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Chainsaw man.

Filo de Acero y Sangre sobre el Asfalto

La celebración en el Izakaya había sido, en una palabra, caótica. Tras la agónica victoria contra el Demonio de la Eternidad, la División Especial 4 se había entregado al alcohol y a la comida con una desesperación casi religiosa. Denji había recibido su "beso" de Himeno —aunque no de la forma que él soñaba— y las promesas de una alianza más profunda entre la mujer del parche y el chico motosierra se sellaron entre vapores de sake y humo de cigarrillo. Aki, como siempre, observaba desde la periferia de la embriaguez, manteniendo una compostura que Kurogane no tardó en ridiculizar antes de marcharse temprano con una camarera que le había echado el ojo.

Pero la resaca del mundo de los Devil Hunters nunca es solo física. La paz es un concepto que caduca rápido.

El sol caía sobre la ciudad cuando el infierno se desató. La emboscada fue quirúrgica, brutal y devastadora. En cuestión de segundos, los disparos resonaron, la sangre salpicó el pavimento y la División Especial 4 se encontró al borde de la aniquilación. Aki Hayakawa estaba contra las cuerdas, su cuerpo magullado y su espíritu flaqueando ante la presencia de un enemigo que no debería existir: un hombre con katanas brotando de sus brazos y cabeza. Katana Man.

Himeno, viendo a Aki sangrar, sintió que el mundo se desmoronaba. Ya había perdido a demasiados compañeros. No iba a permitir que Aki fuera el siguiente. Ni siquiera si eso significaba el final.

—Fantasma... —susurró ella, con la voz quebrada pero decidida—. Te daré todo de mí. Todo mi cuerpo. A cambio... quiero que lo salves a él. Mátalos a todos.

El Demonio Fantasma comenzó a materializarse, sus múltiples manos emergiendo del vacío, listas para consumir la existencia de Himeno y desatar un poder capaz de arrasar con los asesinos. Himeno cerró los ojos, esperando el frío abrazo de la nada.

*¡SHING!*

Un destello plateado cruzó el aire con la velocidad de un rayo. Antes de que el Fantasma pudiera reclamar su contrato, una hoja larga, imbuida de un brillo letal y oscuro, se clavó profundamente en el asfalto, justo entre Himeno y los atacantes. El impacto creó una grieta que detuvo el avance del enemigo.

Una ráfaga de viento súbita y violenta barrió la calle, despejando el humo y el olor a pólvora.

En medio del caos, una figura caminaba con una calma que resultaba insultante dadas las circunstancias. No llevaba el uniforme negro de Seguridad Pública. Kurogane vestía una camiseta negra ajustada que remarcaba cada músculo de su torso y brazos, unos pantalones bombachos japoneses que ondeaban con el viento y sandalias tradicionales. Su cabello negro estaba más desordenado que de costumbre, y sus ojos entrecerrados brillaban con una mezcla de fastidio y sadismo.

—Vaya, vaya... —Kurogane se acercó a la espada clavada y envolvió sus dedos alrededor de la empuñadura—. Uno no puede ni tomarse una tarde libre para disfrutar de los placeres de la vida sin que ustedes, par de inútiles, intenten suicidarse de las formas más patéticas posibles.

—¿Kurogane? —Aki apenas podía articular palabra, tosiendo sangre.

—Kurogane-kun... —Himeno detuvo su sacrificio, con los ojos muy abiertos—. ¿Qué haces aquí? Estás fuera de servicio.

—Estaba a la vuelta de la esquina comprando cigarrillos y un poco de sake de calidad —dijo él, arrancando la Kusanagi del suelo con un solo movimiento fluido—. Pero el ruido de los juguetes de estos idiotas me arruinó el ambiente. Y tú, Himeno... —La miró de reojo, con una sonrisa cruel—. Si te vas a entregar a un demonio, que sea a uno que valga la pena, no a esa masa de manos transparentes.

Katana Man, recuperándose de la sorpresa, gruñó. Sus cuchillas chirriaron mientras se ponía en posición de ataque.

—¿Y tú quién demonios eres? —preguntó el híbrido con voz metálica—. No importa. Morirás igual.

