chaos teen loud
Sombras, Secretos y un Conejo con Prisa
El amanecer en Beacon Hills no trajo la paz que Lincoln Loud esperaba. El joven mobian jackalope se encontraba acurrucado en el hueco de un roble centenario, con sus largas orejas caídas sobre sus hombros y sus astas enredadas en un poco de musgo seco. Sus sueños habían sido una mezcla caótica de las zonas industriales de Eggman y los rostros de sus diez hermanas, rostros que empezaban a sentirse dolorosamente lejanos.
—Si Lisa estuviera aquí, ya habría construido un portal interdimensional con un microondas y tres clips —susurró Lincoln para sí mismo, frotándose los ojos—. Pero solo estoy yo. Y un montón de gente que quiere disecarme o meterme en una jaula.
Lincoln se asomó por el hueco del árbol. El bosque estaba extrañamente silencioso. Sabía que el "hombre lobo amargado" y el chico de los ojos brillantes (Scott, según había escuchado entre susurros nocturnos) estarían buscándolo. Pero lo que más le preocupaba era el hombre del láser. En su mundo, los robots disparaban para destruir; aquí, los humanos disparaban con una frialdad que le erizaba el pelaje.
Mientras tanto, en la escuela preparatoria de Beacon Hills, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Scott McCall y Stiles Stilinski estaban apoyados contra los casilleros, ignorando por completo sus libros de química.
—Stiles, te lo digo en serio. No era un disfraz —insistió Scott, bajando la voz—. Sus brazos se estiraron como si fueran de liga. Golpeó al Kanima tan fuerte que atravesó una pared. Y sus ojos... no brillaban como los nuestros. Eran grandes, expresivos, casi como...
—¿Como un dibujo animado? —interrumpió Stiles, agitando las manos en el aire—. ¡Lo sé! ¡Lo vi en las noticias del club nocturno! "El Conejo de la Suerte salva a un chico de un lagarto gigante". Scott, esto es una locura. Tenemos hombres lobo, tenemos una lagartija asesina paralizante, ¿y ahora tenemos a un jackalope de un metro veinte que pelea como un superhéroe?
—Ayudó a Derek —dijo Scott, pensativo—. Si no hubiera sido por él, el Kanima habría matado a alguien más. Tenemos que encontrarlo antes que los Argent.
—O antes de que Derek lo use como cebo para lobos —añadió Stiles con una mueca—. Ya conoces su política de "si no es de mi manada, es un obstáculo".
Lejos de la escuela, Lincoln decidió que no podía quedarse escondido para siempre. Su estómago rugía con una fuerza que rivalizaba con los motores de un Badnik. Necesitaba comida, y el musgo no era precisamente su primera opción. Usando su velocidad, se movió entre la maleza como un borrón blanco y naranja.
Llegó a las afueras del pueblo, donde las casas comenzaban a mezclarse con el bosque. Su nariz captó un aroma celestial: pan recién horneado. Siguiendo el rastro, terminó en el patio trasero de una casa de dos pisos. Una ventana estaba abierta.
—Solo una pequeña inspección de seguridad alimentaria —se dijo Lincoln, usando sus brazos elásticos para agarrarse del marco de la ventana y subir con sigilo.
Entró en lo que parecía ser una habitación llena de libros y carteles de lacrosse. En el escritorio había una bolsa de papas fritas a medio terminar. Lincoln no lo dudó.
—¡Bingo! —exclamó en un susurro, devorando una tras otra—. Un poco saladas, pero mucho mejor que las raciones de la Resistencia.
De repente, la puerta de la habitación se abrió. Lincoln se congeló con una papa frita a mitad de camino a su boca. Un chico de mandíbula algo torcida y ojos curiosos entró, deteniéndose en seco al ver al intruso.
—¡Ah! —gritó Scott McCall.
—¡AHHH! —gritó Lincoln, saltando hacia el techo y pegándose a él gracias a su agilidad y un poco de inercia.
—¡Eres tú! —Scott cerró la puerta rápidamente y puso el seguro—. El chico conejo del bosque.
Lincoln, aún colgado del techo, lo miró con sospecha, sus astas rozando el ventilador de techo apagado.
