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Bby

Antojos de medianoche y realidades de hojalata

El silencio de la madrugada en el apartamento de Megumi se vio interrumpido por un sonido que, en las últimas dos semanas, se había vuelto una constante: el crujido del colchón y el suspiro pesado de un alfa que no sabía quedarse quieto.

Yuji estaba durmiendo en el sofá, o al menos eso era lo que habían acordado para "mantener el espacio personal" de Megumi, pero a las tres de la mañana, el pelinegro lo encontró sentado en la alfombra de la cocina, rodeado de folletos de tiendas para bebés que claramente había robado de alguna clínica.

—Itadori, ¿qué diablos haces despierto? —preguntó Megumi, frotándose los ojos. Su voz sonaba ronca y su cabello, usualmente rebelde, era ahora un nido de pájaros negros.

Yuji dio un salto, golpeándose la cabeza con el borde de la mesa.

—¡Megumi! Nada, solo... estaba investigando —dijo el alfa, tratando de ocultar un catálogo de cunas con tecnología de vibración—. ¿Sabías que hay pañales que te avisan al celular cuando están usados? ¡La tecnología es increíble!

Megumi suspiró, apoyándose en el marco de la puerta. Llevaba una de las sudaderas de Yuji, que le quedaba ridículamente grande, ocultando esa cintura que tanto orgullo le daba y que ahora empezaba a sentirse... diferente. No era que estuviera gordo, pero sentía una pesadez extraña, una hinchazón que le hacía fruncir el ceño cada vez que se miraba al espejo.

—Son las tres de la mañana. No necesitamos pañales con Wi-Fi, necesitamos dormir. Mañana tengo el examen de Historia del Arte —sentenció el omega, aunque su estómago lo traicionó con un rugido sonoro.

Yuji se iluminó, sus ojos brillando con esa intensidad dorada que a veces resultaba abrumadora.

—¿Tienes hambre? ¡Puedo hacerte algo! ¿Quieres ramen? ¿O prefieres algo dulce? He leído que los omegas en su primer trimestre necesitan mucho calcio. ¿Quieres leche?

Megumi arrugó la nariz. El olor a leche caliente le revolvía el estómago últimamente.

—Quiero... —se detuvo, sintiendo una punzada de vergüenza—. Quiero pepinillos con chocolate.

Yuji parpadeó, procesando la información. Sus labios se curvaron en una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Un antojo! ¡Es el primer antojo oficial! —exclamó, casi gritando de alegría—. Quédate ahí, no te muevas. ¡Iré al Seven-Eleven de la esquina!

—Itadori, no, espera...

Pero el alfa ya se estaba poniendo las zapatillas a medio pisar y salía por la puerta como un torbellino rosa. Megumi se quedó solo en la cocina, rodeado por el aroma a sol y pino que Yuji dejaba a su paso. Se sentó en una de las sillas, tocando su vientre a través de la tela gruesa de la sudadera.

—Tu padre es un idiota —susurró hacia su propio ombligo—. Un idiota con mucha energía.

Diez minutos después, Yuji regresó jadeando, con una bolsa de plástico llena de frascos de pepinillos y varias tabletas de chocolate con leche. Se veía tan genuinamente feliz de poder ser útil que Megumi no tuvo corazón para decirle que, al ver los pepinillos, ya no tenía tantas ganas de comerlos.

—Aquí tienes, el mejor manjar para el pequeño Fushiguro-Itadori —dijo Yuji, abriendo el frasco con una facilidad que recordaba a Megumi lo fuerte que era en realidad—. O Itadori-Fushiguro. ¿Cuál suena mejor?

—Fushiguro —respondió Megumi de inmediato, tomando un pepinillo y sumergiéndolo en el chocolate derretido que Yuji había preparado en el microondas con una eficiencia sospechosa—. No le vas a poner tu apellido si no sabes ni cómo cambiar una bombilla sin romperla.

—¡Oye! —Yuji se sentó frente a él, apoyando la barbilla en sus manos, observándolo comer con una fascinación casi científica—. Eso fue solo una vez. Y estaba oscuro.

