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Bromas y Venganza

Piel expuesta y cuentas pendientes

El sol del Nuevo Mundo caía sobre la cubierta de césped del Thousand Sunny con una intensidad cálida y acogedora, meciendo el barco sobre las olas en una de esas raras tardes en las que ningún monstruo marino ni barco de la Marina perturbaba la travesía. A bordo reinaba una aparente tranquilidad, rota únicamente por los gritos lejanos de Luffy y Usopp pescando en la proa. Sin embargo, para la navegante de la tripulación, la verdadera amenaza no provenía del océano tempestuoso ni de cañonazos enemigos, sino de una presencia mucho más cercana, silenciosa y aterradoramente divertida.

Nami se encontraba sentada al borde de una tumbona, ajustándose con cuidado la correa de su revelador top de bikini a rayas verdes y blancas. Sus jeans azules de tiro bajo dejaban al descubierto su cintura esbelta y un abdomen liso y dorado que, durante las últimas semanas, se había convertido en el lienzo predilecto para los traviesos caprichos de Nico Robin.

Desde que se habían reunido en el archipiélago Sabaody tras dos largos años de separación, la arqueóloga parecía haber regresado con una ligereza de espíritu completamente nueva. Su habitual madurez y su elegancia sombría seguían intactas, pero tras esa mirada serena de ojos azules y su porte imponente, había despertado un sentido del humor bastante peculiar. Para Robin, la extrema confianza que compartía con la navegante, sumada a la generosa cantidad de piel descubierta que el nuevo guardarropa de Nami dejaba al aire, había resultado ser una tentación sencillamente irresistible.

La primera vez había ocurrido en el silencio del taller de cartografía. Nami estaba completamente concentrada sobre una mesa cubierta de pergaminos, trazando con delicadeza las corrientes de una nueva ruta náutica con la pluma entre los dedos. El murmullo del mar era lo único que llenaba la habitación, hasta que dos pares de dedos desconocidos y brotados de la nada se deslizaron sigilosamente sobre sus costados.

En cuanto las yemas rozaron sus costillas, Nami había dejado escapar un chillido agudo y saltado en su taburete, derramando casi una gota de tinta sobre el mapa. Al girarse bruscamente, esperando encontrar a algún bromista despistado, se topó con Robin apoyada serenamente contra el marco de la puerta, cruzando sus largos brazos en una elegante «X». Antes de que la pelirroja pudiera articular palabra, dos brazos adicionales florecieron justo debajo de sus hombros, atrapando sus axilas en una tormenta despiadada de cosquillas. Nami no pudo contener la risa, retorciéndose entre jadeos y sonoras carcajadas mientras Robin observaba el espectáculo con una leve y enigmática sonrisa antes de desvanecer las extremidades en una nube de pétalos rosados, despidiéndose como si nada hubiera ocurrido.

Aquello, por desgracia para Nami, solo había sido el preludio.

El segundo asalto tuvo lugar en la cubierta principal, bajo un cielo despejado. La navegante había decidido regalarse un merecido descanso y se había recostado en una tumbona con los brazos cruzados plácidamente detrás de su cabeza, dejando que la brisa marina acariciara su piel. Tenía los ojos cerrados, disfrutando del calor, cuando de pronto una sensación eléctrica y traicionera recorrió la sensible curva de sus axilas y descendió con rapidez hacia su cintura.

Nami intentó incorporarse de un salto, alertada al instante, pero antes de que pudiera tensar los músculos, un par de manos brotó desde la propia madera de la reposera y se aferró con firmeza a sus muñecas, manteniéndolas inmovilizadas contra el respaldo. Desprotegida y completamente expuesta, no pudo hacer más que retorcerse de lado a lado mientras Robin, cómodamente sentada unos metros más allá bajo una sombrilla, con su larga falda rosa ondeando con el viento y sus gafas oscuras descansando en su cabello negro, movía ligeramente los dedos para continuar con el ataque.

—¡Ro-Robin, para! —había suplicado Nami en aquella ocasión, pataleando en el aire con sus sandalias de tacón naranja mientras las lágrimas de risa asomaban a sus ojos marrones—. ¡Espera, ja, ja, ja! ¡Maldita sea, detente!

Robin solo había sonreído, deleitándose con la animada reacción de su compañera, antes de liberar el agarre y marcharse con paso tranquilo hacia la cocina para servirse una taza de té.