—Primero, soy un Jackalope. Segundo, no soy un chico conejo, soy un Mobian. Y tercero... —Lincoln bajó lentamente, estirando sus piernas hasta tocar el suelo mientras su torso aún estaba arriba—. Tienes un olor muy fuerte a perro mojado. ¿Eres el amigo del tipo gruñón de anoche?
Scott retrocedió un paso, asombrado por la elasticidad del visitante.
—Me llamo Scott. Y sí, Derek es... complicado. Pero no quiero hacerte daño. Te vi pelear contra el Kanima. Nos salvaste la vida.
Lincoln se relajó un poco, permitiendo que su cuerpo recuperara su forma normal. Sus orejas se movieron con curiosidad.
—Me llamo Lincoln. Lincoln Loud. Y si ese lagarto es un problema común por aquí, tienen un sistema de control de plagas muy deficiente.
—No tienes idea —suspiró Scott, sentándose en su cama—. Lincoln, ¿de dónde vienes? No pareces ser de... bueno, de este planeta.
Lincoln se sentó en la silla del escritorio, balanceando sus piernas cortas.
—Vengo de Mobius. Hubo una explosión, cortesía del Dr. Eggman y una de sus máquinas locas con las Chaos Emeralds. Lo último que recuerdo es un destello de luz y luego desperté en su bosque. Creí que estaba en una ciudad de Overlanders normal, pero luego vi al lagarto y a tu amigo el lobo.
—¿Overlanders? —preguntó Scott, confundido.
—Humanos —aclaró Lincoln—. En mi mundo los llamamos así. Pero ustedes son diferentes. Algunos de ustedes huelen a magia y peligro.
—Escucha, Lincoln —dijo Scott con tono serio—, hay gente buscándote. Cazadores. Familias que llevan siglos matando a todo lo que no sea humano. Si te encuentran, no te harán preguntas sobre tu mundo. Te pondrán en una mesa de disección.
Lincoln sintió un escalofrío. Había enfrentado ejércitos de robots, pero la idea de ser "diseccionado" sonaba mucho más permanente.
—Tengo que volver a casa —dijo Lincoln, con la voz quebrada por primera vez—. Mis hermanas... deben estar buscándome. No puedo quedarme aquí siendo una "variable", como dijo el viejo del láser.
—¿Viste a Gerard? —Scott palideció—. Si él te vio, ya no estás seguro en ninguna parte.
En ese momento, un fuerte golpe sonó en la ventana. Scott y Lincoln saltaron del susto. Era Derek Hale, colgado de la repisa con una expresión de pocos amigos. Scott abrió la ventana y el lobo entró con una agilidad felina.
—Está aquí —dijo Derek, mirando a Lincoln como si fuera un espécimen de laboratorio—. El pueblo está lleno de cazadores. Argent ha movilizado a todos. Dicen que hay una "especie invasora" que debe ser eliminada antes de que el Kanima cause más desastres.
—¡Él no es una especie invasora! —defendió Scott—. Es Lincoln. Y nos ayudó.
—No me importa cómo se llame —gruñó Derek, acercándose a Lincoln. El jackalope no se amilanó; infló el pecho y sus astas parecieron brillar levemente—. Lo que me importa es que el Kanima lo tiene marcado. Anoche, cuando lo golpeaste, dejaste tu rastro en él. Ahora el maestro del Kanima sabe que eres una amenaza.
—¿Maestro? —Lincoln frunció el ceño—. ¿Esa cosa tiene un dueño? ¿Como un perro de ataque robótico, pero con escamas?
—Exactamente —asintió Derek—. Y si el Kanima te encuentra antes que los cazadores, te matará. Y si los cazadores te encuentran primero, nos llevarán a todos nosotros con ellos.
Lincoln se puso de pie, ajustándose sus guantes blancos. Su miedo se estaba transformando en esa determinación que solo los héroes de Mobius poseían.
—Bueno, en mi mundo, cuando un tipo malo intenta intimidarme, suelo responder con un ataque giratorio en la cara —dijo Lincoln con una sonrisa valiente—. Si ese lagarto quiere una revancha, la tendrá. Pero necesito saber a qué me enfrento.
—Necesitamos a Stiles —dijo Scott, sacando su teléfono—. Él es el que sabe de planes. Y de mitología.
