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Amor en secreto +18 🔥🥀🩸(Isaac ishizaki x Miku nakano)

Latidos de Zafiro y Piel de Seda

El aire en la habitación de Miku Nakano se sentía inusualmente pesado, cargado de una humedad invisible que parecía adherirse a las paredes. No era el calor típico del verano japonés, sino algo más denso, algo que nacía del centro mismo de su pecho y se extendía como fuego líquido por sus venas. Miku estaba sentada en su cama, con los auriculares rodeando su cuello, pero la música de los generales del periodo Sengoku no lograba calmar el martilleo rítmico de su corazón.

Hacía días que sentía esa extraña agitación. Una sensibilidad extrema que convertía el roce de sus propias sábanas en una caricia eléctrica. Pero hoy era diferente. Hoy, el aroma a sándalo y frío que siempre emanaba de Isaac parecía estar grabado en su memoria olfativa con una intensidad dolorosa. Lo necesitaba. No era un simple deseo de compañía; era una urgencia biológica, un "celo" emocional y físico que la dejaba sin aliento.

Isaac Ishizaki entró por la ventana de la habitación, una maniobra que se había vuelto habitual para evitar los ojos inquisidores de Nino o la astucia de Ichika. Al aterrizar con la agilidad de un gato, se sacudió el cabello blanco y azul, pero se detuvo en seco al notar la atmósfera del cuarto. Sus ojos azules, usualmente gélidos, se fijaron en Miku. Ella estaba encogida, abrazando sus rodillas, con el rostro hundido en un rubor carmesí que descendía hasta su cuello.

—Miku... —La voz de Isaac sonó más grave de lo habitual. Dio un paso hacia ella y el aroma de la chica lo golpeó como una ola: era dulce, como flores de cerezo bajo la lluvia, pero con una nota embriagadora que disparó sus instintos—. ¿Estás bien? Estás temblando.

Miku levantó la vista. Sus ojos estaban empañados, brillantes por una mezcla de deseo y vulnerabilidad que Isaac nunca había visto en ella.

—Isaac... por fin llegaste —susurró ella. Su voz era un hilo quebradizo—. Me duele... todo el cuerpo me quema.

Isaac se acercó rápidamente y se sentó en el borde de la cama. Al poner su mano derecha sobre la frente de ella para comprobar su temperatura, la corona tatuada en su dorso resaltó contra la piel pálida de la joven. Miku soltó un pequeño gemido ante el contacto. La piel de Isaac estaba fría, un contraste bendito contra su propio calor.

—No tienes fiebre —murmuró Isaac, aunque su propia respiración empezaba a acelerarse—. Pero tu pulso está disparado. Miku, si quieres que me vaya para que descanses...

—¡No! —Ella se abalanzó hacia él, rodeando su cuello con los brazos y pegando su rostro al tatuaje de la rosa azul en su cuello—. No te vayas. Por favor. Isaac, mírame... no puedo seguir fingiendo que esto es solo una etapa. Te deseo tanto que me asusta.

Isaac sintió cómo su autocontrol, esa máscara de hierro que siempre llevaba puesta, empezaba a agrietarse. La suavidad de Miku contra su cuerpo tonificado era una tortura deliciosa. Él la rodeó por la cintura, sintiendo la delicadeza de su estructura bajo el suéter azul.

—Sabes que si seguimos adelante, no habrá vuelta atrás —dijo Isaac, tratando de mantener la seriedad, aunque su voz temblaba ligeramente—. No soy un caballero de tus libros de historia, Miku. Soy un hombre con defectos, y ahora mismo... ahora mismo solo quiero reclamar lo que es mío.

Miku se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para ver la intensidad depredadora y protectora en la mirada de Isaac.

—Entonces reclámame —respondió ella con una valentía que solo el amor y el deseo podían otorgar—. Sé mi emperador, Isaac. No quiero ser solo una de las quintillizas ahora. Quiero ser tuya.

