Apoyo de Serpiente
El Cupido de Escamas Blancas
La noche había caído plenamente sobre la Finca de la Amistad, pero el aire ya no se sentía frío. Para Obanai Iguro, el peso de Mitsuri contra su hombro era un ancla que lo mantenía unido a una realidad que nunca se había atrevido a soñar. Kaburamaru, por su parte, permanecía quieto, disfrutando del calor compartido, pero sus ojos amarillos y brillantes no estaban cerrados por el sueño. El reptil, dotado de una inteligencia que rozaba lo sobrenatural y una percepción de las emociones humanas que superaba a la de muchos cazadores, mantenía su lengua bífida captando las vibraciones del entorno.
Obanai acarició distraídamente la cabeza de la serpiente, un gesto de mudo agradecimiento por el empujón —literal y figurado— que le había dado. El Pilar de la Serpiente sentía que, por primera vez en su vida, las vendas que cubrían su rostro no eran una barrera, sino simplemente una prenda de vestir. La aceptación de Mitsuri, su confesión de que quería conocer sus sombras, había actuado como un bálsamo sobre sus cicatrices invisibles.
— Es curioso —susurró Mitsuri, cuya voz vibraba suavemente contra el pecho de Obanai—. A veces los humanos nos complicamos tanto con las palabras, y Kaburamaru simplemente... actúa.
— Él es más sabio que yo, eso es evidente —admitió Obanai con una nota de humildad—. Yo paso demasiado tiempo en mi propia cabeza, construyendo muros. Él solo ve lo que falta y lo une.
Kaburamaru siseó, pero no fue un sonido de satisfacción hacia su dueño. Sus sentidos habían detectado algo más. A unos cincuenta metros de distancia, por el camino de piedra que llevaba hacia la entrada principal de la sede, dos figuras se aproximaban. El reptil se irguió levemente, estirando su cuello blanco.
Giyu Tomioka y Shinobu Kocho regresaban de una misión conjunta en las montañas del norte. La escena era inusual: Tomioka, conocido por su silencio sepulcral y su aura de aislamiento, estaba hablando. No era una charla animada, por supuesto, sino una letanía monótona de detalles logísticos sobre el informe que debían presentar al Patrón, Kagaya Ubuyashiki.
— Entonces, especificaremos que el demonio tenía la capacidad de regenerar sus extremidades en menos de dos segundos —decía Giyu, manteniendo su mirada al frente, con sus ojos azules tan profundos y vacíos como un océano en calma—. También mencionaré que tu veneno de glicinia tardó tres segundos más de lo habitual en hacer efecto debido a la baja temperatura ambiental.
Shinobu caminaba a su lado, manteniendo su habitual sonrisa perenne, aunque sus ojos violetas delataban un cansancio profundo. Llevaba su haori de alas de mariposa bien sujeto, y aunque respondía con cortesía, había una distancia física notable entre ellos. Casi medio metro de aire vacío los separaba, una brecha que parecía simbolizar la incapacidad de Giyu para conectar con los demás y la barrera de sarcasmo defensivo que Shinobu siempre mantenía en alto.
— Siempre tan meticuloso, Tomioka-san —respondió ella con esa voz cantarína que ocultaba una furia helada—. Aunque quizás deberías añadir que si no te hubieras quedado allí parado mirando el paisaje, habríamos terminado la misión media hora antes. Por eso es que a nadie le caes bien, ¿sabes?
Giyu se detuvo un instante, parpadeando con lentitud.
— No me quedé mirando el paisaje —dijo él con una seriedad aplastante—. Estaba analizando la trayectoria del viento para predecir el movimiento del gas del demonio.
— Como digas —suspiró Shinobu, acelerando un poco el paso—. Solo quiero entregar este informe, darme un baño y dormir tres días seguidos.
Kaburamaru, desde su posición privilegiada en el porche, observó la interacción. Para el reptil, aquella distancia de medio metro era una ofensa personal. Había algo en el ritmo de sus corazones, en la forma en que sus pasos se sincronizaban a pesar de sus discusiones, que le decía que esos dos también necesitaban un "ajuste".