—¿El chico del jeep ruidoso? —preguntó Lincoln—. Lo vi anoche. Grita mucho. Me agrada.
Media hora después, Stiles irrumpió en la habitación de Scott con una pila de libros y una laptop. Al ver a Lincoln, se detuvo, dejó caer los libros y sacó una cámara de fotos.
—¡No te muevas! ¡Esto es para la posteridad! —exclamó Stiles.
—¡Stiles, no! —Scott le quitó la cámara—. Lincoln está en peligro.
Stiles miró al pequeño mobian de arriba abajo.
—Vaya. Eres... realmente anaranjado. Y esas astas... ¿son de hueso real o es como queratina de rinoceronte? ¿Puedes captar señales de radio con ellas?
—Son reales —dijo Lincoln, moviendo una de sus orejas para golpear juguetonamente la nariz de Stiles—. Y no, no capto radio, pero puedo oír tu corazón latiendo como un tambor. Estás nervioso.
—¡Claro que estoy nervioso! —Stiles se sentó en el suelo, abriendo su laptop—. Según los registros de la policía, hubo avistamientos de una "anomalía biológica" cerca del depósito de chatarra. El Kanima fue visto allí hace veinte minutos. Y los Argent ya están en camino.
—Es una trampa —dijo Derek desde la sombra de la esquina—. Están usando al Kanima para atraer al "conejo". Quieren ver qué puede hacer.
Lincoln apretó los puños. Recordó a Infinite, recordó cómo se sintió impotente cuando el mundo caía bajo el control de Eggman. No permitiría que este pueblo sufriera lo mismo solo porque él estaba en el lugar equivocado.
—Entonces vamos a darles un espectáculo —dijo Lincoln—. Scott, tú y el lobo gruñón ocúpense de los cazadores. Distráiganlos. Yo me encargaré del lagarto.
—¿Solo? —preguntó Scott, preocupado—. Es rápido, Lincoln. Y su veneno te paraliza en segundos.
Lincoln realizó un giro rápido sobre sus talones, transformándose en una esfera de energía azul que rebotó por las paredes de la habitación antes de detenerse frente a Scott.
—He peleado contra robots del tamaño de edificios y contra un tipo que podía manipular la realidad —dijo el jackalope con un guiño—. Un lagarto con problemas de identidad no va a detenerme. Además... —Lincoln estiró su brazo derecho, envolviéndolo alrededor de la lámpara del techo y luego retrayéndolo con un efecto de sonido elástico— ...tengo algunos trucos que ni siquiera Eggman pudo prever.
El grupo se dirigió al depósito de chatarra bajo el manto de la tarde que caía. El cielo de Beacon Hills se tiñó de un violeta oscuro, casi como si el universo mismo estuviera advirtiendo del choque inminente.
Al llegar, el olor a metal oxidado y aceite era abrumador. Lincoln se movía por encima de las pilas de autos viejos, usando su agilidad para mantenerse fuera de la vista. Scott y Derek se posicionaron en los flancos, detectando el aroma de los Argent acercándose por el norte.
De repente, un siseo familiar resonó desde el interior de un autobús escolar abandonado. El Kanima emergió, reptando por el techo del vehículo. Sus ojos amarillos se fijaron en Lincoln.
—¡Oye, cara de escamas! —gritó Lincoln, saltando sobre el capó de un camión—. ¿Te acuerdas de mí? Me parece que dejamos algo pendiente.
El Kanima rugió, lanzándose hacia él. Lincoln se agachó en el último segundo, realizando un barrido con sus piernas elásticas que hizo tropezar a la criatura. Sin perder un segundo, Lincoln se impulsó hacia arriba.
—¡Homing Attack! —gritó.
Se convirtió en una bola de energía y golpeó repetidamente al Kanima en el aire, impidiéndole tocar el suelo. Sin embargo, el Kanima era resistente. En un movimiento desesperado, la criatura lanzó su cola, rozando el brazo de Lincoln.
—¡Ah! —Lincoln cayó al suelo, sintiendo un frío repentino en su hombro—. Eso... eso no se siente bien.
—¡Lincoln! —gritó Scott, intentando acercarse, pero una granada cegadora estalló frente a él.
Los cazadores habían llegado. Chris Argent y su equipo salieron de entre las sombras, con sus ballestas y armas cargadas.
