Volver al resumen

Amor entre coronas

Entre Coronas de Oro y Cunas de Mimbre

El sol del Sahara no perdonaba, pero en el interior del palacio de mármol blanco, el aire se mantenía fresco gracias a los ingeniosos sistemas de canales y las gruesas paredes de piedra. Judy Wilde —antes Hopps— observaba desde el balcón de sus aposentos privados cómo las caravanas de comercio entraban en la ciudad. Llevaba la corona de reina consorte con elegancia, una pieza de oro fino con incrustaciones de amatistas que Nick había mandado a forjar especialmente para ella, pero en ese momento, el peso del metal sobre su cabeza se sentía como si fuera de plomo.

Habían pasado seis meses desde la boda más espectacular que los reinos del norte y el sur hubieran presenciado jamás. Una unión que muchos decían que traería una era de prosperidad sin precedentes. Y aunque Judy amaba a Nick con una intensidad que a veces la asustaba, la responsabilidad de gobernar un reino tan vasto y complejo como el de Sahara empezaba a pasarle factura.

—¿Otra vez perdida en tus pensamientos, mi reina? —La voz de Nick, cargada de esa calidez juguetona, la sacó de su ensimismamiento.

Judy no se giró de inmediato. Sintió los brazos de su esposo rodear su cintura y el mentón de él apoyarse suavemente en su hombro. Nick ya no vestía las túnicas rígidas de los primeros días; prefería sedas ligeras que le permitieran moverse con la gracia de un depredador que finalmente había encontrado su paz.

—Nick... estaba mirando los informes de la cosecha de dátiles del oasis del sur —suspiró Judy, dejando caer la cabeza hacia atrás para mirarlo—. Son complejos. En BurryBorrow todo era cuestión de lluvia y zanahorias. Aquí es cuestión de irrigación, tratados de paso de agua y caravanas que cruzan dunas peligrosas. A veces siento que... que no estoy a la altura. Mis padres hacen que parezca tan fácil.

Nick la giró con suavidad para que quedara frente a él. Sus ojos verdes buscaron los de ella con una ternura infinita, despojándose de cualquier rastro de su habitual sarcasmo.

—Zanahorias, mírame —dijo él, usando ese apodo que ahora era un tesoro privado entre ambos—. Tus padres llevan gobernando décadas. Tú llevas aquí medio año y ya has logrado que tres tribus nómadas firmen un pacto de no agresión que mi padre intentó conseguir durante diez años.

—Fue solo suerte, Nick —murmuró ella, bajando la vista al suelo de mosaicos.

—No fue suerte. Fue esa terquedad tuya que tanto me gusta —Nick le levantó el mentón con un dedo—. Tienes un alma noble y una mente que no se detiene ante nada. No trates de ser como tus padres, Judy. Sé la reina que el Sahara necesita: una que no solo manda, sino que escucha. Ya eres la mejor reina que estas arenas han visto, solo que eres la última en enterarte.

Judy sonrió, sintiendo cómo el nudo en su pecho se aflojaba un poco. Nick siempre sabía qué decir para calmar sus tormentas internas. Se puso de puntillas y le dio un beso casto en la nariz.

—Gracias, gruñón. No sé qué haría sin tus discursos motivacionales.

—Probablemente gobernarías el mundo en una semana, pero te aburrirías mortalmente sin mis quejas —bromeó él, guiñándole un ojo.

Inspirada por las palabras de su esposo, Judy se sumergió en el trabajo con una energía renovada. Durante los meses siguientes, no solo dominó los tratados comerciales, sino que reformó las leyes de educación en las aldeas periféricas y supervisó personalmente la construcción de nuevos pozos. Se ganó el respeto de los generales más endurecidos y el amor de los súbditos más humildes. Se convirtió, tal como Nick predijo, en la mejor reina que el reino había conocido jamás.

Sin embargo, un año después de su llegada al Sahara, algo empezó a cambiar.

Nick fue el primero en notarlo. Judy, que siempre era un torbellino de actividad desde que salía el sol, empezó a remolonear en la cama. Sus desayunos, que solían ser abundantes, ahora consistían en apenas un trozo de pan seco.

