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Amor

El eco de un sol que no calienta

El silencio en el apartamento de los Uchiha se había vuelto una entidad física, algo denso que se podía cortar con un cuchillo. Sasuke caminaba por los pasillos y sentía que habitaba una galería de arte moderno: todo era impecable, estético y profundamente vacío. Habían pasado dos semanas desde que Naruto decidió "madurar", y el cambio no solo era evidente en su actitud, sino en la atmósfera misma del hogar.

Sasuke se sentó a la mesa del comedor, observando el plato de arroz blanco y pescado que Naruto había dejado servido antes de irse a su entrenamiento matutino. No había notas con dibujos de corazones deformes, no había un "¡Buen provecho, Sasuke-teme!", ni siquiera había rastro de la salsa picante que Naruto solía derramar por accidente sobre el mantel. El mantel estaba impoluto. Sasuke dio un bocado y descubrió que la comida sabía a ceniza.

— Es lo que querías —se recriminó Sasuke en voz alta, su propia voz sonando extraña en el comedor vacío—. Querías paz. Querías que dejara de ser un estorbo.

Pero la paz se sentía sospechosamente parecida al abandono.

Esa tarde, Sasuke terminó sus labores en la oficina de la Policía de Konoha antes de lo previsto. Por primera vez en meses, no tenía reuniones ni patrullas adicionales. Caminó hacia su casa, pero sus pies, traicioneros y guiados por una memoria que se negaba a morir, lo llevaron por la ruta larga, la que pasaba cerca del hospital.

Allí, sentada en un banco de madera, estaba Sakura. Estaba leyendo unos informes médicos, con el ceño fruncido por la concentración y un mechón de cabello rosado cayendo sobre su rostro. Sasuke se detuvo a varios metros, oculto parcialmente por la sombra de un cerezo.

Al verla, sintió esa familiar punzada de nostalgia. Con Sakura, todo era predecible, elegante y maduro. Ella entendía sus silencios, compartía su pasado y representaba el ideal de mujer que siempre pensó que tendría a su lado. La extrañaba. Extrañaba la idea de lo que pudieron ser si el consejo de ancianos no hubiera intervenido para unir su linaje con el poder del Jinchuriki. Con Sakura, no tendría que lidiar con pijamas de colores chillones ni con gritos sobre ramen a las siete de la mañana.

Sin embargo, mientras la observaba, Sasuke notó algo extraño. La imagen de Sakura, aunque hermosa y perfecta, se sentía como una pintura en un museo: algo que admirar, pero que no ofrecía calor.

— Sasuke-kun —dijo Sakura, levantando la vista y sonriendo con suavidad. Ella siempre notaba su presencia, incluso cuando él intentaba ocultarla—. ¿Qué haces aquí?

Sasuke salió de las sombras y se acercó con paso lento.

— Solo pasaba. Terminé temprano.

Sakura cerró su carpeta y lo estudió con esos ojos verdes que solían ser su refugio.

— Te ves cansado, Sasuke-kun. ¿Cómo está Naruto? No lo he visto en el hospital estos días, y usualmente viene a traerme dulces o a contarme alguna tontería sobre sus misiones.

Sasuke apretó la mandíbula.

— Está... diferente. Ha decidido comportarse como un adulto. Supongo que finalmente entendió que este matrimonio requiere seriedad.

Sakura no sonrió. Al contrario, una expresión de profunda tristeza cruzó su rostro. Se puso de pie y caminó hacia él, colocando una mano en su brazo. El contacto era cálido, pero Sasuke no sintió la chispa que esperaba.

— Sasuke-kun, Naruto no es una persona que deba ser "seria". Su luz proviene de esa alegría casi infantil. Si él ha cambiado... es porque algo dentro de él se rompió. ¿Es eso realmente lo que quieres? ¿Vivir con una sombra?

— Es más fácil así —respondió Sasuke, aunque sus palabras sonaban huecas—. Ya no hay ruido. Ya no hay presiones.

— Pero tampoco hay amor, ¿verdad? —preguntó Sakura en un susurro—. Yo te quise mucho, Sasuke. Y sé que tú guardas un lugar para mí. Pero lo que Naruto te ofrece es algo que yo nunca pude darte: una devoción ciega y una calidez que desafía toda lógica. No dejes que se apague por tu orgullo.

Sasuke no respondió. Se despidió con un breve asentimiento y continuó su camino a casa. Las palabras de Sakura resonaban en su cabeza como un eco molesto. Al llegar al apartamento, encontró las luces encendidas.

Naruto estaba en la sala, pero no estaba viendo sus caricaturas habituales ni saltando sobre el sofá. Estaba sentado en una silla recta, leyendo un libro sobre tácticas de sellado avanzado. Llevaba una camisa azul marino, abotonada hasta arriba. Se veía... elegante. Se veía como un Uchiha.

— Bienvenido, Sasuke-san —dijo Naruto sin levantar la vista del libro—. La cena está en el horno. He preparado algo ligero. Si necesitas algo más, estaré en mi habitación estudiando.

Sasuke se quedó de pie en la entrada, con la capa aún puesta.

— Naruto.

