Bebe
Eco de un vientre vacío
La luz de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo gris, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire estático de la habitación. Naruto se despertó con una sensación extraña, una mezcla de pesadez en el estómago y una chispa de esperanza que le hacía cosquillas en el pecho. Hacía tres días que el viernes de "deber" había pasado, y desde ayer, sentía que su cuerpo no era el mismo. Tenía náuseas ligeras, un cansancio que le pesaba en los párpados y una sensibilidad inusual a los olores, incluso al sutil aroma a café premium que emanaba de la cocina.
— ¡Sasu-kun! —exclamó Naruto, incorporándose con rapidez, aunque un mareo repentino lo obligó a sostenerse de la cabecera de la cama—. ¡Sasu-kun, despierta!
Sasuke, que ya estaba sentado al borde de la cama ajustándose los gemelos de plata en las mangas de su camisa blanca, ni siquiera se inmutó. Su espalda era una muralla de músculos tensos y desinterés.
— Deja de gritar, Naruto. Son las seis de la mañana —respondió con su habitual tono gélido.
— Pero es que... me siento raro —dijo el rubio, acercándose a gatas por la cama hasta quedar justo detrás de su esposo. Apoyó la barbilla en el hombro de Sasuke, ignorando la forma en que este se tensó ante el contacto—. Me duele un poquito la pancita y el olor del desayuno me dio asco. ¿Sabes qué significa eso? ¡Tal vez el milagro ya pasó! ¡Tal vez nuestro bebé ya está aquí!
Sasuke se puso de pie bruscamente, haciendo que Naruto casi cayera de cara contra el colchón. Se dio la vuelta para mirar al rubio con una ceja alzada, una expresión de escepticismo puro grabada en sus facciones aristocráticas.
— No seas ridículo. Solo han pasado setenta y dos horas. No es biológicamente posible que sientas síntomas tan pronto. Probablemente solo sea el ramen instantáneo que insistes en comer a escondidas.
— ¡No es el ramen! —protestó Naruto, inflando las mejillas y haciendo un puchero que en cualquier otra persona habría parecido infantil, pero que en él era una manifestación de su naturaleza genuina—. Siento algo especial, Sasu. Como una calidez. Por favor, vamos al médico. Mi mamá dijo que los Uzumaki somos muy fértiles y que lo notaríamos enseguida. ¡Acompáñame!
— Tengo una junta con los accionistas de la sede de Kioto a las nueve —sentenció Sasuke, tomando su saco negro—. No tengo tiempo para tus fantasías hipocondríacas.
Naruto saltó de la cama, descalzo, y corrió para interponerse entre Sasuke y la puerta. Sus ojos azules brillaban con una determinación que rara vez mostraba, empañada por una capa de lágrimas que siempre estaban listas para brotar.
— Por favor, Sasu-kun... Si voy solo y me dan la noticia, no será lo mismo. Es nuestro heredero, ¿no? Lo que tu papá quiere, lo que mi papá quiere... lo que tú quieres. Si vamos hoy y lo confirman, ya no tendrás que... ya sabes, "cumplir" conmigo por obligación.
Sasuke guardó silencio. Esa última frase pareció tocar una fibra, no de sensibilidad, sino de pragmatismo. Si Naruto estaba embarazado, el contrato se sellaría, las empresas se fusionarían legalmente de forma permanente y él podría dejar de dedicar sus noches de viernes a una tarea que consideraba tediosa y distractora.
— Media hora —dijo Sasuke, mirando su reloj de pulsera—. Tienes diez minutos para vestirte. Si tardas un segundo más, me iré sin ti.
— ¡Eres el mejor, Sasu-kun! ¡Te amo, te amo, te amo! —Naruto intentó abrazarlo, pero Sasuke lo esquivó con un movimiento ágil y salió de la habitación.
El trayecto al hospital privado de la familia Uchiha fue silencioso. Naruto no paraba de moverse en el asiento de cuero del lujoso coche, tarareando una canción de cuna que recordaba vagamente, mientras Sasuke revisaba gráficos de barras en su tableta, ignorando por completo la existencia del chico hiperactivo a su lado.
Al llegar, fueron recibidos de inmediato. El apellido Uchiha abría puertas más rápido que cualquier llave. El Dr. Orochimaru, un hombre de piel pálida y ojos que parecían escudriñar hasta el alma, los recibió en su consultorio privado.
