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Clood crown

El Eco de las Magnolias y el Primer Encuentro

El reloj marcaba las 5:40 p.m. del 9 de julio de 2020. Seúl se encontraba sumergida en esa atmósfera densa y cargada de humedad que solo las lluvias monzónicas de verano saben dejar a su paso. El jardín trasero de la universidad, usualmente un hervidero de risas y pasos apresurados, se hallaba sumido en un silencio casi sepulcral. Las vacaciones habían comenzado oficialmente y, tras la agitación de los preparativos para la graduación, el campus parecía exhalar un suspiro de alivio.

Bajo la sombra protectora de una magnolia centenaria, cuyas flores blancas ya empezaban a marchitarse en los bordes, Kim Taehyung permanecía sentado. A sus veinte años, el joven Omega de linaje celestial poseía una elegancia que rayaba en lo irreal; su postura era impecable, con la espalda recta pero relajada contra el tronco rugoso del árbol. Vestía unos pantalones de tela negros de corte recto y una camisa de seda color crema que se agitaba levemente con la brisa fresca. Sus dedos, largos y finos, sostenían una carbonilla con una delicadeza técnica, mientras sus ojos, afilados y profundos, analizaban cada trazo en su libreta de bocetos.

Taehyung era un enigma para la mayoría. Aunque su carrera oficial era la Psicología y la Analítica Forense —la cual terminaba ese mismo día con honores excepcionales—, su refugio siempre habían sido las artes visuales. El viento movió sus mechones castaños, despeinándolos con suavidad, pero él no se inmutó. Su expresión era de una serenidad gélida, una máscara de indiferencia que ocultaba el torbellino de emociones que le provocaba saber que, a partir de esa noche, su vida ya no le pertenecería solo a él, sino al destino de un reino que clamaba por su retorno.

El sonido de pasos sobre el césped húmedo rompió su concentración. Taehyung no levantó la vista, pero sus fosas nasales captaron el aroma familiar a melocotón y fresas antes de que el recién llegado hablara.

—Sabía que te encontraría aquí —dijo Park Jiwuon, acercándose con una sonrisa pequeña. El Omega de rango bajo lucía ya su toga de graduación, aunque la llevaba abierta, revelando un traje formal impecable—. El resto del mundo está celebrando en el auditorio y tú estás aquí, dibujando árboles muertos.

Taehyung cerró la libreta con un movimiento seco y elegante. Sus manos se acomodaron sobre su regazo, cruzando los dedos con parsimonia.

—No están muertos, Jiwuon. Simplemente están esperando su momento para florecer de nuevo —respondió Taehyung. Su voz era baja, aterciopelada, con una cadencia que denotaba una madurez superior a su edad—. ¿Por qué me buscas con tanta urgencia?

Jiwuon se sentó a su lado, ignorando la humedad de la tierra. Suspiró, mirando el cielo grisáceo que amenazaba con volver a llorar.

—Alguien ha estado preguntando por ti toda la tarde —comentó Jiwuon, lanzándole una mirada de soslayo—. Un Alfa. No parecía de por aquí. Tenía ese aire de... "sangre azul" que tanto detestas.

Taehyung arqueó una ceja, pero su rostro permaneció imperturbable. No permitió que la curiosidad se reflejara en sus ojos, aunque por dentro, un presentimiento extraño le recorrió la columna.

—Mucha gente pregunta por los Kim, Jiwuon. Es el precio de portar un apellido que pesa más que el oro —Taehyung se puso de pie, sacudiendo las briznas de hierba de su pantalón con gestos lentos—. No me interesa quién sea. Hoy solo quiero terminar con este simulacro de normalidad.

—Tae, no puedes ser indiferente para siempre —insistió Jiwuon, levantándose también—. Ese hombre... mencionó algo sobre el Reino Loto.

Taehyung se tensó. Fue un movimiento casi imperceptible, apenas un endurecimiento en la línea de sus hombros, pero para un experto en microexpresiones como él, fue una confesión. El Reino Loto. Los Jeon.

—Vámonos —cortó Taehyung, su tono ahora más frío—. La ceremonia va a empezar y no quiero que el decano tenga una excusa para alargar su discurso buscándome.

Caminaron juntos hacia el edificio principal. El trayecto por los pasillos de la universidad se sintió como un recorrido por una galería de recuerdos que ya no le pertenecían. Las paredes de piedra, los tablones de anuncios llenos de folletos de clubes y las luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico creaban una atmósfera de melancolía cinematográfica. Al entrar al gran salón, el ambiente cambió drásticamente.

