Con honor hasta el final
El Amanecer de la Dinastía del Espíritu y el Viaje a la Metrópolis del Misterio
—¿Podrías dejar de flotar mientras desayunas, Shirou? —preguntó Rin Tohsaka, aunque su tono carecía de verdadera molestia—. Es irritante para los que todavía estamos sujetos a las leyes de la gravedad.
Shirou Emiya, sentado con las piernas cruzadas en el aire a unos treinta centímetros de su cojín, bajó lentamente hasta tocar el suelo de madera. Su expresión era de una serenidad casi insultante.
—Lo siento, Rin —dijo con una sonrisa relajada—. Es solo que el flujo de Ki en esta casa es tan armonioso ahora que purificamos el Grial que mi cuerpo tiende a elevarse por sí solo. Es como si el mundo me estuviera dando un empujón constante.
—Es una demostración de control absoluto —intervino Saber, quien devoraba con elegancia pero velocidad una montaña de panqueques—. Maestro, tu presencia se ha vuelto tan densa que incluso los pájaros en el jardín parecen estar entrenando bajo tu influencia.
En la mesa no solo estaban ellos tres. Sakura Matou, ahora con un brillo saludable en sus ojos y libre de cualquier rastro de la influencia de Zouken, servía el té con una sonrisa radiante. A su lado, Illyasviel von Einzbern, quien se había mudado a la mansión tras la destrucción del sistema del Grial, balanceaba sus piernas con alegría.
—Onii-chan es el más fuerte, así que puede hacer lo que quiera —declaró Illya, robándole un trozo de fruta a Shirou—. Pero Rin tiene razón en algo. Si seguimos así, la Asociación de Magos va a enviar un ejército solo para entender por qué Fuyuki se ha convertido en una zona de "milagros constantes".
Shirou suspiró, dejando su taza de té sobre la mesa. Sus ojos negros, que a veces parecían contener el brillo de las estrellas de su vida pasada, se fijaron en sus compañeras.
—Por eso he tomado una decisión —dijo con calma—. Nos vamos a Londres.
El silencio que siguió fue absoluto. Rin casi se atraganta con su café, mientras que Sakura dejó caer la cuchara del azúcar.
—¿A la Torre del Reloj? —preguntó Rin, recuperando el habla—. Shirou, ¿estás loco? Eres una anomalía que desafía toda su lógica. Si entras allí, te verán como una "Designación de Sellado" andante. Querrán diseccionarte para entender cómo un humano puede emitir la energía de un Fantasma Noble de Clase A.
—Que lo intenten —respondió Shirou, y por un breve instante, su aura se expandió, haciendo que las paredes de la casa vibraran con una nota grave—. No voy a la Torre del Reloj como un estudiante humilde, Rin. Voy como una autoridad. El mundo de la magia está estancado en dogmas de linajes y sacrificios. Es hora de que alguien les enseñe que el verdadero Misterio no viene de la sangre, sino de la maestría sobre el espíritu. Además, necesito registrar oficialmente la protección de Sakura e Illya para que nadie vuelva a molestarlas.
Saber dejó sus cubiertos y miró a Shirou con solemnidad.
—Si el Maestro va, yo iré como su espada. Aunque dudo que alguien en esa torre pueda siquiera tocar tu ropa sin tu permiso.
—Yo también iré —dijo Sakura con firmeza—. No quiero quedarme atrás nunca más. Si Senpai va a cambiar el mundo de la magia, quiero estar a su lado.
—¡Y yo! —exclamó Illya—. Londres suena divertido. Además, quiero ver la cara de esos viejos estirados cuando vean que la "Copa del Cielo" ahora es solo una niña que sabe hacer trucos de magia y vuela en una nube dorada.
Rin se frotó las sienes, pero una sonrisa de anticipación empezó a formarse en sus labios.
—Está bien. Si vamos a causar un caos internacional en el corazón de la magia, al menos hagámoslo con estilo. Prepararé los papeles. Pero Shirou, prométeme una cosa: intenta no destruir el Big Ben si alguien te mira feo.
