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Amor en el fútbol

Entre el frío de Londres y el calor de un abrazo

El invierno en Inglaterra no tenía piedad, y Julián lo sentía en cada rincón de su casa en Manchester. Aunque se estaba adaptando al ritmo frenético de la Premier League y al esquema de Pep, había noches en las que el silencio de su departamento se volvía demasiado ruidoso. El éxito, los goles y los aplausos del Etihad Stadium eran una cosa, pero la soledad después de las luces era otra muy distinta.

Estaba sentado en su sillón, envuelto en una manta, mirando un partido de la liga argentina en su computadora para sentirse un poco más cerca de casa, cuando su teléfono vibró sobre la mesa ratona. Una sonrisa automática se dibujó en su rostro antes de siquiera leer el nombre. Solo había una persona que lo llamaba por Facetime a esa hora, sabiendo que en Inglaterra eran pasadas las once de la noche.

—¡Hola, Enzito! —saludó Julián, acomodando el teléfono contra unos libros para ver mejor la pantalla.

Al otro lado, la imagen se estabilizó y apareció el rostro de Enzo Fernández. Estaba en lo que parecía ser su nueva casa en Londres; se veía radiante, con ese brillo en los ojos que siempre tenía cuando estaba por decir alguna pesadez.

—¿Qué hacés, Araña? ¿Otra vez mirando fútbol? No descansás nunca vos, qué tipo aburrido —se burló Enzo, acomodándose el pelo frente a la cámara.

—Mirá quién habla, el que se fue al Chelsea para que lo vuelvan loco con los entrenamientos —retrucó Julián, aunque su tono era suave, casi cariñoso—. ¿Cómo va todo por allá? ¿Ya te acostumbraste a manejar por la izquierda?

Enzo soltó una carcajada que resonó en el departamento de Julián a través del altavoz.

—Un desastre, Juli. Casi me subo a la vereda tres veces ayer. Pero bueno, se extraña el quilombo de Argentina, ¿viste? Londres es lindo, pero me falta alguien que me cebe unos mates como la gente.

Julián bajó un poco la vista, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Desde aquella noche en el predio de Ezeiza, las cosas entre ellos habían quedado en un suspenso eléctrico. Se escribían todos los días, se mandaban videos de sus jugadas y, sobre todo, se buscaban en cada entrevista.

—Y bueno, comprate un termo nuevo y practicá —dijo Julián, tratando de sonar indiferente.

—No es el termo, Juli. Es el cebador —Enzo bajó el tono de voz, volviéndose más serio de repente—. Te extraño, Araña. Extraño molestarte en los entrenamientos y verte la cara de nene bueno cuando te pongo nervioso.

Julián sintió que las mejillas le ardían. A pesar de estar a cientos de kilómetros, Enzo seguía teniendo ese poder sobre él.

—Yo también, Enzo... se hace raro no tenerte cerca para decirme boludeces todo el tiempo.

Se quedaron en silencio un momento, solo observándose a través de la pantalla. Había una tensión que el internet no podía filtrar. Enzo rompió el silencio con una sonrisa de esas que Julián llamaba "cancheras".

—Che, escuchame. El fin de semana que viene no tenemos fecha por la copa. ¿Qué decís si me mando para Manchester? O venite vos a Londres, yo te pago el tren, no seas rata.

Julián se sorprendió. No se habían visto a solas desde que terminó el Mundial y cada uno partió a su destino.

—¿En serio decís? —preguntó Julián, con el corazón empezando a latir más rápido—. Mirá que acá hace un frío que te morís.

—Mejor —dijo Enzo, guiñándole un ojo—. Así tenemos una excusa para estar bien pegados. ¿O qué? ¿Te da miedo quedarte solo conmigo, Juli?

—No me da miedo, Fernández. Solo que sos muy pesado.

—Pero te encanta. No mientas.

—Bueno, dale. Venite vos, que tengo una habitación de invitados que...

—Ni en pedo duermo en la de invitados, Julián —lo interrumpió Enzo con una seguridad que dejó al delantero sin palabras—. Ya sabés a lo que voy.

