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Borracho

Dulce pólvora y rollos de canela

Wade Wilson no era ajeno a las resacas monumentales. De hecho, eran casi una tradición semanal, una forma de celebrar que su factor de curación podía reconstruir su hígado más rápido de lo que él podía destruirlo con tequila barato y decisiones cuestionables. Sin embargo, despertar con el sabor metálico de la pólvora en la lengua y el aroma embriagador de un vino tinto caro no era lo habitual.

Lo que definitivamente no era habitual era la suavidad del sofá en el que estaba tumbado. No olía a moho, ni a pizza rancia, ni a las sábanas sin lavar de su apartamento en Hell's Kitchen.

Abrió un ojo, siseando cuando la luz blanca y aséptica de la habitación lo golpeó como un camión de carga. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista. No estaba en un callejón. No estaba en su cama deshecha. Estaba en una sala de estar que gritaba "presupuesto multimillonario" y "tecnología de punta". Ventanales de suelo a techo mostraban el horizonte de Manhattan, y Wade reconoció el ángulo de inmediato.

Estaba en la Torre de los Vengadores. Específicamente, en el piso privado de su obsesión número uno.

—Oh, no puede ser —susurró Wade con la voz ronca, una sonrisa ladeada extendiéndose por su rostro perfecto de rasgos afilados—. Si he muerto y este es el cielo, espero que los ángeles lleven mallas rojas.

Un sonido de pasos ligeros, casi imperceptibles para un oído humano normal pero claros para un alfa, lo hizo girar la cabeza.

De uno de los pasillos laterales emergió una figura que hizo que el corazón de Wade diera un vuelco. Era Spider-Man, o al menos, una versión de él que Wade nunca había tenido el placer de presenciar en persona. El chico llevaba puesta la máscara de su traje, ocultando su rostro, pero el resto de su atuendo era... revelador.

Llevaba una camiseta de física tres tallas más grande de lo necesario, que le colgaba de los hombros y apenas cubría el inicio de sus muslos fuertes y atléticos. Sus piernas estaban desnudas, largas y marcadas por el ejercicio constante, y sus pies descalzos se hundían en la alfombra de lujo.

Pero lo que realmente golpeó a Wade fue el olor.

Como alfa, sus sentidos estaban siempre alerta, pero el aroma que emanaba del chico era algo fuera de este mundo. Era el olor de un omega puro y cálido: rollos de canela recién horneados, con ese toque dulce de glaseado y calor de hogar que hacía que los instintos de Wade quisieran ronronear y morder al mismo tiempo.

El omega se detuvo a unos metros de él, cruzando los brazos sobre el pecho. A pesar de la máscara, Wade podía sentir la mirada intensa y molesta que le dirigía.

—Qué bonito —dijo Spider-Man, su voz cargada de un sarcasmo gélido que rara vez usaba.

Wade se sentó lentamente, disfrutando de la vista. Incluso con la ropa holgada de universidad, era obvio que el chico debajo de la tela era una obra de arte. Peter Parker, aunque Wade no solía decir su nombre en voz alta para respetar su "secreto", era alto y de una complexión atlética que solía esconder bajo capas de ropa otoñal y abrigos de lana en su vida civil. Pero aquí, en la intimidad de su piso, era simplemente delicioso.

—Cielito, si me vas a recibir así cada mañana, prometo emborracharme mucho más a menudo —respondió Wade, dejando que su voz de alfa, profunda y teñida por el olor a pólvora y vino, llenara el espacio—. Aunque debo decir, esa camiseta te queda mejor que a cualquier modelo de Victoria's Secret. Y créeme, he visto a muchos.

Spider-Man soltó un suspiro exasperado y se acercó más, invadiendo el espacio personal de Wade. El olor a cinamorroles se intensificó, mezclándose con el aura peligrosa del mercenario.

