Decir tu nombre en voz baja
Entre el silencio y el fuego
La puerta se cerró con un chasquido sordo que pareció reverberar en todo el cuerpo de Seungmin. En el pequeño espacio de la habitación de Chan, el aire se sentía denso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con los equipos electrónicos del estudio. Allí, entre las paredes cubiertas de pósteres, fotos de Berry y el aroma característico de Chan —una mezcla de café frío, perfume amaderado y el calor de su propia piel—, el mundo exterior dejó de existir.
Chan no perdió tiempo. Sus manos, esas manos que Seungmin siempre había observado cuidar a los demás con delicadeza, ahora lo sujetaban con una urgencia posesiva que le quitaba el aliento. Lo acorraló contra la puerta, atrapando su rostro entre sus palmas mientras volvía a devorar sus labios.
—No tienes idea —susurró Chan contra su boca, su aliento caliente rozando la piel de Seungmin— de cuánto tiempo he soñado con que me miraras así. Sin sarcasmo, sin frialdad... solo tú.
Seungmin soltó un jadeo, enredando sus dedos en el cabello rubio ceniza de Chan. La sensación de la espalda de Chan arqueándose bajo su tacto lo volvió loco.
—Pensé que te perdía —confesó Seungmin, con la voz quebrada por la intensidad del momento—. Cada vez que abrazabas a Felix o que reías con Lisa, sentía que me estaba asfixiando. Me sentía tan pequeño, tan reemplazable.
Chan se detuvo un segundo, apoyando su frente contra la de Seungmin. Sus ojos oscuros brillaban con una honestidad que dolía.
—Nunca —sentenció Chan—. Escúchame bien, Kim Seungmin. Puedo ser el líder, puedo ser el amigo de todos, pero mi corazón no es una democracia. Solo tiene un dueño. Y ha sido tuyo desde que entraste por esa puerta por primera vez y me miraste con esos ojos inteligentes que parecen leer mi alma.
Seungmin no pudo responder con palabras. En su lugar, tiró de la camiseta de Chan, obligándolo a bajar de nuevo. El beso fue más profundo esta vez, más desesperado. Sus lenguas se encontraron en un baile frenético que buscaba borrar todos los malentendidos de los meses anteriores. Seungmin sintió que sus rodillas flaqueaban cuando Chan bajó una mano para apretar su cintura, pegándolo más a su cuerpo, eliminando cualquier rastro de espacio entre ellos.
—Chan-hyung... —gimió Seungmin cuando los labios del mayor descendieron hacia su mandíbula y luego hacia su cuello.
—Dime "Channie" —pidió el líder, su voz ahora un registro más grave que envió escalofríos por la columna de Seungmin—. Solo tú puedes llamarme así y que suene como si me estuvieras salvando la vida.
—Channie... —repitió él, y el nombre se sintió como una oración.
Se movieron a tientas hacia la cama, tropezando con un par de zapatos en el suelo, pero sin romper el contacto ni un segundo. Cuando finalmente cayeron sobre el edredón, el peso de Chan sobre él se sintió como el ancla que Seungmin había necesitado toda su vida. El menor rodeó la cintura de Chan con sus piernas, atrayéndolo hacia sí, queriendo fundirse con él.
—Tengo miedo de que mañana esto sea un sueño —susurró Seungmin, mientras Chan repartía besos por su clavícula—. De que te despiertes y vuelvas a ser el sol que brilla para todos por igual.
Chan se incorporó sobre sus codos, mirando a Seungmin con una ternura que hizo que al menor se le llenaran los ojos de lágrimas. Con un gesto lento, Chan tomó la mano de Seungmin y la llevó a su pecho, justo encima del corazón. Latía con una fuerza salvaje, como un tambor de guerra.
—¿Sientes eso? —preguntó Chan—. Solo late así por ti. Mañana, pasado mañana y el resto de mi vida, seguiré siendo amable con el mundo, porque ese es quien soy. Pero solo a ti te daré mis debilidades. Solo ante ti me quitaré la máscara de líder perfecto. Eres mi lugar seguro, Seungminnie. Mi único lugar especial.
Seungmin sonrió, una sonrisa real y radiante que rara vez mostraba. Se estiró para besar la punta de la nariz de Chan.
—Entonces supongo que tendré que acostumbrarme a compartir tu amabilidad... siempre y cuando tu amor sea solo mío.