— Vaya, pero si es la joven pareja —siseó el doctor con una sonrisa aceitosa—. ¿Tan pronto buscan noticias? Apenas han pasado dos meses desde la boda.
— Mi esposo cree que tiene síntomas —dijo Sasuke, sentado con las piernas cruzadas y la espalda recta, emanando un aura de autoridad—. Háganle las pruebas necesarias. No quiero perder toda la mañana aquí.
Naruto asintió con entusiasmo, aunque por dentro sus manos temblaban.
— Sí, doctor. Me siento muy cansadito y mi pancita se siente inflada. ¡Estoy seguro de que hay un pequeño Uchiha ahí dentro!
El doctor asintió y le indicó a Naruto que pasara a la sala de revisión. Sasuke se quedó en el despacho, respondiendo correos electrónicos, sin mostrar el más mínimo rastro de ansiedad o emoción. Para él, esto era como esperar los resultados de una auditoría financiera.
Pasó una hora. Naruto regresó a la oficina con una sonrisa nerviosa, sentándose al lado de Sasuke. Intentó tomar la mano de su esposo, pero Sasuke la mantuvo firmemente sobre su tableta.
Finalmente, el Dr. Orochimaru entró. Su expresión no era la de alguien que trae buenas noticias, pero tampoco era de tristeza; era una curiosidad clínica, casi fría. Dejó una carpeta sobre el escritorio.
— Bien —comenzó el médico, mirando a Sasuke y luego a Naruto—. Hemos realizado un análisis de sangre completo, una ecografía de alta resolución y una revisión de los niveles hormonales.
— ¿Y bien? —presionó Sasuke, cerrando su tableta—. ¿Está embarazado?
El doctor suspiró y entrelazó sus dedos.
— No. El joven Naruto no está embarazado. De hecho, los síntomas que describe —náuseas, cansancio— son producto de un cuadro de estrés agudo y una ligera anemia.
El rostro de Naruto se desinfló. Sus hombros cayeron y la luz de sus ojos pareció apagarse de golpe.
— ¿No...? ¿Pero tal vez es muy pronto? —preguntó Naruto con voz pequeña, casi infantil—. Podemos intentar más... yo puedo esforzarme más el próximo viernes, Sasu-kun, lo prometo...
— Me temo que ese no es el problema principal —interrumpió el doctor, abriendo la carpeta—. Al revisar las imágenes del sistema reproductivo de Naruto para entender por qué no había concepción, encontramos algo... definitivo.
Sasuke frunció el ceño, detectando el cambio de tono.
— Hable claro, doctor.
— Naruto presenta una condición congénita de hipoplasia uterina severa, sumada a una insuficiencia ovárica prematura. En términos simples —el médico miró directamente a Naruto—: eres estéril. No hay posibilidad de embarazo, ni ahora, ni en el futuro. Tu cuerpo no está diseñado para gestar.
El silencio que siguió fue tan denso que parecía asfixiar el aire de la habitación. Naruto sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies. Sus oídos empezaron a zumbar. ¿Estéril? ¿Él? ¿El chico que siempre soñó con tener una familia grande para no sentirse solo nunca más?
— ¿Qué? —La voz de Naruto fue un hilo roto—. No... eso debe estar mal. Mi mamá dijo... las pruebas de la escuela decían que todo estaba bien...
— Las pruebas escolares son superficiales —respondió Orochimaru sin pizca de empatía—. Esto requiere estudios especializados que, por lo visto, nunca te habías realizado. Los resultados son incuestionables.
Naruto giró la cabeza lentamente hacia Sasuke. El pelinegro estaba inmóvil, pero su mandíbula estaba tan apretada que se veía el relieve del músculo. Sus ojos, antes fríos, ahora ardían con una furia contenida, una decepción tan profunda que cortaba como un cuchillo.
— Estéril —repitió Sasuke, y la palabra sonó como una sentencia de muerte en sus labios—. Me has hecho perder el tiempo. Mi familia ha invertido millones en esta unión por un heredero que nunca va a existir.
— ¡Sasu-kun, yo no lo sabía! ¡Te lo juro por lo más sagrado! —Naruto se lanzó hacia él, tratando de agarrar su brazo, pero Sasuke se puso de pie con tal violencia que la silla salió despedida hacia atrás.
