El caballero miedoso
Ecos Metálicos y Risas de Colores
El ascensor de Gardenview subía con un gemido mecánico que parecía protestar por el peso extra de la armadura de Soulvester. El silencio dentro de la cabina era interrumpido únicamente por el leve tintineo de las placas de metal chocando entre sí y por el tarareo juguetón de Looey, quien seguía cargando al caballero fantasma en brazos como si fuera un trofeo de feria o un niño pequeño.
Soulvester tenía el casco pegado al pecho de Looey. Podía escuchar el latido rítmico del payaso, un sonido que, muy a su pesar, le resultaba extrañamente relajante. Sin embargo, el recordatorio constante de su humillación pública lo mantenía en un estado de alerta roja.
—¿Podrías... —susurró Soulvester desde el interior de su celada, su voz sonando metálica y ahogada—, podrías bajarme ya? Las puertas se van a abrir en cualquier momento.
Looey bajó la mirada, su sonrisa ensanchándose de esa manera traviesa que Soulvester había aprendido a temer.
—¿Bajarte? ¿Y arriesgarme a que tus "articulaciones oxidadas" te fallen de nuevo? —Looey soltó una risita y lo apretó un poco más contra sí—. No, no. Brightney dijo que esto es "optimización de recursos". Soy básicamente un vehículo de carga de alta gama.
—¡Yo no dije que fueras un vehículo! —intervino Brightney, ajustándose los lentes mientras consultaba su libreta—. Dije que el transporte asistido reduce el gasto de stamina de Soulvester en un 95%. Aunque, desde un punto de vista sociológico, lo que estás haciendo se clasifica más como "alardeo afectivo".
—¡Eso! ¡Alardeo! —exclamó Finn, apoyado contra la pared del ascensor con Shrimpo todavía aferrado a su brazo como un perezoso—. Looey solo quiere presumir que el tipo más serio del grupo le dijo "te quiero" anoche. Por cierto, Soul, ¿el sentimiento es recíproco por la mañana o solo cuando hay pesadillas?
Soulvester sintió que su piel celeste pasaba a un tono azul eléctrico de pura rabia y vergüenza.
—¡Fue un error del subconsciente! —rugió, agitando un brazo acorazado—. ¡Estaba bajo estrés postraumático! ¡Cualquiera de ustedes podría haber dicho tonterías en ese estado!
—Yo solo dije "más té" —comentó Teagan con elegancia, acariciando el cabello de Toodles, quien dormitaba de pie apoyada en su vestido—. Pero lo tuyo fue... muy específico, querido.
—¡Fue un susurro de muerte! —insistió Soulvester—. ¡Estaba despidiéndome de la vida!
—Pues te despediste con mucho cariño, hermanito —se burló Connie, flotando boca abajo cerca del techo del ascensor—. Deberías haber visto tu cara. Parecías un gatito asustado buscando calor. ¡Miau!
—¡Connie, te desheredo! —gritó Soulvester, olvidando por un momento que ambos estaban muertos y no tenían herencia alguna.
Las puertas del ascensor se abrieron con un *ding* metálico. Ante ellos se extendía una nueva sección del Gardenview, llena de pasillos largos y sombras que parecían moverse por cuenta propia. El peligro volvía a estar presente, pero el ambiente en el grupo era cualquier cosa menos solemne.
Looey, en lugar de bajar a Soulvester, echó a correr por el pasillo.
—¡Abran paso al Caballero de la Triste Figura y su corcel de colores! —gritó el payaso, riendo a carcajadas.
—¡Looey! ¡Bájame, es una orden! —Soulvester pataleaba, pero sus piernas pesadas no tenían palanca contra la fuerza del payaso—. ¡Nos van a ver! ¡Dandy podría estar en cualquier parte!
—¡Que nos vea! —respondió Looey, doblando una esquina con una agilidad que desafiaba las leyes de la física—. Quizás así nos dé un descuento en la próxima estancia nocturna. ¿No te gusta el aire en la cara, Solecito?
De repente, una figura oscura emergió de una de las habitaciones laterales. Era un Twisted, una de esas versiones distorsionadas y aterradoras de los habitantes del jardín, goteando icor negro y emitiendo un sonido gutural.
El instinto de Soulvester se activó al instante. Su valentía de caballero luchó contra su miedo paralizante, pero el miedo ganó por goleada. En lugar de desenvainar o pedir que lo bajaran para luchar, sus brazos se cerraron automáticamente alrededor del cuello de Looey, y escondió el rostro en el hueco de su hombro.
—¡Corre! —chilló Soulvester—. ¡Corre, por lo que más quieras!
Looey no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido, esquivó el ataque del Twisted y aceleró, dejando atrás al resto del grupo.
—¡Mírenlos! —gritó Finn desde atrás, mientras él y los demás también empezaban a correr—. ¡El "táctico" ha vuelto a su posición de defensa preferida! ¡El abrazo de oso!
