Edad
Azúcar, lluvia y promesas en silencio
El entrenamiento en el Tottenham Hotspur Way había sido agotador. La intensidad que exigía la Premier League no se parecía a nada que Lucas hubiera experimentado antes. Sus músculos protestaban con cada paso, y el sudor frío se pegaba a su piel bajo la ropa térmica, pero su mente estaba en otro lugar, a kilómetros de los ejercicios tácticos y las charlas de Ange Postecoglou. Estaba en una pequeña cocina en Londres, o quizás en un banco del parque, imaginando la reacción de Lia al ver lo que llevaba en su mochila.
Desde aquel día bajo la lluvia de Estocolmo, Lucas se había convertido en un experto en el arte de la contención. Su vida era un equilibrio precario: por un lado, el futbolista profesional de 1,90 que despertaba suspiros y titulares; por otro, el joven enamorado que contaba los días para que el calendario le diera un respiro a su conciencia. Amarla era fácil; lo difícil era el tiempo. Esos dos años que faltaban para que ella cumpliera los dieciocho pesaban como el plomo en sus botas.
Al salir del complejo deportivo, Lucas pasó por una de esas tiendas artesanales que Lia tanto adoraba. Ella tenía una debilidad confesa por los dulces, algo que contrastaba con la dieta estricta que él debía seguir. Compró un frasco de cristal enorme, decorado con un lazo de seda azul, lleno hasta el borde con caramelos de colores, bombones de chocolate sueco y nubes de azúcar que parecían pequeños pedazos de cielo.
— Esto debería durarle al menos dos semanas —se dijo a sí mismo con una sonrisa cómplice mientras subía a su coche.
Conducir hasta la casa de los Donovan se había convertido en su parte favorita del día. Cuando llegó, Lia ya lo esperaba en el porche, envuelta en un cárdigan de lana que le quedaba tres tallas grande, haciéndola ver aún más pequeña y delicada. Su cabello negro estaba recogido en una trenza desprolija y sus ojos grises se iluminaron en cuanto el Audi de Lucas se detuvo frente a la acera.
— ¡Lucas! —gritó ella, bajando los escalones de dos en dos.
Él bajó del coche y, antes de que pudiera cerrar la puerta, ya tenía a la pequeña pelinegra colgada de su cuello. Lucas la levantó, sintiendo la fragilidad de su cuerpo contra el suyo. El aroma de su perfume, algo parecido a la vainilla y a las flores frescas, lo inundó por completo.
— Hola, pequeña —murmuró él, hundiendo el rostro en su hombro por un segundo antes de volver a bajarla—. Te he traído algo.
Lia dio un saltito de emoción, sus mejillas blancas tiñéndose de un rosa suave por el frío de la tarde.
— ¿Otro dibujo? ¿Un libro? —preguntó con curiosidad, tirando de la manga de su chaqueta.
— Mejor. Pero tienes que prometerme algo primero.
Lucas metió la mano en el asiento del copiloto y sacó el enorme frasco de cristal. Los ojos grises de Lia se abrieron de par en par, reflejando los colores vibrantes de las golosinas. Parecía una niña frente a una tienda de juguetes, y esa inocencia era precisamente lo que Lucas juraba proteger cada noche.
— ¡Es enorme! —exclamó ella, estirando las manos para tomarlo. Lucas se lo entregó, notando cómo los brazos de ella temblaban un poco por el peso del vidrio.
— Escúchame bien, Lia —dijo él con tono fingidamente serio, mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar—. Es un regalo de "paciencia". Hay dulces de Estocolmo, de los que te gustan. Quiero que te comas uno o dos al día. Nada más. Este bote tiene que durarte hasta que vuelva de la gira, ¿entendido?
Lia lo miró con una expresión angelical, asintiendo con vigor.
— Lo prometo, Lucas. Seré muy responsable. Un bombón por la noche mientras estudio y quizás un caramelo por la tarde. Lo haré durar una eternidad.
— Confío en ti —sonrió él, dándole un tierno beso en la frente—. Si te los comes todos de golpe, te dolerá el estómago y no quiero recibir una llamada de tu madre regañándome por malcriarte.
— No pasará —aseguró ella, abrazando el frasco contra su pecho como si fuera un tesoro nacional—. Entra un rato, mamá ha hecho té.
