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Amor y futbol

Tormenta en la cancha, calma en la cama

La luz del sábado por la mañana se filtraba por las cortinas de la habitación principal, creando un patrón de sombras sobre el rostro de Kevin. A pesar de haber prometido ayudar con el vlog, el cansancio acumulado de la semana de entrenamientos dobles le pesaba en los párpados. Sofía, en cambio, ya estaba de pie, con la cámara en mano, grabando un plano detalle de los guantes de Kevin y sus guayos Nike personalizados que descansaban cerca del televisor.

—Hoy es el gran día —susurró Sofía a la cámara, tratando de no despertar al "león" que aún roncaba suavemente—. Nacional juega contra el Medellín. El clásico paisa. El ambiente en la ciudad está increíble, pero aquí adentro... aquí adentro solo hay nervios y un futbolista que no quiere madrugar.

Se acercó a la cama y se sentó a horcajadas sobre las piernas de Kevin, dejando la cámara apoyada en la mesa de noche, aún encendida pero encuadrando solo la parte superior del cabecero.

—Amor... —le susurró al oído, dejando un beso en el lóbulo—. Arriba, que Emi ya está pidiendo panqueques y tienes que estar en el estadio en tres horas.

Kevin gruñó, envolviendo sus manos alrededor de la cintura de Sofía y tirando de ella hacia abajo hasta que su pecho chocó contra el de él.

—Cinco minutos más, Sofi —dijo con la voz rasposa—. Anoche me quedé pensando en la táctica del profe y casi no pegué el ojo.

—Nada de cinco minutos. Emi ya despertó y está intentando ponerle los guayos a su oso de peluche —rio ella, intentando zafarse de su agarre, aunque sin mucha fuerza—. Además, recuerda que prometiste que hoy le dedicarías un gol.

Kevin abrió un ojo, mirándola con esa intensidad que a ella siempre la desarmaba. El temperamento fuerte de Kevin a menudo se transformaba en una pasión desbordante cuando estaban a solas.

—Si meto gol, ¿qué gano yo? —preguntó él con una sonrisa pícara, sus manos bajando peligrosamente hacia sus caderas.

—Ganas el amor de tu hija y de tu novia, ¿no es suficiente? —respondió Sofía, aunque su respiración empezó a acelerarse cuando sintió los dedos de Kevin bajo el borde de su pijama de seda.

—Sabes que quiero más que eso —murmuró él, atrayéndola para un beso profundo, uno de esos que sabían a posesión y a promesa.

La interrupción llegó en forma de unos pasos saltarines por el pasillo.

—¡Papi! ¡Mami! ¡Tengo hambre! —Emi irrumpió en la habitación, saltando sobre la cama y rompiendo el momento de tensión sexual entre los adultos.

Kevin soltó un suspiro de resignación, pero terminó riendo mientras alzaba a su hija por los aires.

—¡A desayunar, pues, que hoy hay clásico! —exclamó él, recuperando su energía característica.

El resto de la mañana fue un caos controlado. Sofía grabó a Kevin desayunando sus huevos pericos y su porción de carbohidratos, mientras Emi le recordaba que "tenía que correr muy rápido". Luego, el ambiente se puso tenso cuando Kevin revisó su celular antes de salir.

—¿Otra vez? —preguntó Sofía, notando cómo la mandíbula de su novio se tensaba.

—Es ella, Sofía. Mandó un mensaje diciendo que no quiere que Emi vaya al estadio hoy porque hay "mucha gente peligrosa" y que tú no sabes cuidarla —Kevin apretó el teléfono con fuerza—. ¡Es una excusa! Solo quiere fregarme la cabeza antes del partido.

—Kevin, mírame —Sofía se puso frente a él, obligándolo a soltar el aparato—. No le des el gusto. Emi va a ir conmigo, va a estar en el palco con las otras esposas y va a estar segura. No dejes que sus palabras entren a la cancha contigo. Juega por nosotras, no contra ella.

Kevin cerró los ojos y apoyó su frente contra la de Sofía. El volante de la Selección tenía un carácter volcánico, fácil de encender, pero Sofía era la única persona capaz de apagar el incendio antes de que consumiera todo a su paso.

—Tienes razón. Perdón. Es que me saca de mis casillas que use a la niña para atacarte a ti.

—Yo soy fuerte, amor. Ahora vete, que el bus del equipo no espera.

El partido fue una montaña rusa. Sofía grabó fragmentos desde el palco del Atanasio Girardot. El estadio era una caldera verde y blanca. En el minuto setenta y cinco, tras una jugada colectiva brillante, Kevin recibió el balón fuera del área, acomodó el cuerpo y sacó un derechazo que se clavó en el ángulo superior izquierdo. El estadio estalló.

