareció escaparse de sus pulmones. La chiquilla caprichosa que recordaba se había convertido en una mujer deslumbrante, con una belleza altanera que desprendía una sensualidad peligrosa y magnética.
Jennie se retiró los lentes oscuros con una mano perfectamente manicurada y recorrió el paisaje con una mirada fulminante.
—Mamá, huele literalmente a estiércol —soltó Jennie con voz aterciopelada pero cargada de un veneno exquisitamente fresa—. Te juro que si una sola partícula de polvo arruina mis zapatos, me regreso al hotel de la capital caminando.
—Jennie, compórtate —le advirtió Cheryl entre dientes, aunque Toni le acarició el hombro con devoción para calmarla.
—Déjala, Cheryl, el viaje fue largo —intervino Toni con una sonrisa mimosa hacia su hija protegida—. Ya te acostumbrarás, princesa.
Jennie bufó, girando sobre sus talones... y fue en ese preciso instante cuando sus ojos felinos chocaron directamente contra la mirada ambarina de Rosé.
La rubia estaba parada a unos metros de distancia, con los pulgares enganchados en los bolsillos de sus vaqueros gastados, su figura atlética y alta proyectando una sombra imponente bajo la luz de la mañana. Una gota de sudor resbalaba perezosamente por el cuello de Rosé, delineando su clavícula y perdiéndose en el borde de su camiseta blanca.
Jennie parpadeó. Por una milésima de segundo, la máscara de aburrimiento de la chica de ciudad tembló ante la estampa arrolladoramente atractiva y campirana de la rubia. Pero el orgullo de Jennie era más fuerte que cualquier impresión pasajera.
—Vaya —dijo Jennie con una ceja arqueada, evaluando a Rosé de pies a cabeza con deliberada lentitud y evidente burla—. Veo que la servidumbre no aprendió a ducharse antes de recibir a las visitas. Sigues oliendo a granja, Park.
Rosé sintió que la sangre le hervía en las venas. La timidez que alguna vez sintió por ella se transformó en una chispa electrizante de desafío. Dio un paso al frente, quitándose el sombrero vaquero con una caballerosidad impecable que no ocultaba ni un milímetro de su ironía.
—Y tú sigues creyendo que el mundo te pertenece sólo por saber combinar un par de tacones ridículos en un terreno de trescientas hectáreas, Kim —respondió Rosé con una voz profunda, ronca y cargada de una seguridad aplastante—. Bienvenida al rancho. Espero que no llores si se te rompe una uña, porque aquí el trabajo apenas comienza.
Jennie apretó los labios con furia mal contenida, clavándole la mirada como si quisiera prenderle fuego allí mismo.
—No necesito ensuciarme las manos para ponerte en tu lugar, vaquerita —escupió Jennie, dando un paso desafiante hacia ella, acortando peligrosamente la distancia entre sus rostros.
—Me encantaría ver cómo lo intentas, fresita —murmuró Rosé, inclinándose apenas lo suficiente para que su aliento cálido rozara la mejilla de la morena, sosteniendo su mirada sin retroceder un solo centímetro.
A unos metros, Kara y Cheryl intentaban disimular sus sonrisas diplomáticas, mientras Lena bebía de su taza con absoluta satisfacción. Al fondo, Lisa le dio un empujón con el codo a Rivers y murmuró por lo bajo:
—Prepara la libreta de apuestas, Samantha. A esta niña de ciudad le van a quitar lo fresa a punta de espuelas... o Rosie va a terminar pidiéndole perdón de rodillas.