Cable girls
Entre el hierro y la seda
El estruendo de un obús impactando a unas manzanas de distancia hizo que los cristales rotos de la entrada del hospital vibraran contra el suelo. Carlos no se movió; ya se había acostumbrado a ese ritmo macabro de la ciudad. Sin embargo, sus ojos no se apartaban de la puerta por la que Mar había desaparecido. El aire, saturado de pólvora y el olor metálico de la sangre fresca, parecía más denso ahora que ella no estaba frente a él.
—¡Cifuentes! ¡Muévete, no te hemos pagado para que te quedes ahí pasmado! —le gritó un sargento, un hombre de rostro curtido que apenas recordaba que Carlos alguna vez había sido el dueño de la mitad de los edificios que ahora se caían a pedazos.
Carlos apretó el fusil y asintió, pero sus pies se dirigieron hacia el interior del hospital en lugar de volver al camión. Necesitaba verla una vez más, aunque fuera de lejos, para convencerse de que no era un espejismo producto de la malnutrición o el cansancio.
El interior del edificio, una antigua escuela convertida en moridero improvisado, era un infierno de sombras y gemidos. Las pizarras todavía conservaban restos de tiza con lecciones de geografía, ahora ocultas tras hileras de camillas donde hombres jóvenes se aferraban a la vida. Allí estaba ella.
Mar se movía con una precisión mecánica que a Carlos le resultaba aterradora. La mujer que antes se quejaba si una gota de café manchaba su blusa de seda ahora hundía las manos en una herida abierta sin pestañear. Sus dedos, que antaño volaban sobre las clavijas de la centralita conectando amores y negocios, ahora aplicaban torniquetes con una fuerza desesperada.
—¡Necesito más gasas! —gritó Mar, sin mirar atrás—. ¡Y alguien que sujete a este hombre, se va a abrir la sutura!
Carlos dejó el fusil apoyado contra una pared descascarillada y se acercó. Sin decir palabra, se colocó al otro lado de la camilla y presionó los hombros del soldado que se retorcía de dolor. El hombre, un muchacho que no tendría más de dieciocho años, gritó algo sobre su madre antes de perder el conocimiento.
Mar levantó la vista, sorprendida. Sus ojos se encontraron con los verdes de Carlos por encima de la mascarilla de tela que se había puesto. Por un segundo, el caos desapareció.
—No deberías estar aquí —dijo ella, su voz filtrada por la tela, mientras anudaba un vendaje con destreza—. Este no es tu sitio, Carlos. Vuelve a tu puesto.
—Mi puesto está donde pueda ser útil —respondió él, manteniendo la presión sobre el paciente—. Y parece que aquí te faltan manos.
—Aquí falta de todo —sentenció ella, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo—. Faltan medicinas, falta luz y falta humanidad. Pero sobre todo, falta tiempo.
Trabajaron en silencio durante la siguiente hora. Carlos se convirtió en su sombra, moviendo heridos, trayendo cubos de agua sucia que ella transformaba en algo útil y sosteniendo linternas cuando la luz mortecina de la tarde se desvaneció del todo. En ese intervalo, Carlos comprendió que la Mar que él había amado no había muerto; simplemente se había blindado. La dulzura seguía allí, pero ahora era un lujo que solo se permitía en los breves segundos en que cerraba los ojos tras vendar a un herido.
Cuando el flujo de heridos finalmente amainó, Mar se dejó caer sobre un banco de madera en el pasillo. Tenía las manos temblorosas y una mancha de sangre le cruzaba la mejilla como una pintura de guerra.
—¿Por qué no te fuiste, Carlos? —preguntó ella de repente, sin mirarlo—. Tenías contactos. Podrías haber volado a Londres, a Nueva York... Podrías estar bebiendo whisky en un club, lejos de este olor a muerte.
Carlos se sentó a su lado, manteniendo una distancia prudencial, respetando el espacio de esa desconocida en la que se había convertido.
—Al principio lo intenté —confesó él, mirando sus propias botas desgastadas—. Tenía un pasaje para Lisboa. Pero cuando llegué a la estación y vi a la gente agolpada, intentando salvar lo poco que les quedaba... sentí asco de mí mismo. Por primera vez en mi vida, Mar, ser un Cifuentes no significó nada. No quería ser el hombre que huye mientras su casa arde.
Mar soltó una risa amarga y se giró para mirarlo.
—Vaya... el gran Carlos Cifuentes descubrió que tenía conciencia. Es una pena que haya tenido que estallar una guerra para que te dieras cuenta de que el mundo no giraba solo alrededor de tu ombligo.
—Me lo merezco —admitió él con una media sonrisa que hizo aparecer, muy levemente, uno de sus hoyuelos—. He sido un egoísta y un crápula. Pero estar aquí... verte a ti... me hace pensar que quizá hay una razón para todo este desastre. Quizá necesitábamos perderlo todo para saber quiénes somos de verdad.
—Yo ya sabía quién era, Carlos —dijo ella en voz baja, y su tono recuperó por un momento la calidez de antaño—. Yo era la mujer que te esperaba en el Retiro, la que creía en tus promesas de futuro aunque supiera que eran castillos en el aire. La guerra no me enseñó quién era, me enseñó lo que era capaz de soportar. Y resulta que puedo soportar mucho más de lo que jamás imaginé.
