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Amor Ixtal

El peso de la corona de piedra

El río subterráneo que Qiyana había señalado no era un camino, era una trampa de humedad y oscuridad que parecía devorar la luz del día. Taliyah había avanzado apenas unos kilómetros cuando la tierra misma, esa que siempre le había servido de guía, comenzó a retorcerse de una forma antinatural. No era la vibración de la roca, sino el pulso de los elementales de Ixtal, una red de magia tan densa que asfixiaba su capacidad para "escuchar". Un derrumbe provocado por las defensas automáticas de la selva —o quizás por una de las hermanas de Qiyana— la había dejado atrapada en una gruta de obsidiana, obligándola a retroceder hacia el único lugar donde la magia era tan potente que servía de faro: el corazón de Ixaocan.

Qiyana estaba en sus aposentos privados, una terraza suspendida sobre un abismo de vegetación, cuando sintió la perturbación. Sus dedos, que jugueteaban con una pequeña gema de río, se tensaron.

—Esa idiota... —siseó entre dientes.

Reconoció el patrón. Era esa forma rústica pero fluida de mover los estratos. La tejedora no se había ido; estaba justo debajo de los jardines colgantes, en una zona patrullada por los centinelas de su hermana mayor, Inessa. Si los Yun Tal encontraban a una extranjera con tal dominio de la piedra, no habría interrogatorio, solo una ejecución pública para demostrar la superioridad de Ixtal sobre el "mundo exterior".

Qiyana no lo pensó. No fue compasión, se dijo a sí misma mientras saltaba desde el balcón, usando el aire para amortiguar su caída. Era una cuestión de propiedad. Nadie mataba a lo que ella había decidido dejar vivir.

—¡Tú! —exclamó Qiyana, emergiendo de las sombras de una columna de basalto justo cuando Taliyah intentaba escalar hacia la superficie—. ¿Es que tu gente no tiene sentido de la orientación o simplemente buscas que te corten la cabeza?

Taliyah se sobresaltó, perdiendo el equilibrio. Sus pies, envueltos en arena y polvo, resbalaron, pero una mano firme y enguantada la sujetó por el brazo.

—Qiyana... el túnel se colapsó —susurró Taliyah, recuperando el aliento—. La piedra allí abajo está... enfadada. No me dejaba pasar.

—La piedra no está enfadada, está programada para triturar intrusos —replicó Qiyana, tirando de ella con una fuerza sorprendente y arrastrándola hacia un rincón oscuro tras unas enredaderas de seda—. Cállate. Si un solo guardia te ve, no podré salvarte sin admitir que te dejé escapar la primera vez. Y yo no cometo errores.

—Gracias por... —empezó Taliyah, pero Qiyana le tapó la boca con la mano.

—No me des las gracias. Eres un inconveniente.

Pasaron las horas, y luego los días. Ixaocan era una ciudad de cristal y vigilancia constante, y sacar a Taliyah de allí se volvió una tarea casi imposible debido al incremento de las patrullas. Qiyana se vio obligada a esconder a la shurimana en un antiguo almacén de reliquias elementales, un lugar que ella reclamaba como su estudio privado y donde nadie se atrevía a entrar sin su permiso.

Durante una semana, el mundo de Qiyana se dividió en dos. Por el día, era la princesa implacable, la guerrera que humillaba a sus tutores y planeaba el derrocamiento de sus hermanas. Por la noche, se deslizaba hacia el almacén con comida y mantas, ocultando su rastro con una precisión maníaca.

—¿Por qué me ayudas tanto? —preguntó Taliyah una noche. Estaban sentadas sobre un montón de tapices antiguos. Taliyah estaba tejiendo un pequeño trozo de piedra caliza entre sus dedos, creando formas de pájaros que revoloteaban antes de deshacerse—. Podrías haberme entregado y decir que me capturaste tú. Eso te daría la gloria que tanto quieres.

Qiyana, que estaba puliendo su Ohmlatl con una furia innecesaria, se detuvo en seco. La luz de las antorchas mágicas bañaba el rostro de Taliyah, suavizando sus rasgos. Había una calidez en la mirada de la nómada que Qiyana encontraba repulsiva y, al mismo tiempo, hipnótica.

