Bajo el reflejo de mi Luna
Sombras bajo los cerezos
El martilleo rítmico dentro de su cabeza era tan intenso que Akari estaba segura de que alguien había sellado un pequeño equipo de demolición dentro de su cráneo. Abrió un ojo, solo para cerrarlo de inmediato cuando un rayo de sol primaveral atravesó la ventana con la crueldad de un chidori.
—Maldita sea... —gruñó, hundiéndose más en las sábanas.
Su último recuerdo nítido era el sabor dulce del sake y la risa molesta de unos ninjas de rango medio en el puesto de comida. Después de eso, solo había fragmentos: el olor a madera de un yukata, una voz profunda que la tranquilizaba y la sensación de unos brazos fuertes sosteniéndola. ¿Había sido un sueño? ¿O acaso Naruto la había llevado a rastras hasta su casa mientras ella balbuceaba incoherencias? La sola idea de que el rubio la hubiera visto en ese estado la hacía querer enterrarse bajo tierra con un jutsu de estilo tierra.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se levantó y se dirigió al baño. Al mirarse al espejo, soltó un suspiro de frustración. Su flequillo era un desastre y sus mejillas aún conservaban un rastro del rubor de la noche anterior.
—Céntrate, Akari —se dijo a sí misma, salpicándose la cara con agua helada—. Tienes una reunión con la Quinta. No puedes presentarte ante Tsunade-sama oliendo a destilería.
Tras vestirse con su equipo de combate habitual y asegurarse de que sus armas estuvieran en su lugar, salió de casa. El aire fresco de la mañana ayudó a despejar la bruma de su mente, pero la inquietud persistía. Tenía la extraña sensación de que algo importante había ocurrido anoche, algo relacionado con Kakashi Hatake, pero cada vez que intentaba atrapar el recuerdo, este se le escapaba como humo entre los dedos.
Al llegar a la oficina de la Hokage, se encontró con que no era la única convocada. Shikamaru estaba allí, luciendo tan aburrido como de costumbre, y junto a él, Neji Hyūga mantenía una postura impecable, con sus ojos color perla fijos en la puerta de la oficina.
—Llegas tarde, Akari —dijo Neji sin siquiera mirarla—. Tu chakra está... inestable. ¿Dormiste bien?
Akari sintió que la cara le ardía. Neji y su maldito Byakugan siempre veían demasiado.
—Cállate, Neji. Es el polen de los cerezos, me da alergia —mintió ella con rapidez.
—Qué fastidio —intervino Shikamaru, dándole una palmadita en el hombro—. Tienes cara de haber peleado con un barril de sake y haber perdido por goleada. Tranquila, no diré nada.
Akari le dedicó una mirada asesina, pero antes de que pudiera responder, Shizune los hizo pasar. Dentro, Tsunade los esperaba con una expresión inusualmente seria. Junto a ella, Kurenai Yuhi asentía ante las instrucciones de la Quinta.
—Escuchad bien —comenzó Tsunade, golpeando la mesa con los nudillos—. Hemos recibido informes de avistamientos de Akatsuki cerca de las fronteras del País del Fuego. Específicamente, se trata de Itachi Uchiha y Sasori de la Arena Roja.
El nombre de Itachi hizo que el corazón de Akari se apretara. Sasuke siempre perdía la cabeza cuando se mencionaba a su hermano, y ella, como parte del clan, sentía la sombra de esa traición como una mancha personal.
—Vuestra misión es de reconocimiento y, si la oportunidad se presenta, captura —continuó la Hokage—. Kurenai será la líder del equipo. Shikamaru, tú te encargarás de la estrategia. Neji, serás nuestros ojos. Akari, tu habilidad con el genjutsu y el combate cercano será vital si nos topamos con Itachi. Partís ahora mismo.
—¡Entendido! —respondieron al unísono.
El viaje hacia la frontera fue silencioso. El equipo se movía con agilidad entre las copas de los árboles. Kurenai lideraba el grupo, seguida de cerca por Neji, quien mantenía el Byakugan activo en intervalos regulares. Shikamaru y Akari cerraban la formación.
—¿Estás bien de verdad? —le susurró Shikamaru mientras saltaban sobre un enorme tronco caído—. Te noto distraída.
—Es solo que... —Akari dudó—. No recuerdo cómo llegué a casa anoche. Estaba con vosotros y luego... nada.
Shikamaru soltó una risita corta, tratando de no perder el ritmo.
—Bueno, yo te vi con Kakashi-sensei. Él se ofreció a llevarte cuando vio que estabas a punto de intentar boxear con un puesto de máscaras. Parecía... muy atento contigo.
