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El amigo de mis padres

Entre la Espada y la Pared

El aire en el salón de los González era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. La burbuja de felicidad que Pedri había construido tras aquel primer beso en el porche se desintegró en menos de un segundo, reemplazada por un frío gélido que le recorrió la espina dorsal. Ferran estaba frente a él, pálido, con un sobre en la mano y la mirada perdida en algún punto del suelo de madera.

—Dímelo otra vez —susurró Pedri, sintiendo que el suelo se inclinaba—. Dímelo a la cara, Ferran.

Ferran levantó la vista. Sus ojos, que siempre habían sido el refugio de Pedri, estaban llenos de una angustia insoportable.

—Es Claudia, Pedri —la voz de Ferran era apenas un hilo—. Ella... me llamó esta mañana. Se hizo una prueba, luego fue al médico. Está embarazada.

Pedri sintió un pitido en los oídos. El monstruo de los celos, que creía haber domesticado la noche anterior, despertó con una furia renovada, desgarrándole el pecho. El tiempo parecía haberse detenido. Ferran, el hombre que le había jurado que no habría más "amigas", el hombre al que amaba desde que tenía uso de razón, iba a tener un hijo con una mujer que apenas significaba nada para él. O eso era lo que Pedri quería creer.

—¿Embarazada? —repitió Pedri, soltando una carcajada amarga que sonó más como un sollozo—. ¡Llevamos años jugando a esto, Ferran! Años en los que te esperaba, en los que me moría por dentro cada vez que te veía con una de ellas. Y ahora que finalmente... que finalmente nos decidimos, ¿me sales con esto?

—¡Fue antes, Pedri! —exclamó Ferran, dando un paso hacia él, intentando tocarle el brazo—. Fue antes de que tú y yo... antes de lo del porche. Sabes que lo nuestro con Claudia estaba terminado, pero esto... esto cambia las cosas. Es un niño, mi hijo.

—¡Y yo soy el hijo de tus mejores amigos! —gritó Pedri, sin importarle que sus padres estuvieran en la planta de arriba—. ¿Qué esperas que haga? ¿Que te ayude a elegir el carrito del bebé mientras finjo que no me rompes el corazón cada vez que la tocas a ella? Porque vas a tener que estar con ella, ¿no? Eso es lo que hace la gente "adulta" como tú.

—No digas eso —dijo Ferran, con la desesperación tiñendo su tono—. No voy a volver con ella por obligación, pero tengo que hacerme cargo. Pedri, mírame. Tengo treinta y cinco años. Mi vida es un caos comparada con la tuya. Esto es exactamente lo que me daba miedo. Que mi pasado terminara manchando tu futuro.

—¡Mi futuro eres tú! —insistió Pedri, con lágrimas rodando por sus mejillas—. ¡No me importa el bebé, no me importa Claudia! Lo que me importa es que siempre encuentras una excusa para alejarme. Primero era mi edad, luego mis padres, y ahora esto. ¡Dime la verdad! ¿Me quieres o solo soy el capricho del hijo de tu amigo?

Ferran soltó el sobre, que cayó al suelo con un ruido sordo. En un movimiento rápido, acortó la distancia entre ambos y tomó a Pedri por los hombros, sacudiéndolo levemente.

—¡Te quiero tanto que me asusta, maldita sea! —rugió Ferran—. Te quiero desde que dejaste de ser el niño que me pedía cuentos y te convertiste en el hombre que me desafía con la mirada. Pero míranos, Pedri. Esto es un desastre.

Lo que ninguno de los dos sabía era que, tras la puerta entreabierta que conectaba el salón con el pasillo de la cocina, dos sombras permanecían inmóviles. Los padres de Pedri, que habían bajado en silencio para ofrecerles algo de cenar, se habían quedado petrificados al escuchar las primeras palabras de la discusión.

Su madre, con la mano en la boca para ahogar un grito, miraba a su marido. El padre de Pedri tenía la mandíbula apretada y los puños cerrados. La traición golpeaba con doble fuerza: su mejor amigo y su hijo. Su pequeño Pedri y el hombre en quien más confiaba en el mundo.

—No me digas que es un desastre —dijo Pedri en un susurro quebrado, apoyando su frente contra el pecho de Ferran—. Solo dime que no me vas a dejar. Que aunque ese bebé nazca, tú vas a seguir siendo mío.

Ferran suspiró, rodeando la cintura de Pedri con sus brazos, rindiéndose una vez más a la gravedad que lo atraía hacia el chico.

—Soy tuyo, Pepi. Aunque el mundo se caiga a pedazos. Aunque tus padres me odien el resto de mi vida cuando se enteren... soy tuyo.

