Class of '09: The Graves Edition
Entre la Espada y la Pared de Cafetería
La luz fluorescente del comedor parpadeaba con una frecuencia irritante, marcando el ritmo de la migraña en potencia que Andrew sentía nacer tras sus sienes. El estruendo de las bandejas de plástico chocando contra las mesas y el murmullo incesante de cientos de adolescentes desesperados por validación social creaban una cacofonía que Andrew encontraba particularmente agotadora.
Frente a él, Nicole diseccionaba un sándwich de pavo con la precisión de un patólogo forense, mientras Jecka revisaba su teléfono con una expresión que oscilaba entre el aburrimiento mortal y el juicio estético. Andrew, por su parte, mantenía su bandeja impecable, observando el puré de patatas grisáceo como si fuera un experimento biológico fallido.
—En serio, este lugar es un vertedero de residuos humanos —declaró Nicole, dejando caer el tenedor con un ruido seco—. Mira a esa mesa de allá. Los de teatro creen que su existencia es una performance artística, pero solo son feos con bufandas en interiores.
—Al menos tienen una personalidad, Nicole —replicó Jecka sin levantar la vista de la pantalla—. Es una personalidad de mierda, pero es algo. Tú solo tienes odio y una adicción al Adderall que pronto te dejará sin tabique nasal.
—El odio mantiene mi cutis perfecto, Jecka. Es como un exfoliante para el alma. —Nicole giró sus ojos hacia Andrew, quien permanecía en un silencio sepulcral—. Y hablando de almas vacías... Andrew, todavía no has dicho ni una palabra. ¿Estás planeando cómo esconder los cuerpos o simplemente te estás dando cuenta de que sentarte con nosotras es el punto más bajo de tu vida?
Andrew levantó la vista. Sus ojos verdes, desprovistos de cualquier brillo de calidez, se posaron en Nicole con una calma que a menudo ponía nerviosa a la gente.
—Estaba pensando en la eficiencia energética de este edificio —dijo Andrew con una voz monótona—. Es fascinante cuánta electricidad se desperdicia en iluminar a personas que no tienen un futuro brillante.
Nicole soltó una carcajada seca, golpeando la mesa.
—Dios, eres como un pequeño cuervo pesimista. Me encanta.
Jecka finalmente bloqueó su teléfono y lo dejó sobre la mesa, inclinándose hacia adelante. Sus ojos recorrieron a Andrew de arriba abajo, deteniéndose en las marcadas ojeras y la palidez casi translúcida de su piel. Había una curiosidad genuina en su mirada, una que Andrew reconoció como potencialmente peligrosa.
—Oye, Andrew —comenzó Jecka, suavizando un poco su tono mordaz—. En serio. Hemos estado especulando sobre ti toda la mañana. Viniste de muy lejos, ¿verdad? Un estado diferente, un clima diferente... un código penal diferente, probablemente.
Andrew sintió un ligero aumento en su pulso, pero su expresión no cambió ni un milímetro. El pragmatismo tomó el control.
—El país es grande, Jecka. Moverse es solo una cuestión de logística y camiones de mudanza.
—No me des esa respuesta de folleto inmobiliario —insistió Jecka, apoyando la barbilla en su mano—. Nadie se muda a mitad del semestre a este agujero suburbano a menos que sus padres estén huyendo de una deuda de juego o que él mismo haya hecho algo lo suficientemente turbio como para que el director de su antigua escuela sugiriera un "cambio de aires" antes de llamar a la policía. Entonces, ¿cuál es la historia? ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora?
Andrew tomó una uva de su bandeja y la hizo girar entre sus dedos largos y delgados. El recuerdo de los gritos en el sótano, el olor a hierro de la sangre fresca y la mirada frenética de Ashley cruzaron su mente como un relámpago oscuro.
—A mis padres les gusta la idea de la "reinvención" —respondió Andrew, eligiendo sus palabras con una precisión quirúrgica—. Creen que si cambias el código postal, los problemas del pasado simplemente dejan de existir. Es una forma de pensamiento mágico muy común en la clase media en declive.
—Eso es una evasiva de manual —intervino Nicole, encendiendo un cigarrillo a pesar de estar en el interior, desafiando a cualquier profesor a decir algo—. ¿Qué pasó en tu antigua ciudad, Andrew? ¿Hubo fuego? ¿Hubo sangre? ¿O simplemente te cansaste de enterrar cosas en el jardín trasero y necesitabas tierra nueva?
Andrew mantuvo el contacto visual con Nicole. Sabía que ella estaba buscando un punto de ruptura, una grieta en su armadura de estoicismo.