— ¡Cállate! —rugió Sasuke. Era la primera vez que levantaba la voz, y el sonido hizo que Naruto se encogiera de miedo—. Me vendieron un producto defectuoso. Tu familia me engañó, y tú... tú con tus juegos infantiles, con tus besos mediocres y tu actitud estúpida, solo eres un estorbo.
— ¡No soy un producto! —sollozó Naruto, las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas—. ¡Soy tu esposo! ¡Te amo! Podemos buscar otra forma... adopción, un vientre de...
— Los Uchiha no adoptan sangre impura —siseó Sasuke, acercándose a él hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros. Naruto podía oler el aroma a menta y el odio puro—. El contrato estipulaba un heredero de ambas líneas de sangre. Sin eso, no eres nada más que un gasto innecesario en mi presupuesto.
Sasuke salió del consultorio sin mirar atrás, sus pasos resonando con fuerza en el pasillo. Naruto intentó seguirlo, tropezando con sus propios pies, con la visión nublada por el llanto.
— ¡Sasuke! ¡Espera! ¡Por favor, no me dejes! —gritaba Naruto mientras corría por el hospital, ganándose miradas de lástima de las enfermeras y pacientes.
Llegó a la salida justo cuando el coche de Sasuke arrancaba, dejándolo atrás en la acera, bajo una lluvia repentina que empezaba a caer sobre la ciudad. Naruto se quedó allí, bajo el agua, con su ropa fina empapada, abrazándose a sí mismo.
Su mente repetía la palabra: "estéril". No solo no podía darle a Sasuke lo que quería, sino que la única razón por la que se le permitía estar cerca del hombre que amaba se había esfumado. El sueño de las cenas juntos, de los besos en la mejilla, de algún día recibir un "te quiero", se había roto en mil pedazos de cristal que ahora se clavaban en su corazón.
Caminó durante horas bajo la lluvia, sin rumbo, hasta que sus pies le dolieron y su cuerpo empezó a temblar por el frío. Cuando finalmente llegó a la mansión, esta parecía más una tumba que nunca. Entró por la puerta principal, dejando un rastro de agua y lodo sobre las alfombras persas.
Sasuke estaba en el salón, con un vaso de whisky en la mano, mirando hacia el jardín oscuro. Ni siquiera se giró cuando Naruto entró.
— Sasu... —susurró Naruto, con la voz ronca—. Por favor... mírame.
— He hablado con mis abogados —dijo Sasuke, su voz volviendo a ser ese desierto de hielo—. La anulación del matrimonio se procesará por incumplimiento de contrato. Tienes hasta mañana por la mañana para recoger tus cosas y largarte de mi casa.
Naruto sintió un dolor físico en el pecho, como si le estuvieran arrancando el corazón con las manos desnudas. Corrió hacia Sasuke y se arrodilló a sus pies, abrazando sus piernas con desesperación.
— ¡No, por favor! ¡Puedo ser tu sirviente! ¡Puedo vivir en el ático! ¡No me importa si no me tocas nunca más, pero no me eches! Te amo, Sasuke... te amo tanto que duele...
Sasuke bajó la mirada hacia la figura sollozante a sus pies. Por un microsegundo, hubo un destello de algo ilegible en sus ojos negros, pero desapareció tan rápido como llegó, reemplazado por un asco absoluto.
— Tu amor no vale nada, Naruto. No produce dividendos. No asegura el futuro de mi empresa. Solo eres un niño que juega a las casitas, y yo ya me cansé de jugar.
Sasuke se zafó del agarre de Naruto con un movimiento brusco, haciendo que el rubio golpeara su rostro contra el suelo. Sin una palabra más, el pelinegro subió las escaleras, dejándolo solo en la inmensidad del salón.
Naruto se quedó allí, tirado en el suelo frío, llorando hasta que no quedaron más lágrimas. Se tocó el vientre, ese lugar que él creía lleno de vida y que ahora sabía que era un desierto.
— Perdóname, bebé que nunca existirá —susurró entre hipos—. Perdóname por no ser lo suficientemente bueno para que papá se quedara con nosotros.
Esa noche, Naruto no durmió en la cama matrimonial. Se ovilló en un rincón del cuarto de invitados, rodeado de maletas vacías, comprendiendo por fin que en el mundo de Sasuke Uchiha, los corazones no tenían valor si no venían acompañados de un contrato de herencia. El silencio de la mansión ya no era solo soledad; era el eco de un final que Naruto nunca quiso ver venir.