Isaac no necesitó más invitación. Sus labios se encontraron con una urgencia que hizo que el tiempo se detuviera. No fue un beso casto como el de la biblioteca; fue una exploración hambrienta, un choque de lenguas y suspiros que buscaban llenar el vacío de meses de secreto. Isaac la recostó suavemente sobre las almohadas, posicionándose sobre ella sin dejar caer todo su peso.

La mano de Isaac, adornada con las espinas tatuadas, comenzó a subir por debajo del suéter de Miku. Su piel era como seda, y cada centímetro que tocaba parecía encender una chispa nueva. Miku arqueó la espalda, buscando más contacto, sus dedos enredándose en el cabello bicolor de Isaac, tirando de él con una desesperación dulce.

—Isaac... —susurró ella contra sus labios—. Tu piel... se siente tan bien.

—Es el contraste —respondió él, su aliento caliente contra el oído de Miku—. Tú eres el fuego y yo soy el hielo que intenta no derretirse. Pero creo que ya es tarde para eso.

Con movimientos lentos y decididos, Isaac la despojó de su suéter y de sus medias, dejando al descubierto la belleza frágil y a la vez imponente de la tercera hermana. Miku se sentía expuesta, pero la forma en que Isaac la miraba —con una mezcla de adoración y lujuria pura— la hacía sentir como la mujer más hermosa del mundo. Él también se quitó la camisa, revelando su torso esculpido y el intrincado diseño de la rosa azul que parecía cobrar vida bajo la luz tenue de la lámpara de noche.

—Eres... eres arte —murmuró Miku, pasando sus dedos por las enredaderas tatuadas en el brazo de Isaac—. Siempre pensé que estas espinas eran para alejar a la gente, pero ahora solo quiero que me rodeen.

—Entonces deja que te atrapen —dijo él con una sonrisa ladeada, antes de bajar su rostro hacia el pecho de ella.

Cada beso de Isaac era una marca de propiedad. Sus labios recorrieron la clavícula de Miku, descendiendo por la curva de sus senos con una lentitud tortuosa que la hacía suplicar por más. El celo de Miku no era solo físico; era una entrega total de su alma al único hombre que se había tomado la molestia de ver más allá de sus auriculares y su timidez.

Cuando Isaac finalmente se unió a ella, el mundo exterior desapareció. No había hermanas Nakano, no había exámenes, no había secretos. Solo existía el ritmo compartido de sus respiraciones y el sonido de la piel chocando contra la piel. Isaac se movía con una mezcla de fuerza y ternura, asegurándose de que cada embestida fuera un recordatorio de su devoción. Miku, por su parte, se aferraba a él como si fuera su único anclaje en una tormenta de sensaciones.

—Miku... mírame —pidió Isaac, su voz rota por el esfuerzo—. Quiero que veas quién te está amando.

Ella abrió los ojos, encontrando el azul profundo de Isaac. En ese momento, vio al hombre alegre que ella amaba, al joven serio que la protegía y al rebelde que no temía desafiar al mundo.

—Te veo, Isaac —jadeó ella, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura—. Te veo a ti... solo a ti.

El clímax los alcanzó como un estallido de colores fríos y cálidos, una fusión de azul y rosa que los dejó exhaustos y completos. Isaac se desplomó a su lado, atrayéndola hacia su pecho, permitiendo que la cabeza de Miku descansara justo sobre el tatuaje de la corona.

El silencio que siguió no era incómodo; era la paz después de la batalla, el silencio que ambos tanto apreciaban. Isaac acarició el cabello de Miku, que ahora estaba desordenado y húmedo por el sudor.

—¿Te arrepientes? —preguntó él en un susurro, recuperando un poco de su tono gélido, aunque sus ojos rebosaban calidez.

Miku negó con la cabeza, acurrucándose más contra él.

