Competencia por un mismo amor
Fuego en las venas y el sabor del endurecimiento
— ¿Vas a quedarte ahí parado como un extra o vas a cerrar la maldita puerta? —gruñó Bakugo, aunque su voz carecía de la agresividad habitual. Estaba cargada de una urgencia ronca que incluso a él mismo le sorprendió.
Kirishima no necesitó que se lo dijeran dos veces. Sin romper el contacto visual, estiró un brazo y empujó la pesada puerta del salón de clases. El "clic" de la cerradura resonó en el silencio del aula vacía, sellándolos en su propio mundo privado. El sol de la tarde se filtraba por las ventanas, bañando el lugar en un tono anaranjado que hacía que el cabello de Eijirou pareciera estar hecho de llamas reales.
— Bakugo... —susurró Kirishima. Su mano, que aún rodeaba la cintura del cenizo, se tensó ligeramente—. No tienes idea de cuánto tiempo he estado esperando que perdieras el control así.
Katsuki soltó una risa seca, sintiendo cómo el calor subía por su cuello.
— ¿Ah, sí? ¿Desde cuándo el "tío amable" tiene pensamientos tan sucios? —Bakugo lo empujó hacia atrás, obligándolo a sentarse sobre uno de los pupitres. Las piernas de Kirishima quedaron a ambos lados de las caderas de Bakugo, una posición peligrosamente íntima que hizo que el pulso del rubio se disparara—. No me vengas con mierdas, Kirishima. He estado a punto de explotar cada vez que me tocabas el hombro.
— Entonces somos dos —admitió el pelirrojo, su mirada volviéndose más oscura, más hambrienta—. Siempre he respetado tu espacio porque sé cómo eres, pero verte así... reclamándome delante de Midoriya... fue lo más varonil que has hecho nunca.
Bakugo apretó los dientes. La mención del nerd todavía le escocía, pero la sensación de la piel de Kirishima bajo sus dedos era un distractor mucho más potente. Sin previo aviso, Katsuki se inclinó y mordió el lóbulo de la oreja de Eijirou, disfrutando del gemido sordo que escapó de los labios del otro.
— Deku es historia —declaró Bakugo contra su piel—. Olvídate de ese inútil. Ahora mismo, solo somos tú y yo, y vas a compensarme por todas esas malditas noches en vela.
Las manos de Kirishima subieron por la espalda de Bakugo, metiéndose por debajo de su camisa escolar. El contacto del frío de los dedos de Eijirou contra su piel ardiente hizo que Katsuki se estremeciera. Sus dones siempre habían sido polos opuestos: la volatilidad de la nitroglicerina frente a la solidez del endurecimiento. Pero en ese momento, se sentían como las piezas de un rompecabezas que finalmente encajaban.
Bakugo volvió a besarlo, esta vez con más hambre. Sus lenguas se encontraron en una danza frenética, buscando el dominio, buscando posesión. Ya no había rastro de la timidez de Kirishima; el pelirrojo estaba respondiendo con la misma intensidad, sus manos apretando los músculos de la espalda de Bakugo con una fuerza que empezaba a activar su don de forma inconsciente. La piel de Kirishima se volvió áspera y rugosa en algunas zonas, y lejos de asustar a Bakugo, eso lo excitó aún más.
— Endurécete más —ordenó Bakugo entre besos, su respiración golpeando el rostro de Kirishima—. Quiero sentirlo. Quiero que me duela un poco, carajo.
— Bakugo, estamos en la escuela... —intentó decir Kirishima, aunque sus acciones decían lo contrario mientras empezaba a desabrochar los botones de la camisa del cenizo—. Alguien podría venir, o Aizawa-sensei podría...
— Me importa un bledo Aizawa y me importa un bledo la escuela —interrumpió Bakugo, agarrando las manos de Kirishima y guiándolas hacia su pantalón—. Si no me tocas ahora mismo, voy a reducir este salón a cenizas.
Kirishima soltó una risa nerviosa pero excitada.
— Eres un maníaco, ¿lo sabías?
— Soy TU maníaco —corrigió Bakugo con una sonrisa feroz.
Katsuki se deshizo de su propia camisa con movimientos erráticos, revelando un torso definido y brillante por el sudor. La nitroglicerina que secretaba su piel empezaba a desprender ese olor dulce y explosivo que siempre llenaba el campo de batalla, pero que aquí, en la intimidad, olía a puro deseo. Kirishima tragó saliva, sus ojos recorriendo cada centímetro del cuerpo de su mejor amigo.
— Te ves... increíble —logró decir Eijirou.
Bakugo no respondió con palabras. Se arrodilló entre las piernas de Kirishima, sus ojos fijos en el bulto claramente visible en el pantalón del pelirrojo. El recuerdo de su sueño —aquel donde Kirishima le hacía la mejor mamada de su vida— cruzó su mente como un relámpago. Su cuerpo reaccionó instantáneamente, su propia erección pulsando dolorosamente contra la tela de su uniforme.
