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Cantos en medio de pólvora

Melodía de Pólvora y Rosas

El aire en el escenario de "El Oasis de Marfil" era más frío de lo habitual, o quizás era solo la premonición que erizaba el vello de la nuca de Judy. Esa noche, el satén azul y el blanco virginal habían quedado en el camerino. Judy vestía un traje de noche negro azabache, ceñido al cuerpo como una segunda piel, con un escote que resaltaba la elegancia de su cuello y una abertura lateral que permitía vislumbrar la agilidad de sus piernas. Era una imagen de sofisticación peligrosa, una que gritaba que ya no era la pequeña coneja de Bunnyburrow, sino la mujer que caminaba junto al rey de las sombras.

Al terminar su última canción, una versión desgarradora de un clásico de jazz, Judy barrió el público con su mirada amatista. Notó rostros nuevos, animales de facciones duras y ojos que no buscaban entretenimiento, sino que la evaluaban como se evalúa un botín de guerra. Sabían quién era ella. Sabían que tocarla era la forma más rápida de hacer sangrar a Nick Wilde.

—Gracias —murmuró Judy al micrófono, su voz aún vibrando con la emoción de la música.

Bajó del escenario con pasos seguros, sintiendo el peso de las miradas. En la salida trasera, Wolford y cuatro lobos más la esperaban con la tensión pintada en el hocico. Sus manos descansaban cerca de sus fundas, y sus ojos escaneaban cada rincón del callejón.

—Señorita Hopps, el coche está a diez metros —dijo Wolford, flanqueándola—. Manténgase en el centro y no se detenga por nada.

—Entendido, Wolford —respondió ella, apretando su pequeño bolso de mano contra el costado.

Apenas habían dado tres pasos cuando el silencio de la noche fue desgarrado por el chirrido de neumáticos. Dos furgonetas blindadas bloquearon ambos extremos del callejón. De ellas saltaron rinocerontes y toros armados hasta los dientes.

—¡Emboscada! —gritó Wolford, sacando su arma.

El caos estalló. Judy sintió una mano gorda y áspera sujetar su brazo con una fuerza que amenazaba con romperle el hueso. Un rinoceronte masivo, Koslov, el líder del clan del sur, la arrastró hacia él, usándola como escudo humano mientras sus hombres intercambiaban disparos con la guardia de Nick.

—¡Quieta, pequeña cantante! —rugió Koslov cerca de su oreja—. Eres el boleto dorado para que Wilde nos entregue sus muelles.

En ese momento, un sedán negro derrapó en la entrada del callejón, embistiendo una de las furgonetas. Nick Wilde saltó del vehículo antes de que este se detuviera por completo. Su rostro era una máscara de furia gélida, sus ojos verdes brillaban con una intención asesina que hizo que incluso sus propios hombres retrocedieran un paso.

—¡Suéltala, Koslov! —la voz de Nick no fue un grito, sino un rugido bajo que vibró en el asfalto—. Si le haces un solo rasguño, me encargaré de que desees no haber nacido. Nada de lo que posees, ni tu familia ni tus hombres, quedará en pie al amanecer.

Koslov soltó una carcajada ronca, apretando más el agarre sobre Judy.

—¿Vas a negociar, Wilde? ¿O vas a ver cómo esta flor delicada se marchita en mis manos?

Nick dio un paso adelante, ignorando las armas que lo apuntaban. Estaba listo para lanzarse al vacío, para morir si era necesario con tal de salvarla. Pero Judy Hopps no planeaba ser salvada esa noche.

En un movimiento que nadie vio venir, Judy hundió su codo con toda su fuerza en el plexo solar del rinoceronte. El golpe, preciso y potente, hizo que el gigante soltara aire de golpe. Antes de que Koslov pudiera reaccionar, Judy giró sobre sus talones, le propinó una patada en la rodilla y, con una agilidad asombrosa, le arrebató la pistola de la cintura.

Se alejó de él de un salto, apuntándole directamente a la cabeza con mano firme y ojos que echaban chispas.

—No me vuelvas a tocar —dijo Judy, con una voz cargada de una furia que heló la sangre de los presentes—. No soy una flor, y mucho menos soy delicada.

Nick se quedó petrificado a mitad de camino, con la boca ligeramente abierta. La fascinación reemplazó al terror en sus ojos. Sabía que su novia era valiente, pero verla desarmar a un rinoceronte de trescientos kilos con la frialdad de un agente de élite era algo que no había previsto.

—¿Lo has oído, Koslov? —dijo Nick, recuperando su compostura y apuntando también—. Mi chica tiene poco temperamento para los acosadores.

La disputa estalló en toda su magnitud. El callejón se convirtió en un infierno de balas y golpes. Judy no se quedó atrás; se cubrió tras un contenedor y proporcionó fuego de cobertura a Wolford, moviéndose con una gracia táctica que obligó a los atacantes a retroceder. Nick luchaba como un demonio, abriéndose paso entre los enemigos para llegar a ella.

Finalmente, superados por la ferocidad del contraataque y la inesperada resistencia de la "cantante", los hombres de Koslov se batieron en retirada, dejando a su líder herido y humillado en el suelo.

Nick llegó hasta Judy y la tomó de los hombros, revisándola de arriba abajo con manos temblorosas.

—¿Estás bien? ¿Te hizo daño? —preguntó, su voz cargada de una angustia que solo ella podía provocar.