—Capturarte sería admitir que una rata del desierto logró infiltrarse en mis dominios —respondió Qiyana, sin mirarla—. Mi gloria no se construye sobre las cenizas de una nómada. Se construye sobre la perfección.

—Mientes —dijo Taliyah con una sonrisa pequeña y triste—. Creo que te gusta tener a alguien con quien hablar. Alguien que no te tenga miedo.

Qiyana se levantó de golpe, el metal de su arma resonando contra el suelo.

—¡No te atrevas a presumir que sabes lo que siento! —gritó, aunque bajó el volumen inmediatamente, recordando a los guardias del pasillo—. No eres nada. Eres un recordatorio de lo rústico y débil que es el mundo fuera de estas fronteras.

Taliyah no se encogió. Se limitó a observar a Qiyana, notando cómo sus manos temblaban levemente.

—Tus ojos dicen otra cosa, Qiyana.

Esa noche, cuando Qiyana regresó a sus habitaciones reales, cerró la puerta con llave y se derrumbó frente a su espejo de obsidiana. Su reflejo le devolvía la imagen de una soberana, pero ella solo veía una grieta.

Se llevó las manos a la cara y, de repente, se golpeó la mejilla con fuerza. El sonido del impacto fue seco, violento.

—Estúpida —se susurró a sí misma, con los ojos llenos de un odio dirigido hacia adentro—. Débil. Patética.

Se miró al espejo, viendo cómo su piel se enrojecía. La imagen de Taliyah, de su risa suave, de la forma en que sus dedos rozaron los suyos al recibir el pan esa noche, la perseguía como una maldición.

—Es una mujer. Es una extranjera. Es una nada —se recriminó Qiyana, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula—. ¿Cómo puedes ser la futura emperatriz si te dejas conmover por una tejedora de barro? Eres basura, Qiyana. Eres igual de mediocre que tus hermanas si permites que tu corazón dicte tus movimientos.

Se arrodilló en el suelo frío, obligándose a sentir la dureza del mármol. Se castigaba con pensamientos humillantes, recordándose que cualquier afecto era una cadena, y que ella había nacido para romper cadenas, no para llevarlas. Se llamó a sí misma traidora, impostora, y juró que al día siguiente sacaría a Taliyah de la ciudad, aunque tuviera que empujarla por un barranco.

Sin embargo, al día siguiente, cuando entró en el almacén, no pudo hacerlo.

Taliyah estaba dormida sobre los tapices. En su sueño, parecía estar moldeando la arena de su hogar, sus manos moviéndose en el aire con una gracia que ninguna técnica de Ixtal podía replicar. Qiyana se quedó observándola durante mucho tiempo. La ira que había cultivado durante la noche comenzó a disolverse, reemplazada por una curiosidad dolorosa.

Se acercó sigilosamente y se sentó a su lado. Extendió una mano, dudando, y por un breve segundo, sus dedos rozaron el cabello oscuro de Taliyah. Era áspero, lleno de la arena que nunca terminaba de abandonar a la shurimana.

Taliyah abrió los ojos lentamente. No se asustó.

—Has vuelto temprano —murmuró, con la voz ronca por el sueño.

—Tienes que irte esta noche —dijo Qiyana, retirando la mano como si se hubiera quemado—. He encontrado una brecha en la rotación de los guardias del sector este. Si no te vas ahora, yo misma te entregaré a los verdugos.

Taliyah se incorporó, mirando a Qiyana con una intensidad que la princesa no pudo soportar.

—Ven conmigo —soltó Taliyah de repente.

Qiyana soltó una carcajada amarga.

—¿A Shurima? ¿A comer polvo y vivir en tiendas de tela? Soy la dueña de los elementos, Taliyah. Mi lugar es un trono.

—Aquí eres una prisionera de tu propia ambición —dijo Taliyah, levantándose y dando un paso hacia ella—. En el desierto, la tierra es libre. Tú podrías ser libre. Nadie te juzgaría por ser... tú.

