Corona oscura
El Cáliz de la Devoción Eterna
El salón de la mansión Riddle bullía con una energía que no era humana. El aire mismo parecía haber sido reemplazado por una sustancia más densa, cargada de la estática de la magia negra más pura. Rabastan, sentado en el trono menor de obsidiana, sentía que sus sentidos se embotaban, no por el cansancio, sino por el efecto del brebaje esmeralda que aún quemaba en su garganta. El mundo a su alrededor se movía en cámara lenta, una procesión de sombras vestidas de negro que se arrodillaban ante la figura central: Lord Voldemort.
Voldemort no se había movido de su lado. Su mano, fría y firme, seguía descansando sobre el hombro de Rabastan, un recordatorio constante de que el joven no era más que una extensión de su propia voluntad. El Señor Tenebroso observaba a sus seguidores con una mezcla de desprecio y regocijo. Su nueva apariencia, joven y letalmente hermosa, era un arma en sí misma; los mortífagos que antes temblaban ante un monstruo, ahora se encogían ante un dios.
—Mi Señor —la voz de Lucius Malfoy rompió el pesado silencio. Se adelantó con la elegancia que lo caracterizaba, aunque sus ojos no podían ocultar el rastro de desconcierto al mirar a Rabastan—. Los preparativos para la incursión en el Ministerio están listos. Sin embargo... vuestra nueva disposición... la elevación de Rabastan...
Voldemort arqueó una ceja, un gesto tan sutil como peligroso.
—¿Cuestionas mi juicio, Lucius? ¿O es que tu envidia supera tu sentido de la preservación?
Malfoy se dejó caer de rodillas de inmediato, su frente tocando el frío suelo de piedra.
—Jamás, mi Señor. Es solo que el linaje Lestrange ya es poderoso... esto es un honor sin precedentes.
—Un honor que él no buscó, pero que aceptará con la gracia de un soberano —declaró Voldemort. Se giró hacia Rabastan, obligándolo a levantar la barbilla con un solo dedo—. Míralos, Rabastan. Mira a aquellos que ayer eran tus iguales. A partir de hoy, solo me responden a mí, y a través de mí, a ti. Eres la joya en mi corona de sombras.
Rabastan intentó articular una respuesta, pero su lengua se sentía pesada. Sus ojos se encontraron con los de su hermano, Rodolphus, quien permanecía en la periferia de la sala. Había una expresión indescifrable en el rostro de su hermano mayor: una mezcla de horror, alivio por su supervivencia y una profunda tristeza. Bellatrix, por el contrario, temblaba de una furia apenas contenida, sus ojos inyectados en sangre fijos en Rabastan como si quisiera incinerarlo por haber tomado el lugar que ella siempre había ansiado.
—No quiero... —susurró Rabastan, tan bajo que solo Voldemort pudo oírlo.
Voldemort se inclinó, su cabello oscuro rozando la mejilla de Rabastan.
—Lo que quieres carece de importancia frente a lo que eres ahora. Eres mi ancla, el recordatorio de mi humanidad recuperada y el símbolo de mi dominio absoluto sobre la vida y la muerte. No luches contra la corriente, pequeño cuervo. Déjate ahogar en ella.
Con un movimiento fluido, Voldemort se puso en pie y extendió su mano hacia el centro del salón.
—¡Retírense! —ordenó a sus seguidores—. Quiero que todos los departamentos del Ministerio sientan el peso de mi regreso antes del alba. Dejen que los rumores corran: el Señor de la Muerte ha reclamado su trono. Y ha traído consigo a su consorte.
Los mortífagos se desvanecieron en torbellinos de humo negro, dejando la mansión sumida en un silencio sepulcral, roto solo por el crepitar del fuego verde en la chimenea. Voldemort se volvió hacia Rabastan, su mirada roja brillando con una intensidad depredadora.
—Ven. La mansión tiene secretos que solo nosotros compartiremos.
Rabastan sintió que su cuerpo se levantaba sin que él diera la orden consciente. Sus piernas se movían por instinto, siguiendo la figura alta y esbelta de su amo por los pasillos superiores. La mansión Riddle parecía haber cambiado; las paredes ya no estaban cubiertas de polvo y moho, sino de tapices de seda oscura y relieves de plata que narraban conquistas olvidadas.
Llegaron a una suite que Rabastan no recordaba haber visto antes. El aire allí olía a sándalo y sangre fresca. En el centro, una cama con dosel de terciopelo negro dominaba la estancia.
—Este será tu santuario —dijo Voldemort, cerrando la puerta con un movimiento de su varita. El sonido del cerrojo encajando resonó en el pecho de Rabastan como el cierre de una tumba—. Y tu prisión de seda.
—¿Por qué me haces esto? —preguntó Rabastan, recuperando un ápice de su fuerza de voluntad—. Podrías tener a cualquiera. Podrías gobernar solo. ¿Por qué humillarme de esta manera?
Voldemort se acercó lentamente, acorralando a Rabastan contra una de las columnas de la cama.
—¿Humillarte? —Voldemort soltó una risa suave, un sonido que vibró en los huesos de Rabastan—. Te estoy elevando por encima de la mortalidad. Te estoy dando un propósito que trasciende la servidumbre. Los otros son herramientas; tú eres una necesidad.
—Soy un hombre, no un objeto —replicó Rabastan, aunque su voz temblaba.