—¡Es una maniobra de cobertura! —gritó Soulvester sin soltar a Looey, su voz temblando notablemente—. ¡Estoy protegiendo el cuello de Looey con mi armadura!
—¡Claro que sí, valiente! —respondió Looey, divertido, mientras saltaba sobre un obstáculo—. ¡Me siento muy seguro con tus manos apretándome la garganta!
Después de varios minutos de persecución frenética, lograron perder al Twisted tras una puerta de seguridad. Looey se detuvo, jadeando ligeramente, pero sin soltar a Soulvester. El resto del grupo llegó poco después, todos más o menos enteros.
Brightney se acercó a ellos, sacando un termómetro de algún bolsillo de su vestido.
—Interesante —murmuró, observando a Soulvester—. Tu ritmo cardíaco fantasmagórico se estabiliza más rápido cuando mantienes contacto físico directo con el sujeto Looey. Es casi como si sus bromas actuaran como un sedante para tu sistema nervioso hiperactivo.
—No es un sedante, es... es... —Soulvester buscó una palabra, cualquier palabra que no lo hiciera quedar como un dependiente emocional—. ¡Es estática! El roce de mi armadura con su ropa crea un campo electromagnético que... que me ancla a la realidad.
Connie soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que sujetarse el estómago.
—¡Electromagnético! —repitió la fantasma—. ¡Hermano, eres patético! Admítelo, te gusta que el payaso te cargue. Te sientes seguro porque él es rápido y tú te cansas subiendo dos escalones.
—¡No es cierto! —protestó Soulvester, finalmente logrando zafarse del agarre de Looey y aterrizando con un estruendo metálico en el suelo—. Puedo caminar perfectamente por mi cuenta. Soy un caballero de la orden de... de... bueno, de alguna orden importante.
Looey se cruzó de brazos, observándolo con una ceja levantada y esa sonrisa que indicaba que estaba planeando algo.
—Está bien, Solecito. Camina por tu cuenta. Pero recuerda que este pasillo es muy, muy largo... y hay muchas sombras.
Soulvester enderezó la espalda, ajustó su casco y empezó a caminar con toda la dignidad que su pesada armadura le permitía. *Clanc... clanc... clanc...* Cada paso era un esfuerzo monumental, pero no iba a darles el gusto de verlo flaquear de nuevo.
Caminaron en relativo silencio durante diez minutos. Finn intentaba hacer chistes de peces para animar el ambiente, pero hasta él estaba empezando a cansarse. Shrimpo, que finalmente había decidido caminar por su cuenta, iba arrastrando los pies con una expresión de aburrimiento absoluto, soltando pequeñas risitas cada vez que veía a Soulvester tambalearse.
—¿Te falta mucho, hermano? —preguntó Connie, flotando perezosamente alrededor de él—. Porque a este paso, Dandy va a envejecer y morir antes de que lleguemos a la siguiente estación.
—Estoy... bien —jadeó Soulvester. El sudor le nublaba la vista dentro del casco—. Solo... un poco de... mantenimiento... de armadura... necesario.
Looey, que caminaba a su lado con las manos en los bolsillos, se acercó de repente.
—¿Sabes qué he notado? —dijo el payaso en un tono falsamente reflexivo—. Que cuando te cansas, tu armadura empieza a brillar menos. Es una pena, con lo bonita que es.
—¡No brilla menos! —replicó Soulvester, deteniéndose para recuperar el aliento.
En ese momento, una bombilla del techo estalló con un chispazo, sumiendo el pasillo en una oscuridad casi total por un segundo antes de que las luces de emergencia, de un rojo tenue, se encendieran.
Soulvester no lo pensó. No hubo análisis táctico, no hubo excusas de electromagnetismo. En un abrir y cerrar de ojos, se había lanzado hacia Looey, rodeando su cintura con una fuerza que casi le saca el aire al payaso.
—¡Fue un ataque coordinado! —exclamó Soulvester con voz aguda, apretando su casco contra el abdomen de Looey—. ¡Nos están emboscando!
Looey estalló en una risa sonora que retumbó en las paredes de metal.
—¡Vaya emboscada, una bombilla vieja! —Looey le revolvió el cabello (o lo que podía alcanzar a través del casco) con una mano—. Eres increíble, de verdad.
—¡Mírenlo! ¡Es como un imán! —gritó Toodles, señalándolos con el dedo—. ¡Soulvester es un imán de payasos!
—Brightney, anota esto —dijo Finn, sacando un peine para arreglarse el pelo celeste—. El sujeto de estudio ha desarrollado un reflejo de Pavlov. Luz que parpadea, abrazo que se lleva el payaso. ¡Es ciencia pura!
Brightney asintió, escribiendo rápidamente.
—Efectivamente. La negación verbal de Soulvester es inversamente proporcional a su necesidad de contacto físico. Es un caso fascinante de disonancia cognitiva.
—Es amor —insistió Shrimpo, hablando por primera vez en horas con una voz rasposa—. Amor... tonto.
