Call
Sombras bajo el sol de la mañana
El amanecer se filtró por las pesadas cortinas de seda de la habitación, pero para Megumi, la luz no traía esperanza, sino un recordatorio de que el tiempo se agotaba. Se levantó de la cama con movimientos torpes, sintiendo cada centímetro de su cuerpo protestar. El golpe en su pómulo había pasado de un rojo vivo a un tono violáceo profundo, y el labio partido le escocía al intentar articular cualquier gesto.
Se miró al espejo del baño. Su reflejo le devolvía la imagen de un extraño: un joven omega de dieciséis años que parecía llevar el peso de un siglo sobre los hombros. Sus padres siempre decían que su belleza era su mayor activo, la moneda con la que comprarían la estabilidad de la familia. Pero Megumi solo veía una diana pintada en su piel.
Un golpe seco en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—Megumi, ¿estás despierto? —La voz de su madre, fría y perfectamente modulada, atravesó la madera—. El estilista llegará en una hora. Naoya-san ha enviado un conjunto nuevo para la cena de esta noche. Quiere que luzcas impecable para el anuncio oficial.
Megumi apretó los puños sobre el mármol del lavabo.
—Tengo la cara marcada, madre —respondió, su voz sonando más firme de lo que se sentía—. ¿Cómo piensas ocultar lo que él hizo?
Hubo un silencio prolongado al otro lado. Megumi pudo imaginar a su madre ajustándose el collar de perlas, desviando la mirada hacia la nada.
—El maquillaje hace milagros, hijo. Y no seas dramático. Naoya tiene un temperamento fuerte porque es un alfa de gran linaje. Es tu deber como omega aprender a no provocar esos arrebatos. Una vez que te acostumbres a sus ritmos, todo será más fácil.
Megumi sintió un nudo de náuseas en el estómago. "Provocar". Esa era la palabra que usaban para justificar su dolor. No importaba que él solo hubiera pedido un poco de respeto para el personal; en el mundo de los Zen'in y los Fushiguro, el silencio era la única virtud permitida para alguien de su casta.
—No voy a ir —susurró, aunque sabía que ella no lo escucharía.
—Date prisa. Tu padre espera que bajes a desayunar antes de que se vaya a la oficina.
Megumi escuchó los pasos de su madre alejarse. Se dejó caer al suelo, abrazando sus rodillas. La promesa de Yuji Itadori resonaba en su cabeza como un mantra. "No dejaré que te lleve". Pero, ¿cómo podría un simple pasante enfrentarse a la maquinaria de poder que lo rodeaba? Era una locura. Y sin embargo, el aroma a sol y azúcar que aún persistía en la habitación era la única cosa real en la que Megumi podía confiar.
***
En el otro lado de la ciudad, en un pequeño apartamento que olía a café barato y libros de texto viejos, Yuji Itadori no había dormido ni un segundo. Tenía el mapa de la ciudad extendido sobre la mesa de la cocina y su teléfono echaba humo de tantas llamadas.
—¿Estás seguro de esto, Yuji? —preguntó Nobara Kugisaki, ajustándose la correa de su bolso mientras entraba en el apartamento. Era una beta de carácter fuerte, amiga de la universidad de Yuji y una de las pocas personas que conocía su capacidad para meterse en problemas por las causas correctas—. Estamos hablando de secuestro, o al menos de interferencia legal grave. Los Fushiguro tienen abogados que desayunan gente como nosotros.
—No es un secuestro si él quiere irse, Nobara —respondió Yuji, sin levantar la vista de sus notas—. El chico tiene dieciséis años. Está siendo abusado. Lo vi con mis propios ojos. Si lo dejo ahí, esa cena de compromiso será su sentencia de muerte emocional. No puedo ser el asistente que simplemente le pasa los cafés a Toji Fushiguro mientras su hijo se desmorona.
—¿Y qué planeas hacer? —preguntó otra voz desde la puerta. Era Megumi... no, era Choso, un amigo cercano de Yuji que trabajaba en una empresa de logística—. No puedes entrar por la puerta principal y pedir que te lo entreguen.
—Fushiguro-san tiene una reunión de emergencia en la constructora a las seis de la tarde —explicó Yuji, señalando su agenda de pasante—. Naoya Zen'in llegará a la mansión a las siete para recoger a Megumi. Hay una ventana de una hora donde la seguridad de la casa se relaja porque los guardias cambian de turno y la madre de Megumi se retira a su salón privado.
—Es un plan muy ajustado —murmuró Choso, cruzándose de brazos—. Pero tengo acceso a una furgoneta de la empresa que no está rastreada hoy. Puedo sacarlos de la zona residencial sin llamar la atención.
Yuji asintió, sintiendo que el corazón le latía con fuerza. No era solo el instinto de alfa lo que lo impulsaba; era algo más profundo. Recordaba la mirada de Megumi, esa mezcla de desamparo y una chispa de fuego que se negaba a apagarse. No era solo un "hijo del jefe". Era alguien que merecía ver el mundo fuera de las paredes de cristal de su prisión.
—Gracias, chicos —dijo Yuji con sinceridad—. Sé que estoy pidiendo mucho.
—Cállate, idiota —respondió Nobara con una sonrisa feroz—. Siempre quise arruinarle el día a un tipo rico y misógino como ese tal Zen'in. Consideralo un servicio a la comunidad.
