Crossover
Ecos del Suero y Espejos de Sangre
El estruendo de la batalla por el Nexo continuaba como una sinfonía de metal y truenos, pero para Superman, el mundo se había vuelto extrañamente silencioso. Clark Kent, con su oído capaz de captar el latido de un corazón a kilómetros de distancia, se detuvo un momento sobre el campo de batalla. Sus ojos azules se fijaron en la figura de Homelander, que yacía aún en el suelo, fingiendo una inconsciencia que ya no engañaba a los sentidos del kryptoniano.
Sin embargo, algo era diferente. El vacío entre las puertas no solo contenía espacio físico; las energías que Batman y Stark estaban manipulando habían abierto grietas en la realidad psíquica del lugar. Clark sintió una presión en sus sienes. No era un ataque, sino una filtración. El tejido de la realidad en este nexo estaba reaccionando a la presencia de Homelander, proyectando fragmentos de su origen como si el universo mismo intentara purgar la anomalía que representaba aquel hombre.
—Bruce, Tony —llamó Superman a través del comunicador, aunque su mirada no se apartaba del rubio caído—. Algo está pasando con él. No es solo que esté despertando. El vacío está... proyectando su historia.
—¿Proyectando? —la voz de Stark sonó entrecortada mientras disparaba un misil—. ¿Como un cine casero multiversal? Porque no tengo palomitas, Clark.
—Es el Compuesto V —intervino Batman, cuya capa ondeaba mientras esquivaba un ataque—. La sustancia en su sangre es una anomalía química que no pertenece a la naturaleza de ningún universo conocido. El Nexo está intentando analizarlo. Mantente alerta, Clark. Si lo que vemos es su pasado, entenderemos a qué nos enfrentamos.
De repente, el aire alrededor de Homelander comenzó a ondular. Una neblina azulada y eléctrica surgió de sus poros, expandiéndose hasta formar imágenes vívidas que flotaban en el vacío como hologramas gigantescos. Los héroes que estaban cerca —Capitán América, Spider-Man y la propia Diana— retrocedieron por un segundo, observando las visiones que cobraban vida.
La primera imagen era fría y estéril: un laboratorio subterráneo. Un bebé, solo en una habitación llena de máquinas, llorando sin que nadie acudiera a consolarlo. No había padres, solo científicos con batas blancas y carpetas, observando a través de un cristal reforzado.
—No tuvo a nadie —susurró Peter Parker, aterrizando junto a Superman—. Ni un tío Ben, ni unos padres... nada.
—Fue fabricado —dijo Steve Rogers, con una mueca de asco—. No es un hombre que ganó poderes, es un producto diseñado en un tubo de ensayo. He visto esto antes en los laboratorios de Hydra, pero esto... esto es industrial.
Las imágenes pasaron rápidamente, volviéndose más violentas. Vieron al joven John, el niño que se convertiría en Homelander, abrazando a una mujer que resultó ser un maniquí térmico, diseñado solo para probar su resistencia al afecto. Vieron cómo sus ojos se iluminaban de rojo por primera vez, no por justicia, sino por puro miedo y rabia contenida, incinerando a los médicos que lo torturaban con pruebas de estrés.
—Mira su mirada, Clark —dijo Diana, acercándose con la espada aún en la mano—. No hay rastro de la compasión que tú conoces. Solo hay un vacío que intentó llenar con la adoración de las masas.
Superman descendió lentamente hasta quedar a pocos metros de Homelander, quien ahora había abierto los ojos por completo. John ya no fingía. Estaba sentado, rodeado por las proyecciones de su propia miseria, mirando las imágenes de su pasado con una mezcla de odio y una vulnerabilidad que intentaba ocultar tras una máscara de arrogancia.
—¿Os gusta el espectáculo? —escupió Homelander, poniéndose en pie con dificultad, tambaleándose—. Sí, nacer en un laboratorio. ¡Qué tragedia! ¿Queréis llorar por el pobre John? ¡Ahorraos vuestra lástima!
