Amor, pasión y futbol
Pulsaciones al Límite
El estruendo del estadio BC Place todavía retumbaba en los oídos de Sofía. La victoria de la Selección Colombia en su debut mundialista había sido agónica, un 1-0 que se selló en los últimos minutos con una asistencia magistral de Kevin. El hotel de concentración en Vancouver era ahora un hervidero de emociones; la euforia se sentía en el aire, en los gritos de los hinchas que rodeaban el edificio y en la música que se escuchaba desde los pisos superiores donde los jugadores celebraban brevemente antes de volver a la disciplina del descanso.
Sofía caminaba por el pasillo del piso de las familias, esquivando a algunos parientes de otros jugadores que brindaban con copas de vino. En sus brazos, Emiliana era un peso muerto de puro agotamiento. La pequeña había gritado cada jugada, saltado en la tribuna y agitado su pequeña bandera hasta que sus fuerzas se esfumaron apenas subieron al autobús de regreso.
—Ya casi, mi vida —susurró Sofía, acomodando la cabecita rubia de la niña sobre su hombro.
Al entrar en la suite, el silencio fue un bálsamo. Sofía dejó a la niña con cuidado sobre la cama, sintiendo el dolor en su espalda por el esfuerzo. Con movimientos expertos y silenciosos, le quitó la camiseta de la selección —que le quedaba como un vestido— y le puso su pijama de nubes. Emiliana ni siquiera abrió los ojos; solo soltó un suspiro tierno y se abrazó a su peluche de castor que Kevin le había comprado en el aeropuerto.
Sofía la contempló un momento. A veces, cuando la miraba dormir, se preguntaba cómo había pasado de ser una estudiante de bachillerato a ser la mujer de un futbolista de élite y madre de una niña tan perfecta. Las críticas en las redes sociales sobre su edad y la "rapidez" con la que Kevin había formado una familia con ella siempre estaban ahí, como un ruido blanco, pero ver a Emi descansar borraba cualquier duda.
Se sentía pegajosa por el sudor del estadio y el estrés del partido. Necesitaba una ducha urgente. Se desvistió rápido, dejando la ropa en un montón sobre la silla, y entró al baño. Dejó que el agua caliente golpeara su espalda, cerrando los ojos mientras el vapor llenaba el espacio. El calor empezó a relajar sus músculos tensos, y por un momento, se permitió desconectar de todo: de los paparazzis, de los exámenes de la facultad que tenía pendientes y de la presión de estar en un Mundial.
De repente, el aire frío de la habitación se coló por un segundo cuando la puerta del baño se abrió y se cerró rápidamente. Sofía se sobresaltó, abriendo los ojos con el corazón acelerado, pero antes de que pudiera gritar, una silueta familiar se dibujó tras el cristal empañado de la ducha.
La puerta de vidrio se deslizó y el vapor dejó ver a Kevin. Estaba agitado, todavía con el pantalón de la sudadera oficial de la selección, pero sin camiseta. Sus tatuajes brillaban bajo la luz artificial, húmedos por el ambiente.
—¿Cómo entraste? —susurró ella, aunque la sonrisa ya se dibujaba en su rostro—. Te van a matar si Néstor hace ronda.
—Le di algo de dinero a uno de los de seguridad que ya me conoce —respondió él, con esa voz ronca que a Sofía siempre le erizaba la piel—. No podía dormir sin verte, amor. La adrenalina me está matando y solo tú me bajas las revoluciones.
Kevin se deshizo del pantalón en un movimiento rápido y entró en la cabina de la ducha. El espacio se volvió pequeño, íntimo. Sofía se pegó a los azulejos mientras él se acercaba, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo atlético. Kevin rodeó su cintura con esos brazos fuertes, cubiertos de tinta, y la atrajo hacia él.
—Estuviste increíble hoy, mi vida —dijo Sofía, pasando sus manos mojadas por el pecho tatuado de Kevin, delineando el contorno de los músculos que tanto conocía—. Ese pase... todo el estadio gritó tu nombre.
—No escuchaba a nadie más que a ti y a la gorda —murmuró él, bajando la cabeza para buscar su cuello—. Las vi en la pantalla gigante y casi pierdo la marca por quedarme mirándote. Estás preciosa con el pelo así, todo mojado.
Kevin empezó a besar la línea de su mandíbula, bajando con lentitud hacia la clavícula mientras el agua caía sobre ambos. Sus manos, grandes y rudas por el campo pero increíblemente suaves con ella, descendieron por la espalda de Sofía, apretándola contra su cuerpo. Ella soltó un jadeo, enredando sus dedos en el cabello de él, que estaba empezando a crecer y se sentía áspero y varonil.
