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Dc cómic

El Santuario de la Carne y el Fin de la Esperanza

El aire en Temiscira se había vuelto tan espeso que cada bocanada se sentía como inhalar aceite y almizcle. Las nubes púrpuras, cargadas de la energía distorsionadora de Tortun, palpitaban al ritmo de un corazón oscuro, proyectando sombras deformes sobre los templos de mármol que ahora servían como establos de placer. En el centro del salón real, el silencio solo era interrumpido por el roce de la piel contra el suelo y los suspiros de las Amazonas que, despojadas de su voluntad, aguardaban la llegada de los "salvadores" del mundo exterior.

Tortun permanecía en el trono, con la arrogancia de quien sabe que ha ganado antes de que la batalla comience. A su izquierda, la Reina Hipólita masajeaba sus pies con una devoción que rozaba la locura; a su derecha, Diana, la otrora Mujer Maravilla, permanecía arrodillada, con la mirada fija en las grandes puertas del salón. Su armadura estaba manchada y rota, no por un combate físico, sino por el uso constante que Tortun le había dado como su juguete preferido.

—Dime, Diana —dijo Tortun, pasando su mano por el cuello de la princesa como si fuera un collar invisible—, ¿puedes sentirlos? ¿Puedes sentir a tus amigos surcando el cielo, creyendo que todavía hay algo aquí que vale la pena salvar?

Diana cerró los ojos y un escalofrío recorrió su cuerpo. La manipulación de la realidad de Tortun le permitía sentir la llegada de Superman y los demás, pero ya no sentía la esperanza que su presencia solía inspirar. Ahora, solo sentía una impaciencia lasciva por mostrarles su nueva naturaleza.

—Los siento, mi señor —respondió Diana, y su voz, antes un clarín de justicia, ahora era un murmullo quebrado—. Vienen con el corazón lleno de fuego. No saben que ese fuego se apagará en cuanto vean lo que usted ha hecho de nosotras... y lo que hará con ellos.

—Es fascinante —comentó Tortun, soltando una carcajada seca—. La Liga de la Justicia. Los dioses modernos. Creen que sus capas y sus anillos de poder significan algo frente a la voluntad de alguien que viene de un mundo donde ellos no son más que dibujos en un papel. Aquí, yo soy el escritor. Yo soy el que decide quién se arrodilla.

De repente, un estruendo sacudió los cimientos del palacio. El techo de cristal del gran salón estalló en mil pedazos, y una figura envuelta en una capa roja descendió a una velocidad cegadora, seguida por el brillo verde de un anillo de poder y la sombra alada de una guerrera de Thanagar.

Superman aterrizó en el centro del salón, con los puños apretados y los ojos encendidos con el calor de mil soles. A su lado, Green Lantern (John Stewart) y Hawkgirl se posicionaron en formación de combate. El Hombre de Acero escaneó la habitación con su visión de rayos X, pero lo que vio lo obligó a retroceder un paso, con el rostro pálido.

—¿Diana? ¿Reina Hipólita? —la voz de Superman tembló por primera vez en años—. ¿Qué... qué es esto?

El espectáculo ante ellos era dantesco. Cientos de Amazonas, las guerreras más orgullosas de la Tierra, estaban esparcidas por el suelo en estados de degradación absoluta. No había cadenas físicas, pero la forma en que se frotaban contra el suelo y buscaban la mirada de Tortun indicaba una esclavitud mucho más profunda.

—¡Diana, levántate! —gritó Hawkgirl, alzando su maza de enésimo metal—. ¡Aléjate de ese hombre!

Diana no se movió. Al contrario, se inclinó más hacia Tortun, permitiendo que él apoyara su mano sobre su cabeza en un gesto de propiedad absoluta.

—No hay necesidad de gritar, Kendra —dijo Diana, mirando a su antigua compañera con una sonrisa vacía que heló la sangre de los presentes—. Mi señor no gusta de los ruidos estridentes. Deberían mostrar más respeto en su presencia.

—¿Señor? —John Stewart apretó los dientes, su anillo creando una ametralladora de energía esmeralda apuntando al trono—. No sé quién eres, intruso, pero vas a soltarlas ahora mismo o voy a volar este palacio contigo dentro.

Tortun ni siquiera se tomó la molestia de levantarse. Se limitó a mirar a John con un aburrimiento supremo.

—¿Un anillo de energía? ¿En serio? —Tortun chasqueó los dedos—. En mi mundo, eso es solo plástico barato. Aquí... es lo que yo decida.

