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Las paredes de papel de arroz y el silencio de la mansión
La vida de Megumi Fushiguro no se medía en horas, sino en rituales. A sus quince años, el tiempo era una sustancia espesa y monótona que se deslizaba por los pasillos de su casa sin dejar rastro. Su rutina comenzaba exactamente a las seis de la mañana, cuando la luz grisácea del alba se filtraba por las rendijas de las persianas reforzadas. No necesitaba despertador; el silencio de la casa era tan pesado que cualquier cambio en la presión del aire lo ponía en alerta.
Primero venía el aseo. Sus padres le proporcionaban jabones neutros, sin fragancias fuertes que pudieran "alterar" su naturaleza o atraer atenciones indeseadas. Luego, el vestirse. Su armario era una colección de texturas pesadas y colores apagados: azul marino, gris, negro. No había camisetas de bandas, ni colores brillantes, ni telas que revelaran la línea de sus hombros o la curva de su cuello. Cada prenda estaba diseñada para borrarlo, para convertirlo en una sombra dentro de su propia piel.
—Megumi, el desayuno está listo —la voz de su madre, Tsumiki (quien, aunque no compartía su sangre, actuaba bajo las órdenes estrictas de Toji y la estructura familiar), resonaba desde el comedor.
El desayuno era una dieta equilibrada de supresores vitamínicos y alimentos blandos. Sus padres estaban obsesionados con su salud, pero no por su bienestar emocional, sino por su "pureza". Un omega sano era un omega valioso, un tesoro que debía mantenerse bajo llave.
Mientras comía en silencio, Megumi observaba los libros de texto que su tutor privado, un beta de avanzada edad y pocas palabras, traía cada tarde. No conocía la emoción de un salón de clases, el murmullo de los pasillos o el caos de un recreo. Su educación era una burbuja de datos fríos, sin espacio para la interpretación o el debate.
A veces, cuando el tutor se distraía, Megumi miraba por la ventana hacia la calle. A través de la reja de hierro forjado, veía a otros omegas. Algunos caminaban rápido, con la cabeza gacha y el mismo aire de derrota que él sentía en sus días más oscuros. Había visto a una chica omega, apenas mayor que él, siendo prácticamente arrastrada por un alfa que sostenía su nuca con una posesividad que le revolvía el estómago. En este mundo, bajo las leyes de "protección", los omegas eran tratados como propiedad intelectual o reliquias frágiles.
Pero lo que más le dolía no eran los que sufrían visiblemente, sino los que parecían haber olvidado que existía otra forma de vivir. Había visto a otros chicos como él, sentados en autos lujosos, con miradas vacías, aceptando su destino como si fueran muebles caros. ¿Era eso lo que le esperaba? ¿Un matrimonio arreglado con un alfa de alto estatus que lo mantendría en otra casa, con otras rejas, pero con el mismo silencio?
—Hoy no saldremos al parque, Megumi —dijo Toji, entrando en el comedor con su habitual paso pesado. Su presencia alfa siempre hacía que el vello de la nuca de Megumi se erizara, no por odio, sino por una respuesta instintiva de sumisión que detestaba—. Tengo reuniones. Te quedarás en tu habitación repasando caligrafía.
—Entiendo, padre —respondió Megumi, bajando la vista hacia su plato.
La decepción fue como un golpe físico. El jueves era su único ancla. La piedra pintada que Yuuji le había dado estaba escondida dentro del forro de su almohada, y cada noche la sostenía hasta que el frío del mineral se convertía en calor. Era su único secreto, la única cosa en el mundo que sus padres no controlaban.
Subió a su habitación y cerró la puerta. Escuchó el clic metálico desde afuera: el seguro que su padre siempre echaba "por su seguridad". Megumi se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la cama. Sacó la piedra y trazó con el dedo la pequeña cara sonriente.
—Yuuji —susurró, dejando que el nombre flotara en el aire estancado de la habitación.