Akari casi pierde el equilibrio y se estrella contra una rama.
—¿Kakashi? ¿Él me llevó? —El recuerdo del beso en la frente volvió de golpe, como un relámpago. Se detuvo en seco, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—¡Akari, muévete! —gritó Kurenai desde el frente—. ¡Neji ha detectado algo!
La distracción se evaporó al instante. Akari recuperó la compostura y se posicionó junto a sus compañeros en un claro del bosque. Neji señaló hacia el norte, donde la densidad de los árboles parecía disminuir.
—Hay dos fuentes de chakra masivas a un kilómetro —informó Neji—. Pero hay algo más... Hay otros chakras acercándose por el flanco oeste. Son rápidos.
—¿Refuerzos de Akatsuki? —preguntó Shikamaru, frunciendo el ceño.
—No —respondió Neji, entrecerrando los ojos—. Estos chakras me resultan familiares... tienen una firma oscura.
De repente, una lluvia de senbon impregnados en veneno cayó desde el dosel de los árboles. El equipo se dispersó con reflejos de ninja veteranos. Kurenai realizó una serie de sellos rápidos.
—¡Estilo de Tierra: Muro de Tierra! —exclamó, levantando una barrera para protegerlos de la segunda oleada de proyectiles.
De entre las sombras surgieron cuatro figuras vestidas con túnicas grises y máscaras de porcelana. No eran de Akatsuki. Llevaban la marca de la aldea del Sonido.
—Ninjas de Orochimaru —masculló Shikamaru—. ¿Qué demonios hacen aquí? Se supone que íbamos tras Itachi.
Uno de los atacantes, un hombre de complexión robusta con una marca de maldición extendiéndose por su cuello, dio un paso al frente.
—No nos interesan los demás —dijo con una voz sibilante—. Solo queremos a la chica Uchiha. El señor Orochimaru tiene planes para ese linaje que el joven Sasuke no ha terminado de satisfacer.
Akari sintió una oleada de pura furia. El flequillo que cubría su rostro se agitó con la intensidad de su chakra.
—¿Queréis a una Uchiha? —dijo con una sonrisa gélida que hizo que hasta Shikamaru diera un paso atrás—. Pues venid a por ella.
La batalla estalló en un caos de acero y jutsus. Kurenai se enfrentó a dos de los ninjas, atrapándolos en un genjutsu de pétalos de flores que los dejó vulnerables a los ataques de Neji. El Hyūga se movía como una danza mortal, golpeando los puntos de presión con la precisión de un cirujano.
—¡Ocho Trigramas: Sesenta y Cuatro Palmas! —exclamó Neji, neutralizando a su oponente en segundos.
Shikamaru, por su parte, utilizaba las sombras de los árboles para restringir el movimiento del líder del grupo enemigo.
—¡Akari, ahora! —gritó el estratega.
Akari se lanzó hacia adelante, con un kunai en cada mano. Su velocidad era asombrosa, potenciada por la rabia de ser tratada como un simple objeto de colección por Orochimaru. Sin embargo, el ninja del Sonido al que se enfrentaba no era un novato. Activó el segundo nivel de su marca de maldición, su piel se volvió grisácea y su fuerza aumentó exponencialmente.
—¡Eres lenta, niña! —rugió el hombre, lanzando un puñetazo que Akari apenas pudo bloquear.
El impacto la mandó a volar contra un árbol, rompiendo la corteza. Akari escupió un poco de sangre y se puso en pie, pero antes de que pudiera reaccionar, un segundo ninja que se había mantenido oculto apareció detrás de ella.
—¡Cuidado, Akari! —la voz de Neji llegó demasiado tarde.
Una hoja impregnada en un jutsu de viento atravesó el costado de Akari, desgarrando su chaleco táctico y la piel debajo. Ella gritó, no solo de dolor, sino de pura indignación. Con un movimiento desesperado, giró sobre sí misma y clavó su kunai en la garganta del atacante, pero el daño ya estaba hecho.
El líder del Sonido, aprovechando su herida, lanzó una ráfaga de ondas sonoras que la golpeó de lleno en el pecho, lanzándola hacia el centro del claro.
—¡Malditos! —Shikamaru forzó su sombra al límite, atrapando al líder y rompiéndole el cuello con un movimiento seco de su técnica de estrangulamiento de sombras.
Kurenai y Neji terminaron con los restantes en un abrir y cerrar de ojos, pero el silencio que siguió fue sepulcral. Se apresuraron hacia donde Akari yacía en el suelo, tratando de presionar la herida de su costado.