Ferran acunó el rostro de Pedri y lo besó. Fue un beso distinto al de la noche anterior; no había descubrimiento, solo una necesidad voraz de anclarse el uno al otro en medio de la tormenta. Era un beso que declaraba propiedad, que ignoraba el embarazo, la diferencia de edad y las normas sociales.

Fue en ese preciso instante cuando la puerta del pasillo se abrió de par en par, chocando contra la pared con un estruendo que pareció una explosión.

—¡Pero qué demonios significa esto! —el grito del padre de Pedri retumbó en las vigas del techo.

Ferran y Pedri se separaron como si hubieran recibido una descarga eléctrica. Pedri se quedó sin aliento, viendo a su padre rojo de ira y a su madre con los ojos llenos de lágrimas de decepción.

—Papá... —intentó decir Pedri, dando un paso al frente de forma instintiva, como queriendo proteger a Ferran.

—¡Tú te callas, Pedri! —bramó su padre, señalándolo con el dedo antes de clavar su mirada asesina en Ferran—. Y tú... tú, a quien llamé hermano. A quien dejé entrar en mi casa, a quien confié el cuidado de mis hijos... ¿Cómo has podido?

Ferran dio un paso atrás, pero no bajó la cabeza. Su rostro reflejaba una mezcla de culpa y una determinación que Pedri nunca le había visto.

—Juan, lo siento —empezó Ferran con voz grave—. Sé cómo se ve esto, sé que piensas que me he aprovechado, pero no es así.

—¿Que no es así? —intervino su madre, con la voz temblorosa—. Ferran, le doblas la edad. Lo viste nacer. ¡Lo cargaste en tus brazos cuando no era más que un bebé! ¿Cómo puedes besarlo así? ¿Cómo puedes tener una relación con él mientras dejas a una mujer embarazada fuera de aquí?

—¡Porque lo amo! —gritó Pedri, recuperando la voz—. ¡Porque él no me obligó a nada! Fui yo quien lo buscó, fui yo quien estuvo años esperando a que se diera cuenta de que ya no soy un niño.

Su padre soltó una carcajada amarga, llena de dolor.

—Eres un niño, Pedri. Un niño que no sabe distinguir el cariño de la manipulación. Y tú, Ferran... te consideraba mi mejor amigo. Eras parte de esta familia.

—Lo sigo siendo —dijo Ferran, tratando de mantener la compostura—. Pero mis sentimientos por Pedri no son algo que haya planeado. He luchado contra esto durante años, Juan. Me he alejado, he salido con otras mujeres, he intentado convencerme de que era una locura. Pero no puedo más.

—¡Fuera de mi casa! —ordenó el padre de Pedri, señalando la puerta principal—. ¡Lárgate ahora mismo antes de que cometa una locura!

—¡No! —Pedri se agarró al brazo de Ferran—. Si él se va, yo me voy con él.

El silencio que siguió a esa declaración fue absoluto. Su madre soltó un sollozo ahogado y su padre pareció envejecer diez años en un segundo.

—Pedri, no sabes lo que estás diciendo —dijo su madre, acercándose con las manos extendidas—. Ese hombre va a tener un hijo. Va a tener una vida atada a Claudia para siempre. ¿Quieres empezar tu vida así? ¿Siendo el segundo plato de un hombre que podría ser tu padre?

—No soy su segundo plato —respondió Pedri, apretando la mano de Ferran—. Soy lo único que lo mantiene en pie. Y si no podéis aceptarlo, es vuestro problema, no el nuestro.

—Juan, hablemos con calma —intentó Ferran, viendo que la situación se salía de control—. Entiendo vuestro odio, de verdad que lo entiendo. Pero Pedri es un adulto. Tiene derecho a decidir a quién quiere.

—¡No tienes derecho a hablarme de derechos! —gritó Juan, avanzando hacia Ferran hasta quedar a escasos centímetros de su rostro—. Has roto todas las reglas de la amistad. Has traicionado mi confianza de la forma más rastrera posible. ¿Qué sigue ahora? ¿Vas a llevarte a mi hijo a vivir con tu nueva familia y el bebé de otra mujer?

Ferran cerró los ojos un momento, asimilando el golpe.

—No sé qué va a pasar con el bebé todavía —admitió Ferran—. Pero no voy a renunciar a Pedri. Ya no.

—Entonces elige —dijo el padre de Pedri, con una frialdad que asustó a todos—. Si cruzas esa puerta con él, no vuelvas a llamarme amigo. Y tú, Pedri... si te vas con él ahora, te olvidas de que tienes una familia que te ha dado todo.

—¡Juan, por Dios, no digas eso! —suplicó la madre, agarrando el brazo de su marido.

Pedri miró a sus padres, las personas que lo habían criado con amor, y luego miró a Ferran, el hombre que le daba sentido a su existencia. El conflicto le desgarraba el alma, pero la idea de perder a Ferran de nuevo, de volver a los celos, a las mentiras y a las "amigas" de turno, era simplemente insoportable.