—Eres mío —corrigió Voldemort, su mano rodeando el cuello de Rabastan con una presión que no llegaba a asfixiar, pero que marcaba territorio—. Lo fuiste desde el momento en que me buscaste en los bosques de Albania, cuando los demás habían perdido la fe. Viste mi debilidad y no te alejaste. Ahora, verás mi gloria y no podrás escapar de ella.
Voldemort deslizó su mano desde el cuello de Rabastan hasta su pecho, sintiendo el latido errático de su corazón.
—Tu miedo es tan dulce, Rabastan. Alimenta mi magia. Pero pronto, el miedo se convertirá en algo más. El brebaje que bebiste no solo calma los nervios; vincula tu esencia a la mía. Sentirás mi dolor, mi triunfo... y mi deseo.
Rabastan cerró los ojos, sintiendo cómo una calidez antinatural empezaba a extenderse por sus venas, una conexión invisible que tiraba de su alma hacia el hombre que tenía delante. Era una violación de su ser más profundo, un nudo que ninguna magia conocida podría desatar.
—Mírame —ordenó Voldemort.
Rabastan obedeció. Los ojos rojos del Señor Tenebroso estaban a escasos centímetros de los suyos. No había rastro de la criatura que solía ser; este hombre era la perfección física del mal, una belleza que dolía mirar.
—No intentes huir de nuevo —advirtió Voldemort con una suavidad letal—. La próxima vez, no seré tan indulgente. No te romperé los huesos, Rabastan, pero romperé cada mente que intente ayudarte. Tu hermano, tus amigos... todos sufrirán por tu desobediencia.
La mención de Rodolphus hizo que Rabastan se estremeciera. Sabía que Voldemort no mentía. Su libertad ya no era solo suya; el precio de su huida sería la sangre de su propia familia.
—Me quedaré —susurró Rabastan, las lágrimas finalmente escapando de sus ojos—. Me quedaré... pero no me pidas que te ame.
Voldemort sonrió, una expresión de triunfo absoluto que iluminó su rostro aristocrático.
—El amor es una debilidad de los hombres pequeños, como Dumbledore. Yo no pido amor, Rabastan. Pido devoción total. Pido que tu existencia gire en torno a la mía como un planeta alrededor de un sol negro. Y lo harás. Oh, lo harás.
Voldemort se inclinó y presionó sus labios contra los de Rabastan. Fue un beso frío, desprovisto de ternura, pero cargado de una posesividad que dejó a Rabastan sin aliento. Era el sello final de un contrato que no se había firmado con tinta, sino con magia y destino.
Cuando Voldemort se separó, Rabastan cayó de rodillas, abrumado por la intensidad del vínculo que acababa de sellarse. El Señor Tenebroso lo observó desde arriba, como un monarca contemplando su posesión más valiosa.
—Descansa ahora, mi consorte —dijo Voldemort, dirigiéndose hacia la ventana, donde los primeros rayos de un sol gris empezaban a asomar por el horizonte—. Mañana empezaremos a reconstruir el mundo a nuestra imagen. Y tú estarás a mi lado, envuelto en sombras y oro, para que todos vean lo que sucede con aquellos a quienes elijo amar a mi manera.
Voldemort salió de la habitación, pero Rabastan podía sentirlo. Podía sentir su presencia en el pasillo, su mente trabajando en planes de conquista, su satisfacción vibrando a través del vínculo. Se arrastró hacia la cama, sintiéndose más solo que nunca a pesar de estar conectado permanentemente al ser más poderoso de la tierra.
Se acurrucó entre las sábanas de terciopelo, cerrando los ojos contra la luz del día que se filtraba por las cortinas. En sus sueños, ya no corría por los bosques buscando una salida. Ahora, se encontraba en un salón de espejos donde cada reflejo era Voldemort, y cada salida conducía invariablemente de regreso a sus brazos.
Mientras tanto, en el piso inferior, la mansión Riddle cobraba vida con el movimiento de los sirvientes y los mortífagos que regresaban de sus misiones. El nombre de Rabastan Lestrange se susurraba con temor y envidia. Ya no era el hermano menor, el segundón de una casa noble. Era el Consorte Tenebroso, el ancla del Señor de la Muerte.
La era de la oscuridad no solo había comenzado para el mundo mágico; había comenzado, de manera irrevocable, para el alma de Rabastan. Y mientras el sol se alzaba sobre el valle, iluminando las ruinas de lo que una vez fue una familia normal, Rabastan supo que nunca volvería a ver la luz sin la sombra de Voldemort proyectándose sobre él.
—Eres mío —susurró el viento a través de las rendijas de la ventana, o quizás fue solo el eco de la voz de Voldemort en su mente.
Rabastan no respondió. Solo se dejó llevar por el sueño, esperando que, en algún rincón de su mente que Voldemort aún no hubiera reclamado, pudiera encontrar un momento de paz antes de que la ceremonia del amanecer lo obligara a despertar a su nueva y eterna realidad.
Afuera, las puertas de hierro de la mansión Riddle brillaban con un nuevo escudo: una serpiente enroscada alrededor de una corona de espinas. El mensaje era claro para cualquiera que se atreviera a acercarse. El Señor Tenebroso había vuelto, y esta vez, tenía algo por lo que quedarse en este mundo, algo que proteger con la misma ferocidad con la que destruía a sus enemigos. El destino de Rabastan estaba sellado, y con él, el de todos los que se atrevieran a desafiar el nuevo orden.