El rubio levantó la vista. Sus ojos azules, antes comparables al cielo de verano, ahora parecían el océano en un día nublado.

— ¿Sí?

— He hablado con Sakura —soltó Sasuke, observando cualquier reacción.

Naruto cerró el libro con una parsimonia que a Sasuke le resultó irritante. No hubo celos, no hubo pucheros, no hubo preguntas atropelladas. Solo una inclinación de cabeza.

— Me alegro. Espero que haya sido una charla agradable. Ella es una gran mujer, siempre lo he dicho. Si deseas pasar más tiempo con ella, no tienes que darme explicaciones. Entiendo nuestra situación.

— ¡No entiendes nada! —estalló Sasuke, sorprendiéndose a sí mismo por la intensidad de su voz.

Naruto parpadeó, confundido por el repentino arrebato del pelinegro.

— ¿He hecho algo mal? He mantenido la casa limpia, no he hecho ruido y he respetado tu espacio. Pensé que esto era lo que me pediste. Dijiste que mi forma de ser te asfixiaba.

Sasuke sintió un nudo en la garganta. Era cierto. Él lo había pedido. Había despreciado la pureza de Naruto porque no encajaba en su concepto de "amor maduro" o en su obsesión por el pasado con Sakura. Pero ahora que tenía el silencio, se daba cuenta de que el silencio era una condena.

— Extraño... —Sasuke se detuvo, las palabras se sentían pesadas como el plomo—. Extraño el ruido.

Naruto soltó una risa seca, una que no llegaba a sus ojos.

— Qué contradictorio eres, Sasuke. Cuando soy yo mismo, me pides que madure. Cuando trato de ser lo que quieres, extrañas al idiota. No soy un juguete que puedas encender y apagar. Duele, ¿sabes? Duele intentar ser suficiente para alguien que solo tiene ojos para otra persona.

Naruto se levantó y caminó hacia el pasillo, pero Sasuke fue más rápido. Le sujetó la muñeca, no con la fuerza de la última vez, sino con una desesperación contenida.

— No te vayas.

— Tengo sueño, Sasuke-san.

— ¡Deja de llamarme así! —rugió Sasuke, atrayéndolo hacia él—. Vuelve a ser el idiota que se tropieza con sus propios pies. Vuelve a quemar la tostada porque te quedaste mirando un pájaro por la ventana. Vuelve a decirme que me quieres aunque yo no diga nada.

Naruto se quedó rígido. Una lágrima rebelde rodó por su mejilla, rompiendo la máscara de frialdad que se había esforzado por construir.

— ¿Por qué? —preguntó Naruto con la voz quebrada—. ¿Para que puedas volver a despreciarme? ¿Para que cuando veas a Sakura vuelvas a desear no estar atado a mí? No soy un premio de consolación, Sasuke.

Sasuke lo soltó, pero no se alejó. Se hundió en el sofá, cubriéndose el rostro con las manos.

— Tienes razón. He sido un cobarde. Me aferré a Sakura porque ella representaba un pasado donde yo no era responsable de la felicidad de nadie. Amarte a ti... aceptarte a ti, significa aceptar que mi vida ha cambiado, que ya no soy ese vengador solitario. Tu alegría me asustaba porque me hacía sentir vivo, y yo no creía merecer eso.

Naruto lo observó en silencio. La vulnerabilidad de Sasuke era algo que rara vez se veía, una grieta en la armadura de hielo del Uchiha. El rubio suspiró y, lentamente, se sentó en el suelo, frente a las rodillas de Sasuke, en una postura que recordaba a su antiguo yo.

— Sasuke-teme... eres un idiota de verdad —susurró Naruto, y por primera vez en días, hubo un rastro de esa calidez juguetona en su voz.

Sasuke bajó las manos y lo miró. Naruto tenía la nariz roja por el llanto contenido, pero estaba empezando a hacer un pequeño puchero.

— ¿Sabes cuánto me costó leer ese libro de sellos? —se quejó Naruto, inflando las mejillas—. ¡No entendí ni la primera página! ¡Es aburridísimo! Y esta camisa me aprieta el cuello, ¡siento que me voy a asfixiar!

Sasuke sintió que un peso inmenso se levantaba de su pecho. Estiró la mano y, con una torpeza que delataba su falta de práctica, desabrochó los dos primeros botones de la camisa de Naruto.

— Entonces quítatela. Y deja de leer cosas que no entiendes.

Naruto soltó una risita, una pequeña y cristalina que iluminó la habitación más que cualquier lámpara.

— ¡Oye! ¡Podría aprender si quisiera! Pero prefiero ir a comer ramen. ¡Tengo muchísima hambre, Sasuke! ¡Hambre de verdad! ¡De esa que solo se quita con tres tazones grandes de Ichiraku!

Sasuke esbozó una sonrisa casi imperceptible, una sombra de lo que podría llegar a ser una expresión de afecto real.

— Son las diez de la noche, Naruto.

— ¡Y qué! ¡Ichiraku nunca cierra para el futuro Hokage! —Naruto se puso de pie de un salto, recuperando esa energía cinética que lo caracterizaba. Empezó a correr por la sala buscando sus sandalias, tirando un cojín en el proceso—. ¡Vamos, vamos, vamos! ¡Si llegamos rápido, quizás me den extra de naruto!

