Criminal
Fuego cruzado y café amargo
La mañana en Honolulu no trajo la calma que Steve McGarrett esperaba tras el caos en los muelles. El sol golpeaba las ventanas del Palacio Iolani con una intensidad implacable, pero dentro, el clima era gélido. Steve estaba sentado en su escritorio, revisando por tercera vez el informe de daños del camión blindado. Tres disparos precisos. Un eje destrozado. Una eficiencia que rozaba lo aterrador.
—¿Te vas a quedar mirando ese papel hasta que se incendie o vas a admitir que la chica tiene puntería? —Danny entró en la oficina con dos vasos de café, dejando uno frente a Steve.
—Tiene puntería, Danny. Eso nunca lo he negado —respondió Steve, frotándose el puente de la nariz—. Lo que me preocupa es que no tiene freno. Ayer casi mata a un informante antes de que pudiéramos leerle sus derechos.
—Bueno, técnicamente, ese tipo no era un "informante", era un delincuente con tatuajes de banda que estaba obstruyendo la justicia —replicó Danny, sentándose en la silla frente a él—. Y seamos sinceros, Steve, tú has colgado a gente de helicópteros. No eres precisamente el póster oficial del debido proceso.
—Es diferente. Yo sé dónde está la línea. Ella… ella parece que ni siquiera ve la línea.
—O tal vez la ve y decide usarla para saltar a la comba —una voz femenina y cargada de sarcasmo interrumpió la conversación.
Amira Roe estaba apoyada en el marco de la puerta. Llevaba unos vaqueros oscuros, botas militares y una camiseta de tirantes que dejaba al descubierto un tatuaje de una enredadera espinosa que subía por su brazo izquierdo. Tenía el cabello recogido en una coleta alta y tirante, dándole un aspecto de depredador listo para el ataque.
—Llegas tarde —dijo Steve, consultando su reloj. Eran las ocho y cinco.
—Me detuve a comprar donuts. Pero luego recordé que a los tipos duros como tú solo les gusta comer granadas y patriotismo, así que me los comí todos en el camino —Amira entró en la habitación con una confianza que irritaba y fascinaba a Steve a partes iguales—. ¿Qué tenemos hoy? ¿Algún gatito atrapado en un árbol o vamos a perseguir a alguien que valga la pena?
Steve se puso en pie, rodeando su escritorio. Se detuvo a escasos centímetros de ella, intentando usar su altura para intimidarla. Amira no retrocedió; al contrario, inclinó ligeramente la cabeza, desafiándolo con la mirada.
—Hoy vas a ir con Chin al archivo de la policía —sentenció Steve—. Quiero que revises las conexiones de los "Hijos de Waianae" con el sindicato Noshimuri. Dado que fuiste la protegida de Adam, supongo que conocerás nombres que no aparecen en los libros.
La expresión de Amira se endureció instantáneamente. La mención de su pasado era un terreno minado.
—No era su protegida, McGarrett. Era su seguro de vida —corrigió ella con voz gélida—. Y si crees que voy a sentarme en una habitación sin ventanas a leer archivos polvorientos mientras tú sales a jugar a los soldados, estás muy equivocado.
—No es una sugerencia, Roe. Es una orden.
—Y yo no soy tu recluta de la Marina —ella dio un paso más, invadiendo su espacio personal—. Soy una consultora forzada. Si quieres mi conocimiento, me llevas al campo. Ahí es donde soy útil. En los archivos solo conseguirás que me quede dormida y borre accidentalmente tu base de datos.
Danny, que observaba la escena como si fuera un partido de tenis de alta intensidad, decidió intervenir antes de que alguien sacara un arma.
—Chicos, por favor. Es demasiado temprano para un duelo a muerte. Además, Chin ya está en camino hacia la costa norte. Tenemos un cuerpo.
Steve apartó la mirada de Amira, aunque la tensión entre ellos seguía vibrando en el aire.
—¿Identificado? —preguntó Steve, agarrando su equipo.