Kevin no corrió hacia el banco ni hacia la hinchada organizada. Corrió hacia el sector de los palcos, buscó con la mirada y, cuando encontró a Sofía y a Emi, formó un corazón con las manos y luego hizo el gesto de "mecer a un bebé", señalando directamente a su hija.

—¡Ese es mi papá! —gritaba Emi, saltando en el asiento mientras Sofía grababa con lágrimas en los ojos, sabiendo que ese video sería el cierre perfecto para su vlog.

Cuando regresaron al apartamento, cerca de las once de la noche, la adrenalina aún corría por las venas de Kevin. Emi se había quedado dormida en el carro, rendida por la emoción. Kevin la cargó hasta su cuarto, la arropó con una ternura infinita y le dio un beso en la frente.

—Buenas noches, mi princesa —susurró antes de cerrar la puerta con cuidado.

Al salir al pasillo, se encontró con Sofía. Ella llevaba una de sus camisetas viejas de la Selección, la amarilla con el número 5 en la espalda. Tenía el cabello suelto y una copa de vino en la mano.

—Felicidades, goleador —dijo ella con voz suave.

Kevin no dijo nada. Simplemente caminó hacia ella, la tomó por la cintura y la levantó, haciendo que ella soltara un pequeño grito de sorpresa mientras dejaba la copa sobre una mesa cercana. La llevó directamente a la habitación principal y cerró la puerta con el pie, echando el seguro.

—Necesitaba esto —dijo él, acorralándola contra la madera de la puerta—. Necesitaba estar contigo, sin cámaras, sin gente, sin fútbol.

Sus besos ya no eran tiernos como los de la mañana; eran hambrientos, cargados de la energía eléctrica que aún traía del campo de juego. Sus manos bajaron con rapidez, deshaciéndose de la camiseta de Sofía en un solo movimiento. Ella, por su parte, desabrochó el pantalón deportivo de él, ansiosa por sentir su piel.

Kevin la cargó de nuevo, sus piernas rodeando la cintura del futbolista mientras él la llevaba hacia la cama. Al caer sobre el colchón, el peso de Kevin se sintió como un ancla necesaria para Sofía. Él comenzó a besar cada centímetro de su piel, desde el cuello hasta el abdomen, deteniéndose para admirar la silueta de la mujer que, a pesar de su juventud, le daba la estabilidad que nadie más había podido darle.

—Eres tan hermosa, Sofi —jadeó él, sus ojos oscuros fijos en los de ella—. No sabes lo que me haces sentir cuando te veo ahí arriba apoyándome.

—Solo te amo, Kevin —respondió ella, arqueando el cuerpo cuando la lengua de él encontró un punto sensible en su muslo—. Solo quiero que seas feliz.

Kevin se posicionó sobre ella, sus músculos tensos y brillantes por una fina capa de sudor. Entró en ella con un empuje firme y decidido, arrancándole un gemido que Sofía tuvo que ahogar en el hombro de él. El ritmo era intenso, casi salvaje, reflejando la pasión que Kevin ponía en todo lo que hacía.

—Más... —suplicó ella, enredando sus piernas alrededor de la espalda de él para atraerlo más cerca, queriendo eliminar cualquier espacio entre sus cuerpos.

Kevin aumentó la velocidad, sus manos apretando las sábanas mientras buscaba el ritmo que la hiciera perder el sentido. Cada estocada era una reafirmación de su vínculo, un lenguaje que solo ellos entendían y que no necesitaba de redes sociales ni de aprobaciones externas. En ese momento, él no era el ídolo nacional ni el volante estrella; era solo un hombre entregado a la mujer que amaba.

—Mírame, Sofía —ordenó él con voz ronca—. Mírame y dime quién eres.

—Tuya... soy tuya —respondió ella con la voz quebrada por el placer, sus ojos empañados mientras alcanzaba el clímax, sintiendo cómo Kevin se tensaba sobre ella y se derramaba con un rugido contenido.

Se quedaron así, unidos y jadeantes, durante lo que parecieron horas. El silencio de la noche en Medellín solo era interrumpido por el sonido de sus respiraciones volviendo a la normalidad. Kevin se dejó caer a su lado, atrayéndola hacia su pecho y cubriéndolos a ambos.

—Mañana va a ser un gran vlog —susurró Sofía, ya medio dormida, apoyando la cabeza en el pecho tatuado de Kevin.

—El mejor —concordó él, besando su coronilla—. Pero esta parte... esta parte es solo para nosotros.

Sofía sonrió, cerrando los ojos con la seguridad de que, sin importar cuántas tormentas intentaran desatarse afuera, dentro de esas cuatro paredes siempre habría un refugio. Kevin la abrazó con más fuerza, su temperamento de fuego finalmente apaciguado por la única mujer que sabía cómo manejar su corazón. Mañana volverían las críticas, los entrenamientos y la presión, pero por esa noche, el partido más importante ya lo habían ganado por goleada.