Consuelo
El eco de un nombre en el vacío
El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales de la residencia Gojo, una estructura que combinaba la elegancia de la arquitectura tradicional japonesa con las comodidades modernas que solo el linaje más prestigioso del mundo de la hechicería podía costear. El aire olía a té verde recién hecho y a la fragancia dulce de los cerezos que rodeaban la propiedad. Era un entorno de paz absoluta, un contraste violento con la vida de sangre, maldiciones y sombras que ambos habían llevado durante décadas.
En el jardín, un pequeño torbellino de energía saltaba sobre las piedras del sendero. Tenía apenas cinco años, pero ya poseía esa mata de cabello blanco rebelde que recordaba irremediablemente a las nubes de verano, y unos ojos que, al abrirse de par en par, contenían la inmensidad de un cielo despejado. El niño perseguía una mariposa azul con una risa cristalina que llenaba cada rincón del patio.
—¡Papá, mira! ¡Casi la tengo! —gritó el pequeño, extendiendo sus manos gorditas hacia el insecto que revoloteaba justo fuera de su alcance.
Dentro de la casa, apoyado contra el marco de la puerta corredera, Satoru Gojo observaba la escena con una expresión que nadie en el Colegio Técnico de Magia de Tokio habría reconocido hace diez años. No había rastro de la arrogancia fría que solía definirlo, ni de la máscara de indiferencia que usaba para protegerse del peso de ser "el más fuerte". Sus ojos, sin venda ni gafas en la intimidad de su hogar, brillaban con una calidez líquida, una devoción absoluta.
—Si sigues corriendo así, vas a terminar dentro del estanque de los koi, Suguru —advirtió una voz femenina, firme pero cargada de una ternura subyacente.
Utahime Iori apareció al lado de Satoru, llevando una bandeja con tazas de té. Seguía vistiendo sus ropas de miko, una tradición que se negaba a abandonar, y su cabello negro violáceo caía en una cascada perfecta sobre sus hombros. La cicatriz que cruzaba su nariz, lejos de ser un defecto, era para Satoru el recordatorio constante de su fuerza y de todo lo que habían sobrevivido juntos.
Satoru pasó un brazo por la cintura de su esposa y la atrajo hacia él, depositando un beso suave en su sien.
—Déjalo, Utahime. Tiene los reflejos de su padre. No se va a caer —dijo él con una sonrisa juguetona, aunque bajó la voz para que el niño no lo oyera—. Y si se cae, el Infinito lo atrapará antes de que toque el agua. Ya sabes que su técnica está empezando a manifestarse.
Utahime suspiró, aunque no se apartó de su abrazo. Dejó la bandeja en una mesa baja y se giró para mirar a su marido a los ojos.
—Ese es precisamente el problema, Satoru. Eres demasiado permisivo. Si por ti fuera, el niño ya estaría intentando hacer un "Rojo" para espantar a los pájaros. Necesita disciplina, no solo mimos.
—Es un niño feliz, Utahime —replicó Satoru, volviendo la vista hacia el jardín—. Es... todo lo que nosotros no pudimos ser a su edad.
Hubo un breve silencio, uno cargado de recuerdos compartidos. Ambos sabían a qué se refería. El nombre del niño no había sido elegido al azar. Ponerle "Suguru" había sido una decisión que tomó meses de conversaciones silenciosas, de lágrimas nocturnas y de una redención que Satoru necesitaba alcanzar. Al principio, Utahime tuvo miedo de que el nombre fuera una carga, un fantasma que persiguiera al pequeño. Pero Satoru le había explicado, con una vulnerabilidad que le rompió el corazón, que quería que ese nombre volviera a ser sinónimo de luz, de risas y de una vida que valiera la pena vivir.
—Lo es —concedió Utahime, suavizando la mirada al ver cómo el pequeño Suguru tropezaba con sus propios pies y terminaba sentado en la hierba, riendo en lugar de llorar—. Es un niño bendecido.
Satoru apretó ligeramente el agarre en su cintura.
—Él no es el único bendecido aquí.
Utahime se sonrojó levemente, una reacción que, a pesar de los años de matrimonio, Satoru seguía logrando provocar en ella con una facilidad pasmosa.
—No empieces con tus cursilerías, Gojo. Todavía tengo que revisar los informes de Kioto y tú tienes que preparar la clase para los de segundo año.
—¿Gojo? —Satoru fingió una expresión de profundo dolor, llevándose la mano libre al pecho—. Pensé que después de un hijo y siete años de casados, ya me habías ganado el derecho de llamarme por mi nombre de pila en privado.
—Te llamaré como me apetezca, idiota —respondió ella, aunque una sonrisa involuntaria tiró de las comisuras de sus labios—. A veces eres tan infantil como él.
—¡Mamá, mira! —El pequeño Suguru corrió hacia ellos, jadeando, con las mejillas encendidas por el ejercicio—. ¡La mariposa se posó en mi mano! Pero... desapareció. Hizo "puf".
Satoru se puso de cuclillas para quedar a la altura del niño. El pequeño no lo sabía, pero acababa de realizar un pequeño parpadeo de manipulación espacial, una versión rudimentaria e inconsciente de la técnica de su padre.
—Eso es porque eres muy rápido, campeón —dijo Satoru, revolviendo el cabello blanco del niño—. Casi tan rápido como yo. Pero recuerda lo que dice mamá: tienes que tener cuidado con las flores, no queremos aplastarlas.
