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Amor en el fútbol

Bajo la mirada del Capitán

La cena en la concentración de la Selección siempre era un momento de distensión, pero para Julián, esa noche el aire se sentía más denso, cargado de una electricidad que solo él y Enzo compartían. El comedor del predio de Ezeiza estaba lleno del ruido metálico de los cubiertos y las bromas constantes de los más grandes, pero Julián no podía concentrarse en su plato de pasta. Sentía la rodilla de Enzo rozando la suya por debajo de la mesa, un contacto constante, posesivo y deliberado que lo mantenía al borde de un ataque de nervios.

—¿Estás bien, Juli? Estás más callado que de costumbre —comentó Rodrigo De Paul, lanzándole una mirada pícara desde el otro lado de la mesa.

Julián dio un pequeño salto en su asiento y sintió cómo el calor trepaba por su cuello.

—Sí, Rodri. Solo... cansado del doble turno —respondió, intentando que su voz no temblara.

—Dejalo tranquilo, Rodri. La Araña está concentrada, pensando en cómo picar mañana —intervino Enzo con una sonrisa ladeada, esa expresión canchera que Julián ya conocía de memoria.

Enzo no retiró la pierna. Al contrario, ejerció un poco más de presión, disfrutando de cómo Julián bajaba la vista hacia su vaso de agua, completamente colorado. Le encantaba ese poder, esa capacidad de desestabilizar al delantero más letal de la Premier League con un simple roce. Para Enzo, Julián era un rompecabezas de humildad y talento, y ser el único capaz de ver su faceta más vulnerable era una droga de la que no quería rehabilitarse.

—Bueno, mientras no se duerma en el postre —acotó Messi, que estaba sentado en la cabecera, con una sonrisa tranquila pero observadora.

Leo no decía mucho, pero sus ojos siempre captaban todo. Julián sintió que el capitán lo escaneaba y se puso aún más nervioso. Enzo, por su parte, ni se inmutó. Estaba demasiado ocupado trazando círculos invisibles con su rodilla contra la de Julián.

Cuando la cena terminó y los jugadores empezaron a dispersarse hacia sus habitaciones o hacia la sala de juegos, Enzo se acercó al oído de Julián mientras caminaban por el pasillo.

—Te espero en mi pieza en diez minutos. No tardes, Araña —le susurró, su aliento cálido rozando el lóbulo de su oreja.

Julián se quedó estático un segundo, viendo cómo Enzo se alejaba con ese caminar seguro, casi arrogante, que lo hacía parecer más alto de lo que ya era. Suspiró, tratando de calmar los latidos de su corazón. Sabía que ir a la habitación de Enzo era jugar con fuego, pero también sabía que no podía decir que no.

Diez minutos exactos después, Julián golpeó suavemente la puerta de la habitación de Enzo. La puerta se abrió casi al instante, y una mano firme lo tomó de la muñeca, tirando de él hacia el interior. Enzo cerró la puerta con el pie y, sin decir una palabra, acorraló a Julián contra la madera.

—Viniste rápido —dijo Enzo, su voz ahora más grave, más íntima.

—Dijiste que no tardara —susurró Julián, mirando hacia arriba.

Enzo le sacaba unos centímetros, lo suficiente para que Julián tuviera que inclinar la cabeza, una posición que acentuaba su aire de sumisión. Enzo lo miró con fijeza, apreciando cada detalle de su rostro: las pestañas largas, la nariz pequeña, y sobre todo, esos labios que todavía guardaban el recuerdo del beso en el vestuario.

—Me gusta que seas obediente, Juli —Enzo deslizó sus manos por los costados del cuerpo de Julián, deteniéndose en su cintura—. En la cena estabas que te desarmabas. ¿Tanto te pongo nervioso?

—Sabés que sí, Enzo. No me hagas quedar como un tonto delante de los chicos —pidió Julián, aunque sus manos ya se habían posado, casi por instinto, en los hombros anchos del mediocampista.

—No sos un tonto. Sos el más lindo de todos, por eso me gusta molestarte —Enzo se inclinó, rozando su nariz con la de Julián—. Y me gusta que todos vean que sos mío, aunque ellos no entiendan por qué te ponés tan rojo.

Julián soltó una risita nerviosa, escondiendo la cara en el hueco del cuello de Enzo. El olor a perfume caro y a ese aroma limpio que siempre emanaba el volante lo mareaba un poco.

—No soy de nadie, Fernández —balbuceó, aunque sin ninguna convicción.

—Eso decile a tu corazón, que está por saltarte del pecho —se burló Enzo, sintiendo los latidos erráticos de Julián contra su propio cuerpo.

Enzo lo tomó del mentón, obligándolo a levantar la mirada. La timidez de Julián era su debilidad; era como un tesoro que solo él tenía permiso de abrir. Se acercó lentamente, saboreando el momento, hasta que sus labios rozaron los de Julián en un beso suave, casi casto, que pronto subió de tono cuando Julián soltó un pequeño suspiro y se aferró más fuerte a su camiseta.