—Había demasiada gente que creía conocerme —dijo Andrew, su voz bajando un octavo, volviéndose más gélida—. Y cuando la gente cree que te conoce, empieza a tomarse libertades. Empiezan a hacer preguntas... como las que están haciendo ustedes ahora.
Jecka se removió en su asiento, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del comedor. Había algo en la forma en que Andrew pronunciaba ciertas palabras que sugería una violencia latente, una capacidad de crueldad que incluso ella, con todo su cinismo, encontraba intimidante.
—Solo somos curiosas —dijo Jecka, tratando de recuperar su aire de superioridad—. No es como si fuéramos a ir a la policía. Probablemente hemos hecho cosas peores que tú. Nicole una vez convenció a un chico de que tenía cáncer terminal solo para ver si le regalaba su PlayStation.
—Y funcionó —añadió Nicole con una sonrisa de suficiencia—. Pero Andrew es diferente. Él no parece el tipo de persona que hace cosas por una consola. Él parece el tipo de persona que hace cosas porque el mundo es un lugar aburrido y él tiene mucha hambre de entretenimiento. O de algo más.
Andrew dejó la uva en la bandeja sin comerla. La mención del "hambre" siempre le provocaba una punzada de incomodidad visceral.
—Mi vida anterior es irrelevante —sentenció Andrew—. Lo que importa es el presente. Y en el presente, estoy tratando de terminar este almuerzo sin que el olor a desesperación de este comedor se me pegue a la ropa.
—Eres tan dramático —se burló Jecka, aunque su mirada seguía siendo inquisitiva—. Pero no has respondido. ¿De dónde exactamente? ¿Ohio? ¿Michigan? ¿Algún lugar con muchos bosques donde nadie oye los gritos?
—Un lugar con muchos árboles —concedió Andrew, su tono volviéndose mordaz—. Donde la gente se ocupa de sus asuntos o desaparece en la maleza. Deberían probarlo alguna vez. Lo de ocuparse de sus asuntos, quiero decir.
Nicole soltó una carcajada, lanzando una nube de humo hacia el techo.
—Oh, Dios, Jecka, creo que lo hemos ofendido. El pequeño psicópata tiene sentimientos después de todo.
—No son sentimientos, Nicole —corrigió Andrew, inclinándose hacia ella, su sombra proyectándose sobre la mesa—. Es pragmatismo. Las preguntas llevan a respuestas, las respuestas llevan a conclusiones, y las conclusiones suelen ser erróneas. No me gusta que la gente saque conclusiones sobre mí. Es una pérdida de tiempo para ambos.
—¿Y qué conclusión deberíamos sacar? —preguntó Jecka, cruzándose de brazos—. Eres guapo de una forma aterradora, eres más inteligente que el noventa por ciento de este edificio y actúas como si estuvieras por encima de todo esto. Pero estás aquí. En la misma mesa que nosotras. Comiendo la misma mierda de cafetería. Eso significa que, por muy especial que te creas, algo te arrastró hasta aquí.
Andrew sintió una chispa de irritación. Jecka era más perspicaz de lo que su fachada de chica superficial sugería. Ella había dado en el clavo: estaba allí porque no tenía otra opción. Estaba allí porque él y Ashley habían quemado todos los puentes y devorado a los mensajeros.
—A veces el camino más corto hacia la paz es el exilio —dijo Andrew, su voz recuperando esa calma inquietante—. Vine aquí porque este lugar es tan insignificante que nadie se molestaría en mirar dos veces. O al menos eso pensaba hasta que me encontré con ustedes dos.
—Consideralo un cumplido —dijo Nicole, apagando el cigarrillo en los restos de su sándwich—. Somos las únicas personas aquí con las que vale la pena hablar. El resto son solo ganado esperando el matadero de la vida adulta.
—El ganado al menos es útil —replicó Andrew—. Provee sustento. La mayoría de los estudiantes aquí ni siquiera sirven para eso.
Jecka arqueó una ceja, captando el matiz oscuro en la palabra "sustento", pero antes de que pudiera presionar más, el timbre que anunciaba el fin del almuerzo resonó en el pasillo, un sonido estridente que Andrew recibió como una bendición.
—Se acabó el tiempo de confesiones —dijo Andrew, levantándose con una elegancia fluida que contrastaba con la torpeza de los estudiantes a su alrededor.
Recogió su bandeja, asegurándose de que cada elemento estuviera en su lugar. Su máscara de estudiante normal estaba perfectamente ajustada de nuevo, pero el aire a su alrededor seguía sintiéndose pesado, cargado con la estática de lo no dicho.