En un parpadeo, la construcción de energía verde se disolvió en una nube de mariposas negras que se desintegraron antes de tocar el suelo. John Stewart cayó de rodillas, sujetándose la cabeza mientras su anillo se volvía gris y sin vida.

—¡John! —Superman se lanzó hacia adelante con la intención de embestir a Tortun, pero antes de que pudiera recorrer un metro, una fuerza invisible lo detuvo en seco.

No era magia, ni kryptonita. Era la realidad misma negándose a permitir que el Hombre de Acero se moviera. Superman quedó suspendido en el aire, sus músculos tensos hasta el punto de la ruptura, pero incapaz de avanzar.

—Eres fuerte, Clark —dijo Tortun, poniéndose de pie con lentitud—. Pero tu fuerza depende de las leyes de la física de este universo. Y yo acabo de cambiar esas leyes. En este salón, la gravedad no te obedece a ti. Me obedece a mí. Y la obediencia es algo que tus amigas han aprendido a disfrutar mucho.

Tortun caminó hacia Superman, pasando al lado de Diana, quien le besó la mano mientras él avanzaba. El intruso se detuvo frente al kryptoniano y le dio una bofetada suave en la mejilla, un gesto cargado de un desprecio infinito.

—Míralas bien —ordenó Tortun—. Mira a la Mujer Maravilla. Mira a la Reina de las Amazonas. ¿Ves ese brillo en su piel? Es mi marca. Mi esencia fluye por sus venas, reescribiendo cada pensamiento, cada deseo. Ya no son heroínas. Son mi vertedero personal. Y pronto, todas las mujeres de tu preciosa Liga se unirán a ellas.

—¡Maldito seas! —rugió Superman, sus ojos brillando con una intensidad roja, pero el rayo de calor se extinguió antes de salir de sus pupilas.

—No pierdas el tiempo —dijo Tortun, dándole la espalda para mirar a Hawkgirl, quien intentaba atacar desde el aire—. Diana, encárgate de ella. Muéstrale a tu amiga lo que significa ser una verdadera Amazona de mi corte.

Diana se puso de pie con una gracia felina. Ya no se movía como una guerrera, sino como una depredadora hambrienta. Hawkgirl descendió con la maza en alto, pero Diana la interceptó con una velocidad que superaba todo lo visto anteriormente. No usó su lazo ni su espada; simplemente la agarró por el cuello y la estampó contra una columna de mármol.

—¿Por qué luchas, Kendra? —susurró Diana, hundiendo sus dedos en la carne de la guerrera alada—. ¿No sientes la paz que emana de él? Todo el peso de ser una heroína, toda esa responsabilidad... él te la quita. Solo tienes que rendirte. Solo tienes que aceptar ser lo que siempre fuiste destinada a ser: carne para su placer.

—¡Tú no eres Diana! —escupió Hawkgirl, intentando zafarse.

—Tienes razón —respondió Diana, y una gota de la esencia brillante de Tortun cayó de sus labios sobre el rostro de Kendra—. Soy mucho más que ella. Soy su esclava más fiel. Y tú también lo serás.

Tortun observaba la escena con una sonrisa de satisfacción. Extendió sus manos y la energía púrpura del ambiente comenzó a concentrarse en sus palmas.

—Es hora de que este mundo entienda que no hay esperanza —proclamó Tortun—. Hipólita, trae los cálices. Quiero que nuestros invitados beban de mi bendición.

La reina, moviéndose con una urgencia febril, trajo consigo recipientes de oro llenos de la sustancia luminosa. Se acercó a Superman, quien seguía inmovilizado en el aire.

—Bebe, gran héroe —dijo Hipólita, con una voz cargada de una lujuria maternal y retorcida—. Bebe y mira cómo tu mundo se convierte en el paraíso de nuestro señor. No hay dolor en la entrega, solo una dulzura que tu mente de granjero jamás podría imaginar.

Tortun forzó la mandíbula de Superman con un pensamiento, y la reina vertió el líquido en su garganta. El Hombre de Acero convulsionó. No era veneno, era algo peor: era la voluntad de Tortun infectando el núcleo de su ser. Superman no se volvió un esclavo sexual como las Amazonas, pero su voluntad de luchar se desmoronó. Sus ojos perdieron el fuego y sus brazos cayeron a los costados, derrotados por una realidad que ya no lo reconocía como un campeón.

—Ahora —dijo Tortun, volviéndose hacia las generales y las Amazonas que llenaban el salón—, muéstrenles a nuestros amigos cómo celebramos la llegada de nuevos miembros a nuestro hogar.

