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brasas

El susurro de los sauces y el eco del pecado

El sol del mediodía en el valle de Salinas no tenía piedad. Caía sobre los campos de lechuga con un peso dorado, evaporando la humedad de la tierra y convirtiendo el aire en una sustancia densa y vibrante. Cal Trask caminaba por la orilla del arroyo, tratando de fundirse con las sombras de los álamos. Cada crujido de una rama seca bajo sus botas le recordaba que estaba invadiendo territorio prohibido, pero el miedo a ser descubierto era menor que la extraña urgencia que le oprimía el pecho.

Se detuvo al divisar los sauces llorones. Sus ramas caían sobre el agua como cortinas de seda verde, creando un refugio privado frente al mundo exterior. Allí estaba ella.

Abra estaba sentada sobre una roca plana, con los pies descalzos rozando apenas la superficie del agua. Llevaba un vestido de algodón sencillo, lejos de las galas que usaba para ir a la iglesia, y su cabello estaba recogido en una trenza floja que dejaba escapar varios mechones dorados. Al oír el acercamiento de Cal, no se sobresaltó; simplemente giró la cabeza y le dedicó una sonrisa que hizo que el muchacho se sintiera, por un instante, el único hombre sobre la faz de la tierra.

— Viniste —dijo ella, con una voz que competía con el murmullo del agua.

— Te dije que era una locura —respondió Cal, deteniéndose a unos pasos de ella. Se sentía fuera de lugar, con su camisa de trabajo remendada y sus manos todavía marcadas por las quemaduras del día anterior—. Si tu padre me encuentra aquí, usará su escopeta antes de preguntar qué hago.

— Mi padre está en el pueblo, discutiendo sobre contratos de riego —Abra hizo un gesto con la mano, restándole importancia—. Y mi madre está demasiado ocupada con sus migrañas como para notar que no estoy en el porche. Siéntate, Cal. El agua está fresca.

Cal obedeció con torpeza. Se sentó a una distancia prudencial, observando cómo el tobillo de Abra, aunque todavía algo inflamado, lucía mucho mejor que la tarde anterior.

— ¿Cómo está tu pierna? —preguntó él, clavando la vista en sus propias manos.

— Mejor. Me puse compresas de agua fría y vinagre, como decía mi abuela. Mi padre cree que me caí en las escaleras del granero antes de que empezara el fuego. No le mencioné que tú estuviste allí.

Cal soltó una risa amarga, una que nació desde lo más profundo de su garganta.

— Hiciste bien. No querría manchar la heroica historia de los Bacon con el nombre de un Trask.

Abra dejó de juguetear con el agua y lo miró fijamente. Sus ojos tenían esa claridad inquietante que parecía atravesar todas las defensas de Cal.

— ¿Por qué haces eso? —preguntó ella con suavidad—. ¿Por qué te empeñas en hablar de ti mismo como si fueras algo sucio?

— Porque lo sé, Abra. Lo siento aquí dentro —él se golpeó el pecho con el puño—. Aron es el que tiene la luz. Él es como mi padre, puro, transparente. Yo... yo soy como ella.

El silencio que siguió a esa mención fue pesado. En el valle, todos conocían la historia de Adam Trask y la mujer que lo abandonó, pero nadie se atrevía a nombrarla. Kate, la dueña del burdel en Salinas, era un espectro que perseguía a Cal en cada uno de sus pensamientos oscuros.

— No eres tu madre, Cal —dijo Abra, acercándose un poco más por la roca—. Y tampoco eres tu padre. Eres tú. Ayer arriesgaste tu vida por mí. Un hombre malvado no habría hecho eso. Se habría quedado mirando cómo el fuego consumía todo.

— Quizás solo quería demostrar que soy capaz de algo bueno —murmuró él, sintiendo que la garganta se le cerraba—. Quizás fue egoísmo, una forma de comprar mi entrada al cielo.

— El egoísmo no te quema las manos de esa manera —replicó ella, tomando una de las manos de Cal entre las suyas.

El contacto fue eléctrico. Cal intentó retirar la mano por puro instinto, pero Abra la sostuvo con firmeza. Sus dedos eran suaves y cálidos, un contraste absoluto con la piel áspera y herida de él. Por un momento, el mundo alrededor desapareció: no había familias enfrentadas, no había pecados heredados, solo el roce de sus pieles bajo la sombra de los sauces.

— Tienes miedo —susurró Abra.