—Es un trato —respondió Chan antes de volver a sellar sus labios con los de él.
Mientras tanto, al otro lado de la puerta, el pasillo del dormitorio no estaba precisamente tranquilo.
—¡Se los dije! —susurró Han, prácticamente pegado a la madera de la puerta de Chan—. ¡Escuché el clic de la cerradura! ¡Es oficial!
—Han Jisung, si no te quitas de ahí, te voy a patear hasta el salón —amenazó Minho, aunque él también estaba de pie en el pasillo, con los brazos cruzados y una expresión de satisfacción mal disimulada—. Déjalos en paz. Han tardado tres años en darse cuenta de lo que un gato ciego vería en cinco minutos.
—Es tan romántico... —suspiró Hyunjin, apoyado contra la pared opuesta—. El silencio después de la tormenta. Puedo sentir la tensión resolviéndose en el aire. Es como el clímax de una película clásica.
—Es como el clímax de un dolor de cabeza —intervino Changbin, pasando por el pasillo con una toalla al hombro—. Por fin Seungmin dejará de mirarme como si yo fuera el culpable de que Chan sea un ángel con patas. Esos dos estaban volviéndonos locos a todos con sus celos y sus miradas de cordero degollado.
Bambam, que acababa de salir de la cocina con una bolsa de patatas, se unió al grupo con una sonrisa traviesa.
—¿Creen que si golpeo la puerta y pregunto si quieren pizza arruinaré el momento? —preguntó, ya levantando la mano.
—Hazlo y te aseguro que Chan no será "amable" contigo mañana en el ensayo —advirtió I.N, apareciendo detrás de él con su habitual aire de sabiduría macabra—. Déjalos. Necesitan recuperar el tiempo perdido. Además, apuesto diez wones a que Seungmin no sale de esa habitación hasta mañana al mediodía.
—Solo diez? —rio Felix, que venía llegando con una manta—. Yo apuesto veinte a que Chan le prepara el desayuno en la cama y Seungmin se queja de que el café está demasiado caliente solo para ver a Chan soplar la taza.
—Eso es extrañamente específico, Felix —comentó Niki, asomándose desde su propia habitación—. Pero probablemente sea cierto.
Dentro de la habitación, los murmullos del pasillo eran solo un ruido de fondo, lejano y sin importancia. Seungmin y Chan estaban en su propio universo. Chan había logrado quitarle la sudadera a Seungmin, y ahora sus manos recorrían la piel suave de su espalda, trazando constelaciones imaginarias.
—¿Estás bien? —preguntó Chan en voz baja, deteniéndose para mirar a Seungmin a los ojos. Su instinto protector seguía ahí, pero ahora estaba teñido de un deseo ardiente.
—Nunca he estado mejor —respondió Seungmin, tirando de Chan hacia abajo para otro beso—. Solo... no te detengas. No vuelvas a poner distancia entre nosotros.
—Nunca más —prometió Chan.
El beso que siguió fue más lento, más exploratorio. Ya no había prisa, porque sabían que tenían toda la noche, y todas las noches que vendrían después. Seungmin se sintió finalmente completo. Los celos que lo habían atormentado durante meses se disolvieron bajo el calor de la piel de Chan. Comprendió que la amabilidad de Chan no era una amenaza, sino una parte de la luz que lo hacía amarlo tanto. Y mientras Chan lo envolvía en sus brazos, protegiéndolo del frío y de sus propias dudas, Seungmin supo que no necesitaba ser el único objeto de la amabilidad de Chan, siempre y cuando fuera el único objeto de su devoción.
—Te amo, Seungmin —susurró Chan contra su oído, su voz rompiéndose un poco por la emoción.
—Te amo, Channie —respondió él, cerrando los ojos y dejándose llevar por la sensación de ser, por fin, la persona más especial en el mundo de Bang Chan.
La luz de la luna se filtraba por las rendijas de las cortinas, iluminando la habitación en sombras plateadas. El silencio se llenó con el sonido de respiraciones acompasadas y suspiros de alivio. Fuera, el grupo finalmente se dispersó, dejando a los dos líderes de sus propios corazones en la paz que tanto habían ansiado. Los malentendidos habían quedado atrás, enterrados bajo promesas susurradas y besos que prometían no terminar nunca.