—Un pescador lo encontró cerca de Shark’s Cove —explicó Danny—. Dice que tiene marcas que parecen… bueno, profesionales.
Steve miró a Amira. Ella ya estaba revisando su funda de pistola con una sonrisa de suficiencia.
—Parece que el destino quiere que me saques a pasear, Comandante —dijo ella, guiñándole un ojo antes de salir de la oficina.
—Un día de estos, Danny… un día de estos —susurró Steve, siguiendo sus pasos.
—Sí, sí, lo que digas. Pero admite que te encanta que te responda —se burló Danny, trotando para alcanzarlos.
El trayecto hacia la costa norte fue, previsiblemente, un campo de batalla verbal. Steve conducía el Camaro como si estuviera en una pista de carreras, lo que normalmente provocaba las quejas de Danny. Sin embargo, Amira permanecía en el asiento trasero con una calma absoluta, incluso burlona.
—¿Esto es lo más rápido que va este trasto, McGarrett? —preguntó ella, mirando por la ventana—. Mi abuela tenía un cortacésped con más potencia.
—Es un motor de alto rendimiento, Roe —masculló Steve, apretando el volante—. Y si no te gusta, puedes bajarte y correr.
—Oh, no me malinterpretes. Me gusta el coche. Solo me da pena el conductor. Se nota que tienes miedo de soltarle la rienda —se inclinó hacia adelante, quedando entre los dos asientos delanteros—. ¿Sabes qué creo? Creo que eres un hombre de reglas porque te aterra lo que pasaría si dejaras de seguirlas por un segundo.
Steve frenó bruscamente al llegar a la escena del crimen, haciendo que todos se sacudieran.
—Llegamos —dijo él secamente.
La escena en Shark’s Cove era sombría. El cuerpo de un hombre de unos cuarenta años yacía sobre las rocas negras volcánicas. Vestía un traje caro, ahora empapado y desgarrado por el mar. Max Bergman, el médico forense, ya estaba inclinado sobre él.
—Comandante, detective —saludó Max con su tono pausado habitual—. Veo que han traído a la nueva incorporación de la que tanto se habla en los pasillos de la morgue.
Amira se acercó al cuerpo sin esperar a que Steve le diera permiso. Se puso de cuclillas, observando las manos de la víctima y una marca específica detrás de su oreja.
—No perdáis el tiempo buscando el arma del crimen en el agua —dijo ella, levantándose y limpiándose las manos en los pantalones—. Lo mataron con un cable de piano. Un corte limpio en la carótida, pero lo hicieron con un ángulo ascendente.
Steve frunció el ceño, acercándose para observar.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo solía trabajar para la gente que contrata a este tipo de asesinos —respondió ella con una naturalidad que heló la sangre de Danny—. Esa marca detrás de la oreja es la firma. Es un mensaje para el sindicato. Este hombre era un "ratón", un soplón que intentó vender secretos de la Yakuza a los federales.
Steve la miró fijamente. Había una oscuridad en los ojos de Amira que no era simple malicia; era conocimiento. Un conocimiento adquirido en lugares a los que la mayoría de la gente nunca regresaba.
—¿Conocías a la víctima? —preguntó Steve.
—Su nombre es Sato —dijo ella, ignorando la pregunta directa—. Era el contable de una de las empresas pantalla de los Noshimuri. Pero Adam no ordenó esto. Él está fuera del juego. Esto huele a una facción rebelde intentando recuperar el control de la isla.
—Si hay una guerra interna en la Yakuza, Hawái va a arder —dijo Chin, que se había unido al grupo—. Tenemos que detener esto antes de que los cuerpos empiecen a aparecer en las zonas turísticas.
—Yo puedo llevarnos hasta el asesino —propuso Amira, mirando a Steve—. Pero necesito que me dejes hacer las cosas a mi manera. Sin placas, sin sirenas y sin tu discurso de "somos los buenos".
—Ni hablar —saltó Danny—. La última vez que hiciste las cosas a tu manera, casi provocas un incidente internacional en los muelles.