Se preguntó qué estaría haciendo él. Seguramente estaría rodeado de gente, riendo, fumando esos cigarrillos que olían a rebeldía, o estudiando algo que realmente le interesara. La universidad... Megumi ni siquiera podía imaginar cómo era una universidad por dentro. En su mente, era un lugar vasto, lleno de luz y de gente que hablaba en voz alta sin pedir permiso.
Esa tarde, el silencio de la casa se rompió por el sonido del televisor en la planta baja. Sus padres estaban viendo las noticias. Megumi se pegó a la puerta, tratando de captar fragmentos del mundo exterior.
—...nuevas medidas de seguridad para los distritos residenciales —decía el locutor—. Se recomienda que los omegas no acompañados sean reportados de inmediato a las autoridades para su reubicación en centros de protección estatal...
Megumi cerró los ojos con fuerza. "Protección". Esa palabra era una maldición. Significaba aislamiento. Significaba que, si alguna vez lograba escapar, el mundo entero estaría diseñado para devolverlo a una jaula.
Sintió una opresión en el pecho. Comparado con los omegas de los centros estatales, quizá él tenía "suerte". Tenía comida, tenía ropa limpia, tenía una familia que, a su manera retorcida, lo quería. Pero, ¿qué clase de amor era aquel que te cortaba las alas antes de que supieras que podías volar?
Recordó a un chico que había visto una vez en el consultorio médico donde lo llevaban para sus chequeos mensuales de feromonas. El chico estaba sentado en un rincón, con moretones visibles en las muñecas y un collar inhibidor que parecía demasiado apretado. Sus ojos estaban apagados, como si el alma se hubiera retirado a un lugar donde nadie pudiera tocarla. Megumi había intentado sonreírle, pero el chico solo se había encogido más, temblando ante la simple idea de ser notado.
"Yo no quiero terminar así", pensó Megumi, apretando la piedra de Yuuji con tanta fuerza que los bordes le lastimaron la palma. "No quiero ser una sombra".
Pasaron dos días de encierro absoluto. El aire en la casa se sentía cada vez más rancio. Su rutina de caligrafía y lectura se volvió insoportable. Cada trazo de tinta en el papel le recordaba las rejas de su ventana.
El martes, finalmente, Toji apareció en su puerta.
—Prepárate. Iremos al parque. Pero solo veinte minutos. Tengo poco tiempo.
Megumi no perdió un segundo. Se puso el suéter más ligero que tenía —que seguía siendo demasiado caluroso para el clima— y su gorra. Mientras bajaba las escaleras, su corazón empezó a latir con una fuerza inusitada. ¿Estaría allí? Había pasado casi una semana. Quizás Yuuji se había aburrido de esperar a un chico que apenas podía articular dos palabras. Quizás solo había sido una distracción momentánea para el universitario.
El trayecto en la camioneta fue una tortura. Toji conducía en silencio, con la mandíbula apretada. Megumi miraba por la ventana, viendo pasar la vida de los demás: estudiantes de secundaria riendo, trabajadores apresurados, parejas tomadas de la mano.
Cuando llegaron al parque, el aroma a jazmín de Megumi, aunque mitigado por los parches supresores, pareció intensificarse por los nervios. Caminaron por el sendero habitual. Toji mantenía una mano cerca del hombro de Megumi, una advertencia silenciosa para cualquier alfa que se atreviera a mirar.
Megumi buscó el árbol. Buscó el banco.
Y allí estaba.
Yuuji no estaba sentado. Estaba caminando de un lado a otro, pateando una piedra pequeña, con una expresión de clara impaciencia. Llevaba una sudadera roja y unos auriculares alrededor del cuello. Cuando vio a los Fushiguro acercarse, se detuvo en seco. La alegría que iluminó su rostro fue tan genuina que Megumi sintió que podía llorar.
Toji gruñó al verlo.
—Ese mocoso otra vez. No se cansa de perder el tiempo.
—Padre, es solo un estudiante —dijo Megumi, tratando de mantener su voz nivelada, aunque sus manos temblaban dentro de los bolsillos.
Caminaron cerca de donde estaba Yuuji. Esta vez, el alfa de cabello rosado no esperó a que pasaran de largo.