Todos se quedaron en silencio un segundo, sorprendidos de que Shrimpo hubiera articulado una frase completa. Luego, volvieron a las risas.
Soulvester, dándose cuenta de su posición —otra vez—, intentó soltarse, pero esta vez Looey no lo dejó. El payaso le pasó un brazo por los hombros y lo mantuvo pegado a su costado mientras seguían caminando.
—Ya basta de juegos, Solecito —dijo Looey, aunque su tono seguía siendo burlón—. Vamos a llegar a la siguiente zona y, si te portas bien, quizás deje que me abraces otra vez cuando crucemos el puente de cristal. Ese que tanto te asusta porque se ve el vacío debajo.
—¡No me asusta el vacío! —mintió Soulvester, aunque sus manos seguían aferradas a la tela de la camisa de Looey—. Me asusta la mala construcción arquitectónica.
—Claro, claro. Y a mí me asusta que dejes de ser tan divertido —respondió el payaso, dándole un pequeño empujón afectuoso con la cadera.
Llegaron a una zona de descanso donde Teagan sugirió parar para que todos pudieran beber algo de té que ella siempre parecía tener a mano. Mientras el grupo se acomodaba, Soulvester se sentó en un banco de metal, quitándose finalmente el casco para dejar que el aire fresco le diera en la cara. Su piel celeste claro estaba encendida, y sus ojos, del mismo color que su cabello, evitaban mirar a nadie.
Connie se sentó a su lado, flotando a unos centímetros del banco.
—Oye, tonto —dijo con un tono inusualmente suave—. Sabes que solo te molestamos porque es gracioso, ¿verdad? Pero... no tienes que inventar excusas científicas cada vez que te asustas. A nadie le importa si necesitas que Looey te cargue.
Soulvester suspiró, un sonido largo y cansado que pareció liberar parte de la tensión de sus hombros.
—Es que soy un caballero, Connie. Se supone que yo debo ser el que proteja, el que se mantenga firme. Ver a Brightney cargándote a ti por "eficiencia" es una cosa, pero yo... yo parezco un cobarde.
—No eres un cobarde —intervino Brightney, acercándose con una taza de té—. Eres un individuo con una baja tolerancia al estrés ambiental y una alta necesidad de reafirmación táctica. En términos humanos, eres "pegajoso". Y el sujeto Looey parece tener una alta compatibilidad con ese rasgo. No es una debilidad, es una simbiosis.
—¿Simbiosis? —preguntó Soulvester, confundido.
—Sí —dijo Finn, sentándose en el suelo frente a ellos con Shrimpo—. Tú necesitas seguridad y él necesita a alguien a quien molestar y cuidar. Son como el pez payaso y la anemona. ¡Ja! ¿Lo pillan? ¡Pez payaso! Porque Looey es un... bueno, ya saben.
Soulvester no pudo evitar una pequeña sonrisa. Miró hacia donde Looey estaba haciendo malabares con unas latas vacías para entretener a Toodles. El payaso se dio cuenta de que lo observaba y le guiñó un ojo, haciendo que Soulvester volviera a ponerse rojo al instante.
—Supongo que... —empezó el caballero, rascándose la nuca—, supongo que podría ser peor. Podría habérselo dicho a Shrimpo.
Shrimpo, que estaba masticando una galleta, lo miró con desprecio.
—Ni lo sueñes, hojalata —gruñó el pequeño hombre rojo, antes de volver a apoyarse en Finn.
La pausa terminó pronto. Dandy apareció de nuevo, esta vez a través de una pantalla en la pared, informándoles que debían avanzar hacia el sector de las calderas si querían salir de allí ese día.
—¡En marcha, equipo! —anunció Looey, saltando hacia Soulvester—. ¡Solecito, a tu puesto de combate!
Soulvester suspiró, pero esta vez no protestó cuando Looey lo rodeó con el brazo para ayudarlo a levantarse.
—Solo hasta que mis articulaciones se calienten —murmuró Soulvester, ajustándose el casco.
—Lo que tú digas, "Te quiero" —respondió Looey con una carcajada.
—¡He dicho que no me llames así!
Mientras el grupo se adentraba en el siguiente pasillo, las risas de Finn, los comentarios sarcásticos de Connie y el análisis constante de Brightney llenaban el aire. Soulvester caminaba pesado, su armadura resonando en el suelo, pero ya no se sentía tan solo ni tan asustado. Porque sabía que, en cuanto las luces parpadearan o un gruñido surgiera de las sombras, habría un payaso alto y rápido listo para cargarlo, y unos brazos amigos listos para sostenerlo, sin importar cuántas excusas tuviera que inventar después.
Al final del día, pensó Soulvester mientras sentía la mano de Looey apoyarse casualmente en su hombro, quizás ser un caballero no se trataba de no tener miedo, sino de encontrar a alguien con quien compartirlo. Aunque ese alguien fuera un payaso irritante que nunca lo dejaría olvidar que, en medio de un sueño, le había entregado su corazón de metal.