—No prometo nada si tocan mi comida —bromeó Shirou.
Semanas después, el grupo aterrizaba en Londres. La llegada de Shirou Emiya a la Torre del Reloj no fue discreta. Aunque vestía una gabardina moderna y pantalones oscuros, no podía ocultar la presión espiritual que emanaba de él. A su lado, cuatro de las mujeres más poderosas y hermosas del mundo mágico atraían todas las miradas.
Caminaban por los pasillos de mármol de la sede de la Asociación. Los estudiantes y profesores se detenían, sintiendo una extraña vibración en el aire. No era maná pesado, era algo más puro, más antiguo.
—¿Quién es ese chico? —susurró un estudiante de la facultad de Evocación—. Su presencia... se siente como si un dragón estuviera caminando entre nosotros.
—Y mira a sus acompañantes —respondió otro—. Esa rubia... su porte es real. Y la chica de pelo negro... ¡es una Tohsaka!
Shirou ignoraba los susurros. Su objetivo era el despacho del Lord de la facultad de Mineralogía, Lord El-Melloi II. Sabía que, si alguien podía entender la lógica de lo que estaba a punto de proponer, era el hombre que más odiaba las complicaciones de la Torre.
Al llegar a las grandes puertas, Shirou ni siquiera llamó. Simplemente colocó su mano sobre la madera y, mediante una sutil vibración de Ki, la cerradura se deshizo en sus componentes básicos antes de volver a armarse tras abrirse.
Dentro, Waver Velvet, ahora conocido como Lord El-Melloi II, estaba sepultado bajo una montaña de informes y humo de cigarrillo. Levantó la vista, irritado, pero se quedó congelado al ver a Shirou.
—Lord El-Melloi —saludó Shirou con una cortesía que no ocultaba su poder—. He venido a inscribirme. Y a traer a mis... acompañantes.
Waver dejó caer su cigarrillo sobre un fajo de papeles. Sus ojos se abrieron de par en par mientras analizaba a Shirou con su percepción de mago. Lo que vio lo dejó sin aliento. No vio circuitos mágicos convencionales; vio una galaxia de energía circulando en un patrón perfecto de armonía.
—Tú... —Waver se levantó lentamente—. Tú eres el que terminó la Guerra de Fuyuki en tres días. Los informes decían que un "guerrero de luz" había borrado a los Servants y purificado el Grial. Pensé que eran exageraciones de una Tohsaka histérica.
—¡Oye! —exclamó Rin desde detrás de Shirou.
—No eran exageraciones —dijo Shirou, sentándose frente al Lord sin esperar invitación—. He venido a la Torre del Reloj porque el sistema actual es ineficiente. La magia se está agotando porque los magos solo saben consumir. Yo he venido a enseñarles a cultivar.
Waver se hundió en su silla, frotándose la cara.
—Cultivar... hablas como esos ermitaños de las montañas de Asia, pero tu energía es mucho más... cósmica. Emiya, ¿sabes lo que pasará si muestras esto en una clase abierta? Los Lords intentarán ponerte una correa o destruirte.
—Que lo intenten —repitió Shirou, y esta vez, una pequeña esfera de energía azul comenzó a bailar entre sus dedos—. Lord El-Melloi, he vivido lo suficiente para saber que el poder no se pide, se demuestra. Quiero una cátedra. Una donde pueda enseñar el "Control del Espíritu".
—¿Una cátedra? —Waver soltó una carcajada nerviosa—. ¡Apenas tienes diecisiete años!
—Tengo diecisiete años en este cuerpo —corrigió Shirou, y por un momento, su voz adquirió el peso de los eones—. Pero mi espíritu ha visto el principio y el fin de los tiempos. Si me das el espacio, te garantizo que en un año, tus estudiantes podrán defenderse de un Servant sin necesidad de rituales de mil años.
Waver miró a Saber, quien asintió con una seriedad que solo un rey podría poseer. Luego miró a Illya, quien flotaba juguetonamente sobre la alfombra, y a Sakura, cuya pureza de maná era casi cegadora.