—¡Sí, papá! —El niño asintió con fervor antes de mirar a Utahime—. ¿Puedo comer un dulce? ¿Por favor?
Utahime cruzó los brazos, tratando de mantener su fachada estricta.
—Solo si te lavas las manos y te sientas a tomar el té con nosotros como un niño educado. Nada de correr por los pasillos.
—¡Vale!
El pequeño salió disparado hacia el interior de la casa. Utahime negó con la cabeza, pero sus ojos brillaban de orgullo.
—Va a ser un problema cuando crezca —comentó ella—. Tiene tu energía y mi terquedad. Es una combinación peligrosa.
—Será el mejor de todos nosotros —afirmó Satoru, poniéndose de pie—. Porque no tendrá que cargar con el mundo solo. Nos tiene a nosotros. Y tiene una madre que lo pondrá en su sitio cada vez que se crea demasiado especial.
Caminaron hacia el interior, donde el sonido de los pasos del niño resonaba en la madera encerada. Satoru se detuvo un momento en el umbral, mirando hacia el horizonte donde el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja y violeta.
A veces, en el silencio de la noche, todavía recordaba aquel callejón oscuro en Shinjuku. Recordaba el frío de la sangre en sus manos y el vacío insoportable de haber perdido su otra mitad. Recordaba el momento en que se rompió y cómo Utahime fue la única que no retrocedió ante su dolor. Ella no lo vio como a un dios herido, sino como a un hombre que necesitaba ser sostenido.
Ese día, en el pecho de Utahime, Satoru Gojo dejó de ser "el más fuerte" para empezar a ser simplemente Satoru.
—¿En qué piensas? —preguntó ella, notando su pausa.
Satoru se giró hacia ella. La luz del atardecer iluminaba su rostro, suavizando las líneas de su expresión. Por un momento, no hubo técnicas malditas, ni jerarquías de hechiceros, ni el destino cruel de su linaje. Solo estaban ellos dos.
—Pienso en que tenías razón aquel día —dijo él en voz baja—. El precio de querer es alto, pero vale cada maldito segundo.
Utahime se acercó y tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de él. Sus manos, antes destinadas solo a la destrucción o al ritual, ahora estaban unidas en algo mucho más poderoso.
—Entremos —dijo ella con suavidad—. Suguru nos está esperando.
—Sí —asintió Satoru, sintiendo una paz que antes le parecía un concepto abstracto e inalcanzable—. Vamos a casa.
Al entrar en la sala, encontraron al pequeño Suguru sentado correctamente sobre sus talones, intentando con todas sus fuerzas parecer formal, aunque sus ojos azules bailaban de impaciencia mientras miraba el plato de mochi sobre la mesa.
—¡Ya estoy listo! —anunció el niño con orgullo—. ¡Mirad qué bien me he sentado!
Satoru se sentó a su lado, dejándose caer con esa gracia desgarbada que siempre lo caracterizó. Utahime se sentó frente a ellos, sirviendo el té con movimientos precisos y elegantes.
—Muy bien, Suguru —dijo ella, entregándole un dulce—. Hoy te has portado como un verdadero joven maestro.
—Papá —dijo el niño mientras masticaba el mochi—, ¿mañana me enseñarás a volar como tú?
Satoru soltó una carcajada, ignorando la mirada de advertencia de Utahime.
—Mañana, campeón, te enseñaré a ver el mundo. Volar es lo de menos si no sabes a dónde vas.
El pequeño asintió, aunque probablemente no entendió la mitad de lo que su padre quería decir. Para él, Satoru era simplemente el héroe que lo lanzaba por los aires y lo atrapaba siempre, y Utahime era el puerto seguro al que siempre regresaba para ser curado y corregido.
Mientras la noche caía sobre la residencia, las luces se encendieron, creando un refugio de calidez en medio de la oscuridad. Satoru Gojo, el hombre que una vez tuvo el infinito entre sus manos y descubrió que no era suficiente, finalmente había encontrado lo que buscaba.
No era la omnipotencia. No era el respeto de los ancianos del clan ni la victoria sobre las maldiciones.
Era esto. El calor de una taza de té, la risa de un niño que llevaba el nombre de su pasado y el amor de la mujer que le había enseñado que, incluso para el más fuerte, el acto más valiente era dejarse amar.
—Te quiero, Utahime —susurró Satoru, rompiendo el silencio cómodo de la cena.
Ella levantó la vista de su taza, sorprendida por la espontaneidad del momento. Miró a su hijo, que estaba ocupado tratando de contarle una historia a un gato imaginario, y luego volvió a mirar a su esposo.
—Lo sé, Satoru —respondió ella, y esta vez no hubo reproches ni sarcasmo—. Yo también te quiero. Ahora come, que se enfría.
Él sonrió, una sonrisa amplia y verdadera que iluminaba sus ojos azules. El infinito ya no era una carga que lo aislaba del resto de la humanidad. Ahora, el infinito era el tiempo que planeaba pasar a su lado, construyendo una vida donde el dolor del pasado fuera solo el prólogo de una historia mucho más hermosa.
Y así, en la quietud de su hogar, el hombre más fuerte del mundo se sintió, por fin, el hombre más afortunado.