Megumi masticó la extraña combinación. Para su sorpresa, sabía a gloria. La acidez del vinagre cortaba el dulzor del chocolate de una manera que calmaba la náusea persistente que lo había acompañado todo el día.

—Megumi —dijo Yuji después de un rato, su tono volviéndose un poco más serio—. He estado pensando.

—Eso es peligroso.

—Hablo en serio. —Yuji extendió una mano por encima de la mesa, pero se detuvo antes de tocar la de Megumi, pidiendo permiso silencioso. Megumi no se alejó—. He estado buscando trabajo. Un trabajo de verdad. Mi abuelo me dejó algo de dinero, pero no es suficiente para tres. Conseguí un puesto en el gimnasio de la universidad como instructor asistente, y por las tardes voy a ayudar en el taller mecánico de un amigo de mi hermano.

Megumi dejó de masticar. Miró a Yuji, notando por primera vez las ojeras bajo sus ojos. El alfa no solo estaba emocionado; estaba aterrado, y su forma de lidiar con el miedo era correr hacia adelante a toda velocidad.

—Itadori, no puedes dejar la universidad por esto —dijo Megumi, sintiendo una opresión en el pecho que no tenía nada que ver con el embarazo.

—No voy a dejarla —aseguró Yuji, apretando el puño—. Solo voy a dormir menos. Además, soy un alfa, ¿no? Se supone que debo proveer.

—Se supone que debemos ser un equipo —corrigió Megumi, su voz afilada pero sin malicia—. No te pedí que fueras un mártir. Solo te pedí que estuvieras aquí.

Yuji finalmente se atrevió a cubrir la mano de Megumi con la suya. Sus dedos eran ásperos, llenos de pequeñas cicatrices de sus entrenamientos, pero su tacto era increíblemente suave.

—Estoy aquí. Y no me voy a ir a ninguna parte. Aunque te pongas de mal humor porque no hay pañales con Wi-Fi.

Megumi rodó los ojos, pero no retiró la mano. El calor de Yuji se filtraba en su piel, calmando la ansiedad que lo despertaba cada noche.

—Mañana es la primera ecografía —recordó Megumi en voz baja—. ¿Vas a poder ir?

—¡Ni aunque cayera un meteorito me lo perdería! —exclamó Yuji, recuperando su entusiasmo habitual—. Quiero ver si ya tiene mis músculos.

—Es un embrión del tamaño de un frijol, Itadori. No tiene músculos.

—Un frijol muy fuerte, seguro.

La mañana siguiente llegó con una luz grisácea y una lluvia fina que golpeaba las ventanas. La clínica de salud para omegas era un lugar pulcro, lleno de parejas que parecían mucho más preparadas que ellos. Megumi se sentía fuera de lugar con sus jeans ajustados y su chaqueta de cuero, mientras que Yuji, con una camiseta que le marcaba los hombros y su cabello rosa despeinado, atraía miradas de curiosidad y, en algunos casos, de desaprobación por parte de los alfas más maduros.

—Ignóralos —susurró Megumi, notando cómo Yuji se tensaba ante las miradas—. Solo son viejos aburridos.

—No me importa lo que piensen —mintió Yuji, aunque sus feromonas delataban una mezcla de nerviosismo y protección—. Solo quiero que estés bien.

Cuando finalmente los llamaron, el corazón de Megumi comenzó a latir con fuerza. Se acostó en la camilla, sintiendo el frío del gel sobre su abdomen. Yuji estaba a su lado, apretando su mano con tanta fuerza que Megumi temió que le rompiera los huesos.

—Relájese, Fushiguro-san —dijo la doctora, una beta de mirada amable—. Veamos cómo está ese pequeño.

En la pantalla apareció una imagen borrosa, llena de sombras blancas y grises. Megumi no entendía nada, pero Yuji se inclinó hacia adelante como si estuviera viendo el final de una película de acción.

—Ahí está —señaló la doctora—. Ese es el saco gestacional. Y eso de ahí... es el corazón.

Un sonido rítmico, rápido y constante, llenó la habitación. *Tu-tum, tu-tum, tu-tum.*

Megumi sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Era real. No eran solo náuseas, ni dos rayas en un plástico, ni una cintura que se ensanchaba. Había una vida ahí dentro, un latido que dependía enteramente de él.

