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amor

Entre Harina, Celos y Confesiones a Media Luz

La música de la orquesta comenzó a subir de tono, transformándose de un jazz suave a un vals mucho más envolvente y dramático. Mary, con la cabeza apoyada en el hombro de Joe, podía sentir el latido rítmico del corazón de él a través de la tela fina de su esmoquin. Era un sonido constante, sólido, muy parecido al propio Joe. Ella sonrió para sus adentros, disfrutando de la pequeña victoria de haberlo sacado de su caparazón de reserva.

—¿Sabes? —susurró Mary, levantando la vista para encontrarse con esos ojos marrones que ahora la miraban con una mezcla de adoración y reproche—. Deberíamos venir a galas más seguido. Te sienta bien el traje, Joe. Te hace parecer... menos gruñón y más como alguien a quien me gustaría invitar a un café. O a algo más fuerte.

Joe soltó un bufido corto, aunque no pudo evitar que la comisura de sus labios se elevara.

—Mary, trabajo contigo diez horas al día, seis días a la semana. Si quieres invitarme a un café, solo tienes que caminar tres pasos hacia la cafetera de la cocina —respondió él, aunque su mano en la cintura de ella la atrajo un poco más hacia sí—. Y no te hagas ilusiones, este traje me está apretando en lugares que no deberían ser mencionados en una fiesta elegante.

—Oh, no seas tan modesto —dijo ella, pasando una mano por la nuca de Joe, jugando con los pequeños cabellos castaños que se escapaban de su peinado—. Estás guapísimo y lo sabes. Por eso Julián estaba tan nervioso cuando te acercaste. Parecías un oso protegiendo su tarro de miel.

Joe se tensó al escuchar el nombre del otro hombre. Sus ojos recorrieron el salón hasta localizar a Julián, que estaba apoyado en la barra, observándolos con una expresión de derrota mal disimulada.

—Ese tipo no sabe nada de miel, Mary —gruñó Joe, bajando la voz—. Solo sabe de marketing y de cómo inflar los precios de sus pasteles congelados. No me gusta cómo te miraba. Como si fueras algo que pudiera comprar para poner en una vitrina.

Mary soltó una risita encantadora, esa que siempre lograba desarmar a Joe.

—¿Y tú cómo me miras, Joe? —preguntó ella, deteniendo sus pasos de baile por un segundo, obligándolo a sostenerle la mirada.

El bullicio de la gala pareció desvanecerse. Los camareros pasando con bandejas, el tintineo de las copas de cristal y las conversaciones ajenas se convirtieron en un ruido blanco de fondo. Joe tragó saliva. La cercanía de Mary siempre era un desafío para su autocontrol. Podía oler el ligero aroma a vainilla que siempre parecía emanar de su piel, mezclado con su perfume caro para la ocasión.

—Yo te miro como si fueras el ingrediente secreto que arruina todas mis recetas porque no puedo concentrarme cuando estás cerca —confesó él, con una honestidad que lo sorprendió incluso a sí mismo—. Eres un desastre, Mary. Eres ruidosa, molesta, te burlas de mi forma de decorar y siempre dejas las espátulas donde no deben ir.

—¡Oye! —protestó ella con un falso tono de indignación, aunque sus ojos verdes brillaban de alegría.

—Pero —continuó Joe, cortando su protesta—, también eres la única razón por la que disfruto llegar a la pastelería a las cinco de la mañana. Eres la chispa de ese lugar, y aunque me saques de quicio, no dejaría que un idiota como Julián te tratara como un trofeo.

Mary sintió un vuelco en el corazón. Joe no era hombre de grandes discursos románticos; él demostraba su afecto cargando los sacos más pesados de harina para que ella no hiciera esfuerzo, o dejándole el café listo exactamente como a ella le gustaba antes de que ella llegara al trabajo. Escuchar esas palabras era, para Mary, mejor que cualquier premio que Bud pudiera ganar esa noche.

—Vaya, Joe... eso ha sido casi poético —dijo ella, suavizando su expresión—. Creo que los celos te sientan bien. Debería bailar con más desconocidos para que me digas cosas así.

—Ni se te ocurra —advirtió él, volviendo a guiarla en el baile con firmeza—. Si vuelves a acercarte a ese tipo, tendré que recordarle que mi rodillo de amasar tiene un peso considerable.

—¡Qué posesivo! —se burló ella, recostando nuevamente su cabeza en su pecho—. Me encanta.

A unos metros de distancia, en la mesa de la Pastelería Bud & Co., Grace observaba la escena con una sonrisa maternal, a pesar de ser la hermana menor.

—Mira eso, Bud —dijo Grace, señalando con la barbilla hacia la pista—. Creo que finalmente Joe ha dejado de pelear contra lo inevitable.

Bud, que estaba terminando su tercera copa de vino, asintió con una sonrisa satisfecha.

—Ya era hora. Llevan diez años en esa tensión constante. Si no se arreglan pronto, voy a tener que empezar a cobrarles una tasa por drama en el lugar de trabajo. Aunque, para ser honesto, Joe es el único que aguanta a Mary cuando se pone en plan "diva de la repostería".

—Se complementan, Bud —añadió Grace suavemente—. Ella es el azúcar y él es la levadura. Sin ella, todo sería demasiado serio. Sin él, todo se desmoronaría.

De vuelta en la pista, la pieza musical llegó a su fin. Los invitados aplaudieron y la pareja se separó ligeramente, aunque Joe mantuvo su mano posesivamente sobre el brazo de Mary mientras caminaban de regreso a la mesa. Sin embargo, antes de llegar, se toparon nuevamente con Julián, que parecía no haber aprendido la lección.