Kurogane soltó una carcajada seca, una que erizó la piel de todos los presentes. Su presencia comenzó a expandirse, una presión espiritual tan densa que el aire pareció volverse líquido. El miedo instintivo que emanaba de él hizo que incluso los subordinados humanos de Katana Man retrocedieran un paso, temblando.

—Soy el tipo que va a convertirte en chatarra —respondió Kurogane, ajustando el agarre de la Kusanagi con su mano derecha. La otra mano la mantuvo relajada a un costado, como si no necesitara más que una extremidad para lidiar con la amenaza—. Akane, ¿verdad? La chica de la sudadera. Deberías haber corrido cuando tuviste la oportunidad.

—¡Mátalo! —gritó Akane Sawatari, con los ojos inyectados en sangre.

Katana Man se lanzó hacia adelante, convirtiéndose en un borrón de acero. La velocidad de su ataque era legendaria, capaz de cortar a un hombre antes de que este pudiera parpadear. Pero Kurogane no era un hombre común.

El sonido del metal chocando contra el metal resonó en toda la cuadra. Kurogane bloqueó la estocada de Katana Man con una facilidad pasmosa, usando solo su brazo derecho. Las chispas saltaron, iluminando el rostro impasible del pelinegro.

—Muy lento —se burló Kurogane—. He visto tortugas con más iniciativa que tú.

—¡Cállate! —Katana Man lanzó una ráfaga de cortes diagonales.

Kurogane comenzó a moverse, dejando residuos de velocidad tras de sí. Sus sandalias golpeaban el asfalto con un ritmo constante mientras esquivaba y paraba cada ataque con movimientos mínimos y precisos. No parecía una pelea; parecía una lección de esgrima impartida por un demonio. La Kusanagi, bañada en su veneno característico, dejaba estelas púrpuras en el aire.

—¿Eso es todo? —preguntó Kurogane mientras giraba sobre sus talones, evitando una estocada que le habría partido el pecho—. Me prometieron un híbrido, no un niño jugando con cuchillos de cocina.

—¡Te voy a despedazar! —Katana Man rugió, preparando su técnica de desenvainado rápido, agachándose para acumular energía.

Kurogane entrecerró los ojos. Sus pupilas se volvieron verticales por un instante.

—Bien. Veamos si puedes seguirle el ritmo a esto.

En el momento en que Katana Man se lanzó en su ataque más rápido, Kurogane detectó la mini brecha en su defensa, un milisegundo donde el peso del híbrido estaba mal distribuido. Fue una apertura casi invisible para cualquier ojo humano, pero para Kurogane, era una invitación formal a la carnicería.

El pelinegro no usó su forma híbrida. No la necesitaba. Simplemente tensó los músculos de su brazo derecho, infundiendo la Kusanagi con una ráfaga de viento cortante tan comprimida que el aire alrededor de la hoja comenzó a silbar como un motor a reacción.

—Técnica de Viento Negro: Corte de la Realidad Distante —susurró.

Kurogane lanzó un tajo horizontal. Katana Man, al ver el peligro, reaccionó por puro instinto animal y saltó hacia atrás, esquivando la hoja física por apenas unos milímetros. El híbrido aterrizó a varios metros, soltando un suspiro de alivio, creyéndose a salvo.

—Te... te fallé —jadeó Katana Man, con una sonrisa de suficiencia bajo su máscara.

Kurogane simplemente enfundó la Kusanagi en la parte baja de su espalda, donde descansaba su navaja gigante plegada.

—¿Eso crees? Mira a tu alrededor, pedazo de basura.

Un silencio sepulcral cayó sobre la calle. Luego, un sonido de crujido metálico y pétreo empezó a sonar.

De repente, una línea perfecta apareció en el aire, extendiéndose desde donde Kurogane había lanzado el corte hasta el final de la cuadra. Los postes de luz se partieron en dos con una precisión quirúrgica. Los coches estacionados se deslizaron, divididos limpiamente a la mitad. Pero lo más impresionante fue la estructura de un edificio pequeño a unos treinta metros de distancia: la mitad superior comenzó a deslizarse lentamente hacia un lado, cortada de forma limpia por la ráfaga invisible que Kurogane había desatado.