—No es lástima lo que siento —dijo Superman, su voz resonando con una autoridad que hizo que el propio vacío vibrara—. Es tristeza. Tuviste el poder de un dios y elegiste ser un matón. Tuviste la oportunidad de ser el protector de tu mundo, y elegiste ser su dueño.
—¡Tú no sabes nada! —rugió Homelander, sus ojos brillando con una intensidad escarlata que iluminó las proyecciones azules del Compuesto V—. Tú llegaste en una nave espacial, ¿verdad? ¡El elegido! ¡El hijo del espacio con padres granjeros que te dieron pasteles de manzana y lecciones de moralidad! A mí me dieron inyecciones y descargas eléctricas. ¡Yo me hice a mí mismo!
—Te hicieron —corrigió Batman, apareciendo desde las sombras del Nexo, con su mirada fija en los datos que su guantelete recolectaba de las proyecciones—. Eres el resultado de una corporación que quería un activo financiero, no un héroe. El Compuesto V no solo te dio fuerza, John; destruyó tu capacidad de empatía. Eres un error de laboratorio con complejo de Edipo.
Homelander lanzó un grito de furia y se abalanzó contra Batman, pero antes de que pudiera avanzar un centímetro, Superman se interpuso. Clark no lanzó un golpe. Simplemente puso una mano en el pecho de Homelander, deteniendo su impulso como si fuera una montaña inamovible.
—Basta —dijo Clark—. Ya hemos visto suficiente. Tu mundo sufre porque tú no sabes lo que significa el sacrificio.
—¡Yo me sacrifico todos los días! —gritó Homelander, intentando empujar la mano de Superman sin éxito—. ¡Tengo que aguantar a esos humanos patéticos, sonreír para sus cámaras, oler su sudor y su miedo! ¡Yo soy el que mantiene el orden!
—Tú eres el que causa el miedo —intervino el Capitán América, caminando hacia ellos—. Un héroe no necesita que le den las gracias, y ciertamente no necesita que le teman los que debe proteger. He conocido a hombres como tú, John. Se envuelven en banderas para ocultar que no creen en nada más que en su propio poder.
Las proyecciones del Nexo cambiaron de nuevo. Ahora mostraban el mundo de Homelander: la Torre Vought, los Siete, la corrupción, los aviones cayendo del cielo porque él no se molestó en salvar a los pasajeros si eso dañaba su imagen pública. Los Vengadores y la Liga observaron en silencio las atrocidades.
—Dejaste que toda esa gente muriera —dijo Tony Stark, cuya voz había perdido todo rastro de sarcasmo—. Podrías haberlos salvado. Yo he volado con un misil nuclear a través de un agujero de gusano sabiendo que no volvería. Tú no pudiste ni siquiera intentar cargar un avión.
—¡No se podía salvar! —chilló Homelander, su fachada desmoronándose—. ¡Era físicamente imposible! ¡Las leyes de la física...!
—Yo he sostenido un avión —lo interrumpió Superman con una calma aterradora—. He sostenido puentes, planetas y esperanzas que pesaban más que cualquier metal. No es la física lo que te detuvo, John. Fue tu falta de voluntad para ensuciarte las manos si no había una cámara delante.
Homelander retrocedió, mirando a su alrededor. Estaba rodeado por los seres más poderosos de la existencia, y por primera vez, se sentía pequeño. No era el más fuerte. No era el más rápido. Ni siquiera era el más admirado. Era un experimento fallido en una habitación llena de leyendas.
—¿Y qué vais a hacer? —preguntó Homelander, con una sonrisa temblorosa y maníaca—. ¿Matarme? Adelante. Convertidme en un mártir. Soy el producto más valioso de Vought.
—No —dijo Batman, cerrando su dispositivo—. No te daremos lo que quieres. No serás un mártir, ni una lección, ni un recuerdo.
—Este Nexo está conectado a infinitas puertas —explicó Diana, guardando su espada—. Hay mundos donde no hay gente a la que herir. Mundos de silencio y piedra. O quizás, mundos donde todos son tan poderosos como tú, y tendrás que aprender lo que es ser un ciudadano común.