—Yo soy esto —dijo Qiyana, señalando su corona y su arma—. No hay nada más debajo de esta armadura.

—Yo he visto lo que hay debajo —insistió Taliyah, acortando la distancia—. He visto a la mujer que me trajo mantas cuando hacía frío. He visto a la mujer que se queda mirándome cuando cree que no me doy cuenta.

Qiyana sintió un nudo en la garganta. La vulnerabilidad era un veneno que se extendía por su sangre.

—Vete —ordenó Qiyana, su voz quebrandose—. Si vuelves a hablarme así, usaré el hielo para silenciarte para siempre.

Taliyah suspiró, comprendiendo que la muralla que Qiyana había construido alrededor de su alma era mucho más alta que las de Ixaocan.

—Está bien. Me iré. Pero no porque me eches, sino porque sé que mi presencia te está rompiendo. Y no quiero ser la causa de tu dolor, Qiyana.

El escape fue silencioso. Qiyana usó su dominio sobre la vegetación para crear un túnel de lianas que ocultó a Taliyah de los ojos de los centinelas. Caminaron juntas hasta el borde de la selva, donde los árboles empezaban a ceder ante las tierras altas que conducían al sur.

En la frontera, el aire era más ligero. Taliyah se detuvo y se giró hacia la princesa.

—Toma esto —dijo Taliyah, extendiendo la mano.

En su palma había una pequeña piedra tallada en forma de flor de loto, típica de los estanques de Ixtal, pero hecha de arenisca roja de Shurima. Taliyah la había moldeado durante sus días de encierro.

—Un regalo de una "mendiga" —dijo Taliyah con una chispa de diversión en los ojos.

Qiyana tomó la piedra. Estaba caliente, imbuida con la magia amable de la tejedora. Por un momento, la arrogancia de la Yun Tal desapareció, dejando ver a una joven que simplemente no sabía cómo amar sin sentir que estaba perdiendo una batalla.

—Si vuelves a Ixtal —dijo Qiyana, recuperando su tono imperioso—, no seré tan paciente. La próxima vez, la tierra te tragará.

—Lo sé —respondió Taliyah, comenzando a caminar hacia el horizonte—. Pero la tierra también me recordará que una vez conocí a una reina que tenía miedo de su propio corazón.

Qiyana se quedó allí, inmóvil, mientras la figura de Taliyah se desvanecía en la penumbra del amanecer. Cuando estuvo sola, apretó la piedra de arenisca contra su pecho. Le dolía. Le quemaba.

—Soy Qiyana —susurró al viento, como si necesitara convencer al mundo—. Soy la maestra de los elementos. No siento nada. No necesito a nadie.

Regresó a la ciudad con el paso firme, pero al entrar en sus aposentos, no se golpeó. No se insultó. Simplemente se sentó en su balcón y observó cómo el sol iluminaba su imperio. En su mano, la pequeña piedra roja era el único defecto en su mundo de perfección verde y dorada. Y, por primera vez en su vida, Qiyana decidió que no iba a destruirlo.

Escondió la piedra en un compartimento secreto de su Ohmlatl, justo donde el elemento de la tierra se conectaba con el arma. A partir de ese día, cada vez que Qiyana lanzaba un ataque de roca, el impacto era un poco más fuerte, un poco más cálido, como si la piedra misma estuviera cantando una canción que solo ella podía escuchar.

Una canción que hablaba de desiertos lejanos y de una libertad que, aunque Qiyana nunca se atrevería a reclamar, ahora sabía que existía.

—Algún día —murmuró, mirando hacia el sur—, todo el mundo se arrodillará ante mí. Y tal vez, solo tal vez, te obligaré a estar a mi lado cuando eso ocurra.

Pero en el fondo, sabía que Taliyah nunca se arrodillaría. Y esa era, precisamente, la razón por la que no podía olvidarla. Ixaocan seguía siendo su objetivo, el trono seguía siendo su destino, pero la selva ya no se sentía tan llena de vida como antes. Ahora, el eco de los pasos de seda de la nómada era el único sonido que realmente importaba en el gran tapiz de su ambición.