El estruendo del edificio colapsando llenó el aire, levantando una nube de polvo inmensa.

Katana Man miró su propio pecho. Una línea de sangre comenzó a brotar. Aunque había esquivado la espada, la ráfaga de viento cortante le había alcanzado, abriendo un surco profundo en su armadura de híbrido.

—Si hubiera usado las dos manos —dijo Kurogane, sacando un cigarrillo y encendiéndolo con total indiferencia—, ahora mismo estarías recogiendo tus intestinos en la siguiente prefectura.

Aki y Himeno miraban la devastación con absoluto asombro. Sabían que Kurogane era fuerte, pero esto... esto era una demostración de fuerza bruta que rozaba lo absurdo. El entorno había sido reconfigurado por un solo movimiento de su brazo.

—Kurogane... —Aki se puso de pie con dificultad—. Tenemos que capturarlos.

—Capturarlos es mucho trabajo, Aki —respondió el pelinegro, exhalando una nube de humo gris—. Prefiero terminarlos aquí. Aunque... —Miró hacia Akane Sawatari, que estaba invocando al Demonio Serpiente en un acto de desesperación—. Parece que la fiesta se va a poner más ruidosa.

Kurogane caminó hacia el centro de la calle, ignorando el polvo y los escombros que caían. Su presencia seguía siendo tan pesada que el aire se sentía cargado de electricidad estática.

—Escúchenme bien, escoria —dijo, elevando la voz para que Katana Man y la chica lo oyeran—. He tenido un día largo. Mi cita de anoche fue agotadora, mi sake está caliente y ahora mi ropa favorita tiene polvo de ladrillo. Estoy de muy mal humor.

Kurogane llevó su mano a la navaja gigante en su espalda. El bloque metálico hizo un clic amenazador.

—Si no se largan en los próximos tres segundos, voy a dejar de ser "amable" y empezaré a usar las hojas que realmente duelen. Y créanme, no querrán ver lo que hace el abrelatas con la piel de un híbrido.

Katana Man, a pesar de su arrogancia, sintió un escalofrío. Miró el edificio partido a la mitad y luego al hombre que parecía aburrido de tener que matarlo.

—Esto no ha terminado —gruñó Akane, dando la orden de retirada mientras el Demonio Serpiente creaba una pantalla de distracción.

Kurogane no los persiguió. Sabía que en el juego de Makima, las piezas debían moverse a su ritmo, y él ya había cumplido con su cuota de intervención por el día. Además, Himeno estaba a salvo, y eso, aunque nunca lo admitiría en voz alta, era algo que prefería.

Se giró hacia sus compañeros. Himeno estaba pálida, todavía procesando lo cerca que había estado de desaparecer. Aki simplemente lo miraba con una mezcla de respeto y temor.

—¿Están todos vivos? —preguntó Kurogane, acercándose a ellos.

—Sí... gracias a ti —murmuró Himeno, bajando la mirada—. Kurogane-kun, yo... iba a hacerlo. Iba a darle todo al Fantasma.

Kurogane se detuvo frente a ella y le dio un toque brusco en la frente con los dedos.

—Eres una idiota, Himeno. Si te mueres, ¿quién me va a invitar a las rondas de sake cuando Aki se ponga tacaño? No desperdicies tu vida por un tipo que ni siquiera sabe cómo usar una corbata correctamente.

Himeno soltó una pequeña risa nerviosa, las lágrimas finalmente asomando en sus ojos.

—Eres un cerdo arrogante, ¿lo sabías?

—Lo sé. Es parte de mi encanto —dijo él, ofreciéndole una mano para ayudarla a levantarse—. Ahora, vámonos de aquí antes de que lleguen los refuerzos y me obliguen a llenar informes. Odio el papeleo casi tanto como a los demonios que no saben cuándo morir.

Mientras se alejaban de la zona de desastre, Kurogane miró por encima del hombro hacia el edificio partido. Una sonrisa ladeada apareció en su rostro. La guerra contra Katana Man apenas comenzaba, pero al menos por hoy, el Viento Negro había reclamado la victoria. Y mientras tuviera su navaja y un cigarrillo a mano, el infierno podía esperar su turno.