—Estoy bien, Nick —respondió ella, entregándole el arma y dejando que la adrenalina empezara a bajar—. Pero ese vestido era nuevo y ahora tiene una mancha de grasa.

Nick soltó una carcajada nerviosa y la estrechó contra su pecho, escondiendo el rostro en su cuello.

—Eres increíble, zanahorias. Absolutamente increíble.

***

Horas más tarde, después de asegurar que la ciudad supiera quién había ganado la batalla, Nick llevó a Judy de regreso a su apartamento. El silencio de la noche era ahora un bálsamo tras el estruendo de la pólvora.

Al entrar, Nick cerró la puerta y apoyó la frente contra la madera, suspirando profundamente.

—Hoy casi te pierdo —susurró él—. No sé qué habría hecho, Judy.

Ella se acercó y le quitó la chaqueta, arrojándola sobre una silla. Comenzó a desatar su corbata con movimientos lentos y seguros.

—No me vas a perder, Nick. Soy tan terca como tú, ¿recuerdas?

Nick la tomó de la cintura y la levantó, sentándola sobre la mesa del comedor. Sus ojos se encontraron, y la tensión del peligro se transformó en un deseo abrasador.

—Me dejaste sin palabras ahí fuera —dijo él, acariciando sus mejillas—. Esa mirada... esa forma de tomar el control. Me tienes completamente a tus pies, ¿lo sabes?

—Es justo —respondió ella con una sonrisa coqueta, rodeando su cuello con los brazos—, porque tú me tienes suspirando desde el primer día que te vi en aquel reservado oscuro.

Nick se inclinó y la besó con una delicadeza hermosa, un contraste absoluto con la violencia que habían presenciado horas antes. Sus labios se movían con una ternura que profesaba promesas de un futuro mejor. Se dijeron palabras románticas, susurros de amor que solo las paredes de aquel apartamento tenían el privilegio de escuchar.

—Eres mi salvación, Judy —murmuró él entre besos—. Mi razón para intentar ser algo más que un nombre que causa temor.

—Y tú eres mi hogar, Nick. No importa dónde estemos.

El ambiente se volvió más denso, cargado de una pasión erótica que los envolvía como un manto de terciopelo. Nick comenzó a besar su cuello, descendiendo por la línea de su vestido negro, mientras las manos de Judy se enredaban en su pelaje rojizo. Se entregaron el uno al otro con una intensidad que nunca antes habían experimentado, una comunión de cuerpos y almas que sellaba su destino.

—Vaya —comentó Nick con un tono pícaro mientras la ayudaba a deshacerse de los restos del vestido—, parece que la pequeña coneja tiene garras después de todo.

Judy se sonrojó intensamente, ocultando el rostro en su pecho.

—Cállate, zorro astuto. Solo estaba protegiendo lo que es mío.

—Y yo soy tuyo, zanahorias. En esta vida y en cualquier otra.

Esa noche, bajo la luz de la luna que se filtraba por la ventana, no hubo jefes de mafia ni cantantes de bar. Solo hubo dos seres que se amaban por encima de las leyes de la naturaleza y de la ciudad.

***

Un año después.

El sol brillaba sobre el Distrito Central de Zootopia. Judy Hopps caminaba por los pasillos de un teatro local, saludando a los técnicos y músicos. Su fama había crecido considerablemente; ya no cantaba en bares oscuros de la zona baja, sino en escenarios que apreciaban su arte por lo que era. Había logrado el éxito por sus propios méritos, aunque sabía que siempre tenía una sombra protectora velando por ella.

Nick Wilde la esperaba en la entrada de artistas, apoyado en su nuevo coche, vistiendo un traje de lino claro que lo hacía ver más como un empresario exitoso que como un líder criminal. Había trabajado arduamente durante ese año para legalizar gran parte de sus operaciones, alejándose de la violencia innecesaria y consolidando su imperio bajo una fachada de legitimidad que pocos se atrevían a cuestionar.

Había salido ileso de la batalla final contra los clanes del norte, pero su mayor triunfo no era el control de las calles.

—¿Lista para el estreno, estrella? —preguntó Nick, entregándole un ramo de rosas rojas.

Judy lo abrazó, aspirando su aroma a sándalo y éxito.

—Siempre estoy lista si tú estás en la primera fila.

Nick la besó en la frente y la ayudó a subir al coche. Mientras conducía por las calles de la ciudad que una vez lo vio como un monstruo, Nick miró de reojo a la coneja que sonreía a su lado.

Podía decir que era un ganador. No por el dinero en sus cuentas, ni por el respeto que infundía su nombre, ni por haber derrotado a sus enemigos en una lluvia de balas. Era un ganador porque, contra todo pronóstico, había encontrado una melodía que le devolvió la vida.

—¿En qué piensas, Nick? —preguntó ella, tomando su mano.

—En que soy el zorro más afortunado de toda Zootopia —respondió él, apretando sus dedos—. Y en que nunca me cansaré de escucharte cantar.

Judy se apoyó en su hombro, mirando hacia el horizonte donde los rascacielos se fundían con el cielo azul. La mafia de Zootopia seguía teniendo un jefe, pero ese jefe ahora tenía un corazón que latía al ritmo de una canción de amor. Y mientras Judy Hopps estuviera a su lado, Nick Wilde sabía que no había batalla que no pudiera ganar, ni sombra que no pudiera iluminar.