—¿Tienes idea de lo difícil que fue traerte aquí sin que Iron Man te disparara un misil en la cara? —preguntó Spidey, señalándolo con un dedo—. Estabas en un bar de mala muerte, gritando a los cuatro vientos que eras el "esposo de la araña" y tratando de pelear con un expendedor de cigarrillos porque no te daba cambio.

Wade se llevó una mano al pecho, fingiendo indignación.

—Esa máquina me faltó al respeto, Petey. Cuestionó mi virilidad. Y técnicamente, en algunos estados, lo de ser esposos es casi un hecho legal por la cantidad de veces que hemos intercambiado fluidos... principalmente sangre, pero cuenta.

—No me llames así —espetó el héroe, aunque su postura se relajó ligeramente—. Y no, no cuenta. Te traje aquí porque estabas demasiado ebrio para cuidar tu propia espalda y los Purificadores estaban buscándote. Pero ahora que estás despierto, te vas.

Wade se puso de pie con una gracia felina que contrastaba con su enorme tamaño. Era una cabeza más alto que el arácnido y mucho más ancho de hombros. Su presencia como alfa era imponente, una mezcla de peligro y un magnetismo crudo que solía poner nerviosos a los omegas, pero Spider-Man no retrocedió ni un centímetro.

—Oh, vamos, dulzura —dijo Wade, dando un paso hacia adelante, dejando que su aroma a vino tinto y pólvora envolviera al chico—. ¿Ni siquiera un desayuno? Huelo a rollos de canela y me estoy muriendo de hambre. ¿O acaso el olor viene de ti? Porque si es así, me gustaría probar un bocado.

Spidey se quedó en silencio. Fue ese silencio sepulcral que Wade conocía bien. El silencio que precedía a una paliza o a algo mucho más serio. Spider-Man, el bromista carismático de Queens, daba auténtico miedo cuando decidía dejar de hablar.

—Wade —dijo finalmente, su voz baja y peligrosamente calmada—, vete a casa. Ahora.

El mercenario levantó las manos en señal de rendición, aunque no dejó de sonreír.

—Está bien, está bien. El público es difícil hoy. Pero antes de irme... —Wade se inclinó, reduciendo la distancia entre ellos hasta que sus pechos casi se tocaban. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo del omega—. ¿Por qué la máscara, baby boy? Estamos solos. Ya sé que tienes esos ojos de bambi color avellana que me vuelven loco y ese pelo castaño que siempre parece que acabas de salir de la cama.

La respiración de Peter se agitó ligeramente. Wade podía oler el cambio en sus feromonas; el aroma a canela se volvió más picante, más intenso. Una reacción involuntaria a la cercanía del alfa.

—Porque si me quito la máscara, verías lo mucho que quiero golpearte ahora mismo —respondió Peter, aunque su voz ya no tenía la misma convicción de antes.

—O besarme —susurró Wade, su mano enguantada subiendo para rozar el borde de la máscara de tela—. Vamos, Spidey. Un alfa y un omega encerrados en un piso de lujo... es el inicio de una película para adultos con muy buen presupuesto.

Peter le arrebató la mano con un movimiento rápido, pero no lo empujó.

—Eres imposible.

—Y tú eres delicioso. En serio, ese trasero en esas mallas es un tesoro nacional, pero en esta camiseta... es un pecado religioso. Debería haber una iglesia dedicada a tus piernas.

Peter soltó una risa seca, rompiendo finalmente la tensión. Se llevó las manos a la base de la máscara y, con un movimiento fluido, se la quitó.

Wade sintió que se le cortaba el aliento, y no era por el factor de curación. Peter Parker era, sin lugar a dudas, lo más hermoso que Wade había visto jamás. Su rostro tenía esa mezcla de inocencia y determinación, con las mejillas ligeramente sonrojadas y esos ojos avellana que brillaban con una mezcla de cansancio y diversión contenida.

—¿Satisfecho? —preguntó Peter, pasando una mano por su cabello castaño alborotado.