—Te extrañé tanto estos días —susurró Kevin contra su piel—. Odio tener que esconderme como un adolescente, pero cuando te tengo así, siento que todo el sacrificio vale la pena.
—Eres un impaciente, amor —rio ella suavemente, aunque su respiración empezaba a entrecortarse—. Pero me encanta que te arriesgues por venir.
Kevin no respondió con palabras. La levantó por los muslos, obligándola a rodear su cintura con las piernas. Sofía se aferró a sus hombros, sintiendo el relieve de los tatuajes en su espalda bajo sus palmas. El contacto de la piel húmeda y caliente bajo el chorro de agua era eléctrico. Él la besó con una urgencia que hablaba de días de abstinencia y de la euforia acumulada del partido. Era un beso hambriento, profundo, que sabía a victoria y a deseo puro.
—Dime que eres mía, Sofi —gruñó él entre besos, sus manos apretando sus glúteos con firmeza—. Dime que no te importa lo que digan esos idiotas afuera.
—Soy tuya, mi cielo. Siempre —respondió ella, arqueando la espalda cuando sintió los labios de Kevin bajar hacia sus pechos—. Solo tuya.
Kevin la llevó contra la pared de la ducha, sus movimientos volviéndose más decididos y feroces. La diferencia de fuerza entre ambos siempre la hacía sentir protegida, pero en ese momento, la hacía sentir deseada de una manera que le quitaba el aliento. Él la penetró con un empuje firme, soltando un gemido ronco que se perdió entre el sonido del agua golpeando el suelo. Sofía echó la cabeza hacia atrás, sus uñas enterrándose en los hombros de Kevin mientras el placer la invadía de golpe.
—¡Kev! —exclamó ella en un susurro ahogado, escondiendo la cara en su cuello para no hacer demasiado ruido y despertar a la niña en la habitación contigua.
—Así, amor... mírame —pidió él, buscando sus ojos.
Sofía lo miró, encontrando esa mirada intensa, oscura, cargada de una posesividad que solo él tenía. Kevin se movía con un ritmo potente, coordinado, como si estuviera en el campo de juego, pero con una ternura subyacente que le recordaba a ella por qué lo amaba tanto. Cada embestida la hacía vibrar, sintiendo cómo el vapor y el calor los envolvían en una burbuja donde no existían las críticas por la edad, ni las polémicas de la prensa, ni la presión del Mundial.
—Te amo, te amo tanto —repetía él, aumentando la velocidad, sus músculos tensándose al límite—. Eres mi vida, Sofía. Tú y la gorda son todo lo que tengo.
El clímax los alcanzó casi al mismo tiempo, una explosión de sensaciones que dejó a Sofía temblando y a Kevin aferrado a ella como si fuera su único anclaje en el mundo. Se quedaron así un largo rato, bajo el agua que empezaba a enfriarse, recuperando el aliento, con el corazón de Kevin latiendo con fuerza contra el pecho de ella.
Finalmente, él la bajó con cuidado. Le dio un beso corto y dulce en la frente, de esos que daban cuando estaban a solas y no tenía que ser el "jugador rudo" de la selección.
—Tengo que volver antes de que el asistente pase por las habitaciones para el suplemento vitamínico —dijo Kevin con pesar, cerrando la llave del agua.
Salieron de la ducha y se secaron rápidamente. Kevin se puso su pantalón y caminó hacia la puerta de la habitación, pero se detuvo al ver a Emiliana durmiendo. Se acercó a la cama y le dio un beso invisible en el aire, con una mirada llena de una devoción que a Sofía siempre le derretía el alma.
—Mañana las veo en el almuerzo familiar —susurró él, dándole un último abrazo a Sofía—. Gracias por estar aquí, amor. No sé qué haría sin ustedes en este frío de locos.
—Ve con cuidado, mi cielo. Descansa, que te lo mereces.
Kevin salió de la habitación con la misma destreza con la que eludía a los defensas rivales. Sofía cerró la puerta con llave y se dejó caer en la cama al lado de su hija, sintiendo todavía el calor de Kevin en su piel. El Mundial apenas comenzaba, y aunque el camino estaría lleno de cámaras y críticas, sabía que mientras tuvieran esos momentos de escape, nada podría derrumbar lo que habían construido.
Se durmió con una sonrisa, escuchando el suave respirar de Emiliana y soñando con el próximo gol que Kevin le dedicaría, dibujando un corazón con las manos hacia la tribuna donde solo ella sabía que él realmente jugaba.