— Tengo miedo de romperte —confesó Cal, y su voz apenas fue un hilo—. Todo lo que toco parece marchitarse. Mira a mi padre... vive en un mundo de sueños porque no puede soportar la realidad de lo que soy. Y Aron... él me mira como si yo fuera una enfermedad que espera no contraer.

— Yo no te miro así —dijo ella, y su mirada se volvió intensa, casi febril—. Yo veo a un hombre que trabaja hasta el agotamiento para ganar la aprobación de alguien que nunca se la dará. Veo a alguien que tiene más amor dentro del que sabe manejar, y eso lo asusta.

Cal sintió que una lágrima traicionera amenazaba con brotar. La apartó con un parpadeo rápido, recuperando su máscara de indiferencia, aunque ya era tarde. Abra lo había visto.

— No deberías estar aquí conmigo —dijo él, tratando de recuperar la cordura—. Aron es el que te conviene. Él es bueno, es estable. Él te llevará a la iglesia y te dará una vida de la que tu padre se sentirá orgulloso.

Abra soltó su mano y se enderezó, con un brillo de desafío en los ojos.

— Aron es un niño que juega a ser santo —sentenció ella con una dureza que sorprendió a Cal—. Él ama una idea de mí, una versión de Abra que es perfecta y silenciosa. Pero yo no soy así, Cal. Yo también tengo secretos. Yo también siento cosas que no debería sentir.

— ¿Qué quieres decir? —preguntó él, intrigado.

— Quiero decir que la perfección es una cárcel —dijo ella, mirando hacia el horizonte, donde las colinas de Gabilán se alzaban como gigantes dormidos—. Todos esperan que sea la hija perfecta, la esposa perfecta para el hijo perfecto de Adam Trask. Pero a veces, cuando estoy sola, me dan ganas de gritar, de correr por los campos hasta que me sangren los pies, de ser... real. Y tú eres la única persona que me hace sentir que no tengo que fingir.

Cal se quedó sin palabras. Siempre había envidiado a Aron por tener el afecto de Abra, pero nunca se había detenido a pensar que Abra pudiera sentirse tan atrapada como él, aunque su jaula fuera de oro y la de él fuera de sombras.

— Si nos ven... —empezó a decir él.

— Si nos ven, que nos vean —lo interrumpió ella—. No estoy haciendo nada malo por hablar con un amigo.

— No somos amigos, Abra —dijo Cal, y la verdad de sus palabras pesó en el aire—. Los amigos no se miran como nos miramos nosotros. Los amigos no sienten este incendio en la sangre cada vez que están cerca.

Abra se sonrojó, pero no apartó la mirada.

— Tienes razón —admitió ella—. No somos amigos.

Se quedaron en silencio un largo rato, escuchando el canto de una cigarra lejana. El agua seguía fluyendo, indiferente a los dramas humanos que se desarrollaban en su orilla. Cal se sintió extrañamente en paz, una sensación que no recordaba haber tenido nunca. Por primera vez, la "marca de Caín" que creía llevar en la frente no parecía tan oscura.

— Cal —dijo ella de repente—, ¿por qué fuiste al granero ayer? El fuego apenas empezaba, nadie en el pueblo lo había visto aún.

Cal dudó. No quería admitir que pasaba las tardes merodeando cerca de las tierras de los Bacon solo para verla de lejos, para asegurarse de que estaba bien, para sentir que pertenecía a algo, aunque fuera como un observador externo.

— Estaba revisando las cercas —mintió, aunque sabía que ella no le creía—. Vi el humo.

— Mientes muy mal para ser alguien que se cree tan malvado —sonrió ella—. Estabas allí porque te importo. Admítelo.

— Me importas —dijo él, rindiéndose—. Me importas más de lo que es saludable para los dos.

Abra se inclinó hacia él. El aroma a lavanda y humo volvió a envolverlo, embriagador y peligroso.

— Entonces deja de luchar —susurró ella—. Deja de intentar ser lo que ellos quieren y empieza a ser lo que necesitas ser.

Antes de que Cal pudiera responder, el sonido de unos cascos de caballo a lo lejos los puso en alerta. Cal se puso de pie de un salto, sus sentidos agudizados por años de vivir a la defensiva.

— Es alguien de tu casa —dijo él, reconociendo el ritmo del galope—. Tengo que irme.

— Mañana —dijo Abra, levantándose también, aunque con un poco de dificultad—. Mañana a la misma hora. No me falles, Cal Trask.