***
El día transcurrió para Megumi como una ejecución en cámara lenta. El estilista llegó y, bajo la supervisión de su madre, aplicó capas de corrector y base sobre su mejilla hasta que el moretón desapareció bajo una máscara de perfección artificial. Lo vistieron con un traje de seda oscura que se sentía como una armadura demasiado pesada.
—Estás precioso —dijo su madre, tocando su cabello con una frialdad que pretendía ser afecto—. Naoya estará muy complacido.
Megumi no respondió. Miraba el reloj de pared. Eran las seis y quince.
A las seis y media, su madre bajó a recibir un pedido de flores, dejando a Megumi solo en su habitación bajo la vigilancia de un solo guardia en el pasillo. Megumi se acercó al balcón. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo abrir el cerrojo.
El jardín estaba sumido en las sombras del atardecer. De repente, una luz pequeña parpadeó tres veces desde los arbustos cercanos a la verja lateral. Era la señal.
Megumi no tenía maletas. No tenía nada más que la ropa que llevaba puesta y el teléfono que Yuji le había dicho que mantuviera encendido. Caminó hacia la barandilla del balcón, el corazón martilleando contra sus costillas. La altura era considerable, pero había una enredadera vieja y fuerte que subía por la columna.
—¿Megumi? —Un susurro llegó desde abajo.
Era él. Yuji estaba allí, vestido con ropa oscura, moviéndose con una agilidad que Megumi no esperaba de alguien que pasaba el día archivando papeles.
—¡Salta! —susurró Yuji, extendiendo los brazos—. Te atraparé. Confía en mí.
Megumi dudó solo un segundo. Miró hacia la puerta de su habitación, donde el mundo de Naoya y las expectativas de su familia lo esperaban para devorarlo. Luego miró hacia abajo, hacia el alfa que le ofrecía una salida sin pedir nada a cambio.
Se impulsó sobre la barandilla y se dejó caer.
El impacto no fue contra el suelo duro, sino contra el pecho sólido de Yuji. El alfa lo recibió con un gruñido sordo, amortiguando la caída con su propio cuerpo. Por un momento, quedaron envueltos en el aroma del otro: el miedo de Megumi mezclándose con la determinación protectora de Yuji.
—Te tengo —dijo Yuji, ayudándolo a ponerse de pie—. Vámonos, ahora.
Corrieron por el jardín, evitando las luces de seguridad. Yuji conocía el terreno mejor de lo que los Fushiguro imaginaban. Llegaron a la verja lateral, donde un panel de madera había sido aflojado previamente. Al otro lado, una furgoneta blanca esperaba con el motor en marcha.
Subieron a la parte trasera justo cuando los faros de un coche de lujo empezaban a iluminar la entrada principal de la mansión. Era Naoya Zen'in, llegando temprano.
—¡Arranca, Choso! —gritó Yuji.
La furgoneta se alejó con un chirrido de neumáticos. Megumi se dejó caer en el suelo del vehículo, respirando con dificultad. Estaba temblando de forma incontrolable. Había dejado atrás su vida, su nombre y su seguridad económica por la promesa de un extraño.
Yuji se sentó a su lado y, sin decir nada, se quitó su chaqueta de mezclilla y la puso sobre los hombros de Megumi.
—Ya pasó —dijo suavemente—. Estás a salvo.
Megumi lo miró, las lágrimas finalmente rompiendo la barrera del maquillaje impecable.
—Él me va a buscar —susurró Megumi—. Mi padre no se detendrá. Me ven como una propiedad que ha sido robada.
—Entonces tendremos que esconderte muy bien —respondió Yuji, tomando la mano de Megumi entre las suyas. Sus dedos eran cálidos y ásperos, llenos de vida—. No soy un hombre rico, Megumi. Mi apartamento es pequeño y mi vida es un caos de trabajos a tiempo parcial. Pero nadie volverá a levantarte la mano. Lo juro por mi vida.
Megumi apretó la mano de Yuji. Por primera vez en dieciséis años, no se sentía como un omega esperando su destino. Se sentía como un ser humano que acababa de nacer.
—¿A dónde vamos? —preguntó Megumi, mirando por la pequeña ventana trasera cómo las luces de la mansión Fushiguro se hacían pequeñas en la distancia.
—A un lugar donde puedes decidir quién quieres ser —respondió Yuji con una sonrisa que iluminó la penumbra de la furgoneta—. Mañana podemos empezar por decidir cuál es tu sabor de helado favorito. Sin que nadie te diga que no puedes tener gustos propios.
Megumi apoyó la cabeza en el hombro de Yuji. El camino sería difícil, lo sabía. Los Zen'in eran poderosos y su padre era un hombre implacable. Pero mientras el aroma a sol y azúcar lo rodeara, sentía que podía enfrentarse a cualquier tormenta.
—Gracias, Yuji —murmuró, cerrando los ojos.
—No me des las gracias todavía —dijo Yuji, acariciando suavemente el cabello oscuro del chico—. Apenas estamos empezando la revolución.
En la mansión, el grito de furia de Naoya Zen'in al encontrar la habitación vacía marcó el inicio de una cacería. Pero en la furgoneta que atravesaba los suburbios de Tokio, el silencio ya no era de miedo. Era el silencio de un nuevo comienzo, tejido con los hilos de una lealtad que ninguna jerarquía de castas podría jamás romper.