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Cuando despierten las flores

El Refugio del Silencio y la Sal

La bruma de Bretaña se filtraba por las rendijas de las ventanas de madera vieja, trayendo consigo el aroma a salitre y a tierra mojada. Adeline Malfoy se despertó sobresaltada, con el corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Durante un segundo, no supo dónde estaba. Sus dedos buscaron frenéticamente las sábanas de seda verde de la Mansión Malfoy, esperando sentir el frío mármol de su habitación en Wiltshire, pero en su lugar encontraron el lino áspero y cálido de su cama en *L'Abri des Vagues*.

—Respira, Ade. Uno, dos, tres, cuatro... —se susurró a sí misma, cerrando los ojos con fuerza.

Poco a poco, el pánico retrocedió. La técnica de la vela, la que Theo le había enseñado en aquellos pasillos oscuros de Hogwarts, seguía siendo su ancla. Inhaló el aire frío de la costa francesa y exhaló el miedo que todavía se aferraba a sus pulmones como una sombra persistente.

Se levantó y caminó descalza por el suelo de madera que crujía bajo sus pies. Desde que habían regresado de la batalla final, el silencio de la casa de piedra ya no le resultaba aterrador, sino necesario. Bajó las escaleras y encontró a Draco sentado en la mesa de la cocina, con una taza de té humeante entre las manos y la mirada perdida en el horizonte gris que se veía tras el ventanal.

—¿Otra pesadilla? —preguntó Draco sin girarse. Su voz era suave, despojada de la arrogancia que solía usar como armadura en el colegio.

—La misma de siempre —respondió Adeline, sentándose frente a él—. El fuego, los gritos... y la cara de padre cuando los Aurores se lo llevaron.

Draco apretó la mandíbula, y Adeline notó cómo sus nudillos se volvían blancos alrededor de la taza.

—Él tomó sus decisiones, Ade. Nosotros tomamos las nuestras. —Draco dejó la taza y la miró a los ojos, con una seriedad que le recordaba cuánto había crecido su hermano en tan poco tiempo—. Aquí estamos a salvo. Madre está descansando en el jardín y Nott... bueno, Nott está en el acantilado, probablemente buscando alguna planta extraña para sus pociones o simplemente esperando a que despiertes.

Adeline sonrió levemente, sintiendo un calor reconfortante en el pecho al oír el nombre de Theodore.

—¿Crees que algún día dejaremos de mirar por encima del hombro, Draco?

—Ya hemos dejado de hacerlo, pequeña —dijo él, estirando la mano para apretar la de ella—. Ahora solo miramos hacia adelante.

Adeline asintió y, tras beber un poco de té, salió de la casa. El viento de la mañana le azotó el rostro, despeinando sus ondas rubias, pero se sintió bien. Caminó por el sendero zigzagueante que descendía hacia la cala privada. Allí, sentado sobre una roca negra lamida por la espuma del mar, estaba Theodore Nott.

Él no se movió cuando ella se acercó, pero Adeline supo que la había sentido. Theo siempre parecía estar en sintonía con su presencia, como si sus almas estuvieran conectadas por un hilo invisible de magia y dolor compartido.

—Sabía que vendrías —dijo Theo, girándose con una sonrisa que solo le dedicaba a ella.

—Draco dice que te pasas más tiempo con las algas que conmigo —bromeó Adeline, sentándose a su lado.

—Draco dice muchas cosas para ocultar que nos echa de menos cuando no estamos en la misma habitación que él —replicó Theo, rodeándola con un brazo y atrayéndola hacia su costado—. ¿Cómo estás hoy?

Adeline apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos y dejándose acunar por el sonido constante del océano.

—Mejor. Aunque a veces siento que la paz es demasiado frágil. Como si estuviéramos viviendo en una burbuja que podría estallar en cualquier momento.

Theo guardó silencio un momento, acariciando el anillo de aguamarina que ella todavía llevaba en el dedo.

—No es una burbuja, Ade. Es nuestra vida. Nos costó mucho llegar aquí, y no voy a dejar que nada ni nadie nos lo quite. —Él se separó un poco para mirarla fijamente—. He estado pensando... en lo que dijiste sobre el libro. La historia de la magia, pero la verdadera. La que no habla solo de linajes y pureza, sino de lo que realmente nos hace magos.

—¿Crees que alguien querría leer lo que una Malfoy tiene que decir sobre la verdad? —preguntó ella con un deje de amargura.

—No es lo que una Malfoy tiene que decir —corrigió Theo, tomando su rostro entre sus manos—. Es lo que Adeline tiene que contar. El mundo necesita saber que se puede romper el ciclo. Que no estamos condenados a ser lo que nuestros padres dictaron.

Adeline sintió que las lágrimas acudían a sus ojos, pero esta vez no eran de tristeza, sino de una abrumadora sensación de libertad. Theo la besó, un beso que sabía a sal y a promesas cumplidas. En ese rincón del mundo, lejos de las expectativas de la sangre pura y de las sombras de la guerra, Adeline finalmente se sentía completa.

De repente, un destello plateado cruzó el cielo y descendió hacia ellos. Era una lechuza mensajera, pero no una cualquiera; llevaba el sello oficial del nuevo Ministerio de Magia.

Adeline se tensó instintivamente, pero Theo no soltó su mano.

—Tranquila —susurró él—. Estamos juntos en esto.

Abrieron la carta. No era una citación, ni una amenaza. Era una notificación de Kingsley Shacklebolt. Los cargos contra Draco habían sido retirados formalmente gracias al testimonio de Harry Potter y de Narcissa. Para Adeline y Theo, no había cargos, solo una invitación a regresar si así lo deseaban, o la confirmación de su estatus como ciudadanos libres en el extranjero.

—Somos libres, Theo —susurró Adeline, releyendo las palabras—. Realmente libres.

—Siempre lo fuimos, Ade —dijo él, levantándose y ayudándola a ponerse en pie—. Solo necesitábamos que el resto del mundo se enterara.

Caminaron de regreso a la casa, donde Draco los esperaba en la terraza. Al ver sus caras, su hermano soltó un suspiro de alivio que pareció durar una eternidad. Narcissa salió al encuentro de sus hijos, abrazándolos con una fuerza que hablaba de años de miedo contenido.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Draco, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a romper las nubes.

Adeline miró a Theo, y luego a su hermano.

—Vamos a vivir —dijo ella con firmeza—. Sin miedo, sin sombras y sin pedir permiso.

Esa noche, en *L'Abri des Vagues*, no hubo pesadillas. Adeline durmió profundamente, arrullada por el mar. Soñó con golondrinas de plata volando sobre un campo de lavanda, y cuando despertó, supo que el fuego frío en su interior finalmente se había convertido en una luz cálida y constante.

Había aprendido a respirar, y ahora, por fin, estaba lista para empezar a volar.

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