— Es peligroso, Abra.

— La vida es peligrosa —respondió ella con una chispa de picardía en los ojos—. Nos vemos mañana.

Cal no esperó más. Se internó en la maleza, moviéndose con la agilidad de un animal salvaje que conoce cada palmo de su territorio. Mientras corría de regreso hacia la granja de los Trask, su corazón martilleaba contra sus costillas. No era el miedo a ser atrapado lo que lo aceleraba, sino la promesa de aquel encuentro.

Al llegar a su casa, encontró a Aron en el porche, puliendo una silla de montar. Su hermano se veía tan pulcro, tan en su sitio, que Cal sintió una punzada de culpa mezclada con un extraño resentimiento.

— ¿Dónde estuviste? —preguntó Aron sin levantar la vista—. Padre te estuvo buscando para que le ayudaras con las cuentas del hielo.

— Salí a caminar —respondió Cal, tratando de normalizar su respiración—. Necesitaba aire.

Aron lo miró entonces, entornando los ojos.

— Tienes hojas de sauce en el pelo, Cal. ¿Fuiste al arroyo?

Cal se llevó la mano a la cabeza y, efectivamente, retiró una pequeña hoja verde. La apretó en su puño, sintiendo su frescura.

— Sí, fui al arroyo. Es un lugar público, ¿no?

— Es la linde de los Bacon —dijo Aron con una nota de advertencia—. Sabes que el señor Bacon ha estado de mal humor desde lo del fuego. No deberías provocarlo.

— No estoy provocando a nadie, Aron. Solo caminaba.

— Fui a ver a Abra esta mañana —continuó Aron, volviendo a su tarea—. Su madre me dijo que estaba descansando. No pudo recibirme. Me preocupa que ese susto le haya afectado más de lo que dice.

Cal sintió una satisfacción oscura y egoísta al saber que él había estado con ella mientras Aron era rechazado en la puerta. Pero inmediatamente se sintió mal por ello. Aron no tenía la culpa de ser quien era, ni de amar a una versión de Abra que no existía.

— Estará bien —dijo Cal—. Es más fuerte de lo que crees.

— Quizás. Pero es tan frágil... —Aron suspiró—. A veces siento que debo protegerla de todo, incluso de las sombras de este valle.

Cal no respondió. Entró en la casa, dejando a su hermano sumido en sus ideales románticos. En el pasillo, se cruzó con su padre. Adam Trask parecía más viejo hoy, con los hombros cargados por el peso de sus fracasos comerciales y su eterna melancolía.

— Cal —dijo Adam, deteniéndolo con una mano en el hombro—. Me alegra que estés aquí. Mañana llega el nuevo cargamento de aserrín para el hielo. Necesitaré que estés atento. Aron irá al pueblo a recoger unos libros.

— Claro, padre. Estaré aquí.

— Gracias, hijo. Sé que a veces soy duro contigo, pero... —Adam dudó, buscando las palabras que nunca parecían llegar cuando se trataba de su hijo menor—. Aprecio tu esfuerzo.

Cal asintió, incapaz de decir nada. Aquellas palabras, que en otro momento habrían sido todo lo que deseaba oír, ahora se sentían vacías frente a la intensidad de lo que había vivido junto al arroyo.

Esa noche, mientras el valle de Salinas se sumía en un silencio profundo, Cal se quedó despierto mirando el techo de su habitación. Podía sentir todavía el calor de la mano de Abra en la suya. Sabía que estaba jugando con fuego, un incendio mucho más devastador que el que había consumido el granero de los Bacon.

Si seguía adelante, destruiría la paz de su familia. Destruiría la imagen de perfección de Abra. Y sin embargo, mientras recordaba sus ojos color miel bajo la sombra de los sauces, Cal supo que no podía detenerse. Porque en medio de toda la oscuridad que creía haber heredado, Abra Bacon era la única que le recordaba que él tenía el poder de elegir quién quería ser.

"Timshel", pensó Cal, recordando una palabra que su padre mencionaba a veces cuando hablaba de las escrituras. "Tú podrás". La capacidad de elegir entre el bien y el mal, entre el destino y la voluntad.

Por primera vez, Cal Trask no se sintió como una víctima de su sangre, sino como el arquitecto de su propio incendio. Un incendio que, por fin, no olía a ceniza, sino a esperanza y a lavanda silvestre.