Julián tragó saliva, asintiendo lentamente.

—Está bien. Te espero entonces.

El sábado llegó más rápido de lo esperado. Julián pasó la mañana ordenando el departamento, aunque ya estaba impecable. Compró facturas en una panadería que intentaba imitar las argentinas y preparó el mate con una dedicación casi religiosa. Cuando sonó el timbre, sintió que las piernas le temblaban un poco.

Abrió la puerta y ahí estaba él. Enzo vestía un tapado largo oscuro, una bufanda y esa expresión de suficiencia que lo hacía ver como si fuera el dueño de toda la ciudad.

—Permiso, dijo el que no pidió —soltó Enzo, entrando al departamento sin esperar invitación y dejando su bolso en el suelo.

Antes de que Julián pudiera decir "hola", Enzo lo tomó de los hombros y lo atrajo hacia él en un abrazo fuerte, de esos que te dejan sin aire. Julián hundió la cara en el pecho de Enzo, aspirando ese perfume cítrico y caro que tanto había extrañado.

—Estás más bajito, ¿o yo crecí? —bromeó Enzo, separándose apenas unos centímetros pero manteniendo sus manos en la cintura de Julián.

—Sos un pesado, Enzo. Es el pelo que te hace ver más alto —respondió Julián, aunque no podía dejar de sonreír.

Enzo lo miró fijamente. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Julián, deteniéndose en sus labios. La atmósfera cambió en un segundo. El departamento, que antes se sentía frío y vacío, ahora vibraba con una energía incontenible.

—¿Me vas a saludar bien o me vas a seguir mirando con esa cara de susto? —susurró Enzo.

Julián no respondió con palabras. Se puso en puntas de pie y rodeó el cuello de Enzo con sus brazos, acortando la distancia. El beso fue lento al principio, un reconocimiento de todo lo que habían pasado y de lo mucho que se habían extrañado. Pero Enzo, fiel a su estilo, no tardó en profundizarlo, moviendo sus manos hacia la espalda baja de Julián y pegándolo completamente a su cuerpo.

—Extrañaba esto —dijo Enzo contra sus labios, su respiración agitada—. Extrañaba tenerte así de cerca.

—Yo también —admitió Julián, con la voz apenas en un hilo—. Vamos a sentarnos, que preparé el mate.

Pasaron la tarde hablando de todo y de nada. Enzo le contó chismes del vestuario del Chelsea y Julián le explicó cómo era vivir bajo la disciplina de Guardiola. Pero a medida que el sol se ocultaba y las luces de Manchester empezaban a brillar a través del ventanal, la conversación se volvió más íntima.

Enzo estaba sentado en el sillón y Julián tenía la cabeza apoyada en su hombro. Enzo le acariciaba el cabello con una delicadeza que contrastaba con su imagen de "pibe de barrio" rudo.

—A veces me pongo a pensar, Juli... —empezó Enzo, mirando hacia la nada—. En lo que dice la gente. En lo que pasaría si esto se supiera.

Julián se tensó un poco. Era el miedo que siempre estaba ahí, latente.

—¿Te preocupa? —preguntó Julián en voz baja.

—Me preocupa que te hagan daño a vos —confesó Enzo, girándose para mirarlo a los ojos—. Yo soy más canchero, a mí me resbala un poco más lo que digan. Pero vos sos... vos sos distinto. Sos tranquilo, no te gusta el quilombo. No quiero ser el que te traiga problemas.

Julián se incorporó y le tomó la mano a Enzo, entrelazando sus dedos.

—Enzo, yo sé quién soy. Y sé lo que siento por vos. No me importa el resto si estamos bien nosotros. Además... —Julián esbozó una sonrisa traviesa—, si pudimos escondernos del Cuti y de Paredes en Ezeiza, podemos escondernos de cualquiera.

Enzo soltó una carcajada y le dio un beso en la frente.

—Tenés razón. El Cuti tiene un radar para el chisme y no nos cazó. Somos unos cracks.

—Igual, Leo nos vio —recordó Julián, poniéndose serio—. Estoy seguro de que se dio cuenta.