—Si no te doy lo que quieres, probablemente derribes este edificio, ¿verdad? —preguntó Waver con resignación.
—No soy un bárbaro —dijo Shirou—. Pero el espíritu es impaciente ante la estupidez.
La noticia de la nueva clase de "Control del Espíritu" se extendió por la Torre del Reloj como un incendio forestal. El primer día, el anfiteatro más grande estaba abarrotado. Magos de familias prestigiosas, espías de la Iglesia y curiosos se amontonaban para ver al "Mestizo de Fuyuki".
Shirou entró en el aula con paso firme. No llevaba libros, ni varitas, ni gemas. Se colocó en el centro del escenario y miró a la multitud.
—La mayoría de ustedes cree que la magia es un recurso limitado que debe ser extraído del mundo —comenzó Shirou, su voz resonando sin necesidad de refuerzo acústico—. Creen que sus circuitos son tuberías. Se equivocan. Sus circuitos son antenas. El universo está lleno de energía infinita, pero sus mentes están demasiado cerradas para sintonizarla.
Un mago de la facultad de Lore, un hombre arrogante de mediana edad, se levantó.
—¡Basta de charlatanería! —gritó—. ¡Demuestra algo o vete! La taumaturgia se basa en hechos, no en filosofía barata.
Shirou sonrió. Fue una sonrisa que envió un escalofrío por la espalda de todos los presentes.
—¿Hechos? Muy bien. Atácame. Usa tu hechizo más potente. No te preocupes, no me moveré.
El mago, sintiéndose insultado, comenzó un encantamiento rápido. Una ráfaga de fuego denso y comprimido salió disparada de sus manos, dirigida directamente al pecho de Shirou. Las alumnas en las primeras filas gritaron.
Pero el fuego nunca llegó a Shirou. A unos diez centímetros de su cuerpo, las llamas simplemente se detuvieron, girando en un remolino inofensivo antes de volverse blancas y desvanecerse en partículas de luz.
—Has desperdiciado el noventa por ciento de tu maná en la fricción del aire —explicó Shirou con calma—. Yo no he usado magia para detenerte. Simplemente le he dicho al espíritu del fuego que su lugar no está aquí.
Shirou extendió su mano y, de repente, una presión inmensa llenó el aula. No era una presión violenta, sino una sensación de pesadez absoluta, como si la gravedad hubiera aumentado diez veces. Los magos cayeron en sus asientos, incapaces de levantar un dedo.
—Esto es Ki —dijo Shirou, caminando entre las filas de magos paralizados—. Es la energía de la vida. Si aprenden a controlarla, no necesitarán gemas de un millón de yenes ni sacrificios de sangre. Solo necesitarán voluntad.
De repente, la puerta del anfiteatro se abrió de golpe. Una mujer de cabello largo y rubio, con una presencia que exigía sumisión, entró en la sala. Era Lorelei Barthomeloi, la Directora Asistente de la Torre del Reloj y la maga más poderosa de la era moderna.
—Interesante demostración, joven Emiya —dijo Lorelei, su mirada fija en Shirou como un halcón—. Pero en esta institución, las innovaciones deben ser probadas contra la excelencia establecida.
Shirou no se dejó intimidar. Se cruzó de brazos y la miró directamente a los ojos.
—Lorelei Barthomeloi. He oído que eres lo más cercano a un monstruo que tienen los humanos en este siglo.
—Y tú eres algo que no debería existir —respondió ella, desenvainando un látigo de energía mágica—. Si tu "Control del Espíritu" es tan superior, ¿qué tal una lección práctica conmigo?
—Shirou, ten cuidado —susurró Rin desde la esquina—. Ella es...
—Está bien, Rin —la interrumpió Shirou—. Hacía tiempo que no tenía un entrenamiento decente.
El duelo comenzó sin previo aviso. Lorelei se movía con una velocidad que habría humillado a cualquier mago, lanzando ráfagas de energía que cortaban el aire como cuchillas de vacío. Shirou, sin embargo, no esquivaba de forma convencional. Usaba movimientos mínimos, casi imperceptibles, desviando los ataques con la palma de su mano.