—¡Fuego! —ordenó una voz de anciano desde la retaguardia. Gerard Argent observaba desde un auto negro, con los ojos brillando de malicia.
Las flechas y las balas de fogueo (diseñadas para aturdir) volaron hacia el centro del conflicto. El Kanima, confundido por el ruido, comenzó a atacar a los cazadores, mientras Derek y Scott intentaban proteger a Lincoln.
El joven jackalope sentía que su brazo izquierdo se volvía de piedra. El veneno del Kanima estaba haciendo efecto.
—No... todavía no —gruñó Lincoln, forzando a su cuerpo a moverse.
Vio a una de las cazadoras apuntar directamente a la cabeza de Scott, quien estaba distraído peleando con el Kanima. Lincoln sabía que no podía correr, pero sus brazos... sus brazos eran otra historia.
—¡Gomu Gomu no... Whip! —gritó Lincoln con todas sus fuerzas.
Su brazo derecho se estiró como un látigo kilométrico, barriendo el área y derribando a tres cazadores antes de que pudieran disparar. Luego, usando el mismo impulso, envolvió su brazo alrededor de una viga de acero y se lanzó hacia Scott, empujándolo fuera del camino de un zarpazo del Kanima.
—¡Sal de aquí! —le gritó Lincoln a Scott—. ¡Yo lo distraeré!
—¡No te dejaremos solo! —respondió Scott, transformándose completamente, sus ojos brillando con un rojo alfa incipiente por la pura fuerza de su voluntad.
La batalla se convirtió en un caos total. Lincoln, a pesar de tener un brazo paralizado, usaba su cuerpo elástico para esquivar balas y devolver golpes. En un momento dado, se encontró frente a frente con Chris Argent. El cazador dudó. Vio en los ojos de Lincoln no a un monstruo, sino a un niño asustado pero valiente.
—¡Vete! —le susurró Chris, bajando su arma por un breve segundo—. ¡Ahora!
Lincoln no necesitó que se lo dijeran dos veces. Usando sus piernas como resortes, saltó por encima de la valla perimetral, desapareciendo en el bosque profundo. El Kanima intentó seguirlo, pero Derek lo interceptó, tacleándolo contra una pila de neumáticos.
Horas más tarde, Lincoln se encontraba de nuevo en el bosque, cerca de un arroyo. Su brazo finalmente estaba recuperando la movilidad, aunque todavía sentía un hormigueo molesto.
—Eso estuvo cerca —suspiró, lavándose la cara con el agua fría—. Demasiado cerca.
—Lo hiciste bien, chico.
Lincoln se dio la vuelta rápidamente, pero no era un enemigo. Era Scott, acompañado por Stiles, quien traía una bolsa de hamburguesas.
—Trajimos suministros —dijo Stiles, extendiéndole una hamburguesa doble—. Y una buena noticia: los Argent creen que huiste de la ciudad. Gerard está furioso, lo cual es mi pasatiempo favorito.
Lincoln tomó la comida con gratitud.
—Gracias, chicos. Pero esto no ha terminado, ¿verdad?
Scott negó con la cabeza, sentándose a su lado.
—Beacon Hills nunca se detiene. Pero ahora tienes amigos aquí. No dejaremos que te conviertan en un trofeo de caza.
Lincoln miró hacia las estrellas, preguntándose si en alguna de ellas sus hermanas estarían mirando hacia abajo, esperando su regreso. Por primera vez desde que llegó a este mundo extraño, no se sentía como un alienígena. Se sentía como un héroe.
—Bueno —dijo Lincoln, dando un gran mordisco a su hamburguesa—, si vamos a salvar este pueblo de lagartos y cazadores locos, voy a necesitar más de estas. Y tal vez un mapa. Me pierdo muy fácil en este bosque.
Stiles rió, palmeando la espalda del jackalope.
—Bienvenido a la manada, Lincoln. Es un desastre, pero te gustará.
Mientras la luna llena se alzaba sobre Beacon Hills, una nueva alianza se había forjado. Un lobo, un humano y un jackalope de otro mundo, listos para enfrentar lo que la oscuridad tuviera preparado. Lincoln Loud ya no era solo un fugitivo; ahora, era parte de algo mucho más grande.