El aire estaba saturado de perfumes caros, risas nerviosas y el clic incesante de las cámaras fotográficas. Los profesores, con sus túnicas académicas de colores sobrios, saludaban a los padres orgullosos. Taehyung caminó por el pasillo central sintiéndose como un espectador en su propia vida. Los flashes se reflejaban en sus pupilas, pero él mantenía la vista al frente. Podía sentir las miradas de los demás estudiantes: envidia, admiración, deseo. Él era el prodigio, el Omega que se graduaba a los veinte años con una maestría bajo el brazo.

La ceremonia fue un borrón de discursos sobre el futuro y el éxito. Cuando Taehyung subió al estrado para recibir su diploma, el silencio se hizo más denso. Su presencia exigía atención sin necesidad de pedirla. Al estrechar la mano del rector, Taehyung sintió un vacío punzante en el pecho. ¿De qué servía todo ese conocimiento académico si su futuro estaba encadenado a una corona robada y a un compromiso forzado por la sangre?

Al finalizar el evento, mientras los demás lanzaban sus birretes al aire y se fundían en abrazos, Taehyung se escabulló por una puerta lateral. No quería felicitaciones. No quería ser el centro de atención de una sociedad que solo valoraba su linaje.

La noche ya había caído sobre Seúl cuando salió del campus. Una lluvia fina y persistente comenzó a caer, envolviendo la ciudad en un velo de luces difusas. En lugar de llamar a su chofer, Taehyung decidió caminar. Sus pasos lo llevaron, casi por instinto, hacia el lago Cheonggyecheon, un lugar que solía visitar cuando el peso de sus responsabilidades se volvía insoportable.

El lago estaba rodeado de sauces llorones cuyas ramas rozaban la superficie del agua. Las luces de los rascacielos se reflejaban en el líquido oscuro, creando un mosaico de colores eléctricos que danzaban con las ondas de la lluvia. El sonido del agua cayendo era el único compañero de su soledad.

Taehyung caminó hasta un pequeño pabellón de madera que se adentraba un poco en el lago. Se detuvo bajo el techo, suspirando mientras el aire frío le llenaba los pulmones. Entonces, se dio cuenta de que no estaba solo.

Sentado en un banco de madera, bajo la luz tenue de una farola que parpadeaba, se encontraba un joven. Vestía una chaqueta de cuero negra sobre una sudadera gris y unos vaqueros gastados. Entre sus manos, sostenía una cámara fotográfica vieja, una Leica que parecía haber visto tiempos mejores. El desconocido no lo miró de inmediato; estaba concentrado en ajustar el lente, sus dedos moviéndose con una destreza que denotaba hábito.

El aroma golpeó a Taehyung antes que cualquier palabra. Tierra mojada y chocolate amargo. Era un aroma denso, embriagador, que parecía reclamar el aire a su alrededor. Un aroma de Alfa, pero no de cualquier Alfa. Era un linaje celestial, de rango medio, pero con una potencia que hizo que el instinto de Taehyung diera un vuelco.

—La luz a esta hora es casi perfecta, ¿no crees? —dijo el desconocido sin levantar la vista. Su voz era profunda, con una aspereza seductora que resonó en el pecho de Taehyung—. Refleja exactamente lo que la mayoría intenta ocultar: la oscuridad debajo del brillo.

Taehyung se mantuvo a una distancia prudente, su lenguaje corporal cerrado y defensivo.

—La mayoría de la gente viene aquí para ver las luces, no la oscuridad —respondió Taehyung, analizando la figura del hombre. Era alto, de hombros anchos, y su cabello negro caía sobre sus ojos en un estilo descuidado pero extrañamente elegante.

El hombre finalmente levantó la cabeza. Sus ojos eran oscuros, intensos, y en ellos brillaba una chispa de inteligencia que Taehyung reconoció de inmediato. No era la mirada de un estudiante común; era la mirada de alguien que sabía cómo manipular la realidad a su antojo.

—Entonces tú no eres como la mayoría —concluyó el Alfa, esbozando una sonrisa lenta que no llegaba a sus ojos—. Kim Taehyung. El príncipe sin corona del Reino Celeste.

Taehyung sintió que el tiempo se detenía. La lluvia parecía caer más lento.

—¿Quién eres? —preguntó, aunque en el fondo de su psique, una parte de su linaje ya le estaba dando la respuesta. El tirón en su pecho, la forma en que su aroma a jazmín y nieve parecía querer expandirse para mezclarse con el chocolate amargo... era una reacción biológica que solo ocurría con una persona en el mundo.