—El Capitán ve todo, Juli. Pero él es un grande, no va a decir nada. Mientras rindamos en la cancha, nos va a bancar a muerte.

La noche cayó sobre la ciudad y el hambre empezó a apretar. Enzo insistió en cocinar "algo rápido", lo que terminó siendo un desastre de fideos pegados que ambos terminaron comiendo entre risas.

—Sos horrible cocinando, Fernández. Menos mal que jugás bien al fútbol —se burló Julián mientras lavaba los platos.

—¡Eh! Le puse voluntad, Araña. La próxima pedimos pizza y listo —Enzo se acercó por detrás y lo abrazó, apoyando la barbilla en su hombro—. Dejá eso, después lo terminamos.

Julián dejó el plato en el secador y se dio vuelta, quedando atrapado entre la mesada y el cuerpo de Enzo. La luz de la cocina era tenue, creando sombras que acentuaban las facciones marcadas del mediocampista.

—¿Qué pasa? —preguntó Julián, sintiendo cómo sus nervios volvían a aparecer, esa sumisión natural que Enzo siempre despertaba en él.

—Pasa que te veo acá, en tu casa, y me dan ganas de no irme nunca —Enzo le acarició la mejilla con el pulgar, bajando luego hacia su cuello—. Me ponés muy mal, Julián. Me gusta cómo me mirás, como si fuera lo mejor que te pasó en la vida.

—Es que lo sos, un poco —susurró Julián, bajando la vista, avergonzado por su propia honestidad.

Enzo sonrió, una sonrisa triunfante pero llena de ternura. Lo tomó del mentón y lo obligó a mirarlo.

—Mirame, Juli. Quiero verte bien.

Julián obedeció. Sus pupilas estaban dilatadas y su respiración empezaba a acelerarse. Enzo se inclinó y lo besó de nuevo, pero esta vez el beso era distinto. Era más intenso, más necesitado. Las manos de Enzo empezaron a viajar por debajo de la remera de Julián, buscando el contacto directo con su piel.

—Vamos a la pieza —pidió Enzo en un susurro ronco contra su oído.

Julián asintió, incapaz de articular palabra. Caminaron hacia el dormitorio con las manos entrelazadas. Una vez adentro, la oscuridad solo era rota por la luz de la calle que se filtraba por las cortinas.

Enzo tomó el control, como siempre hacía. Ayudó a Julián a sacarse la ropa con una lentitud tortuosa, disfrutando de cómo el delantero se estremecía ante cada roce. Cuando ambos estuvieron desnudos bajo las sábanas, el frío de Manchester quedó completamente olvidado.

—Estás temblando —notó Enzo, acomodándose sobre él, sosteniendo su peso con los antebrazos.

—Es porque... no sé, siempre me ponés así —admitió Julián, rodeando la cintura de Enzo con sus piernas—. Sos muy imponente, Enzo.

—Me gusta que sientas eso —Enzo se inclinó para besarle el pecho, justo sobre el corazón—. Pero acordate que acá soy yo el que se muere por vos.

La noche se volvió un borrón de sensaciones. Enzo era exigente, posesivo, pero también increíblemente atento a cada reacción de Julián. Le gustaba escucharlo gemir su nombre, le gustaba ver cómo Julián se arqueaba bajo su toque, entregándose por completo. No había prisa, solo el deseo de recuperar el tiempo perdido y de marcar cada centímetro de piel.

—Sos mío, Araña —susurró Enzo en el momento de mayor intensidad, enterrando la cara en el cuello de Julián.

—Tuyo... —confirmó Julián, aferrándose a la espalda de Enzo, sintiéndose más completo de lo que se había sentido en meses.

Después, se quedaron abrazados bajo el acolchado grueso. El silencio era cómodo, lleno de una paz que solo los que se quieren de verdad pueden compartir. Julián tenía la cabeza en el pecho de Enzo, escuchando los latidos de su corazón que poco a poco volvían a la normalidad.

—Che, Juli —dijo Enzo después de un rato, rompiendo el silencio.