Lo que siguió fue una orgía de degradación que desafiaba cualquier descripción. Bajo el mando de Tortun, las Amazonas comenzaron a usar a los héroes caídos no como enemigos, sino como accesorios para su propia humillación ante su señor. Diana se encargó personalmente de Hawkgirl, obligándola a arrodillarse frente al trono mientras Tortun se sentaba de nuevo, disfrutando del espectáculo de ver a la guerrera de Thanagar llorar lágrimas de una sumisión que empezaba a brotar en su pecho.

—¿Lo ves, Clark? —preguntó Tortun, mientras Hipólita se despojaba de sus últimas vestiduras para tenderse a sus pies—. Tu mundo no necesita justicia. Necesita un dueño. Y yo tengo mucha esencia para todas.

Tortun se puso de pie y caminó hacia el balcón, desde donde se dominaba toda la isla. A lo lejos, podía ver el océano, donde los barcos de la marina estadounidense y otros héroes seguramente se acercaban, alertados por la desaparición de la comunicación.

—Diana, ven aquí —ordenó.

La princesa se acercó, arrastrándose y abrazando su pierna.

—Dime, mi juguete —dijo Tortun, mirando al horizonte—, ¿qué deberíamos hacer cuando lleguen los demás? ¿Cuando Black Canary y Zatanna pongan un pie en mis playas?

Diana alzó la vista, con el rostro manchado por la esencia de su señor y una expresión de pura anticipación malvada.

—Deberíamos recibirlas con los brazos abiertos, mi señor. Deberíamos mostrarles que en Temiscira ya no hay guerreras, solo vertederos. Estarán tan asustadas al principio... pero una vez que usted las toque, una vez que sientan lo que yo siento ahora mismo... le suplicarán que no las deje nunca.

Tortun acarició la mejilla de Diana y luego la golpeó con fuerza, tirándola al suelo. Ella no protestó; al contrario, le agradeció el contacto con un gemido de placer.

—Exacto —dijo Tortun—. Temiscira es solo el laboratorio. El mundo entero de DC será mi granja. Cada mujer con poderes, cada civil, cada reina y cada villana... todas terminarán como tú, Diana. Perdiendo su nombre, su honor y su alma en mi semilla.

El intruso cerró los puños y la realidad misma gimió. Las estatuas de las diosas griegas que rodeaban el palacio comenzaron a agrietarse y a transformarse. Atenea perdió su sabiduría, Afrodita su amor casto, y Artemisa su caza. Sus formas de piedra se moldearon en figuras de pura lascivia, todas inclinadas hacia el trono de Tortun.

—No hay dioses aquí —gritó Tortun hacia el cielo oscuro—. ¡Solo hay carne! ¡Y la carne es mía!

Abajo, en el salón, las Amazonas estallaron en un grito de júbilo y deseo, un sonido que no tenía nada de humano y sí mucho de animal. Superman, sentado en el suelo con la mirada perdida, veía cómo Hawkgirl finalmente dejaba de luchar y comenzaba a lamer la mano de Diana, aceptando su destino.

—Es hermoso, ¿verdad? —susurró Hipólita al oído del kryptoniano—. El fin de la lucha. El fin del deber. Por fin somos lo que siempre debimos ser.

Tortun se dio la vuelta y regresó al centro del salón. Se desabrochó el cinturón y miró a la fila de mujeres que esperaban, desde la reina hasta la última de las iniciadas.

—Hoy será una noche larga —dijo con una sonrisa depredadora—. Quiero que cada una de ustedes sea llenada hasta que no puedan recordar cómo se llamaban. Quiero que el olor de mi victoria se sienta hasta en Gotham y Metrópolis.

—Sí, mi señor —respondieron al unísono, un coro de cientos de voces que una vez defendieron la libertad y que ahora solo anhelaban la cadena.

Tortun se sentó, y la marea de carne se abalanzó sobre él en un frenesí de sumisión forzada. La Mujer Maravilla fue la primera, reclamando su lugar como el recipiente principal, mientras el resto del mundo de los héroes seguía su camino hacia la isla, sin saber que se dirigían directamente a las fauces de un hombre que había convertido el paraíso en el rincón más oscuro y degenerado del multiverso.

La noche en Temiscira no terminaría nunca. Bajo el mando de Tortun, el tiempo se había detenido en un ciclo eterno de uso y deshonra. Las Amazonas ya no eran las guardianas de la humanidad; eran el monumento viviente al ego de un hombre de la tierra real que había descubierto que, en un mundo de ficción, la única ley es la voluntad de quien tiene el poder de reescribir el guion. Y Tortun no tenía ninguna intención de dejar de escribir.