El hombre se puso de pie con una gracia felina. Dejó la cámara en el banco y dio un paso hacia la luz, permitiendo que Taehyung viera sus facciones con claridad: una mandíbula afilada, una nariz recta y esos labios que parecían diseñados para susurrar promesas y mentiras por igual.

—Mi nombre es Jeon Sungkook —se presentó, y el nombre sonó como una sentencia—. Aunque supongo que ya lo sabías. Después de todo, estamos destinados a ser el uno para el otro, ¿verdad?

Taehyung mantuvo la respiración, su mente analizando frenéticamente cada gesto de Sungkook. El Alfa no se movía como un enemigo, sino como un depredador que ya sabía que tenía a su presa acorralada. Había una tensión palpable entre ellos, una electricidad que no tenía nada que ver con el romance y todo que ver con el poder.

—El destino es una excusa para los que no tienen voluntad, Jeon —respondió Taehyung, recuperando su tono gélido—. Si crees que puedes aparecerte aquí, después de lo que tu familia le hizo a la mía, y esperar que caiga en tus brazos solo por una conexión de casta, es que no sabes nada de psicología.

Sungkook soltó una carcajada suave, un sonido que era a la vez irritante y fascinante.

—Oh, sé mucho sobre ti, Taehyung. He leído tus tesis, he seguido tus pasos en la universidad. Sé que eres brillante. Sé que eres capaz de ver a través de las personas —Sungkook dio otro paso, acortando la distancia hasta que solo un par de metros los separaban. Su aroma se volvió más intenso, envolviendo a Taehyung en una calidez peligrosa—. Pero también sé que te sientes solo. Que te gradúas hoy y no tienes a nadie que entienda realmente el peso que llevas.

Taehyung apretó los puños ocultos en los bolsillos de su pantalón. Odiaba lo cerca que estaba Sungkook de la verdad. Odiaba que este hombre, un traidor por herencia, pudiera leerlo con tanta facilidad.

—No necesito que me entiendas —dijo Taehyung, dando un paso atrás, saliendo de la protección del techo hacia la lluvia—. Necesito que te alejes de mi camino. El Reino Celeste no es vuestro por derecho, y yo no soy un trofeo que puedas reclamar con una cámara vieja y palabras bonitas.

Sungkook no pareció ofendido. Al contrario, su mirada se volvió más oscura, más interesada.

—No te reclamo como un trofeo, Taehyung. Te reclamo como mi igual —Sungkook volvió a tomar su cámara y tomó una fotografía rápida de Taehyung bajo la lluvia. El flash iluminó el rostro del Omega por una fracción de segundo—. Nos volveremos a ver. Muy pronto. El palacio de Loto está preparando una recepción en tu honor. Mi padre quiere discutir los términos de la "unificación".

—Dile a tu padre que los Kim no aceptan términos de ladrones —escupió Taehyung, girándose para marcharse.

—Te veré allí, Taehyung —la voz de Sungkook lo siguió a través del viento y la lluvia—. Y cuando lo haga, no podrás esconderte detrás de tus libros de analítica. Tu instinto te delata. Me deseas tanto como me odias.

Taehyung no se detuvo. Caminó con paso firme por la orilla del lago, sintiendo cómo el agua empapaba su camisa de seda y cómo el frío se filtraba en sus huesos. Sin embargo, por dentro, su sangre ardía. El encuentro no había sido casualidad; había sido una declaración de guerra.

Mientras se alejaba, Taehyung se tocó el pecho, justo donde su corazón latía con una fuerza desconocida. La mirada de Sungkook seguía grabada en su mente, una mezcla de manipulación y una honestidad brutal que lo aterraba.

"Es un mentiroso", se repitió Taehyung a sí mismo. "Es un Jeon. Es el hombre que me arrebató mi hogar antes de que yo pudiera defenderlo".

Pero mientras subía a un taxi y observaba las luces de Seúl desvanecerse tras el cristal empañado, Taehyung supo que la batalla que acababa de comenzar no se libraría con ejércitos. Se libraría en los pasillos del palacio, en las cenas de gala y en los silencios compartidos.

Él recuperaría su corona. Destruiría a los Jeon desde adentro. Y si para hacerlo tenía que jugar al juego del predestinado con Sungkook, lo haría.

Lo que Taehyung no sabía, o quizás se negaba a admitir mientras el aroma a chocolate amargo seguía impregnado en su ropa, era que en un juego de mentes, el primer error siempre es creer que tienes el control total de tus propios sentimientos.

La noche del 9 de julio de 2020 terminó con una promesa silenciosa escrita en la lluvia: el Reino Celeste volvería a su legítimo dueño, aunque para ello, el príncipe tuviera que caminar por el fuego de su propio destino.