Pero nada, absolutamente nada de eso, se comparaba con la pesadilla que había tenido lugar hacía apenas unas horas en el almacén superior del barco.

Nami había subido allí con la intención de organizar varios cajones de provisiones y algunos baúles antiguos que Franky había trasladado para hacer espacio en el taller. Para alcanzar el estante más alto, había arrastrado un pequeño banquillo de madera, subiéndose en él con algo de dificultad debido a sus altos tacones. Con ambos brazos estirados hacia arriba, sosteniendo una caja considerablemente pesada de suministros, se había colocado en una posición sumamente precaria.

Fue entonces cuando la mala suerte —o la intervención invisible del destino— hizo de las suyas. Al dar un mal paso para mantener el equilibrio, la punta de su tacón empujó involuntariamente el banquillo, que resbaló sobre la pulida madera del suelo y salió despedido a dos metros de distancia.

Nami se quedó congelada, aferrada al borde de la viga del techo con las dos manos para no caer. La distancia hasta el suelo era lo suficientemente alta como para que un salto en falso terminara en un tobillo roto o un golpe doloroso, especialmente con el calzado que llevaba.

—¡Demonios! —había mascullado, con los brazos ya empezando a quemarle por el esfuerzo—. ¡Chicos! ¡Luffy! ¡Zoro! ¿Hay alguien ahí abajo?

La puerta del almacén se abrió con un leve chirrido y una figura alta y grácil cruzó el umbral. Con su chaleco de cuero violeta entreabierto en un escote en V que dejaba a la vista su abdomen tonificado y sus gafas de sol Ray-Ban descansando sobre su cabeza, Nico Robin apareció como un ángel de la salvación.

—Vaya, navegante-san —dijo Robin con su característica voz tranquila y profunda, inclinando levemente la cabeza—. Parece que te encuentras en una posición un tanto delicada.

—¡Robin! ¡Menos mal que eres tú! —exclamó Nami con un suspiro de alivio, sintiendo que sus dedos resbalaban poco a poco sobre la madera pulida—. Se cayó el banquillo. Ayúdame a bajar, por favor, me van a fallar los brazos en cualquier momento.

Robin dio un par de pasos lentos hacia ella. La arqueóloga alzó la mirada, evaluando la escena con ojos analíticos. Nami estaba completamente estirada, colgando de la viga, con el top de bikini revelando cada línea de sus costillas y su vientre totalmente tenso y vulnerable. Una chispa de picardía, impropia de su habitual compostura, brilló en las pupilas de Robin.

—Sería una lástima no aprovechar una oportunidad tan singular —murmuró Robin con suavidad.

—¿Eh? ¿De qué estás...?

Antes de que Nami pudiera terminar la frase, dos manos de carne y hueso se posaron directamente sobre su cintura desnuda. Los dedos largos y firmes de Robin comenzaron a amasar la piel con una destreza milimétrica, buscando los puntos más sensibles de sus costados.

—¡¡Aaaah, ja, ja, ja, ja!! —El grito de Nami resonó por todo el almacén mientras intentaba sacudirse desesperadamente en el aire, pero no tenía dónde apoyarse—. ¡Robin! ¡No, no, no! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Bájame primero, ja, ja, ja, ja!

—Veo que tu resistencia ha mejorado después de dos años —comentó Robin con serenidad, cruzando sus propios brazos sobre el pecho sin dejar de sonreír—. Veamos qué tan resistente eres ahora. *¡Cuatro Fleur!*

Al instante, dos brazos adicionales florecieron en el torso de Nami, subiendo con presteza hacia sus axilas indefensas, mientras los otros dos pares de manos continuaban estrujando y pellizcando suavemente su cintura. El asedio era implacable. Nami no podía soltarse de la viga a menos que quisiera estrellarse contra el suelo, lo que la convertía en la prisionera perfecta.

—¡¡Por favor, para!! —suplicaba entre chillidos ahogados, moviendo las piernas de un lado a otro como si estuviera pedaleando en el vacío—. ¡Robin, te lo juro, ja, ja, ja, ja, te voy a cobrar el doble por los préstamos! ¡Ja, ja, ja, no respiro! ¡Mis axilas no, por favor!