—Nunca —admitió Wade con una sinceridad inusual en él—. Podría mirarte por el resto de la eternidad y seguiría sintiendo que me falta tiempo.

Peter suspiró, desviando la mirada hacia el ventanal. El sol de la mañana empezaba a bañar la ciudad con tonos dorados, y el reflejo en sus ojos lo hacía parecer casi etéreo.

—Tienes que dejar de decir esas cosas, Wade. Eres un mercenario, un alfa que vive del caos. Y yo... yo solo intento mantener esta ciudad en una pieza.

Wade dio un paso más, acortando la última pizca de distancia. Colocó sus manos en la cintura de Peter, sorprendiéndose cuando el omega no lo rechazó, sino que apoyó las manos en sus anchos hombros, agarrando la tela de su traje táctico.

—Precisamente por eso —dijo Wade en voz baja—. El caos necesita algo dulce a lo que volver. Y tú, Petey, eres lo más dulce que existe. Pólvora y vino, rollos de canela y azúcar... es una mezcla extraña, pero creo que es mi favorita.

Peter levantó la vista, encontrándose con los ojos azules de Wade. Por un momento, el mundo exterior desapareció. No había Vengadores, no había contratos de asesinato, no había criminales en las calles. Solo el aroma embriagador de dos naturalezas que, contra todo pronóstico, encajaban a la perfección.

—Hueles demasiado a alcohol —murmuró Peter, aunque se inclinó hacia el calor del alfa.

—Y tú hueles a desayuno. Creo que es una señal del destino.

Peter rodó los ojos, pero una pequeña sonrisa curvó sus labios.

—Si te preparo café y algo de comer, ¿prometes irte y no intentar dispararle a la IA de Tony?

—Prometo portarme como un caballero... o al menos como la versión de caballero que no tiene una orden de restricción en quince estados.

Peter soltó una carcajada suave, un sonido que para Wade valía más que cualquier recompensa en efectivo. El omega se soltó de su agarre y caminó hacia la cocina, su camiseta de física balanceándose con cada paso, dándole a Wade una vista privilegiada de sus piernas.

—¡Y no te quedes mirando mi trasero mientras camino! —gritó Peter sin mirar atrás.

—¡Es un reflejo involuntario, Petey! ¡Mis ojos son como imanes y tus glúteos son el polo norte! —exclamó Wade, siguiéndolo con una chispa de adoración pura en la mirada.

Mientras observaba al chico moverse por la cocina de alta tecnología, Wade Wilson supo que, aunque lo echaran en una hora, volvería a buscar ese aroma a canela una y otra vez. Porque en un mundo lleno de pólvora y sangre, Peter Parker era el único hogar que realmente quería encontrar.

Se apoyó en la encimera, viendo cómo Peter preparaba el café con movimientos precisos. El sol iluminaba las partículas de polvo en el aire y el olor a café recién hecho empezó a mezclarse con el aroma natural del omega.

—¿Sabes? —dijo Wade, rompiendo el silencio cómodo—. Deberías usar esa camiseta más seguido. Es muy... científica. Me hace querer estudiar anatomía.

Peter le lanzó un paño de cocina a la cara, pero Wade lo atrapó en el aire, riendo.

—Cállate y bebe tu café, Wade.

—Sí, señor —respondió el mercenario, guiñándole un ojo antes de tomar un sorbo—. Pero que conste que sigo pensando que nos veríamos geniales en una tarta de bodas. Tú arriba, yo abajo... o viceversa, no soy exigente.

Peter solo pudo negar con la cabeza, ocultando la sonrisa que amenazaba con aparecer. Era una mañana extraña, peligrosa y ridícula, pero mientras el aroma de la pólvora y el vino de Wade lo rodeaba, se dio cuenta de que no le importaba en absoluto que el mercenario hubiera invadido su santuario.

Después de todo, incluso los héroes necesitaban un poco de caos dulce de vez en cuando.

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