—Mary, antes de que te retires —dijo Julián, bloqueándoles el paso con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—, quería invitarte a la inauguración de mi nueva tienda el próximo mes. Será un evento exclusivo, solo para la élite. Creo que alguien con tu talento y... belleza, desperdicia su tiempo en una pastelería de barrio.

Joe dio un paso al frente, pero Mary le puso una mano en el pecho para detenerlo. Ella dio un paso hacia adelante, con una sonrisa que era pura dinamita.

—Es una oferta muy generosa, Julián —dijo Mary, recorriéndolo con la mirada de arriba abajo como si fuera un pastel mal horneado—. Pero verás, mi "pastelería de barrio" tiene algo que tu cadena de tiendas nunca tendrá.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es eso? —preguntó él, escéptico.

—Corazón —respondió Mary con sencillez—. Y al mejor maestro pastelero de la ciudad. Además, dudo mucho que en tu "élite" se permitan las bromas pesadas y el aroma a auténtica mantequilla. Me quedo donde estoy, gracias.

Julián abrió la boca para replicar, pero al ver la mirada gélida y desafiante de Joe, decidió que era mejor retirarse. Se dio la vuelta y desapareció entre la multitud de esmóquines.

Mary se giró hacia Joe, triunfante.

—¿Viste eso? Le he dado su merecido.

—"El mejor maestro pastelero de la ciudad", ¿eh? —Joe arqueó una ceja, visiblemente complacido—. Pensé que decías que mis glaseados eran demasiado rígidos.

—Lo son —replicó ella, dándole un toquecito en la nariz—. Pero eres *mi* maestro pastelero. Y nadie más puede quejarse de mis bromas excepto tú.

Joe se rió, una risa profunda y genuina que rara vez mostraba en público.

—Ven aquí, Mary.

Sin previo aviso, Joe la tomó por la cintura y la atrajo hacia un pequeño rincón apartado, detrás de una gran palmera decorativa y lejos de las miradas de Bud y Grace. El aire allí era más fresco, pero la tensión entre ellos era más cálida que nunca.

—¿Qué haces, Joe? —preguntó ella, con la respiración entrecortada—. Bud nos está mirando.

—Que mire —dijo Joe—. Ya me cansé de esperar al inventario de mañana.

Sin más palabras, Joe acortó la distancia y la besó. Fue un beso que sabía a la espera de años, a discusiones por el horno, a risas compartidas sobre bandejas quemadas y a una afinidad que ninguno de los dos había querido admitir en voz alta. Mary respondió con entusiasmo, enredando sus dedos en el cabello de él, olvidándose por completo de la gala, de los premios y de la pastelería.

Cuando finalmente se separaron, ambos estaban un poco despeinados y con las mejillas encendidas. Mary se ajustó el vestido esmeralda, tratando de recuperar su compostura, aunque su sonrisa la delataba.

—Vaya... —logró decir ella—. Definitivamente, el traje te sienta muy bien, Joe.

—Es la última vez que me lo pongo en un año —declaró él, recuperando su tono reservado, aunque sus ojos brillaban—. Pero ha valido la pena solo por callarte la boca un momento.

—¡Joe! —lo golpeó juguetonamente en el brazo—. Eres un romántico empedernido, admítelo.

—Solo contigo, Mary. Solo contigo.

Caminaron de regreso a la mesa, donde Bud y Grace fingían estar muy interesados en sus platos de postre.

—¿Todo bien por allá atrás? —preguntó Bud con una sonrisa pícara—. Parecía que estaban discutiendo... muy de cerca.

—Estábamos repasando la receta de los macarons —respondió Mary, sentándose y tomando su copa de champán con una elegancia renovada—. Joe dice que necesita más práctica con el relleno.

Joe se sentó a su lado, y por debajo de la mesa, buscó la mano de Mary y la apretó con fuerza.

—Sí —dijo Joe, mirando a Bud y luego a Mary—. Necesito mucha práctica. Pero tengo a la mejor maestra para molestarme durante el proceso.

Grace suspiró, encantada con la escena.

—Creo que esta es la mejor gala a la que hemos asistido —comentó la hermana menor—. Y ni siquiera han anunciado al ganador del gran premio.

—El premio ya me lo llevé yo —murmuró Joe, tan bajo que solo Mary pudo oírlo.

Ella se inclinó hacia él, susurrándole al oído:

—No te pongas cursi ahora, Joe, que todavía tengo que convencerte de que mañana sí vayamos a la pastelería a hacer ese inventario... a puerta cerrada.

Joe la miró, sorprendido, y luego soltó una carcajada que resonó en toda la mesa. Por primera vez en cuarenta y tres años, Joe se sentía como si hubiera ganado el primer lugar en todo.

La noche continuó, las luces siguieron brillando y el aroma a vainilla y éxito llenó el salón. Pero para la familia de la Pastelería Bud & Co., el verdadero triunfo no fue el trofeo de cristal que Bud terminó recibiendo una hora después, sino la forma en que Mary y Joe se miraban sobre sus copas, sabiendo que, a partir de esa noche, las mañanas a las cinco de la madrugada en la pastelería iban a ser mucho más interesantes.

—¡Por la Pastelería Bud & Co.! —brindó Bud, levantando su copa.

—¡Y por los inventarios de los domingos! —añadió Mary, guiñándole un ojo a un Joe que, por una vez, no dejó de sonreír en toda la noche.