—Enzo... —susurró Julián entre besos—, si alguien entra...

—Nadie va a entrar, Juli. Relajate.

Enzo lo condujo hacia la cama, sentándose y haciendo que Julián se sentara entre sus piernas, de espaldas a él, apoyado contra su pecho. Era una posición protectora, pero también dominante. Enzo comenzó a masajear los hombros de Julián, sintiendo cómo la tensión abandonaba el cuerpo del delantero.

—Estás muy cargado, Araña. Tenés que aprender a soltar un poco —dijo Enzo, su voz resonando en la espalda de Julián.

—Es mucha presión —admitió Julián, cerrando los ojos y dejándose llevar por las manos expertas de Enzo—. El Mundial pasó, pero parece que ahora tenemos que demostrar el doble. Y en Inglaterra... a veces es difícil.

Enzo dejó de masajear y lo abrazó por la cintura, apoyando su barbilla en el hombro de Julián.

—Por eso estoy yo. Para que cuando estés acá, no tengas que ser la "Araña" que salva a todos. Acá podés ser solo Julián. Mi Julián.

Julián se giró un poco para mirarlo, conmovido por la sinceridad en la voz de Enzo. El chico canchero y bromista se había esfumado, dejando ver al joven que realmente se preocupaba por él.

—Gracias, Enzito. De verdad.

—No me agradezcas más, te dije —Enzo le dio un beso corto en la mejilla—. Mejor mostrame esa sonrisa que me vuelve loco.

Julián sonrió, esta vez de forma amplia y genuina, iluminando su rostro. Enzo sintió un vuelco en el estómago. Verlo así, feliz y relajado, era mejor que cualquier asistencia o gol de media distancia.

—Así me gusta —dijo Enzo, volviendo a su tono juguetón—. Ahora, ¿qué te parece si vemos una película o algo? Pero te aviso que yo elijo, porque tus gustos son medio aburridos.

—¡Ey! No son aburridos —protestó Julián, dándole un empujoncito—. Solo me gustan las cosas tranquilas.

—Por eso. Aburridos —sentenció Enzo con una carcajada, tirándose hacia atrás en la cama y arrastrando a Julián con él.

Se quedaron así un rato, enredados entre las sábanas, viendo una serie en la tablet de Enzo. Julián se sentía seguro, una sensación que rara vez encontraba fuera de su círculo familiar en Calchín. Con Enzo era distinto; era una mezcla de adrenalina por lo prohibido y una paz profunda por sentirse comprendido.

De repente, un golpe firme en la puerta los hizo saltar.

—¡Che, Enzo! ¿Tenés el cargador del iPhone? El mío se murió —era la voz de Alexis Mac Allister desde el pasillo.

Julián entró en pánico instantáneo, tratando de desenredarse de Enzo y buscando dónde esconderse, aunque no había mucho espacio en la habitación.

—¡Quedate quieto! —le susurró Enzo, divertido por el terror en los ojos de Julián.

Enzo se levantó con una calma envidiable, se acomodó la ropa y caminó hacia la puerta, abriéndola solo lo suficiente para asomar la cabeza.

—¿Qué hacés, Colo? Sí, ahí te lo busco —dijo Enzo, manteniendo su tono despreocupado.

—¿Estás viendo algo? Escuché risas —preguntó Alexis, intentando mirar por encima del hombro de Enzo.

—Estaba viendo unos videos de TikTok, nada importante. Tomá, acá tenés. Mañana me lo devolvés, ¿eh?

—Dale, gracias, fiera. Nos vemos mañana.

Enzo cerró la puerta y se apoyó contra ella, estallando en una carcajada silenciosa al ver a Julián sentado en el borde de la cama, pálido como un papel.

—Casi me muero, Enzo. De verdad, me dio un paro —dijo Julián, llevándose una mano al pecho.

—Sos un exagerado, Juli. No pasó nada —Enzo volvió a la cama y se sentó frente a él, tomándole las manos—. Además, si nos ven, ¿qué? Estamos concentrando, somos amigos. Nadie va a sospechar nada raro a menos que te vean con esa cara de culpa que ponés.

—Es que no sé mentir, soy malísimo —se lamentó Julián.

—Bueno, yo miento por los dos, quedate tranquilo —Enzo se acercó y le dio un beso en la punta de la nariz—. Pero ahora, para que se te pase el susto, me vas a tener que dar un beso de verdad. De esos que me gustan a mí.

Julián lo miró, y a pesar de los nervios y del susto reciente, sintió que el deseo volvía a ganar la partida. Se acercó lentamente, tomando la iniciativa por primera vez, y rodeó el cuello de Enzo con sus brazos.

—Sos un manipulador, Fernández —susurró Julián contra sus labios.