Con una agilidad que dejó a Obanai desconcertado, Kaburamaru se desenroscó de entre él y Mitsuri.
— ¿Eh? ¿A dónde vas ahora? —preguntó Obanai, intentando sujetar la cola de la serpiente, pero el reptil era demasiado rápido.
— ¡Oh! ¡Mira, Iguro-san! —señaló Mitsuri, tapándose la boca con una mano para no reír—. ¡Va hacia Tomioka-san y Shinobu-chan!
Kaburamaru se deslizó por la hierba como un rayo de luna blanca. Su objetivo estaba claro. Se movió por las sombras de los arbustos de glicinia, flanqueando a la pareja de pilares que se acercaba al porche.
Giyu y Shinobu estaban a punto de pasar de largo cuando la serpiente salió a la luz. En lugar de ir directamente hacia Giyu, quien probablemente habría reaccionado con una defensa instintiva, Kaburamaru se dirigió hacia Shinobu.
— ¡Vaya! —exclamó la Pilar del Insecto, deteniéndose en seco cuando sintió algo frío trepar por su pierna—. ¿Kaburamaru? ¿Qué haces fuera de tu dueño?
La serpiente no perdió el tiempo. Con la misma técnica que había usado con Mitsuri, se enroscó rápidamente alrededor de la cintura de Shinobu, pero esta vez fue más audaz. Usó su cuerpo como una cuerda tensa y, aprovechando que Giyu se había girado para ver qué ocurría, lanzó su cola hacia el brazo del Pilar del Agua.
— ¿Qué...? —Giyu no terminó la frase.
Kaburamaru tiró de ambos con una fuerza sorprendente para su tamaño. El movimiento fue tan repentino que Shinobu perdió el equilibrio hacia la izquierda y Giyu, sorprendido por el tirón en su brazo, dio un paso involuntario hacia la derecha.
El resultado fue un choque inevitable. Shinobu terminó estampada contra el pecho de Giyu, y él, por puro reflejo de cazador para evitar que ambos cayeran al suelo, la rodeó con los brazos. Kaburamaru completó la maniobra enredándose alrededor de los hombros de ambos, manteniéndolos "atados" en un abrazo forzado pero firme.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de un grillo en la distancia y la risita ahogada de Mitsuri desde el porche.
— Tomioka-san... —la voz de Shinobu salió amortiguada contra la tela del uniforme de Giyu—. Estás... apretándome demasiado.
Giyu, cuyo rostro normalmente era una máscara de piedra, estaba procesando la situación con una lentitud exasperante. Sentía el calor de Shinobu, el aroma a flores medicinales que siempre desprendía y, sobre todo, la presión de sus brazos alrededor de ella. Sus orejas empezaron a teñirse de un rojo intenso.
— La serpiente —logró decir Giyu, mirando a Kaburamaru, que lo observaba fijamente con sus ojos amarillos—. Ella nos tiene... sujetos. No puedo soltarte sin lastimarla.
— No me digas —replicó Shinobu, aunque extrañamente no hizo ningún movimiento para zafarse con fuerza—. Parece que tu amigo ha decidido que somos demasiado distantes, Tomioka-san. ¿O es que tú le diste instrucciones?
— Yo no hablo con serpientes —respondió él, aunque no se apartó.
Desde el porche, Obanai observaba la escena con una mezcla de horror y diversión. Conocía bien a Kaburamaru; sabía que su compañero se había tomado muy en serio su nuevo rol de mediador sentimental.
— Debería ir a por él —murmuró Obanai, haciendo el amago de levantarse.
— ¡No, espera! —Mitsuri lo tomó de la manga, con los ojos brillando de emoción—. Mira sus caras, Iguro-san. Tomioka-san no parece querer soltarla y Shinobu-chan... ¡Shinobu-chan no está usando su veneno de palabras hirientes! ¡Es tan romántico!
Obanai volvió a sentarse, sintiendo el roce del brazo de Mitsuri contra el suyo.