Con manos temblorosas pero decididas, Bakugo comenzó a desabrochar el cinturón de Kirishima.
— Bakugo, espera... —Kirishima le puso una mano en el hombro, deteniéndolo un momento—. ¿Estás seguro de esto? No quiero que te sientas presionado solo por lo que pasó con Midoriya.
Katsuki levantó la vista, sus ojos rojos inyectados en una mezcla de furia y lujuria.
— ¿Crees que hago esto por ese nerd? —Bakugo soltó un gruñido bajo—. He estado tocándome pensando en ti durante semanas, Kirishima. He soñado con el sonido de tu voz cuando te corres y con la sensación de tu cuerpo sobre el mío. Si vuelves a preguntarme si estoy seguro, te juro que te mato.
Eijirou se quedó sin aliento. La honestidad brutal de Bakugo siempre era desarmante, pero en este contexto era letal. Kirishima dejó caer sus manos y se reclinó hacia atrás, apoyándose en sus codos sobre el pupitre, ofreciéndose a él por completo.
— Entonces no te detengas —dijo Kirishima, su voz bajando una octava—. Muéstrame esos sueños, Katsuki.
El uso de su nombre de pila fue la gota que colmó el vaso. Bakugo bajó los pantalones y la ropa interior de Kirishima con una urgencia casi violenta. Cuando el miembro del pelirrojo quedó libre, Bakugo se quedó un segundo admirándolo. Era tal como lo había imaginado: fuerte, palpitante y listo para él.
Sin dudarlo más, Bakugo envolvió a Kirishima con su mano, disfrutando del primer contacto real de piel con piel en esa zona. Kirishima soltó un suspiro largo, su cabeza cayendo hacia atrás mientras cerraba los ojos.
— Oh, dios... Bakugo... tus manos están tan calientes...
— Es la nitroglicerina, idiota —susurró Bakugo, comenzando a mover su mano rítmicamente—. Mi sudor es como un lubricante natural, pero mucho más explosivo.
Katsuki se acercó más, permitiendo que su aliento cálido rozara la punta del miembro de Kirishima. Luego, con una lentitud tortuosa que sabía que volvería loco al pelirrojo, pasó la punta de su lengua por el glande. Kirishima se arqueó, sus dedos enterrándose en el borde de madera del pupitre, aguantando el impulso de endurecerse por completo para no lastimar a Bakugo.
— No te contengas —le instó Bakugo, mirándolo desde abajo con una expresión de triunfo—. Si quieres endurecerte, hazlo. Puedo manejarlo. Soy el más fuerte, ¿recuerdas?
Bakugo lo tomó en su boca entonces. La sensación fue abrumadora. El sabor de Kirishima era salado y masculino, y la plenitud en su garganta le provocó un escalofrío de placer que le recorrió toda la columna. Empezó a succionar con una técnica que solo había practicado en su mente, pero que su cuerpo parecía conocer por instinto.
Kirishima soltaba gemidos entrecortados, su respiración volviéndose un caos.
— Katsuki... para... voy a... —balbuceó el pelirrojo, sus caderas moviéndose involuntariamente buscando más profundidad—. ¡Es demasiado bueno!
Bakugo se separó con un sonido húmedo, dejando a un Kirishima tembloroso y al borde del abismo. El rubio se puso de pie, su propia excitación siendo casi insoportable. Se deshizo de sus pantalones en un movimiento rápido, quedando completamente desnudo frente a su amigo.
Kirishima se incorporó, sus ojos fijos en la figura de Bakugo.
— Ahora es mi turno —dijo el pelirrojo con una determinación que hizo que a Bakugo se le aflojaran las rodillas.
Eijirou se deslizó fuera del pupitre y, antes de que Bakugo pudiera reaccionar, lo empujó suavemente contra la pared del salón, justo al lado de la pizarra donde todavía estaban escritas las ecuaciones de la clase anterior. Kirishima lo besó con una pasión renovada, sus manos recorriendo el cuerpo de Bakugo con una posesividad que el cenizo adoraba.
— En tus sueños... —susurró Kirishima contra su cuello, dejando una marca roja que seguramente tardaría días en desaparecer—, ¿quién estaba arriba?
Bakugo soltó un jadeo cuando sintió la mano de Kirishima envolver su propio miembro.
— Tú... —admitió Bakugo, su orgullo desapareciendo ante la necesidad—. Siempre eras tú, maldito extra. Me tenías contra la cama... y me hacías gritar como un idiota.
Kirishima sonrió, una sonrisa que no tenía nada de amable y mucho de depredador.
— Entonces hagamos realidad tus sueños, aunque sea un poco —Eijirou bajó una de sus manos y comenzó a preparar a Bakugo, usando el propio sudor del rubio para facilitar el proceso.