Amira ignoró a Danny y mantuvo la mirada clavada en Steve. Había un desafío silencioso, una apuesta. Ella sabía que él la necesitaba, y él sabía que ella tenía razón.
—Iremos juntos —decidió Steve—. Pero bajo mi mando. Si sacas un arma sin que yo lo ordene, te pondré las esposas y te llevaré a Halawa yo mismo.
—Trato hecho, Comandante —ella sonrió, y por primera vez, no fue una sonrisa de burla, sino algo más parecido a la anticipación de una caza—. Pero intenta no quedarte atrás.
La investigación los llevó a un club nocturno en el centro de Honolulu, un lugar frecuentado por los bajos fondos que Amira conocía demasiado bien. El ambiente era pesado, cargado de humo y música electrónica que hacía retumbar las paredes.
—Quedaos aquí —ordenó Amira mientras se bajaban del coche—. Si entran tres tipos con aspecto de policías federales, el objetivo saldrá por la puerta de atrás antes de que podáis decir "aloha". Yo entraré sola.
—No vas a entrar sola sin apoyo —dijo Steve, agarrándola del brazo.
Amira miró la mano de Steve sobre su piel. Sintió un chispazo de algo que no era precisamente hostilidad, pero lo ocultó rápidamente bajo su máscara de frialdad.
—McGarrett, mírame —dijo ella en voz baja—. Conozco a este portero desde que tenía diez años. Si entro contigo, nos matarán a los dos. Si entro sola, saldré con una dirección. Confía en mí por una maldita vez.
Steve dudó. Su instinto de protección y su formación militar le gritaban que no la dejara ir. Pero había algo en la determinación de Amira, una lealtad retorcida hacia la misión, que le hizo soltarla.
—Diez minutos —dijo él—. Si no sales, entraremos derribando la puerta.
—Haz lo que mejor sabes hacer, Superman —replicó ella con una sonrisa antes de desaparecer entre la multitud.
Dentro del club, Amira se movía como una sombra. Esquivó a los turistas y se dirigió directamente a la barra privada del fondo. El portero, un hombre enorme con cicatrices en la cara, le cerró el paso.
—Amira —dijo el hombre con voz profunda—. Hacía mucho que no te veíamos por aquí. Corren rumores de que ahora llevas una placa.
—Los rumores son como las resacas, Kenji: suelen ser exagerados —respondió ella, apoyándose en la barra—. Necesito saber dónde se esconde el "Carnicero". Sato ha aparecido muerto y sé que él fue el que sostuvo el cable.
El hombre negó con la cabeza.
—Es peligroso, incluso para ti.
—Sabes que no me asusta el peligro —ella se acercó y le susurró algo al oído, algo que hizo que el hombre palideciera ligeramente.
Kenji suspiró y le entregó un papel doblado. Amira lo tomó, le dio una palmadita en el hombro y salió del club justo cuando el cronómetro de Steve marcaba los diez minutos.
—Tengo la dirección —dijo ella, subiendo al coche—. Un almacén en las afueras. Pero hay un problema. No está solo. Tiene a la familia de Sato como rehenes.
Steve arrancó el motor, su expresión transformándose en la del guerrero que era.
—Entonces no hay tiempo que perder. Roe, buen trabajo.
Ella se sorprendió ante el cumplido espontáneo. Se quedó en silencio durante unos segundos, mirando el perfil de Steve mientras conducía. Había una nobleza en él que la irritaba profundamente, principalmente porque empezaba a resultarle atractiva.
El asalto al almacén fue una coreografía de violencia y precisión. Steve y Danny entraron por la parte delantera, creando una distracción con granadas cegadoras, mientras Amira, haciendo gala de su agilidad, se coló por un conducto de ventilación en el techo.
Desde arriba, vio al asesino, un hombre delgado y de aspecto anodino que sostenía un arma apuntando a una mujer y a un niño aterrorizados. Steve entró en la sala con el arma en alto.
—¡Cinco-Cero! ¡Suelte el arma! —gritó Steve.
El asesino se rió, usando a la mujer como escudo.