—¡Hey! —exclamó Yuuji, acercándose con una naturalidad que rayaba en la insolencia ante los ojos de Toji—. ¡Qué coincidencia! Estaba esperando a un amigo, pero parece que me han dejado plantado.
Toji se detuvo, bloqueando el camino de Megumi.
—Ya te lo dije la última vez, muchacho. Sigue tu camino. No estamos aquí para hacer vida social.
Yuuji sonrió, pero sus ojos miel estaban fijos en Megumi, analizando cada detalle, buscando cualquier signo de malestar.
—Solo quería decir que hoy va a haber un festival de fuegos artificiales en el distrito vecino —dijo Yuuji, ignorando la hostilidad de Toji—. Se ven perfectamente desde la colina de allá atrás. Es una lástima que no todos puedan verlos.
Megumi captó el mensaje de inmediato. El jueves habría un festival. La colina.
—No nos interesan los fuegos artificiales —espetó Toji, empezando a caminar de nuevo—. Vámonos, Megumi.
Pero antes de que se alejaran, Yuuji hizo algo que dejó a Megumi sin aliento. Se quitó uno de los auriculares y, con un movimiento rápido y preciso, lo dejó caer "accidentalmente" justo a los pies de Megumi.
—¡Ah, qué torpe soy! —dijo Yuuji, agachándose al mismo tiempo que Megumi.
Por un breve instante, sus manos se rozaron sobre el pavimento. Fue un contacto eléctrico, un choque de calor que hizo que el mundo de Megumi se tambaleara. En ese segundo, Yuuji deslizó algo pequeño en la mano de Megumi junto con el auricular: un trozo de papel doblado en cuatro.
—Gracias —susurró Megumi, entregándole el auricular con los dedos temblorosos.
Toji lo agarró del brazo y lo tiró hacia atrás.
—¡No toques las cosas de los extraños, Megumi! ¡Podría tener cualquier cosa!
—Lo siento, padre —dijo Megumi, guardando el papel en su bolsillo con una rapidez nacida de la desesperación.
Yuuji se quedó atrás, con una mano levantada en señal de despedida. Su aroma a cítricos y sol parecía quedarse pegado a la ropa de Megumi, un escudo contra la frialdad de su padre.
El camino de regreso fue un borrón. Megumi no escuchó los regaños de Toji sobre la "imprudencia de los alfas modernos" ni las advertencias de su madre sobre los peligros de la confianza. Solo podía pensar en el papel en su bolsillo.
Una vez en su habitación, después de que el seguro de la puerta hiciera su sonido final, Megumi se encerró en el baño y abrió el papel.
"No es una piedra, pero es algo mejor. Es una dirección y una hora. El jueves, durante el festival, mi amigo Nobara y yo vamos a estar cerca de la valla trasera de tu jardín. Hemos visto que hay un punto ciego en las cámaras de seguridad. No tienes que hacerlo si tienes miedo, Megumi. Pero si quieres ver los fuegos artificiales de cerca... estaremos allí a las nueve. No eres un pájaro de jaula, aunque ellos te lo digan."
Megumi leyó la nota hasta que las palabras se borraron por las lágrimas que finalmente se permitió derramar. Miró su habitación: los libros de caligrafía, la cama perfectamente tendida, las paredes sin cuadros, la ventana con barrotes. Comparó su vida con la de aquellos omegas que veía en la calle, los que ya se habían rendido.
Miró la piedra sonriente en su mesita de noche.
La rutina de Megumi Fushiguro siempre había sido dictada por otros. Sus pasos, su ropa, sus pensamientos, todo pertenecía a la institución de la "protección". Pero esa noche, por primera vez, Megumi no pensó en lo que sus padres querían.
—A las nueve —susurró para sí mismo, sintiendo por primera vez que el aroma a jazmín de su propia piel no era una marca de debilidad, sino algo que merecía ser libre.
Afuera, la ciudad seguía su curso, indiferente a las leyes arcaicas que pretendían encadenar el alma de los omegas. Pero en una habitación cerrada con llave, un chico de quince años acababa de decidir que su jaula, por muy de oro que fuera, ya no era lo suficientemente grande para él.