Bakugo apoyó la frente contra el hombro de Kirishima, sus dedos clavándose en los bíceps del pelirrojo. El salón de clases, el riesgo de ser atrapados, el recuerdo de la cara de Deku... todo se desvaneció. Solo existía la presión de los dedos de Kirishima dentro de él, la calidez de su cuerpo y la promesa de una liberación que había estado buscando durante tanto tiempo.
— Kirishima... Eijirou... —jadeó Bakugo, sus ojos cerrándose con fuerza—. Hazlo ya. No aguanto más.
Kirishima no se hizo de rogar. Se posicionó, levantando una de las piernas de Bakugo para tener un mejor ángulo. El rubio sintió la punta de Kirishima presionando contra su entrada, y por un momento, el mundo pareció detenerse.
— Va a estar un poco duro —advirtió Kirishima con una voz ronca—, mi don está... un poco fuera de control ahora mismo.
— Solo cállate y entra de una puta vez —ordenó Bakugo.
Con un empuje firme y decidido, Kirishima se hundió en él. Bakugo soltó un grito que fue ahogado por el beso de Kirishima. El dolor inicial fue rápidamente reemplazado por una plenitud abrasadora. Era mejor que en sus sueños. La solidez de Kirishima, la forma en que lo llenaba por completo, la fricción de su piel endurecida contra sus paredes internas... era una sobrecarga sensorial que hacía que Bakugo viera estrellas.
Kirishima comenzó a moverse, primero con lentitud para dejar que Bakugo se acostumbrara, y luego con una fuerza rítmica que hacía que los pupitres cercanos vibraran. Bakugo se aferraba a él como si fuera su único anclaje en medio de una tormenta de explosiones y placer.
— ¡Eso es! —gritaba Bakugo, sin importarle ya quién pudiera escucharlo—. ¡Más fuerte, Eijirou! ¡No te detengas!
El pelirrojo gruñó, su frente apoyada contra la de Bakugo, sudando copiosamente.
— Eres... increíble, Katsuki... —decía entre embestidas—. Eres lo mejor que me ha pasado...
El ritmo se volvió frenético. Bakugo sentía que sus manos estaban a punto de soltar explosiones involuntarias, pequeñas chispas ya saltaban de sus palmas, iluminando el rincón oscuro del salón. La tensión en su cuerpo llegó a un punto crítico. Podía sentir cómo Kirishima también estaba llegando a su límite, su cuerpo endureciéndose al máximo en un espasmo de placer puro.
— ¡Katsuki! —gritó Kirishima, su voz resonando en todo el aula mientras se corría profundamente dentro de él.
Bakugo lo siguió un segundo después, su propio clímax siendo tan violento que sus piernas flaquearon, obligando a Kirishima a sostenerlo con fuerza contra la pared. El rubio soltó un gemido largo y agudo, su cabeza cayendo sobre el hombro de su amigo mientras las chispas en sus manos finalmente se apagaban.
Se quedaron así durante varios minutos, jadeando, con los corazones latiendo al unísono. El silencio regresó al salón, solo interrumpido por el sonido de su respiración pesada.
Finalmente, Bakugo levantó la cabeza, su rostro aún encendido pero con una expresión de satisfacción que rara vez se veía en él.
— Eso fue... aceptable —dijo, intentando recuperar su tono arrogante, aunque su voz aún temblaba.
Kirishima soltó una carcajada suave, besando la frente de Bakugo.
— ¿Solo aceptable? Tus sueños deben ser muy exigentes entonces.
Bakugo se separó un poco, limpiándose con el dorso de la mano mientras buscaba su ropa esparcida por el suelo.
— No te acostumbres, pelo pincho. Esto no significa que vayamos a ser una de esas parejas cursis que se dan la mano por los pasillos.
Kirishima comenzó a vestirse también, con una sonrisa radiante en el rostro.
— Oh, claro que no. Pero significa que la próxima vez que Midoriya intente algo, no tendré que preocuparme, porque sé exactamente a quién pertenezco.
Bakugo se detuvo, con la camisa a medio abotonar, y miró a Kirishima. El pelirrojo se acercó y le dio un beso corto y dulce en los labios, un contraste total con la pasión de hace unos momentos.
— Te quiero, Katsuki. Aunque seas un cascarrabias explosivo.
Bakugo desvió la mirada, pero no pudo evitar que una pequeña y genuina sonrisa apareciera en las comisuras de su boca.
— Yo también... supongo —murmuró—. Ahora muévete, que el curry especial se va a acabar y tengo un hambre de mil demonios.
Salieron del salón juntos, con el secreto de lo ocurrido grabado en sus cuerpos y en las marcas que ocultarían bajo sus uniformes. Midoriya podría haber tenido un plan, pero Bakugo Katsuki siempre obtenía lo que quería. Y lo que quería, más que el puesto de héroe número uno, era al hombre que caminaba a su lado, con el pelo rojo y el corazón de oro.