—Un paso más y la mato, McGarrett. Sé quién eres. No vas a disparar si hay riesgo de daños colaterales.
Steve estaba bloqueado. No tenía un tiro limpio. Danny estaba cubriendo la puerta trasera, pero tampoco podía intervenir.
De repente, una sombra cayó desde el techo. Amira aterrizó sobre el asesino con la fuerza de un huracán. En un movimiento fluido, le desvió el brazo, le propinó un rodillazo en las costillas y, antes de que el hombre pudiera reaccionar, lo tenía en el suelo con el brazo retorcido en un ángulo imposible.
—Te dije que no me gustaba esperar —le susurró Amira al oído del asesino mientras le apretaba el cuello con el antebrazo.
Steve se acercó rápidamente, asegurando a la familia y luego mirando a Amira. Ella tenía al hombre bajo control, pero sus ojos brillaban con una furia peligrosa. Estaba apretando demasiado.
—Roe… basta. Ya lo tenemos —dijo Steve, poniendo una mano en su hombro.
—Este tipo mata por placer, McGarrett —dijo ella, sin soltarlo—. El mundo sería un lugar mejor si yo simplemente…
—No —interrumpió Steve con firmeza—. No hoy. No conmigo.
Amira lo miró. La tensión entre ambos era insoportable. Por un momento, Steve pensó que ella iba a ignorarlo y terminar el trabajo. Pero entonces, la tensión desapareció de sus hombros y soltó al asesino, dejándolo jadear en el suelo.
—Eres un aburrido —dijo ella, levantándose y sacudiéndose el polvo.
Horas más tarde, tras procesar la escena y poner a salvo a la familia de Sato, el equipo regresó al cuartel general. Chin y Kono se encargaron del papeleo, mientras Danny se marchaba a ver a su hija.
Steve y Amira se quedaron solos en la oficina central. El silencio era diferente ahora; no era de confrontación, sino de un entendimiento mutuo, aunque todavía frágil.
—Has salvado a esa familia —dijo Steve, apoyado en la mesa inteligente—. Tu entrada desde el techo… fue arriesgada, pero efectiva.
—Es lo que hago, McGarrett. No esperes que me convierta en una boy scout de la noche a la mañana —respondió ella, sentada en el borde de la mesa, balanceando las piernas.
Steve se acercó a ella. No había cámaras, no había equipo, solo ellos dos.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó él en voz baja—. Podrías haber dejado que él disparara y luego culparme por no actuar. Podrías haber huido.
Amira lo miró a los ojos. Por un instante, la máscara de sarcasmo cayó, dejando ver a la mujer que había tenido que luchar por cada centímetro de respeto en un mundo de hombres crueles.
—Porque por mucho que me saques de quicio con tu complejo de caballero andante, eres el primer hombre con placa que no me ha mirado como si fuera basura desde el momento en que entré por esa puerta —confesó ella, su voz apenas un susurro—. Y porque… bueno, alguien tiene que vigilarte la espalda, y Williams conduce demasiado despacio.
Steve soltó una carcajada corta y genuina. Se acercó un paso más, quedando peligrosamente cerca de ella. Podía ver las pequeñas pecas en su nariz y la intensidad de su mirada.
—Bienvenida al equipo, Amira Roe —dijo él, extendiendo la mano.
Ella miró la mano y luego a él. En lugar de estrecharla, se puso en pie, quedando a la altura de su rostro.
—No te acostumbres a que sea amable, Comandante —dijo ella, rozando deliberadamente su hombro al pasar—. Mañana te toca a ti traer los donuts. Y que sean de chocolate.
Steve la vio alejarse, sintiendo que su vida, y el 5.0, acababan de cambiar para siempre. Sabía que ella era peligrosa, que tenía secretos que podrían destruirlos a todos y que probablemente terminarían gritándose de nuevo antes del mediodía siguiente.
Pero mientras la veía desaparecer por el ascensor, Steve McGarrett supo que no querría tener a nadie más cubriéndole la espalda. El fuego entre ellos apenas estaba empezando a arder, y él no tenía ninguna intención de apagarlo.