—¿Estás bien, Judy? —preguntó Nick una mañana, observándola con preocupación mientras ella rechazaba un plato de frutas frescas—. Estás pálida. Quizás el calor del verano está siendo demasiado fuerte este año.

—Estoy bien, Nick, de verdad —insistió ella, aunque su voz sonaba un poco débil—. Solo es un poco de cansancio por la audiencia de ayer con los mercaderes de especias. No te preocupes tanto.

Pero la preocupación de Nick no hizo más que aumentar. Unos días después, mientras caminaban por el jardín de los lotos —el lugar donde solían recordar su primer encuentro—, Judy se detuvo en seco.

—Nick... me siento un poco... —No terminó la frase.

Sus ojos amatistas se pusieron en blanco y sus rodillas cedieron. Nick, cuyos reflejos seguían siendo tan rápidos como los de un zorro del desierto en plena caza, la atrapó antes de que tocara el suelo.

—¡Judy! ¡Guardias! ¡Llamen al médico real ahora mismo! —rugió Nick, con el corazón martilleando contra sus costillas con un terror que no había sentido desde la muerte de sus padres.

Cargó a Judy en sus brazos, sintiéndola alarmantemente ligera, y corrió hacia el palacio. La depositó en su cama de seda, tomándole la mano con fuerza mientras el médico real, un tejón anciano y sabio llamado Badgerly, entraba apresuradamente en la habitación.

—Salga, Majestad, por favor —pidió el médico con calma—. Necesito espacio para examinarla.

—No me voy a mover de aquí —replicó Nick con los dientes apretados.

—Nick... —susurró Judy, recuperando el conocimiento poco a poco—. Estoy bien... solo fue un mareo.

—Cállate, Zanahorias. Deja que el doctor haga su trabajo —dijo él, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas.

Pasaron los minutos más largos de la vida de Nick. El médico revisó el pulso de Judy, observó sus ojos y le hizo un par de preguntas en voz baja. Finalmente, el anciano tejón se enderezó y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.

—Majestad —dijo Badgerly, dirigiéndose a Nick—, me temo que la reina no sufre de ninguna enfermedad provocada por el sol.

—¿Entonces qué tiene? —preguntó Nick, casi sin aliento.

—Tiene un caso muy común de... vida nueva —explicó el médico—. La Reina Judy está embarazada.

El silencio que siguió fue absoluto. Nick se quedó petrificado, procesando las palabras. Miró a Judy, que tenía los ojos muy abiertos y una mano apoyada instintivamente sobre su vientre.

—¿Embarazada? —susurró Nick. La palabra sonó como una plegaria.

—Así es —confirmó el médico—. Todo parece estar en orden, solo necesita descansar y alimentarse mejor. Felicidades a ambos.

Cuando el médico salió de la habitación, Nick se dejó caer de rodillas junto a la cama. No pudo evitarlo más; las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, mojando el pelaje rojizo. Tomó la mano de Judy y la besó una y otra vez.

—Un cachorro... —sollozó Nick, riendo y llorando al mismo tiempo—. Vamos a tener un cachorro, Judy.

Judy también lloraba, con una sonrisa que iluminaba toda la estancia. Acarició la cabeza de su esposo, sintiendo una dicha que superaba cualquier corona o título.

—Vamos a ser padres, Nick —dijo ella con voz suave—. Un pequeño zorro o una pequeña coneja... o quizás ambos.

—Va a ser el ser más afortunado del mundo —declaró Nick, secándose las lágrimas y mirando a Judy con una devoción absoluta—. Porque tendrá a la madre más valiente y maravillosa que existe.

Esa misma noche, Nick ordenó que se encendieran hogueras en todas las colinas del reino. Se organizó una fiesta improvisada que duró tres días. El Sahara entero celebró la noticia; el pueblo amaba a su reina y la idea de un heredero traía una esperanza renovada a las arenas.

