Bebe
El latido de un nuevo amanecer
El jardín de la mansión Uchiha estaba irreconocible. Lo que antes era un espacio de minimalismo frío y setos perfectamente recortados, ahora rebosaba de vida y color. Globos de color azul y dorado se mecían suavemente con la brisa, y una gran pancarta rezaba: "Bienvenido al mundo, pequeño heredero". La revelación de género había sido un evento que paralizó a la alta sociedad, pero para Naruto, el momento en que el confeti azul cubrió el césped fue simplemente el día en que supo que tendría a su propio "pequeño Sasu" para cuidar.
Nueve meses después de aquel milagro, el silencio de la casa había sido sustituido por el llanto vigoroso y los balbuceos de Menma, un bebé que había heredado el cabello oscuro de los Uchiha pero los ojos azules e inquietos de su mami.
—¡Sasu-kun! ¡Mira! —exclamó Naruto, balanceando suavemente al bebé en sus brazos mientras caminaba por el salón—. ¡Menma-chan hizo una burbujita de saliva! ¿No es el bebé más inteligente del universo?
Sasuke, que estaba sentado en el sofá revisando unos informes en su tableta, levantó la vista. Su expresión, antes gélida y calculadora, se suavizó instantáneamente. Dejó el dispositivo a un lado y se puso de pie, acercándose a su pequeña familia.
—Hn. Es un Uchiha, Naruto. Por supuesto que es inteligente —dijo con un rastro de orgullo en la voz, aunque sus ojos brillaban con una ternura que solo el rubio lograba extraer—. Pero creo que tiene hambre. Otra vez.
—¡Es un glotón como su mami! —rió Naruto, frotando su nariz contra la del bebé, quien soltó un gritito de alegría—. Pero Naru es muy feliz de que sea así.
Sasuke rodeó a ambos con sus brazos. El empresario multimillonario, que antes huía del contacto físico, ahora parecía no tener suficiente. Envolvía a Naruto y al bebé en un abrazo protector, sintiendo que su pecho se llenaba de una calidez que ningún éxito financiero podría igualar.
Sin embargo, la paz se vio interrumpida una tarde de lluvia. Sasuke estaba en su despacho personal en casa cuando la secretaria anunció una visita inesperada que se negaba a irse. Antes de que pudiera protestar, la puerta se abrió de golpe.
Era Sakura. Su apariencia estaba lejos de la elegancia que solía presumir. Tenía los ojos rojos de tanto llorar y el cabello rosado despeinado por la humedad.
—¡Sasuke! —gritó ella, lanzándose hacia su escritorio—. ¿Cómo pudiste hacerme esto? Me dejaste como si no fuera nada después de todo lo que pasamos. ¡Me bloqueaste de tu vida!
Sasuke se levantó lentamente, su rostro recuperando por un segundo esa máscara de piedra que solía usar con el mundo exterior.
—Te lo advertí, Sakura. Mi matrimonio dejó de ser un contrato hace mucho tiempo. Amo a mi esposo y tenemos un hijo. No hay lugar para ti aquí. Vete.
—¡No puedo irme! —chilló ella, llevándose las manos al vientre—. ¡Estoy embarazada, Sasuke! Es tuyo. No puedes abandonarme ahora, tienes que hacerte cargo.
El silencio que siguió fue denso. Naruto, que pasaba por el pasillo con Menma en brazos, se detuvo en seco al escuchar las palabras a través de la puerta entreabierta. Sintió un escalofrío recorrer su espalda, un eco del dolor antiguo.
Pero la voz de Sasuke sonó firme, sin un ápice de duda.
—Mientes —sentenció el pelinegro con una frialdad cortante—. Sé perfectamente que eso es imposible. Siempre me protegí, Sakura. Nunca dejé nada al azar porque, incluso cuando estaba perdido, sabía que no quería un futuro contigo. Si estás embarazada, busca al verdadero padre, pero no vuelvas a pisar mi casa con tus calumnias. Seguridad te acompañará a la salida.
—¡Pero Sasuke...!
—Fuera —rugió él.
Naruto entró en el despacho justo cuando los guardias de seguridad tomaban a Sakura por los brazos para escoltarla fuera. La pelirrosa miró a Naruto con odio, pero el rubio no respondió con la misma moneda. Simplemente la miró con una pizca de lástima antes de que la puerta se cerrara tras ella.
Sasuke se dejó caer en su silla, frotándose las sienes. El corazón le latía con fuerza, no por miedo, sino por la furia de que alguien intentara empañar la felicidad que tanto le había costado construir. Sintió una mano cálida sobre su hombro.
—Sasu... —susurró Naruto, dejando a Menma en la cuna portátil que siempre tenían en el despacho—. ¿Estás bien?
Sasuke lo miró, buscando cualquier rastro de duda o tristeza en los ojos azules de su esposo.
—Naruto, te juro que...
—Naru te cree —interrumpió el rubio con una sonrisa dulce, rodeando el cuello de Sasuke con sus brazos—. Naru sabe que Sasu es un hombre nuevo. No tienes que explicar nada. Naru confía en su esposo.
Sasuke soltó un suspiro de alivio y hundió el rostro en el abdomen de Naruto, abrazándolo con fuerza.
—Esa mujer no volverá a molestarnos. Nadie va a romper lo que tenemos, lo prometo.