Miró a Yuji y se quedó helado. El alfa, el chico que siempre estaba sonriendo y haciendo bromas, tenía los ojos llenos de lágrimas. Sus labios temblaban y no podía apartar la vista de la pantalla.

—Es... es muy rápido —logró decir Yuji, su voz quebrada—. ¿Está bien que sea tan rápido?

—Es normal para esta etapa —explicó la doctora, sonriendo—. Está muy sano.

Yuji se giró hacia Megumi y, sin importarle la presencia de la doctora, se inclinó y apoyó la frente contra la de su omega.

—Es real, Megumi —susurró—. Lo escuchaste, ¿verdad? Es nuestro frijol.

Megumi asintió, sintiendo sus propias lágrimas agolparse en sus ojos, algo que odiaba profundamente. Él era el rebelde, el chico que no mostraba emociones, el omega que se enfrentaba a cualquiera. Pero en ese momento, rodeado por el aroma reconfortante de Yuji y el sonido del corazón de su hijo, se sintió vulnerable y, por primera vez, extrañamente completo.

—Sí, lo escuché, idiota —respondió Megumi, cerrando los ojos.

Al salir de la clínica, la lluvia había parado. Caminaron en silencio hacia la parada del autobús, pero Yuji no soltaba su mano. Parecía estar en trance, procesando la imagen de la ecografía que guardaba con cuidado en el bolsillo de su chaqueta.

—Megumi —dijo Yuji de repente, deteniéndose en medio de la acera.

—¿Ahora qué?

—Voy a ser el mejor. No solo el mejor papá. Voy a ser el mejor alfa para ti. Sé que no empezamos de la mejor manera, y sé que soy un poco... mucho... tonto. Pero te quiero. Y quiero que este bebé esté orgulloso de nosotros.

Megumi sintió un vuelco en el corazón. La honestidad de Yuji siempre lo desarmaba. No había juegos, no había pretensiones. Era simplemente Yuji, con su corazón enorme y su falta de filtro.

—Ya lo sé, Itadori —murmuró Megumi, desviando la mirada para ocultar su sonrojo—. Pero si vuelves a mencionar los pañales con Wi-Fi, te juro que te dejo en la calle.

Yuji soltó una carcajada limpia, el sonido más brillante que Megumi había escuchado en semanas.

—¡Trato hecho! Pero, oye... ¿crees que Gojo-sensei se enoje cuando se lo digamos?

Megumi se quedó pálido. Había olvidado por completo al "tío" excéntrico y sobreprotector que los supervisaba en la universidad.

—Gojo... —Megumi se llevó una mano a la sien—. Nos va a comprar una mansión llena de juguetes ridículos y va a intentar enseñarle al bebé a usar gafas de sol antes de que aprenda a caminar.

—¡Eso suena increíble! —exclamó Yuji, emocionado—. ¡Podríamos tener una piscina de pelotas!

—No, no suena increíble. Suena a pesadilla.

Mientras subían al autobús, Megumi se dio cuenta de que, aunque su vida era ahora un caos absoluto, no se sentía tan solo como al principio. Tenía a un alfa que, a pesar de su inmadurez, estaba dispuesto a mover el mundo por él. Y tenía una pequeña vida creciendo en su interior que, de alguna manera, ya empezaba a dictar el ritmo de su propia existencia.

—Itadori —dijo Megumi mientras se sentaban al fondo del vehículo.

—¿Dime?

—Tengo hambre otra vez.

Yuji sonrió, esa sonrisa que iluminaba incluso los días más grises.

—¿Pepinillos con chocolate?

—No. Ahora quiero pizza. Con mucha piña.

Yuji hizo una mueca de horror fingido.

—Eso es un crimen, Fushiguro. Pero por ti... compraré la pizzería entera.

Megumi se apoyó en el hombro de Yuji, dejando que el cansancio lo venciera por un momento. El camino sería largo, lleno de desafíos y de cambios que aún le daban miedo, pero mientras el corazón de su alfa latiera tan fuerte como el que acababa de escuchar en la clínica, sabía que, de alguna manera, todo estaría bien.

Incluso la pizza con piña.