Los meses de embarazo fueron una mezcla de mimos excesivos por parte de Nick y una Judy que, a pesar de su estado, se negaba a dejar de lado sus deberes reales por completo. Nick se convirtió en su sombra, asegurándose de que siempre tuviera agua fresca, cojines cómodos y que no caminara más de lo necesario.

—Nick, solo voy a la biblioteca, no a cruzar el desierto a pie —se quejaba ella, aunque en el fondo adoraba sus cuidados.

—La biblioteca tiene escalones, y los escalones son enemigos de mi heredero —respondía él con una seriedad cómica, antes de cargarla en brazos para subir las escaleras.

Finalmente, en una noche donde la luna brillaba con una intensidad inusual, el palacio se llenó de susurros y carreras apresuradas. Judy estaba de parto. Nick, que normalmente era el epítome de la calma bajo presión, caminaba de un lado a otro en el pasillo exterior, desgastando la alfombra con sus pisadas. Finnick, su fiel escudero, lo observaba desde un rincón.

—Cálmate, Nick. Vas a cavar un agujero hasta el centro de la tierra si sigues así —dijo Finnick, aunque él también jugaba nerviosamente con su daga.

—No puedo calmarme, Finnick. ¿Y si algo sale mal? ¿Y si...?

Un llanto agudo y potente cortó el aire, interrumpiendo las paranoias del rey. Nick se detuvo en seco. Era un sonido pequeño, pero para él fue más estruendoso que cualquier trueno.

La puerta se abrió y Badgerly salió, limpiándose las manos con un paño. Tenía una expresión de cansancio pero de inmensa satisfacción.

—Puede entrar, Majestad. Su esposa lo espera.

Nick entró en la habitación con pasos vacilantes. Judy estaba recostada contra las almohadas, sudorosa y exhausta, pero con una expresión de paz que lo dejó sin aliento. En sus brazos, envuelto en finas mantas de algodón, había un pequeño bulto.

Nick se acercó lentamente y se sentó en el borde de la cama. Al asomarse, vio a una pequeña criatura de pelaje suave y orejas que parecían demasiado grandes para su cuerpo. Tenía el hocico fino de un zorro, pero las patas delanteras y la forma de la cara recordaban inconfundiblemente a Judy. Cuando la pequeña abrió los ojos, Nick soltó un suspiro entrecortado. Eran verdes, como los suyos, pero con una chispa de inteligencia amatista que reconocería en cualquier parte.

—Es... es perfecta —susurró Nick, extendiendo un dedo para que la pequeña lo rodeara con su diminuta mano.

—Es nuestra —dijo Judy, con la voz rota por el cansancio pero llena de orgullo—. Se llamará Amber, como el cielo bajo el que nos conocimos.

Nick se inclinó y besó la frente de Judy, y luego la cabecita de la recién nacida. En ese momento, el Rey de Sahara sintió que su reino estaba finalmente completo. No eran las fronteras, ni el comercio, ni el poder lo que definía su grandeza. Era esa pequeña vida que sostenían entre ambos, el fruto de un choque accidental en un jardín lejano y de un amor que había desafiado todas las probabilidades.

—Bienvenida a casa, pequeña princesa —murmuró Nick, mientras las primeras luces del alba teñían el desierto de oro—. Tienes un reino entero a tus pies, pero sobre todo, tienes a dos padres que te amarán más allá de lo que las estrellas pueden contar.

La noticia del nacimiento de la Princesa Amber se extendió como el fuego. Desde BurryBorrow llegaron regalos y delegaciones encabezadas por unos abuelos Stu y Bonnie que no cabían en sí de gozo. El Sahara floreció de una manera nueva, no solo con agua y plantas, sino con la alegría que solo un niño puede traer a un hogar.

Años atrás, Nick Wilde era un rey gruñón que odiaba los bailes y Judy Hopps era una princesa aburrida de la perfección. Ahora, mientras observaban a su hija dar sus primeros pasos tambaleantes sobre las alfombras del trono, sabían que el destino no se había equivocado. El baile anual de los Hopps no solo había unido dos reinos; había creado una familia que gobernaría con la fuerza del desierto y la ternura del azahar por siempre jamás.