—Lo sé —dijo Naruto, acariciando el cabello oscuro—. Ahora, olvida eso. Menma-chan quiere que su papá juegue con él antes de dormir.
Esa noche, después de que el pequeño Menma finalmente se quedara dormido en su cuna, la mansión quedó sumergida en una paz absoluta. Naruto estaba en la habitación principal, terminando de aplicarse crema en las manos, cuando Sasuke entró. El pelinegro ya no vestía su traje de tres piezas; llevaba solo unos pantalones de pijama negros, dejando al descubierto su torso firme.
Se acercó a Naruto por detrás y lo rodeó con sus brazos, hundiendo la nariz en el hueco de su cuello.
—Hueles a bebé y a vainilla —murmuró Sasuke, su voz volviéndose ronca y profunda—. Es mi olor favorito en el mundo.
Naruto se inclinó hacia atrás, disfrutando del contacto.
—Y Sasu huele a sándalo y a... a Sasu —rió el rubio, girándose entre sus brazos—. Naru está muy cansado hoy, pero se siente muy, muy feliz.
Sasuke lo miró con una intensidad que hizo que las mejillas de Naruto se encendieran. Ya no era la mirada fría de un empresario calculador; era la mirada de un hombre profundamente enamorado.
—Eres tan hermoso, Naruto —dijo Sasuke, pasando sus dedos por las marcas de los bigotes en las mejillas del rubio—. A veces me pregunto cómo pude ser tan ciego. Cómo pude tratarte mal cuando eres lo mejor que me ha pasado.
—¡Sasu ya se disculpó mil veces! —dijo Naruto, poniendo un dedo sobre los labios de su esposo—. Naru ya olvidó todo lo feo. Ahora solo hay cosas bonitas en mi cabeza.
—Quiero darte todo, Naruto. Todo lo que no supe darte al principio —Sasuke se inclinó y besó su frente, luego sus párpados y finalmente sus labios con una lentitud desesperante—. Quiero que sepas que eres el único para mí.
Naruto sintió que su corazón se derretía. Sabía, por los diagnósticos médicos, que era muy probable que Menma fuera su único hijo. Las complicaciones del primer embarazo y su propia biología hacían que un segundo bebé fuera casi imposible. Pero no le importaba. Tenía a Sasuke, tenía a su pequeño niño, y tenía un amor que había sobrevivido al hielo más duro.
—Naru también te ama, Sasu-kun —susurró contra sus labios—. Con todo mi corazón de melón.
Sasuke lo levantó en vilo, llevándolo hacia la inmensa cama que alguna vez fue un campo de batalla de silencios y que ahora era su santuario. Lo depositó sobre las sábanas de seda con una delicadeza infinita.
Esa noche, la intimidad no fue un "trabajo" para Naruto, ni una obligación contractual para Sasuke. Fue un encuentro de dos almas que se reconocían y se pedían perdón en cada caricia. Sasuke se tomó su tiempo para adorar cada centímetro de la piel de Naruto, besando las pequeñas marcas que el embarazo había dejado en su vientre como si fueran medallas de honor.
—Eres perfecto —susurraba Sasuke entre besos—. Mi Naruto... mi vida.
—Sasu... —gemía el rubio, envolviendo a su esposo con sus piernas, sintiéndose finalmente completo—. Te quiero tanto... Naru es tan feliz...
El acto fue lento, dulce y cargado de una pasión que quemaba más que cualquier fuego. No había prisa, solo el deseo de fundirse el uno en el otro, de borrar los rastros de cualquier otra persona que hubiera intentado interponerse. Sasuke envolvía a Naruto con su cuerpo, protegiéndolo, adorándolo, mientras el rubio respondía con esa entrega total y cariñosa que siempre lo había caracterizado, pero que ahora era correspondida con la misma intensidad.
Horas después, cuando ambos descansaban entrelazados bajo las mantas, Naruto apoyó la cabeza en el pecho de Sasuke, escuchando el latido rítmico de su corazón.
—Sasu... —murmuró con voz soñolienta.
—¿Hn?
—¿Siempre seremos así de felices?
Sasuke lo apretó más contra sí, besando la coronilla de su cabeza rubia.
—Siempre, Naruto. Aunque el mundo se caiga, aunque las empresas desaparezcan... siempre seremos nosotros tres. No necesito nada más.
Naruto sonrió, cerrando los ojos. Sabía que la vida no sería perfecta; habría problemas en la empresa, berrinches de Menma y días difíciles. Pero ya no tenía miedo. El hombre frío que lo recibió con un contrato ahora era el esposo que le susurraba cosas lindas al oído y que velaba sus sueños.
La chica del cabello rosado era un recuerdo borroso, una sombra que no podía tocar la luz que ellos habían creado. Las familias millonarias podían seguir con sus planes de expansión, pero en esa habitación, la única riqueza que importaba era el calor de sus cuerpos unidos y la promesa de un mañana juntos.
—Buenas noches, Sasu-kun —susurró Naruto, quedándose dormido con una sonrisa.
—Buenas noches, mi sol —respondió Sasuke, velando el sueño de su esposo por un largo rato antes de cerrar también los ojos, agradecido por haber sido rescatado de su propio invierno.
La pequeña familia de tres estaba completa. Y en el corazón de la mansión Uchiha, el amor finalmente había echado raíces tan profundas que nada, ni nadie, podría jamás arrancarlas. El contrato había muerto, pero el matrimonio, el de verdad, acababa de empezar.