Carlos se inclinó hacia ella, rompiendo la distancia. El olor a desinfectante era embriagador, un recordatorio constante de la fragilidad de la vida.
—Mar, cuando esto pase... porque tiene que pasar...
—No lo digas —le interrumpió ella, poniéndole un dedo sobre los labios. Sus dedos estaban fríos, pero su contacto quemó a Carlos como el fuego—. No hagas promesas de "después". En este Madrid, el "después" es una traición. Mañana podrías pisar una mina o yo podría morir bajo un derrumbe. Solo tenemos este pasillo frío y diez minutos de tregua.
—Entonces dame esos diez minutos —suplicó él, tomando su mano—. Olvidemos los uniformes, olvidemos los bandos y olvidemos que ahí fuera se están matando. Dime algo de la Mar que recuerdo. ¿Sigues guardando aquel libro de poemas que te regalé?
Mar bajó la mirada y, por primera vez, Carlos vio una lágrima surcar la suciedad de su rostro.
—Se quemó —susurró ella—. Se quemó con mi casa en el primer bombardeo de Argüelles. Pero me sé los versos de memoria, Carlos. A veces, cuando el dolor de los heridos es demasiado fuerte para aguantarlo, los recito para mis adentros. Es lo único que me queda de aquella vida.
—Yo también recuerdo —dijo él, acercándose a su oído—. Recuerdo el sonido de tus tacones en el mármol de la Compañía. Recuerdo cómo me mirabas cuando creías que no te veía. Y recuerdo que te dije que nunca dejaría que nada malo te pasara.
—Esa fue tu mayor mentira —dijo ella, aunque no había rencor en su voz, solo una profunda melancolía—. Pero te la perdono. Porque hoy, después de tres años de oscuridad, volver a ver tus ojos verdes ha sido como ver el primer rayo de sol.
Carlos no pudo evitarlo. Estiró la mano y, con una ternura que parecía fuera de lugar en aquel entorno bélico, le limpió la mancha de sangre de la mejilla con el pulgar. Mar no se apartó. Al contrario, cerró los ojos y se inclinó hacia su contacto, buscando el calor humano que la medicina no podía proporcionar.
—Estás vivo, Carlos —murmuró ella, casi para sí misma—. Estás vivo y eso es un milagro.
—Estamos vivos los dos —corrigió él—. Y mientras sea así, hay una oportunidad. No sé de qué, pero la hay.
Un grito desde la sala de cirugía rompió el momento. Un médico salió con los brazos ensangrentados, buscando ayuda desesperadamente. Mar se puso en pie de inmediato, la máscara de frialdad volviendo a cubrir sus facciones como una armadura.
—Debes irte —dijo ella, recuperando el tono profesional—. Si el sargento te encuentra aquí, te meterás en un lío. Y yo tengo que volver al trabajo.
—¿Cuándo volveré a verte? —preguntó Carlos, levantándose también y recogiendo su fusil.
Mar lo miró desde la puerta de la sala, con la silueta recortada por la luz vacilante de las velas.
—Si el destino nos ha unido en este matadero, volverá a hacerlo —respondió ella—. Pero no me busques, Carlos. Deja que el azar decida. Si sobrevivimos a esta noche, ya habremos ganado una batalla.
—Sobreviviré —prometió él con una determinación que no sentía desde hacía años—. Solo para volver a oírte decir mi nombre.
Mar asintió levemente y entró en la sala, cerrando la puerta tras de sí. Carlos se quedó solo en el pasillo, con el corazón latiendo con una fuerza que el miedo ya no podía sofocar. Caminó hacia la salida, esquivando las camillas y los restos de una civilización que se desmoronaba.
Al salir a la calle, el frío de la noche madrileña lo golpeó de frente. El cielo estaba despejado, irónicamente hermoso, lleno de estrellas que parecían ignorar la tragedia que se desarrollaba bajo ellas. Carlos se ajustó el fusil y comenzó a caminar de regreso a su unidad.
A lo lejos, el resplandor de los incendios iluminaba el horizonte. Madrid seguía ardiendo, pero por primera vez en mucho tiempo, Carlos no sentía que las cenizas fueran el final. Entre los escombros y la sangre, había encontrado un hilo de seda que lo unía al pasado, y ese hilo era lo suficientemente fuerte como para arrastrarlo hacia el futuro, fuera cual fuese.
—Mañana —susurró al viento, mientras se encendía un cigarrillo con manos firmes—. Mañana seguiremos aquí.
Y mientras se alejaba, por un breve instante, sus hoyuelos volvieron a marcarse en su rostro, desafiando a la oscuridad, a la guerra y al tiempo mismo. Carlos Cifuentes había vuelto a encontrar una razón para luchar, y esta vez no era por dinero, ni por poder, ni por orgullo. Era por la mujer que, en mitad del infierno, seguía oliendo, aunque fuera solo en su memoria, a las flores del Retiro y a la esperanza de una vida que todavía no se había dado por vencida.