—Y a vos te encanta —respondió Enzo antes de atrapar su boca en un beso profundo, lleno de una posesividad dulce que hizo que Julián se olvidara de Alexis, de la Selección y de todo lo que no fuera el chico que lo sostenía con tanta fuerza.

Esa noche, Julián no volvió a su habitación hasta muy tarde. Caminó por los pasillos silenciosos del predio con una sonrisa que no podía borrar, sintiendo que algo en su interior había cambiado para siempre. Ya no era solo atracción; era algo que echaba raíces, algo que se sentía tan natural como patear una pelota al arco.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, Enzo volvió a sentarse a su lado. Se veía radiante, con esa energía inagotable que lo caracterizaba.

—Buen día, Araña. ¿Dormiste bien? —preguntó Enzo en voz alta, para que todos escucharan.

—Sí, muy bien —respondió Julián, logrando mantener la compostura, aunque sintió el pie de Enzo buscando el suyo por debajo de la mesa nuevamente.

—Me alegro. Porque hoy en el táctico te voy a tirar unos pases que vas a tener que aprovechar —Enzo le guiñó un ojo discretamente.

Messi, que estaba sentado cerca, levantó la vista de su café y miró a ambos. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en los labios del capitán. No dijo nada, pero les dirigió un gesto de aprobación con la cabeza antes de seguir hablando con Scaloni.

Julián sintió que el corazón le daba un vuelco. Si el "10" lo sabía y no decía nada, quizás todo estaba bien. Quizás podía permitirse sentir esto, permitirse ser cuidado y provocado por Enzo.

El entrenamiento fue intenso. En cada jugada, Enzo buscaba a Julián. La conexión que tenían en la cancha parecía haberse potenciado por lo que pasaba fuera de ella. Era como si supieran exactamente dónde estaba el otro sin necesidad de mirarse.

En un momento de la práctica, Julián anotó un golazo de volea tras un pase milimétrico de Enzo. Mientras los compañeros aplaudían, Enzo corrió hacia él y le saltó encima, abrazándolo con fuerza.

—¡Te dije que te la iba a dar ahí! —gritó Enzo, su cara pegada a la de Julián.

—Fue un pase increíble, Enzo —respondió Julián, tratando de recuperar el aire, rodeado por los brazos del mediocampista.

En medio del festejo, Enzo aprovechó el tumulto de los demás jugadores para susurrarle al oído:

—Ese gol es mío, ¿no?

Julián se rió, empujándolo suavemente mientras se separaban para seguir el juego.

—Es de todo el equipo, Fernández. No seas agrandado.

—Ya vamos a ver en la pieza después si decís lo mismo —retrucó Enzo con una sonrisa ganadora.

El resto del día pasó entre risas, mates y la camaradería habitual, pero para ellos dos, cada mirada era un mensaje cifrado, cada roce una promesa. Estaban descubriendo un mundo nuevo, uno donde la timidez de Julián encontraba refugio en la audacia de Enzo, y donde la intensidad de Enzo se suavizaba con la ternura de Julián.

Al caer la tarde, mientras el sol se ocultaba tras los campos de Ezeiza, Julián se quedó un momento solo en la cancha, mirando hacia el horizonte. Sintió unos pasos detrás de él y no necesitó girarse para saber quién era.

—¿Otra vez colgado, Juli? —la frase de Enzo, la misma del día anterior, lo hizo sonreír.

—Estaba pensando en que... me gusta estar acá —dijo Julián, girándose para verlo.

Enzo se paró a su lado, metiendo las manos en los bolsillos de su conjunto deportivo. Se veía más alto bajo las sombras del atardecer, más imponente.

—A mí también me gusta que estés acá. Me gusta que estemos acá —Enzo lo miró con una seriedad poco común en él—. Esto no va a ser fácil, Juli. Con los viajes, los clubes distintos, la prensa...

—Lo sé —interrumpió Julián, acercándose un paso más—. Pero si vos estás conmigo, creo que puedo manejarlo.

Enzo estiró la mano y le acarició la mejilla con el pulgar, un gesto que ya se estaba volviendo su favorito.

—Siempre voy a estar, Araña. Aunque te pongas pesado con tus películas aburridas o te pongas rojo cada vez que te miro.

—Soy yo el que tiene que aguantar tus bromas —replicó Julián, aunque se inclinó hacia el toque de Enzo.

—Es un buen trato —concluyó Enzo—. Ahora vamos, que si llegamos tarde a la charla técnica, Scaloni nos hace correr doble mañana.

Caminaron juntos hacia el edificio principal, con los hombros rozándose y una complicidad que trascendía el fútbol. Eran Enzo y Julián, el volante y el delantero, el canchero y el tímido. Pero sobre todo, eran dos chicos que habían encontrado, entre redes y gambetas, el comienzo de algo que sospechaban que iba a ser la jugada más importante de sus vidas.