Pasaron una hora en el salón de los Donovan. Lucas charló con los padres de Lia sobre el próximo partido contra el Arsenal, mientras ella se sentaba en la alfombra a sus pies, apoyando la cabeza contra su rodilla. Era una escena de una domesticidad tan pura que a Lucas le dolía el pecho. A veces se sentía un impostor; un hombre que ocultaba un deseo ardiente bajo la fachada del "amigo de la familia". Pero cuando sentía la mano pequeña de Lia apretando su pantorrilla, sabía que cualquier sacrificio valía la pena.
— Debo irme ya —anunció Lucas finalmente, poniéndose en pie—. Mañana tengo entrenamiento temprano y el míster no perdona ni un minuto de retraso.
Lia lo acompañó hasta la puerta. El bote de dulces estaba sobre la mesa del recibidor, intacto, brillando bajo la luz de la lámpara.
— Recuerda lo que prometiste, Lia —le recordó él, señalando el frasco con el dedo índice.
— Lo tengo grabado aquí —respondió ella, señalando su corazón con una sonrisa traviesa—. Un dulce al día. Palabra de Donovan.
Lucas se marchó a casa con el corazón ligero. Cenó algo ligero, revisó unos videos tácticos y se fue a la cama pensando en lo afortunado que era. Se imaginaba a Lia abriendo el frasco con cuidado, eligiendo minuciosamente el dulce de la noche, pensando en él con cada bocado. Esa imagen lo ayudó a conciliar el sueño.
Sin embargo, a la mañana siguiente, mientras Lucas se ataba las botas en el vestuario, su teléfono vibró en el banco. Era un mensaje de Lia.
"Lucas... creo que tenemos un pequeño problema técnico."
Él frunció el ceño y abrió la foto que acompañaba al texto. En la imagen aparecía el frasco de cristal, completamente vacío, con solo el lazo azul colgando tristemente del cuello de vidrio. Al lado, Lia se había tomado un selfie con las mejillas ligeramente hinchadas y una expresión de culpabilidad absoluta que la hacía lucir adorablemente ridícula.
Lucas no pudo evitar soltar una carcajada que resonó en todo el vestuario, atrayendo las miradas curiosas de sus compañeros.
— ¿Qué pasa, Bergvall? ¿Te han dado una buena noticia? —preguntó uno de los defensas, dándole una palmada en el hombro.
— Algo así —respondió Lucas, todavía riendo mientras escribía una respuesta.
"¿Lia? ¿Me estás diciendo que te has comido dos kilos de azúcar en menos de doce horas? ¡Te dije que era para dos semanas!"
La respuesta llegó casi de inmediato.
"¡Es que estaban demasiado buenos! Empecé con un chocolate, pero luego el de fresa se veía solo y... bueno, una cosa llevó a la otra. Lucas, me duele un poco la barriga, pero no me arrepiento de nada. Eran trocitos de ti."
Lucas sacudió la cabeza, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con el ejercicio físico. Se levantó y caminó hacia el campo de entrenamiento, pero su mente ya estaba planeando la visita de esa tarde. Sabía que debía regañarla, que debía ser el adulto responsable, pero la verdad era que la amaba precisamente por esa intensidad, por esa falta de filtros y por la forma en que devoraba la vida (y los dulces).
Al terminar la sesión, compró una caja de té de menta y jengibre, conocido por sus propiedades digestivas, y se dirigió a casa de Lia. Cuando ella abrió la puerta, su aspecto era un poco más deslucido que el día anterior. Tenía una manta sobre los hombros y una mano en el abdomen.
— No digas nada —murmuró ella antes de que él pudiera abrir la boca.
— No pensaba decir nada —mintió Lucas, entrando en la casa y dejando el té sobre la encimera—. Solo he venido a ver cómo está mi glotona favorita.
Lia se dejó caer en el sofá con un suspiro dramático.
— Soy una persona débil, Lucas. El azúcar es mi criptonita. Y tú tienes la culpa por comprar cosas tan ricas.
Lucas se sentó a su lado, ocupando casi todo el espacio del sofá con su imponente estatura. Con cuidado, pasó un brazo por encima de los hombros de la chica y la atrajo hacia sí. Lia se acurrucó en su costado, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello.
— Te pedí que tuvieras paciencia, pequeña —susurró él, besando la coronilla de su cabeza—. La paciencia es importante. Para los dulces... y para todo lo demás.
Lia se tensó un poco y luego levantó la vista. Sus ojos grises, aunque un poco cansados por el malestar estomacal, seguían teniendo esa profundidad magnética que a Lucas lo desarmaba.