—*Zanzoken* —susurró Shirou.
De repente, en el escenario no había un Shirou, sino siete. Lorelei atacó las imágenes residuales, pero su látigo solo atravesaba el aire.
—¡¿Velocidad divina?! —exclamó Lorelei, incrementando su salida de maná hasta niveles que hacían temblar los cimientos del edificio.
—No es solo velocidad —dijo el verdadero Shirou, apareciendo detrás de ella y tocando suavemente su hombro—. Es saber dónde va a estar el mundo antes de que el mundo lo sepa.
Lorelei giró sobre sí misma, lanzando una descarga de energía a quemarropa, pero Shirou simplemente sopló. Sí, un simple soplo de aire imbuido con Ki que dispersó la magia de la Directora como si fuera humo de cigarrillo.
La sala quedó en un silencio sepulcral. Lorelei Barthomeloi, la mujer que cazaba vampiros ancestrales por diversión, estaba sudando, mientras que el chico frente a ella ni siquiera había desabrochado su gabardina.
—He terminado por hoy —dijo Shirou, dirigiéndose a los estudiantes que observaban con la boca abierta—. Mañana empezaremos con la respiración básica. Si sobreviven a la primera hora, tal vez les enseñe a sentir el pulso de la tierra.
Lorelei guardó su arma, mirando a Shirou con una mezcla de odio y un respeto forzado.
—Emiya... ¿qué es lo que realmente buscas en la Torre del Reloj?
Shirou se detuvo en la puerta y miró por encima del hombro. A su lado, Saber, Rin, Sakura e Illya se reunieron, formando un grupo que irradiaba un poder que ningún Lord de la Torre podría soñar con igualar.
—Busco lo mismo que busqué en mi vida anterior —respondió Shirou—. Un lugar donde la fuerza no se use para oprimir, sino para elevar. Y si tengo que reconstruir esta Torre ladrillo por ladrillo para lograrlo, lo haré.
Esa noche, en la residencia de lujo que Rin había alquilado en el centro de Londres, el grupo celebraba su éxito.
—¡Viste su cara! —reía Illya, saltando sobre el sofá—. ¡Esa mujer Barthomeloi casi se desmaya cuando soplaste su hechizo!
—Fue un poco excesivo, Shirou —dijo Rin, aunque servía vino para todos con una sonrisa de oreja a oreja—. Mañana tendremos a todos los espías de Europa en nuestra puerta.
—Que vengan —dijo Sakura, abrazando el brazo de Shirou—. Mientras estemos juntos, no hay nada que temer.
Shirou miró a sus compañeras. Saber estaba concentrada en un plato de fish and chips, Rin planeaba cómo invertir la fama de Shirou en el mercado de gemas, Sakura irradiaba una paz que iluminaba la habitación e Illya planeaba su próxima travesura.
—Sabes, Maestro —dijo Saber, levantando su vaso—, este mundo es muy diferente al de las leyendas. Pero contigo aquí, parece que la era de los dioses no ha terminado, sino que simplemente ha cambiado de manos.
Shirou brindó con ellas, sintiendo el calor de su Ki mezclarse con el afecto de las mujeres que lo rodeaban. Había sido un guerrero legendario, un salvador del universo y un superviviente de incendios infernales. Pero aquí, en Londres, rodeado de su "familia" poco convencional, Shirou Emiya finalmente entendió que su mayor técnica no era la Transmisión Instantánea ni el Final Flash.
Era la capacidad de forjar un hogar donde el espíritu pudiera descansar, incluso en el corazón de la tormenta más grande del mundo mágico.
—A la nueva era —dijo Shirou.
—¡A la nueva era! —respondieron todas al unísono.
En las sombras de la Torre del Reloj, los engranajes del destino seguían girando, pero ahora lo hacían al ritmo del pulso de un solo hombre. El Dragón del Espíritu había llegado a Londres, y la magia nunca volvería a ser el mismo juego de sombras y secretos. La luz del Ki había llegado para quedarse.