Sasuke se levantó con lentitud, observando el caos que Naruto estaba volviendo a crear en la sala en cuestión de segundos. El jarrón de flores secas fue rozado por el brazo del rubio y estuvo a punto de caer. Sasuke lo sostuvo justo a tiempo.

— Mañana compraremos flores nuevas —dijo Sasuke en voz baja.

Naruto se detuvo en la puerta, con una sandalia puesta y la otra en la mano, luciendo completamente ridículo y adorable.

— ¿De verdad? ¿De esas amarillas que parecen soles pequeños? ¡Me encantan esas! ¡Hacen que la casa no parezca la cueva de un murciélago gruñón!

— Sí, de esas —concedió Sasuke, caminando hacia él.

Al llegar a la puerta, Naruto no se movió. Se quedó mirando a Sasuke con una seriedad repentina, pero esta vez no era una seriedad fría, sino una llena de esperanza.

— Sasuke... sé que todavía piensas en ella. Sé que todavía duele. No espero que me ames de la misma forma mañana mismo. Pero... ¿puedes intentar verme? No al Jinchuriki, no al esposo por contrato. A mí. A Naruto.

Sasuke extendió la mano y, esta vez, no se detuvo. Acarició la mejilla de Naruto, sintiendo la suavidad de las marcas de sus bigotes. Era una piel real, cálida, vibrante. Sakura era un recuerdo hermoso, una melodía de violín en una noche de otoño. Pero Naruto era el estruendo del sol en pleno mediodía, un incendio que no podía ignorar.

— Te estoy viendo, Naruto —dijo Sasuke, y aunque su voz seguía siendo seria, había una suavidad nueva en ella—. Y aunque seas ruidoso, infantil y desesperante... creo que prefiero el ruido a la soledad.

Naruto sonrió de oreja a oreja, una de esas sonrisas que cerraban sus ojos y arrugaban su nariz. Sin previo aviso, se lanzó hacia adelante y rodeó el cuello de Sasuke con sus brazos, apretándolo con una fuerza que le quitó el aliento.

— ¡Te quiero, Sasuke-teme! ¡De veras! ¡Y te voy a hacer tan feliz que te vas a olvidar de cómo se frunce el ceño!

Sasuke no le devolvió el abrazo de inmediato, su cuerpo aún luchaba contra años de rigidez emocional. Pero poco a poco, sus manos subieron y se posaron en la espalda de Naruto, sujetándolo con firmeza. El olor de Naruto —una mezcla de sol, sudor y ese jabón barato que insistía en usar— llenó sus sentidos, desplazando el aroma a desinfectante y flores de hospital que asociaba con Sakura.

— Camina ya, idiota —dijo Sasuke, aunque no lo soltó de inmediato—. O el puesto de ramen cerrará.

— ¡Cierto! ¡El ramen es sagrado!

Naruto se separó y salió corriendo por el pasillo del edificio, gritando sobre lo mucho que iba a comer. Sasuke lo siguió a un paso más moderado, pero con el corazón latiendo a un ritmo diferente.

Mientras caminaban por las calles de Konoha bajo la luz de las farolas, Sasuke vio a lo lejos la silueta del hospital. Por un momento, pensó en la fotografía que guardaba en su escritorio, en la imagen de Sakura y en los "qué hubiera pasado". Pero luego, Naruto se detuvo, regresó corriendo hacia él y le tomó la mano con fuerza, entrelazando sus dedos con una naturalidad pasmosa.

— ¡Mira, Sasuke! ¡Una estrella fugaz! ¡Pide un deseo! —exclamó Naruto, señalando el cielo con entusiasmo infantil.

Sasuke miró hacia arriba. No vio ninguna estrella, probablemente solo era un avión o la imaginación de Naruto. Pero miró la mano rubia que sujetaba la suya, sintiendo la transferencia de calor, la vida que emanaba de ese chico que se negaba a rendirse con él.

— Ya no necesito pedir deseos —susurró Sasuke.

— ¿Qué has dicho? ¡Habla más alto, Teme! ¡A veces pareces un viejo susurrando secretos!

— He dicho que camines más rápido, Dobe. Tengo hambre.

Naruto soltó una carcajada sonora que hizo que algunos vecinos se asomaran por las ventanas, pero a Sasuke no le importó. El ruido ya no era una distracción; era la prueba de que todavía estaba vivo, de que su hogar ya no era una tumba de mármol, sino un lugar donde, a pesar de las sombras del pasado, el sol siempre terminaba por salir, aunque fuera en forma de un chico rubio con pijamas naranjas y un corazón demasiado grande para este mundo.

Esa noche, el ramen supo mejor que nunca. Y aunque Sasuke sabía que el camino para sanar y amar de verdad sería largo y lleno de obstáculos, mientras tuviera esa mano cálida sujetando la suya, estaba dispuesto a caminarlo. Porque Sakura era el sueño que había perdido, pero Naruto era la realidad que, sin saberlo, siempre había necesitado encontrar.