—No podéis... —empezó a decir Homelander, pero su voz se quebró cuando vio a Thor acercarse con el Stormbreaker emitiendo chispas—. ¡Soy Homelander! ¡Puedo hacer lo que me dé la gana!
—En tu mundo, tal vez —dijo Thor, con una voz que tronó en todo el vacío—. Pero aquí, estás en presencia de verdaderos guerreros. Y los guerreros no permiten que los lobos rabiosos corran libres entre las ovejas.
Superman miró a sus compañeros y luego a los Vengadores. Hubo un entendimiento silencioso. No podían enviarlo de vuelta a su mundo para que siguiera tiranizando a la humanidad, pero tampoco eran verdugos.
—Tony, Bruce —dijo Clark—, buscad una puerta. Un lugar donde pueda reflexionar, si es que tiene esa capacidad. Un mundo sin víctimas.
—Tengo las coordenadas —dijo Batman—. El Sector 2814 de una realidad alternativa. Un planeta deshabitado con una gravedad diez veces superior a la de la Tierra. Sobrevivirá, pero no podrá volar. Tendrá que caminar cada paso, sentir el peso de su propio cuerpo... y el peso de su soledad.
—Me parece justo —asintió Steve Rogers.
Homelander intentó disparar sus rayos láser, pero un rápido movimiento de Flash le rodeó con una cuerda de energía creada por Hal Jordan, inmovilizándolo antes de que sus ojos se encendieran del todo.
—¡Soltadme! ¡Os mataré a todos! ¡Os arrancaré el corazón! —gritaba Homelander, pataleando como un niño en medio de un berrinche mientras era arrastrado hacia una de las puertas de piedra gris.
—Es curioso —comentó Spider-Man, rascándose la nuca—. Siempre pensé que los villanos finales tenían discursos más geniales. Este solo suena como mi vecino cuando se le estropea el wifi.
—Es lo que pasa cuando el poder se le da a alguien que nunca aprendió el valor del esfuerzo —dijo Superman, viendo cómo la puerta se cerraba tras el rubio, sellándolo en su exilio—. El Compuesto V le dio la fuerza de un gigante, pero le dejó el alma de un niño asustado.
El vacío pareció calmarse. Las proyecciones azules se desvanecieron, y la luz carmesí de la puerta enemiga también comenzó a menguar, como si la derrota moral de Homelander hubiera debilitado las defensas del Nexo.
—¿Crees que alguna vez entenderá? —preguntó Peter, mirando la puerta cerrada.
—Lo dudo —respondió Batman, volviendo a su trabajo de análisis—. Pero ya no es nuestro problema. Tenemos un multiverso que salvar y un camino a casa que encontrar.
Tony Stark se acercó a Superman y le dio una palmada en el hombro metálico.
—Buen trabajo, Big Blue. Por un momento pensé que ibas a darle un sermón de tres horas.
—A veces —dijo Clark con una sonrisa triste—, el silencio es el mejor sermón.
—Bueno —interrumpió Thor, alzando su martillo—, ahora que el bufón de la capa ha sido expulsado, ¿podemos centrarnos en las sombras que siguen saliendo de esa puerta oxidada? ¡Mi brazo empieza a enfriarse y necesito golpear algo que sí sea un desafío!
—Estoy de acuerdo con el rubio del trueno —dijo Aquaman, blandiendo su tridente—. Esa puerta carmesí no se va a cerrar sola.
Los héroes se reagruparon. La presencia de Homelander había sido una distracción, un recordatorio de lo que sucede cuando el poder carece de propósito. Pero ahora, mirando las infinitas puertas que los rodeaban, sabían que su verdadera prueba estaba por delante.
—Vengadores —gritó el Capitán América.
—Liga de la Justicia —añadió Superman.
—¡A sus puestos! —exclamaron ambos al unísono.
El Nexo volvió a estallar en actividad. Pero esta vez, no había dudas. Habían visto lo peor de lo que un "héroe" podía ser, y eso solo había servido para fortalecer la resolución de lo que ellos realmente eran. La batalla por el multiverso continuaba, y el vacío ya no parecía tan oscuro bajo la luz combinada de dos mundos que se negaban a rendirse.