—Es la primera vez que siento que no soy una parte de algo más, sino yo misma. Gracias por eso, Isaac.

Isaac besó la coronilla de su cabeza.

—Siempre serás tú misma conmigo. No importa cuántas hermanas tengas, mi rosa azul solo florece por ti.

Se quedaron así durante lo que parecieron horas, disfrutando del calor residual y del aroma compartido que ahora los unía de una manera que ningún perfume podría ocultar. Sin embargo, la realidad siempre terminaba por llamar a la puerta.

Unos pasos ligeros se escucharon en el pasillo, seguidos de un suave toque en la madera.

—¿Miku? ¿Estás despierta? —Era la voz de Yotsuba—. La cena está casi lista. Papá llamó y dijo que no vendrá, así que Nino preparó algo especial.

Miku se tensó de inmediato, sus ojos abriéndose de par en par por el pánico. Isaac, con la calma de quien ha vivido en las sombras toda su vida, puso un dedo sobre sus labios, pidiéndole silencio. Se levantó de la cama con una gracia silenciosa y comenzó a vestirse en tiempo récord.

—Dile que vas en un momento —le susurró Isaac al oído mientras se ponía la camisa.

—E-estoy yendo, Yotsuba —respondió Miku, tratando de que su voz no sonara agitada—. Solo... me quedé dormida leyendo sobre la batalla de Sekigahara.

—¡Típico de ti! —rió Yotsuba desde el otro lado—. No tardes, ¡Nino se enojará si la comida se enfría!

Los pasos se alejaron. Miku soltó un suspiro de alivio que fue casi un sollozo. Isaac terminó de abrocharse el cinturón y se acercó a la cama una última vez. Se inclinó y le dio un beso suave en la frente.

—Tengo que irme antes de que Ichika decida hacer una inspección sorpresa —dijo él, volviendo a su máscara de seriedad—. Pero recuerda lo que te dije.

—¿Lo de la rosa azul? —preguntó ella con una pequeña sonrisa.

—Y lo del examen —añadió él, guiñándole un ojo—. Si no sacas una buena nota mañana, tendré que darte clases "particulares" más intensas.

Miku se sonrojó de nuevo, pero esta vez fue un brillo de felicidad pura.

—Eso suena como una amenaza que estoy dispuesta a correr.

Isaac saltó por la ventana, desapareciendo en la oscuridad de la noche de Tokio. Miku se quedó sola en la habitación, pero el frío que antes sentía se había ido. Se levantó, se vistió con un nuevo suéter y se miró al espejo. Sus labios estaban un poco más hinchados de lo normal y sus ojos tenían un brillo que ninguna de sus hermanas podría ignorar si prestaban atención.

Bajó las escaleras y se sentó a la mesa con las otras cuatro. Nino la miró de arriba abajo, entrecerrando los ojos.

—Miku, hueles... diferente —dijo la segunda hermana, olfateando el aire—. Es ese aroma de nuevo. Sándalo y algo más.

—Es solo un incienso que compré hoy —mintió Miku con una calma que aprendió de Isaac—. Dicen que ayuda a la concentración.

—Pues parece que funciona —comentó Ichika, observando a su hermana menor con una sonrisa de suficiencia—. Te ves mucho más... relajada.

Miku bajó la mirada hacia su plato, ocultando su sonrisa tras un mechón de pelo. Sabía que el secreto no duraría para siempre. Sabía que Isaac Ishizaki era un riesgo, una tormenta de tatuajes y frialdad que podría desestabilizar su mundo. Pero mientras sentía el eco del contacto de Isaac en su piel, Miku Nakano supo que no cambiaría ese riesgo por nada.

Porque en un mundo de quintillizas iguales, ella había encontrado al único hombre que la hacía sentir única. Y esa noche, bajo el celo de sus propios sentimientos, Miku no solo había aprendido historia; había empezado a escribir la suya propia junto a su emperador de cabellos azules.