— Kaburamaru se ha vuelto un problema —comentó Obanai, aunque en el fondo estaba impresionado por la audacia de su amigo—. Si intenta hacerle esto a Sanemi, terminaremos en una pelea a muerte.
— Oh, no seas tan pesimista —rio Mitsuri—. Creo que Kaburamaru sabe exactamente lo que hace. Mira.
En el camino, la tensión entre Giyu y Shinobu había empezado a transformarse en algo diferente. Shinobu, tras el impacto inicial, dejó escapar un suspiro largo y relajó los hombros. Apoyó la frente un momento en el hombro de Giyu, cerrando los ojos.
— Realmente estoy cansada, Tomioka-san —susurró ella, abandonando por un segundo su fachada—. Tal vez... un poco de apoyo no está mal.
Giyu, sintiendo la vulnerabilidad de su compañera, ajustó su agarre de forma más consciente. Ya no era Kaburamaru quien los mantenía unidos, sino su propia voluntad. La serpiente, detectando que su trabajo allí estaba hecho, se deslizó suavemente hacia abajo, liberándolos, pero ellos no se separaron de inmediato.
— Podemos... caminar así hasta la enfermería —propuso Giyu, con una torpeza que resultaba casi entrañable—. Si estás cansada.
Shinobu levantó la cabeza y lo miró. Por primera vez en mucho tiempo, su sonrisa no era una máscara, sino algo tenue y real.
— Solo si prometes no decir ni una palabra sobre el informe hasta mañana.
— Lo prometo.
Kaburamaru regresó al porche con un aire de triunfo casi aristocrático. Se deslizó sobre la madera, subió por la pierna de Obanai y volvió a ocupar su lugar habitual alrededor de su cuello. Siseó suavemente al oído de su dueño, como si le estuviera dando un informe de su éxito.
— Eres un entrometido, ¿lo sabes? —le recriminó Obanai en voz baja, aunque acarició sus escamas con ternura.
— ¡Ha sido increíble! —exclamó Mitsuri, aplaudiendo suavemente—. ¡Kaburamaru es un genio del amor! Deberíamos darle un premio. ¿Crees que le gusten los trozos de salmón?
— Se conformará con que dejes de moverte tanto, Kanroji —dijo Obanai, aunque la verdad era que él tampoco quería que ella se alejara—. Se ha vuelto muy perezoso después de tanto esfuerzo.
Mitsuri se rió y, en un arranque de valentía, se inclinó y depositó un rápido beso en la cabeza de la serpiente. Luego, aprovechando el impulso, se acercó a la mejilla de Obanai. El roce fue apenas un suspiro, fugaz como el aleteo de una mariposa, pero para el Pilar de la Serpiente fue como si el mundo entero hubiera estallado en colores.
— Gracias por invitarme a cenar, Iguro-san —dijo ella, con las mejillas encendidas—. Y gracias a ti también, Kaburamaru. Ha sido la mejor noche de mi vida.
Mitsuri se levantó, alisando su falda y recogiendo sus cosas con una energía renovada.
— ¡Nos vemos mañana para el entrenamiento! ¡No te olvides de los panqueques que prometiste!
Obanai la vio alejarse, su figura perdiéndose en la penumbra de los pasillos de la finca. Se quedó allí sentado, procesando el contacto de sus labios en su piel, incluso a través de la fina tela que no había llegado a tocar.
Kaburamaru siseó, frotando su cabeza contra la mandíbula de Obanai.
— Sí, ya lo sé —respondió el cazador a su compañero—. Te debo una. Pero ni se te ocurra intentar lo mismo con Himejima. No creo que el mundo esté preparado para eso.
La serpiente pareció considerar la sugerencia, sus ojos brillando con una chispa de travesura antes de enroscarse finalmente para dormir. Obanai miró hacia el cielo, donde las estrellas parecían brillar con una intensidad inusual. Por primera vez, el futuro no parecía un túnel oscuro de deber y sacrificio, sino un camino que, quizás, no tendría que recorrer solo.
Y todo, pensó con una sonrisa oculta tras sus vendas, gracias a una pequeña serpiente blanca que no entendía de protocolos, pero sí de corazones.