—No creas que esto ha terminado, Andrew —advirtió Nicole, levantándose también y ajustando su mochila—. Jecka es como un perro con un hueso cuando algo le da curiosidad. Y tú eres el hueso más grande que hemos encontrado en mucho tiempo.
—Espero que tengas buenos dientes, Jecka —dijo Andrew, lanzando una mirada final a la morena—. Algunos huesos son muy difíciles de roer. Y otros tienen astillas que pueden ser... letales.
Jecka se quedó en silencio por un momento, observando cómo Andrew se alejaba hacia la zona de descarga de bandejas. Había algo en su caminar, una falta total de vacilación, que le recordaba a un depredador que conocía perfectamente el terreno, incluso si era nuevo en él.
—Ese chico va a terminar matándonos o haciendo que nos expulsen —murmuró Jecka, aunque había una nota de emoción en su voz que no podía ocultar—. O ambas cosas.
—¿No es emocionante? —respondió Nicole, empezando a caminar hacia la salida—. Finalmente, algo de entretenimiento real. Me pregunto qué diría su hermana si estuviera aquí. Él mencionó a una hermana esta mañana, ¿verdad?
—Dijo que ella vendría después —recordó Jecka—. Si él es así de raro, imagínate a la chica.
Mientras tanto, Andrew caminaba por el pasillo hacia su clase de Cálculo. Su mente ya estaba lejos de la cafetería, procesando la información que había obtenido. Nicole y Jecka eran herramientas, pero herramientas de doble filo. Podían servir para desviar la atención o para crear el caos necesario si las cosas se ponían feas, pero su curiosidad era un riesgo que debía gestionar.
Sacó su teléfono y envió un mensaje rápido. No necesitaba mirar la pantalla para saber qué escribir.
"El terreno es fértil, pero las alimañas son persistentes. Prepárate para cuando llegues. Tendremos que limpiar la zona."
La respuesta llegó casi al instante, una sola palabra que hizo que Andrew sintiera un calor familiar y retorcido en el pecho.
"Hambre."
Andrew guardó el teléfono y entró en el aula. Se sentó en su lugar habitual, abrió su libro y se sumergió en el mundo de los números y las variables. Los números eran lógicos. Los números no hacían preguntas sobre el pasado ni se preocupaban por los cuerpos enterrados en otros estados.
Pero mientras el profesor empezaba a escribir en la pizarra, Andrew no pudo evitar pensar en Nicole y Jecka. Eran inteligentes, sí. Eran cínicas, también. Pero no tenían ni idea de la escala de la oscuridad con la que estaban jugando. Ellas veían el cinismo como una moda, como una forma de rebelión adolescente. Para Andrew, era una estrategia de supervivencia. Era su piel.
Se permitió una sonrisa imperceptible, una que no llegaba a sus ojos verdes y apagados. El instituto era un teatro, y él acababa de conocer a las coprotagonistas de su próxima gran obra. Solo esperaba que estuvieran listas para el acto final, porque cuando Ashley llegara, el guion ya no sería una comedia negra de adolescentes aburridos.
Sería una tragedia. Y él se aseguraría de que no quedara nadie en la audiencia para contar el final.
—Señor Graves —dijo el profesor, sacándolo de sus pensamientos—, ¿podría resolver el problema en la pizarra?
Andrew se levantó, caminó hacia el frente con paso firme y tomó la tiza. Mientras trazaba las líneas de la ecuación, sintió que los ojos de sus compañeros se clavaban en su espalda. Podía sentir la curiosidad, el miedo incipiente y la desconfianza.
Era una sensación embriagadora.
Terminó el problema, dejó la tiza y volvió a su asiento sin decir una palabra. El profesor revisó el resultado y asintió, visiblemente impresionado.
—Correcto. Un enfoque muy... directo, Andrew.
—A veces —respondió Andrew desde su rincón oscuro—, la forma más rápida de llegar a la solución es eliminar todas las distracciones innecesarias.
Nicole, que estaba en la misma clase tres filas más adelante, se giró y le guiñó un ojo. Andrew simplemente la miró fijamente hasta que ella se dio la vuelta, sintiendo por primera vez que quizás, solo quizás, había mordido más de lo que podía masticar con el nuevo chico de la ciudad.
El resto de la tarde transcurrió en un desfile de mediocridad que Andrew navegó con su habitual eficiencia gélida. Pero en el fondo de su mente, el plan seguía formándose, una telaraña de manipulaciones y sombras que pronto envolvería a todo el instituto.
Porque Andrew Graves no solo había venido a estudiar. Había venido a alimentarse. Y el menú de este semestre prometía ser excepcionalmente variado.