Robin ladeó la cabeza, observando cómo la piel de la navegante se tornaba de un vibrante tono carmesí. Sus ojos azules brillaron con fascinación al notar un leve espasmo cada vez que sus manos pasaban cerca del centro del abdomen de la chica.

—Curioso... —dijo la arqueóloga en un tono pensativo—. Creo que hay un lugar que no hemos explorado lo suficiente.

Una mano más brotó justo sobre el vientre de Nami. Con lentitud calculada, el dedo índice comenzó a hurgar en el pequeño y delicado ombligo de la navegante, trazando círculos rápidos y juguetones antes de presionar suavemente.

La reacción fue inmediata y ensordecedora.

—¡¡¡NOOOOOO, JA, JA, JA, JA, JA, ESE NO, JA, JA, JA, JA, JA, JA!!!

Nami soltó un alarido histérico, perdiendo por completo la compostura. Su risa se transformó en un cascabeleo descontrolado, agudo y desesperado. Todo su cuerpo se arqueó, temblando de pies a cabeza mientras las lágrimas rodaban en abundancia por sus mejillas. El ombligo resultó ser su punto más débil, una zona tan increíblemente sensible que cada movimiento de los dedos de Robin le provocaba espasmos incontrolables que amenazaban con hacerle soltar el agarre por puro agotamiento.

—Parece que hemos encontrado el tesoro —dijo Robin, visiblemente satisfecha con el descubrimiento.

La sesión continuó sin tregua. Durante casi treinta interminables minutos, el almacén se llenó de los ecos de la risa de Nami, de sus ruegos ahogados y de sus vanos intentos de contraer los músculos del abdomen para protegerse. Robin dosificaba los ataques con una crueldad exquisita: se detenía unos segundos para que la navegante creyera que el tormento había terminado, solo para reanudar el asalto en el ombligo con renovada insistencia cada vez que Nami tomaba una bocanada de aire.

Cuando finalmente Robin consideró que la lección estaba completa, desvaneció las manos en una suave lluvia de pétalos y extendió los brazos para atrapar a Nami en cuanto esta, sin fuerzas ya en los dedos, se soltó de la viga.

Ambas cayeron sobre una pila de lonas y alfombras que Robin había acomodado discretamente minutos antes. Nami quedó tendida boca arriba, con el cabello naranja pegado a la frente por el sudor, el pecho subiendo y bajando con violencia y las mejillas ardiendo como brasas. Estaba completamente extenuada, sin aliento y con los músculos del abdomen tan doloridos de tanto reír que sentía como si hubiera peleado contra un almirante de la Marina.

A su lado, Robin se puso de pie con gracia, sacudiéndose el polvo de su falda rosa con total calma, luciendo tan fresca e impecable como siempre.

—Ha sido un ejercicio fascinante, navegante-san —dijo Robin, dedicándole una sonrisa tibia y complaciente mientras se acomodaba las gafas de sol—. Deberíamos repetirlo cuando tengamos tiempo libre.

Nami no tenía energía para hablar, pero clavó sus ojos marrones en la arqueóloga con una intensidad feroz. Con el ceño fruncido y los labios apretados, respiró hondo, prometiéndose a sí misma que aquello no terminaría así. Robin podía ser una usuaria formidable de una Fruta del Diablo y una estratega brillante, pero todo ser humano tenía un talón de Aquiles. Y ella, como la mejor navegante y ladrona del mundo, se encargaría de descubrirlo.

Ahora, de vuelta en la tranquilidad del césped de la cubierta, Nami observaba a Robin desde la distancia. La mujer de cabello negro estaba sentada en una silla de mimbre cerca del acuario, leyendo plácidamente un libro grueso sobre historia antigua. Sus largas piernas cruzadas dejaban ver la piel morena a través de la abertura de su falda, y su chaleco de cuero violeta dejaba al descubierto su abdomen mientras sostenía una taza de té humeante con una sola mano.

Nami entrecerró los ojos y sonrió con malicia, acariciándose el tatuaje de mikan y molinillos en su hombro izquierdo.

—Disfruta de tu lectura mientras puedas, Robin —murmuró para sí misma en un susurro inaudible—. Porque cuando menos te lo esperes, voy a hacerte pagar cada segundo de esa media hora con intereses.

La venganza, pensó la navegante mientras planeaba meticulosamente su estrategia, era un plato que en alta mar se servía con cosquillas y sin la menor pizca de piedad.

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