—Lo siento —susurró Pedri, mirando a su madre—. Pero no puedo vivir sin él.

Ferran miró a Pedri con una mezcla de adoración y tristeza infinita. Sabía que lo que estaba pasando marcaría un antes y un después en la vida de todos. Sabía que el camino que tenían por delante estaba lleno de espinas: el embarazo de Claudia, el juicio de la sociedad, el odio de sus mejores amigos.

—Vámonos, Pepi —dijo Ferran en voz baja, tomando la mano del joven—. No ganamos nada quedándonos aquí ahora. Los ánimos están demasiado calientes.

—Si sales por esa puerta, Ferran... —amenazó Juan, con la voz quebrada por la rabia.

Ferran no respondió. Con la cabeza alta y la mano de Pedri entrelazada firmemente con la suya, caminó hacia la salida. Pedri no miró atrás, aunque el sonido de los llantos de su madre le perseguiría durante noches enteras.

Al salir al aire fresco de la noche, el silencio del vecindario les pareció irreal después del caos del salón. Ferran caminó hasta su coche y abrió la puerta del copiloto para Pedri. Antes de que el chico subiera, Ferran lo detuvo, rodeándole la cara con las manos.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó Ferran, con la voz ronca—. Acabas de renunciar a todo por mí. Y yo... yo te traigo una maleta llena de problemas.

Pedri apoyó las manos sobre las de Ferran, buscando su calor.

—Llevo dieciocho años preparándome para esto, Ferran. El bebé de Claudia, mis padres... todo eso son obstáculos, pero mientras estés conmigo, no me importa. Solo... no me sueltes.

—Nunca —prometió Ferran, besándole la frente—. Te lo juro por lo que más quieras.

Subieron al coche y Ferran arrancó. Mientras se alejaban de la casa de la infancia de Pedri, ambos sabían que la guerra no había hecho más que empezar. Claudia llamaría, los padres de Pedri no se quedarían de brazos cruzados y la realidad de un bebé en camino pondría a prueba cada fibra de su relación.

Pero mientras el coche avanzaba por las calles vacías, Pedri se permitió cerrar los ojos por un momento. Por primera vez, no había fotos de Ferran con otras mujeres en su cabeza. No había mentiras sobre Gavi. Solo estaba el contacto físico real del hombre que amaba.

—Ferran —dijo Pedri, rompiendo el silencio tras unos minutos.

—¿Sí, Pepi?

—Vamos a ser felices, ¿verdad? A pesar de todo.

Ferran apretó el volante, mirando hacia la carretera con una determinación feroz.

—Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que así sea. Aunque tenga que enfrentarme al mundo entero.

El camino hacia el apartamento de Ferran fue corto, pero para Pedri se sintió como el viaje hacia una nueva vida. Al llegar, Ferran aparcó y se quedó mirando el edificio, suspirando profundamente.

—Mañana tengo que hablar con Claudia —dijo Ferran, con tono sombrío—. Tengo que dejarle claro que voy a ser padre, pero que mi vida está contigo. No va a ser fácil, Pedri. Ella... ella cree que todavía tenemos una oportunidad.

—Lo sé —respondió Pedri, bajando del coche—. Pero ella no sabe que yo he estado aquí mucho antes que ella. Que yo estaba aquí cuando aún no sabía ni hablar.

Entraron en el apartamento de Ferran, un lugar que Pedri conocía bien pero que ahora se sentía diferente. Ya no era el invitado, el "sobrino" postizo. Era el compañero.

Ferran cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella, mirando a Pedri, que se encontraba en medio del salón, rodeado de los muebles modernos y el orden masculino de Ferran.

—Ven aquí —dijo Ferran, extendiendo los brazos.

Pedri corrió hacia él y se refugió en su cuello, aspirando su aroma. Ferran lo abrazó con una fuerza casi dolorosa, como si temiera que, si lo soltaba, el chico se desvaneciera como un sueño.

—No sé cómo vamos a arreglar este desastre —susurró Ferran contra su pelo—. Pero te prometo que no te arrepentirás de haberme elegido.

Pedri levantó la vista y le sonrió, una sonrisa pequeña pero llena de esperanza.

—Ya no tengo que celarte de nadie, Ferran. Ni siquiera de ese bebé. Porque ahora sé que, pase lo que pase, tu corazón me pertenece a mí.

Ferran lo besó de nuevo, un beso que sellaba un pacto de sangre y amor contra el resto del mundo. La diferencia de diecisiete años, el escándalo familiar y la llegada de una nueva vida eran sombras gigantescas, pero en la penumbra del salón, solo importaba el latido acompasado de dos corazones que, finalmente, habían encontrado su lugar.

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