—¿Qué?

—Estaba pensando... el mes que viene tenemos los amistosos con la Selección.

Julián sonrió contra su piel.

—Sí, ya sé. ¿Por qué?

—Porque ya le dije al administrativo que nos ponga en la misma habitación. Así que preparate, porque no te voy a dejar dormir ni un minuto.

Julián soltó una risita y le dio un mordisquito juguetón en el hombro.

—Sos un desastre, Enzo. Nos van a retar.

—Que nos reten. Total, adentro de la cancha metemos goles y recuperamos pelotas. Afuera... afuera somos nosotros.

Se quedaron dormidos poco después, entrelazados como si temieran que, al soltarse, la distancia volviera a imponerse.

A la mañana siguiente, el sol de invierno se filtraba tímidamente por la ventana. Julián se despertó primero y se quedó observando a Enzo. Dormido se veía mucho más joven, casi como el chico que conoció en las inferiores de River. Le acarició el brazo, notando los tatuajes que contaban la historia de su ascenso meteórico.

Enzo abrió un ojo y, al ver a Julián observándolo, estiró los brazos y lo atrajo hacia un abrazo matutino.

—Buen día, hermosa —dijo Enzo con la voz ronca por el sueño.

—Buen día, Enzito. ¿Dormiste bien?

—Como un rey. Aunque esta cama es un poco blanda para mi gusto, prefiero la mía.

—Y bueno, volvé a Londres entonces —bromeó Julián, intentando zafarse del abrazo.

—Ni loco. Me quedo acá hasta que me eches —Enzo lo apretó más fuerte—. Además, me tenés que preparar el desayuno. Es el trato.

—¿Qué trato? Yo no acepté nada.

—Es un trato tácito, Araña. Yo te doy amor y vos me das de comer. Es justo.

Julián se rió y terminó cediendo, permitiendo que Enzo lo llenara de besos antes de levantarse.

Mientras desayunaban en la pequeña mesa de la cocina, ambos sabían que esa burbuja se rompería en unas horas. Enzo tendría que tomar el tren de regreso y Julián tendría que volver a sus entrenamientos con el City. Pero ya no se sentía como una despedida triste. Era simplemente un "hasta luego".

—Te voy a estar mirando el martes contra el Real Madrid —dijo Enzo mientras se ponía el tapado en la puerta—. Más vale que metas uno, porque si no te voy a gastar por WhatsApp un mes entero.

—Lo voy a intentar, pesado —Julián lo tomó de las solapas del saco y lo atrajo para un último beso—. Cuidate en el viaje. Avisame cuando llegues.

—Siempre, Juli. Nos vemos en unas semanas.

Enzo le guiñó un ojo, se colgó el bolso al hombro y salió al pasillo con ese caminar canchero que lo caracterizaba. Julián cerró la puerta y se apoyó contra ella, suspirando. El departamento volvía a estar en silencio, pero esta vez no se sentía vacío. El olor de Enzo seguía flotando en el aire y la calidez de su presencia permanecía en cada rincón.

Caminó hacia la ventana y vio a Enzo salir a la calle, subirse a un taxi y saludar con la mano hacia arriba, como si supiera que Julián lo estaba mirando.

Julián sonrió para sí mismo. Sabía que el camino no sería fácil, que vivir un amor así en el mundo del fútbol profesional era como jugar una final con el resultado en contra. Pero mientras tuviera a Enzo tirándole pases, tanto en la cancha como en la vida, sentía que podía ganar cualquier partido.

Se sentó de nuevo en el sillón, tomó su teléfono y vio que ya tenía un mensaje.

"Ya te extraño, Araña. Ponete a practicar los mates que para la Selección los quiero perfectos. Te quiero."

Julián sintió que el corazón se le ensanchaba. Escribió una respuesta rápida, con los dedos todavía temblando un poco por la emoción.

"Yo también te quiero, Enzo. Buen viaje."

El invierno en Manchester seguía siendo frío, pero por primera vez en mucho tiempo, Julián Álvarez sentía que tenía todo el calor que necesitaba.