— Lo sé —dijo ella en voz baja—. Sé que lo dices por nosotros. Por el tiempo que tenemos que esperar. Pero es que a veces, Lucas, siento que el tiempo va demasiado despacio. Siento que quiero devorar los días como si fueran esos dulces, para llegar rápido a cuando pueda ser tu novia de verdad, sin que nadie tenga que esconderse o dar explicaciones.
Las palabras de Lia golpearon a Lucas como un impacto directo en el pecho. A veces olvidaba que, a pesar de sus dieciséis años, ella era plenamente consciente del abismo que los separaba. Ella también sentía la urgencia, el hambre de un futuro que todavía no les pertenecía.
— A mí también me pasa —confesó Lucas, su voz volviéndose ronca por la emoción—. Cada vez que te veo, tengo que recordarme a mí mismo que no puedo simplemente llevarte conmigo a todas partes. Que tengo que dejarte ser joven. Pero Lia, si nos comemos el tiempo de una sentada, como hiciste con esos dulces, nos perderemos el sabor de cada momento.
Lia suspiró, trazando círculos invisibles sobre la tela de la sudadera de Lucas.
— Tienes razón. Me duele la barriga porque fui ansiosa. No quiero que nos "duela" nuestra historia por querer correr demasiado.
— Exacto —Lucas le tomó el mentón, obligándola a mirarlo a los ojos—. Ahora, vamos a hacer ese té de menta. Y mañana, te traeré una manzana. Una sola. Sin azúcar.
Lia soltó una risita suave, esa risa que para Lucas era la mejor música del mundo.
— Eres un aburrido, Bergvall. Un gigante rubio y aburrido.
— Soy el gigante que te cuida —corrigió él, levantándose para ir a la cocina—. Y el que va a esperar por ti, aunque me cueste la misma vida no comerme el tiempo de un bocado.
Mientras preparaba el té, Lucas observaba a Lia desde la cocina. Ella se había quedado acurrucada en el sofá, mirando hacia la ventana donde la tarde londinense empezaba a teñirse de violeta. Sus ojos grises reflejaban la luz crepuscular, y Lucas sintió, una vez más, que era el hombre más afortunado del planeta.
No importaba cuántos dulces se comiera ella en una noche, ni cuántos años de diferencia hubiera entre sus actas de nacimiento. Lo que importaba era esa conexión silenciosa, esa promesa tácita de que, al final del camino, estarían juntos.
Llevó la taza humeante al salón y se la entregó. Lia la tomó con ambas manos, dejando que el calor le entibiara los dedos.
— Gracias, Lucas —dijo ella, mirándolo con una ternura que lo hizo flaquear—. Por no enfadarte. Por entender que a veces solo soy una niña con mucha prisa por crecer.
— Nunca podría enfadarme contigo por querer estar conmigo, Lia —respondió él, sentándose de nuevo a su lado—. Solo prométeme que la próxima vez que te traiga dulces, intentarás que duren al menos... ¿tres días?
Lia arrugó la nariz, fingiendo pensarlo seriamente.
— Lo intentaré. Pero no prometo nada si son de chocolate sueco.
Lucas rió y la estrechó más fuerte contra su pecho. El mundo exterior podía seguir su curso frenético, los periódicos podían seguir especulando sobre su futuro en el fútbol y los fans podían seguir gritando su nombre en el estadio. Pero allí, en ese sofá, con el aroma del té de menta y la respiración pausada de la chica de los ojos grises contra su corazón, Lucas Bergvall tenía todo lo que necesitaba.
El tiempo era un enemigo, sí. Pero también era el lienzo donde estaban pintando su historia. Y aunque Lia Donovan quisiera devorar el lienzo de una sola vez, Lucas estaría allí para sostener el pincel, asegurándose de que cada trazo, cada día y cada dulce momento, valiera la espera.
— Te quiero, pequeña —susurró, tan bajo que el sonido se perdió en el suave murmullo de la lluvia que empezaba a golpear el cristal.
Lia no respondió con palabras, pero se apretó más contra él, cerrando esos ojos grises que eran el único faro que Lucas necesitaba para encontrar el camino a casa. El frasco vacío en la entrada era un recordatorio de su impaciencia, pero el calor compartido en el sofá era la prueba de que, a pesar de todo, el tiempo estaba de su parte. Solo tenían que aprender a saborearlo, bocado a bocado, hasta que el futuro finalmente los alcanzara.