—Está perdiendo mucha sangre —dijo Kurenai, arrodillándose a su lado y aplicando ninjutsu médico básico—. Neji, vigila el perímetro. Shikamaru, saca el botiquín de emergencia.
Akari respiraba con dificultad. El mundo empezaba a dar vueltas de nuevo, pero esta vez no era por el sake.
—Esos... esos estúpidos... —susurró ella, intentando mantener la consciencia—. Arruinaron... mi misión.
—Cállate, Akari —dijo Shikamaru con una voz que delataba su preocupación—. Siempre tienes que ser la más problemática.
—Neji... —llamó Kurenai—. ¿Dónde están Itachi y Sasori?
—Se han ido —respondió Neji, cerrando su Byakugan con frustración—. El chakra de los ninjas del Sonido ocultó el rastro de Akatsuki. Fue una distracción. O tal vez una coincidencia desafortunada, pero Itachi ya no está en la zona.
Kurenai suspiró, concentrando su chakra verde sobre la herida de Akari.
—No podemos seguir la misión en este estado. Akari necesita atención médica real en la aldea. La herida es profunda y el veneno de esos senbon está empezando a actuar.
Shikamaru asintió, cargando a Akari con cuidado en su espalda. La joven Uchiha apenas podía mantener los ojos abiertos. En su delirio, la imagen de Kakashi volvió a aparecer. Recordó el calor de su mano y la promesa de verse en el puente.
—Kakashi... —murmuró entre sueños.
Shikamaru intercambió una mirada con Neji.
—Parece que alguien va a estar muy molesto cuando lleguemos a Konoha —comentó el Hyūga con amargura—. Y no hablo solo de Tsunade-sama.
El viaje de regreso fue una carrera contra el tiempo. Akari entraba y salía de la consciencia, sintiendo el frío de la noche y el dolor punzante en su costado. Lo último que registró antes de desmayarse por completo fue la entrada de la aldea y una figura alta con cabello plateado que corría hacia ellos con una expresión de puro terror que rara vez se veía en el rostro del "Ninja que Copia".
Cuando Akari finalmente despertó, lo primero que vio fue el techo blanco del hospital de Konoha. El olor a desinfectante era abrumador. Intentó moverse, pero un gemido de dolor escapó de sus labios.
—No te muevas, Akari. Todavía tienes los puntos frescos.
Ella giró la cabeza con lentitud. Kakashi estaba sentado en una silla al lado de su cama. No llevaba su libro, y sus manos estaban entrelazadas, apoyadas en sus rodillas. Sus ojos se veían cansados, como si no hubiera dormido en días.
—¿Kakashi-san? —su voz era apenas un hilo.
—Me debes una explicación —dijo él, y aunque su tono era suave, había una seriedad en él que hizo que Akari se estremeciera—. Te dije que te vería en el puente, no en una camilla de urgencias.
Akari intentó sonreír, pero le dolió demasiado.
—Me perdí... en el sendero de la vida —susurró, usando su propia excusa contra él.
Kakashi dejó escapar un suspiro largo y se inclinó hacia adelante, tomando la mano de Akari entre las suyas.
—Casi te perdemos. Los ninjas de Orochimaru no juegan limpio.
—Querían... el linaje —respondió ella, cerrando los ojos por un momento—. Pero les di pelea.
—Lo sé. Shikamaru me lo contó todo —Kakashi apretó suavemente su mano—. Ahora descansa. Tsunade dice que estarás bien, pero vas a estar bajo vigilancia. Especialmente la mía.
Akari sintió que un calor agradable, muy diferente al de la fiebre, recorría su cuerpo.
—¿Incluso si me pongo de mal humor? —preguntó ella.
—Especialmente si te pones de mal humor —respondió Kakashi con una pequeña sonrisa tras la máscara—. Me gusta cuando sacas ese carácter. Pero prefiero que lo uses contra los enemigos, no contra tu propia salud.
Se quedaron en silencio un rato, disfrutando de la paz recuperada. Akari sabía que la amenaza de Orochimaru no había terminado y que la sombra de Akatsuki seguía acechando, pero en ese momento, con la mano de Kakashi sosteniendo la suya, sintió que podía enfrentarse a cualquier cosa. Incluso a una resaca monumental y a una herida de combate al mismo tiempo.
—Kakashi... —dijo ella antes de volver a quedarse dormida—. Gracias por llevarme a casa anoche. Lo recordé.
Él no respondió con palabras, pero se inclinó y, esta vez sin la prisa de la noche anterior, acarició su cabello con una ternura que prometía que, pasara lo que pasara, no volvería a dejarla sola en el sendero de la vida.